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Nuevas fronteras de la historia: nuevos retos de la historiografía

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Desde los años 90 la historiografía está atravesando una crisis integral que, en cualquier caso, comparte con todas las demás ciencias, humanas y experimentales. La aceleración del tiempo histórico, provocada por las grandes transformaciones que trajo el final de la Guerra Fría y por la revolución científica, tecnológica y de las comunicaciones, es la causante más destacada de esta crisis científica global. El mundo ya no es lo que era hace un cuarto de siglo. Y los responsables de explicárnoslo en su totalidad (las diversas comunidades científicas) han visto desplomarse muchas de sus convicciones y creencias, métodos y herramientas: es una crisis de paradigmas.

Se trata de una crisis que se alimenta a sí misma, porque los cambios que la han provocado proporcionan a la vez nuevos retos y nuevos instrumentos con que afrontarlos. Se desencadena así un proceso imparable de profundización en el retroceso del paradigma dominante y de simultánea emergencia y construcción de uno nuevo, todavía incompleto, con “lagunas”, pero capaz de resolver con éxito los problemas que el paradigma tradicional no pudo.

En el caso de la historiografía (entendida como la comunidad de historiadores, su actividad investigadora guiada por unos principios y métodos, y el producto de esa actividad, el conocimiento histórico) esta crisis encontró pronto una respuesta en el ámbito latinoamericano, con el nacimiento de Historia a Debate (HaD), que celebró su primer congreso en 1993. Ocho años más tarde, HaD publicó su Manifiesto, en el que se abordan los retos más inmediatos que las transformaciones históricas y la crisis historiográfica han puesto ante una comunidad de historiadores cada vez más global. Muchos de ellos (como la “historiografía digital”, la “interdisciplinariedad”, o “historia global”) constituyen nuevas fronteras de la historia, aunque cercanas, bien conocidas y delimitadas.

Desde entonces hasta ahora, los debates virtuales y los congresos de 1994 y 2010 han permitido ir desarrollando muchas de las propuestas de aquel Manifiesto. No obstante, en estos doce años los procesos históricos y el avance de otras disciplinas científicas también han contribuido a ello, y en algunos casos asimismo han alumbrado nuevos problemas para la historiografía. Estos nuevos problemas aparecen como fronteras más remotas, menos familiares, (quizás más difusas), pero en un horizonte que se aproxima de forma probablemente inexorable.

De cualquier modo, el primer desafío, previo al Manifiesto, resultó ser a la postre uno de los más sencillos. La cuestión fue si el final de la Guerra Fría y el comienzo de la Globalización habían supuesto el nacimiento de una nueva etapa de la historia, distinta de la Edad Contemporánea. Si bien no disponemos aún de una “respuesta definitiva”, lo más relevante de esta preocupación fue su consecuencia: la comunidad historiográfica dirigió su mirada hacia el presente más inmediato. Seguramente no fue la primera vez que lo hacía, pero en esta ocasión esa mirada acabó siendo permanente. Y no ya como motivación o estímulo para estudiar el pasado, sino como objeto mismo de investigación.

Este cambio supone una primera ruptura con el paradigma tradicional de la historia (todavía hegemónico en muchos ámbitos) y se ha convertido en uno de los rasgos distintivos del nuevo paradigma emergente. Así, el hoy, la actualidad, se halla entre las propuestas del Manifiesto de HaD (XVII), su presencia en los sucesivos congresos ha ido aumentando, y una de las dos listas de distribución de correo de esa comunidad de historiadores (donde se sostienen decenas de discusiones diferentes) se denomina “Historia Inmediata”.

No obstante, alguien con edad suficiente y medianamente informado podrá recordar que la caída del Muro de Berlín en 1989 y, algunos años antes, la Glásnost y la Perestroika acarrearon la aparición estelar de una pequeña legión de historiadores en las pantallas de TV y en las páginas de los medios impresos. Muchos de ellos no dudaron en quebrantar su regla de oro de no traspasar las fronteras del pasado con el presente, para analizar la actualidad más candente y hasta vislumbrar el futuro.

Un cuarto de siglo más tarde, cuando el capitalismo triunfante ha revelado sin tapujos su esencia, todos aquellos historiadores parecen haber enmudecido. El aumento galopante de la desigualdad, que cada día asesina con el hambre a más de 17.000 niños (en un mundo que produce suficientes alimentos para el doble de la población que lo habita), o la suicida persistencia en el pillaje indiscriminado de la naturaleza y sus recursos (que hace años ha empezado a mostrar sus catastróficas consecuencias) esta vez no han conseguido perturbar la inquebrantable renuncia de esos historiadores a enfangarse en el presente.

