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Nuevo texto sobre la coyuntura política española: tiempo de congresos 14 abril, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Durante el mes de febrero se desarrollaron los respectivos congresos de tres de las cuatro fuerzas políticas más importantes de España: Ciudadanos, el Partido Popular, y Podemos. Y el del PSOE está programado para el próximo mes de junio. Parecía pues muy adecuado realizar un análisis en cierto modo comparativo de dichos congresos, poniendo el acento en sus implicaciones en el posterior desarrollo de la actual crisis política española. Dadas sus dimensiones se encuentra en la sección de esta sitio dedicada a España.

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Nuevo artículo en el número 24 de O Olho da História 17 diciembre, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El número 24 de Olho dá Historia, en  parte dedicado a la crisis global (también a la guerra y revolución en España entre 1936 y 1939), incluye mi último trabajo extenso sobre la coyuntura española desde la segunda mitad de 2015 hasta casi finalizar 2016, titulado “Confrontación social y batalla política en España: un nuevo frente“.

URGENTE: El auge de los populismos antisistema, Globalización y subversión 14 noviembre, 2016

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses está dando paso a una interpretación del ascenso de los populismos en Occidente cuando menos paradójica. Según ese razonamiento el desarrollo de la Globalización combinado con los efectos de la crisis (que está pauperizando las clases medias) explicaría este giro nacionalista, antidemocrático y xenófobo de una parte significativa de las sociedades desarrolladas.

Visto así, Trump, los Le Pen, los promotores del brexit, o los gobiernos húngaro y polaco serían unos antisistema porque pretenden quebrantar las reglas de juego impuestas por las entidades globalizadores (como la UE) y por sus gobiernos nacionales, ya que esas normas e instituciones políticas serían las responsables de la extensión de la crisis. De hecho, todos esos populistas han llevado su ruptura con el sistema a su propio lenguaje, haciendo un uso de él antagónico a lo políticamente correcto.

Esta interpretación posee una cierta pátina de verosimilitud en la caracterización de los sujetos y los procesos, pero es profundamente fraudulenta en sus significados. Como los ilusionistas, sus autores manejan objetos reales, pero lo que hacen con ellos no es lo que parece: están fabricando una cortina de humo.

A estas alturas casi nadie discute que el capitalismo vencedor de la Guerra Fría necesitó romper, para su globalización, el statu quo planetario, quebrando las instituciones (la ONU) y la normativa reguladora de las relaciones internacionales. El capitalismo globalizado necesitó subvertir el orden mundial para extender libremente sus tentáculos por todos los rincones de la Tierra. Yugoslavia, República Democrática del Congo, Afganistán, Irak, Libia, Siria… jalonan esa estrategia subversiva destinada a garantizar el dominio capitalista de territorios y pueblos de alto valor económico y geoestratégico. Había que desestabilizar el mundo para intervenir en él sin ataduras, de espaldas al Derecho Internacional.

Cinco lustros después, el desbarajuste mundial es una realidad. Algunas regiones del planeta permanecen ajenas a él por diversos motivos. Pero los objetivos se han alcanzado: el Imperio ha actuado donde le ha sido necesario y ha subvertido las reglas de juego cuando lo ha deseado. El capitalismo neoliberal globalizado y sus más destacados representantes se han transformado, efectivamente, en unos antisistema.

No es la primera ocasión en la historia que los capitalistas y el capitalismo han revolucionado el orden establecido para continuar su desarrollo. Lo hicieron en el Reino Unido de mediados del siglo XVII, destruyendo la monarquía absoluta en un proceso que, tras la República de Cromwell (1649-1658), alumbraría la primera monarquía parlamentaria. Lo hicieron igualmente en América del Norte en el último cuarto del siglo XVIII, rompiendo sus lazos con el imperio británico y dando lugar al primer estado liberal y democrático del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Lo volvieron a repetir poco después, en la Francia del cambio de siglo, con la revolución burguesa más estudiada y conocida. Y continuaron a lo largo del siglo XIX por toda Europa en diversas oleadas.

La burguesía enriquecida durante la Edad Moderna con el tráfico de esclavos, especias, té, azúcar, o productos manufacturados europeos comprobaba una y otra vez que las rígidas estructuras del Antiguo Régimen constituían un estorbo inaceptable para sus actividades y, sobre todo, para detentar la hegemonía política: ya era la clase dominante económica, social y culturalmente. Así que se hizo revolucionaria.

Hoy, un siglo o dos después de todos aquellos acontecimientos, las estructuras del Estado Democrático y de Derecho occidental y los valores en que se asienta se han vuelto asimismo un obstáculo para la expansión del capitalismo global. El conjunto de garantías y derechos reconocidos por las constituciones a los ciudadanos del mundo desarrollado actúa como un freno para la rueda de la acumulación de riqueza a escala planetaria. Y el papel de estos “nuevos” partidos y personajes neofascistas y racistas es el de agentes acelerantes del proceso de destrucción de las democracias occidentales, tan necesario para la oligarquía mundial. Podrían calificarse de antisistema, sí. Pero, muy al contrario de lo que dicen quiénes así los denominan, no han llegado para oponerse a la Globalización y sacar de la pobreza a las clases populares y medias, sino para todo lo contrario. Como antisistema son un puro camelo.