Sin embargo, a las críticas que desde la historiografía se puede hacer a ese artificio, que en la práctica supone destruir la continuidad histórica (¿cuándo acaba en realidad el pasado y empieza el presente?), se suman ahora algunos recientes hallazgos de la neurofisiología: en realidad el presente no existe aunque sólo sea por décimas de segundo. Y no se trata de un simpe juego de palabras. Los seres humanos vivimos siempre en y desde el pasado: los recuerdos, las emociones que éstos evocan intervienen sistemáticamente en nuestra toma de decisiones “del presente”. Y cuando nuestra memoria se desvanece también lo hace con ella el universo que nos rodea.

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Pero ni una montaña más de argumentos convencería a esos historiadores para involucrarse en “este presente”, aunque antes sí lo hicieran con el de 1989. Porque no son sus “convicciones científicas” las que se lo impiden, sino su compromiso con el poder. Por ello, el epígrafe XVI del Manifiesto de HaD vincula el reconocimiento del presente como objeto de estudio a un nuevo compromiso de los historiadores con los valores humanistas que animaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y, aunque pudiera no parecerlo, este segundo desafío supera en dificultad al primero, porque no es meramente técnico, sino social y político. El trasfondo de este problema se halla en parte relacionado con el siguiente reto.

Muy vinculado igualmente a la problemática microscópica de la reconstrucción neuronal de la realidad se encuentra el tercer lance de la historiografía actual: el de la subjetividad. A priori podría parecer un obstáculo sencillo de superar para el nuevo paradigma historiográfico, como lo ha sido la frontera del presente. Pero la resistencia de la “objetividad” del historiador como garante de su método y de los resultados con él obtenidos es patente incluso en muchas discusiones de HaD, pese a que su Manifiesto dedica el primer apartado al asunto: “Ciencia con sujeto”.

Ese epígrafe viene a sostener que la subjetividad invade todo lo relativo a la historia, además de los efectos indeseados que provocan las “cegueras del conocimiento”, sobre las que también nos advertía Edgar Morin en 1999. Por una parte es percibida y vivida de forma desigual por los diversos sujetos históricos: los individuos, las clases, las naciones… Y los restos que la actividad de esos sujetos produce, las fuentes, están igualmente impregnadas y modeladas por esa subjetividad. Por otra parte, el proceso de investigación de los historiadores y su resultado, el conocimiento histórico, están igualmente condicionados por esa misma subjetividad.

Así pues, la persistencia del argumento de la “objetividad del historiador” sólo puede explicarse por la debilidad teórica y metodológica de quiénes lo esgrimen. Y la neurología ha terminado de socavarlo en los últimos años. Así, los seres humanos tomamos nuestras “decisiones racionales” desde la subjetividad, y nuestros actos supuestamente conscientes son inconscientemente elaborados por nuestro cerebro. Sin duda esto afecta igualmente a los científicos experimentales, pero ante todo debería bastar para erradicar definitivamente la “objetividad” del discurso historiográfico.

Aunque es posible que tampoco lo consiga, porque está en juego el problema de la “verdad” histórica, íntimamente emparentado con el de la subjetividad: ¿Si la historia es una vivencia subjetiva, y su conocimiento es un producto asimismo subjetivo, cuál es la “historia verdadera”? La respuesta del Manifiesto de HaD es la única posible, pero también la más plausible: la solución se encuentra en el consenso entre historiadores, en el acuerdo entre las diversas subjetividades historiográficas.

Desde luego, poco consenso encontrarán entre la comunidad historiográfica otras fronteras que se perciben en un horizonte bastante más remoto, pero cada vez más visible, y que en esta ocasión provienen del macroscópico campo de la observación del Universo. No obstante, mantienen en común con las anteriores la diversidad que implican, presente en la subjetividad del ser humano, pero también en la multiplicidad de universos y de historias que asoman tras esos nuevos confines.

El desarrollo de la mecánica cuántica ha permitido formular (apoyándose en la teoría de las supercuerdas) la “Interpretación de los Universos o Mundos Múltiples” (IMM). Se trata de una teoría que aún no cuenta con una sola evidencia empírica. Sin embargo, parece ser muy sólida, puesto que la mayoría de la élite científica mundial la considera correcta: el mismo Stephen Hawking la denomina “Interpretación de Historias Múltiples”.

Sería así posible la existencia de historias diversas (y alternativas) en un indeterminado número de universos paralelos. Se trata de un reto tan extraordinario como impreciso para los historiadores. Con mucha razón, la mayoría diría que se contenta con descifrar “esta historia”, la de “este mundo”.

Pero esa respuesta no sería tan aceptable si, como sugiere la IMM esas historias paralelas interactuasen y se influyesen de alguna manera. ¿Hasta dónde los procesos históricos que conocemos pueden atribuirse exclusivamente a las fuerzas que actúan en “esta historia”? ¿Hasta qué punto son ciertas entonces nuestras interpretaciones? Cuando la “historiografía global”, aquella que observa el mundo en su integridad, constituye aún un tarea difícil (expuesta en el apartado VII del Manifiesto de HaD), el obstáculo de las historias paralelas (o alternativas) parece del todo insalvable. Aunque, quizás, el desarrollo de la mecánica cuántica termine proporcionando a los historiadores alguna clase de instrumento para afrontarlo.

Por último, un caso particular del anterior desafío es el de la posible influencia de civilizaciones alienígenas en nuestra historia, estrechamente relacionada con el fenómeno OVNI. Podrían proceder de universos paralelos: la IMM considera los agujeros negros como puentes entre universos. O podrían hacerlo de este mismo universo: gran parte de la comunidad científica cree más que improbable que la Tierra sea el único planeta con vida (incluyendo la “vida civilizada”) en un universo poblado por billones de galaxias.

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Desde esta óptica podrían reinterpretarse con más sentido algunos fenómenos y hechos incontrovertibles que en gran medida siguen constituyendo “enigmas históricos”, aunque sean poco trascendentes. Uno de ellos es el de la infinidad de “dioses astronautas” representados por muchas culturas prehistóricas y de la Antigüedad en todos los continentes, desde Nazca hasta Tassili, por citar dos ejemplos concretos. Otro son los encuentros (más o menos afortunados) con ovnis. Uno de los casos más llamativos es la “Batalla de los Ángeles”, de febrero de 1942. Como todos los casos de este tipo cuenta con sus detractores. Pero las declaraciones de miles de testigos, los informes oficiales, y las noticias de la prensa dejan muy pocas dudas sobre la veracidad de ese suceso.

Pero, volviendo a la Tierra, ninguna de las anteriores fronteras de la historia es tan apremiante y decisiva como la de su propia continuidad. Y no en el sentido teórico y formal en que desacertadamente lo formuló Fukuyama hace ya unos años, sino en un sentido material, real. Al menos ya lo es cada día para decenas de miles de personas que sucumben ante males muy fáciles de combatir.

La hegemonía absoluta del capitalismo está ejecutando un doble proceso de deshumanización, de eliminación de la vida. Por un lado, acrecentando exponencialmente los dos problemas más graves de “esta historia”, ya citados al comienzo de estas páginas, que parecen imparables: la desigualdad y la destrucción medioambiental. Ambos se avivan mutuamente y, junto al proceso de construcción del imperio que cobija al gran capitalismo global, están generando toda clase de conflictos cuyo desenlace final es del todo incierto, como sabían Sun Tzu hace más de 2.600 años y Carl von Clausewitz hace menos de dos siglos.

Ya sea por causa de los conflictos armados o por una catástrofe ambiental global (que está en marcha) es muy posible que en un plazo relativamente breve no queden Tierra ni Humanidad que visitar para alguna supuesta civilización alienígena. Y este riesgo de “deshumanización física” sólo es posible porque, por otro lado, el capitalismo también está extendiendo como una peste el virus de la deshumanización ética. La tolerancia y la complicidad con sus crímenes de una parte de la población mundial, sobre todo de Occidente, son imprescindibles para el éxito de sus intereses: cebar su avaricia sin límites.

Por tanto, no hay desafío más vital para la historiografía que cambiar radicalmente “esta historia” (como concluye el Manifiesto de HaD), para poder seguir soñando con el futuro. Por su parte, la Naturaleza ha contraatacado, ha “declarado inviable” el estilo de vida occidental, dificultando su reproducción: la calidad del semen de varones de Occidente está disminuyendo de forma alarmante. Pero es una tarea de la Humanidad entera y es una tarea crucial. Sólo entonces habrá terminado la Edad Contemporánea, sin duda la más siniestra, inhumana, e infame de la historia.

Domingo Marrero Urbín, Las Palmas de Gran Canaria, julio de 2013

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