Tampoco es la primera vez en la historia que los capitalistas recurren a estos grupos nacionalistas, fascistas y racistas. Lo hicieron en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado en unos cuantos países de Europa con el objeto de frenar la expansión del socialismo revolucionario en el continente. Un repaso a las biografías de Adolfo Hitler y Benito Mussolini permite comprobar que ellos también fueron antisistema: ambos dieron con sus huesos en la cárcel debido a sus actividades políticas antes de ocupar el poder.

Sin embargo, en esta ocasión estos populistas no han llegado al poder para defender el capitalismo de un enemigo emergente, como el movimiento obrero internacional. Han hecho su aparición en un contexto de ofensiva general del capitalismo globalizado contra uno de los últimos reductos de resistencia: las democracias occidentales. En este sentido no debe menospreciarse el papel del Partido Popular y de Mariano Rajoy en España. Sus anteriores cuatro años de mandato han transformado el país, haciendo de él uno de los más desiguales, corruptos y autoritarios de Europa.

Por todo esto, si calificar de antisistema a Donald Trump o a los agitadores de la salida británica de la UE ya es un fraude, incluir en la misma categoría a Syriza, Podemos o a Bernie Sanders supone un ejercicio de manipulación tan burdo como cateto. Porque ellos se han convertido en los únicos garantes de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad inspiradores de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es una gran paradoja, teniendo en cuenta que todos ellos son socialistas. Pero también es un síntoma de lo que está en juego realmente en esta coyuntura histórica: la disyuntiva entre la barbarie y la civilización. El avance de la desigualdad y el retroceso de las libertades en todo el mundo durante la última década dan fe de ello.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: La investidura de Rajoy, un harakiri inútil del PSOE 6 noviembre, 2016

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Finalmente ha sido el PSOE el que se ha sacrificado para salvar el “sistema”, como en su momento denominaron los Indignados el vigente régimen plutocrático español. Una parte de sus actuales dirigentes, y de los antiguos también, hizo dimitir a Pedro Sánchez de la Secretaría General durante un largo y bochornoso fin de semana para, inmediatamente, ofrecer a Mariano Rajoy la abstención de los diputados socialistas, allanando el camino de su segunda investidura como presidente del Gobierno. Al final han esgrimido su responsabilidad y su sentido de Estado con el fin de justificar esa decisión, como ya se sabía. Han causado una profunda herida al PSOE para aplazar, más que resolver, la crisis del sistema.

Las acusaciones contra Sánchez (el primer secretario general del PSOE elegido democráticamente en unas primarias) fueron básicamente dos. Por un lado, conseguir los peores resultados electorales de la historia de su partido en dos convocatorias consecutivas: diciembre de 2015 (22,01% de los votos) y junio de 2016 (22,63%). Y es cierto. Pero el gran batacazo se lo dio realmente Alfredo Pérez Rubalcaba en noviembre de 2011, cuando cosechó solamente el 28,7% de las papeletas, un porcentaje 15,17 puntos inferior al logrado por Zapatero tres años antes; y eso no es fácil de olvidar. Por otro, lo responsabilizaron de la situación de bloqueo político del país, debida a su insistente “no a Rajoy”. Sin embargo, los miembros del Comité Federal (y otros antiguos dirigentes) autores de esa recriminación no pueden soslayar que en diciembre de 2015 el aparato del partido bloqueó a Sánchez, prohibiéndole taxativamente cualquier acuerdo con Podemos y también con el PP, aunque la “gran coalición” ya había empezado a ganar adeptos entre sus mismas filas.

Por supuesto, esta tormenta del PSOE también es producto de la lucha interna por el poder. Es inherente a todas las organizaciones humanas y muy especialmente a las políticas; sólo que puede ser más translúcida y limpia, o más opaca y sucia. Pero sus protagonistas representan tendencias, y en ocasiones intereses, diferentes. En este caso el objetivo fundamental se ha logrado: impedir que Unidos Podemos y las plataformas ciudadanas entren en el Gobierno español, al precio de romper el PSOE permitiendo a Rajoy dirigir una nueva legislatura.

El problema es que la crisis del sistema, y en concreto del bipartidismo, no se ha resuelto en absoluto, sino que en todo caso ha proseguido su desarrollo. En primer lugar, porque el conjunto de alianzas sociales y políticas (incluyendo los medios de comunicación) que se disputan la dirección del Estado desde el 15-M se ha manifestado con más claridad que nunca: el conflicto se ha visibilizado mejor. En segundo lugar, porque esta “salida in extremis”, tortuosa y dolorosa, pone de relieve en qué medida el sistema se siente amenazado. Y, en tercer lugar, porque Rajoy comienza su segunda legislatura presidiendo un Ejecutivo con una evidente minoría en el Congreso, y manifestando pocas aptitudes para la negociación y el diálogo, como mostró en su mismo discurso de investidura. Ese estado de debilidad política promete darle más fracasos que éxitos: si cede poco no conseguirá suficientes apoyos parlamentarios, y si cede mucho no logrará desarrollar plenamente sus políticas neoliberales. Tanto el PSOE con su “no a Rajoy”, como Ciudadanos y su “regeneración democrática” ya han cedido bastante y no les ha ido precisamente bien.

Los tres principales partidos garantes del actual statu quo económico, social y político llevan una trayectoria descendente, más o menos veloz, más o menos accidentada. Y eso sin considerar el precio que el PP (y también el PSOE) ha de continuar pagando por la corrupción. Muchos dicen que su impacto negativo en los resultados electorales ya está descontado: ¡por eso gobierna en minoría después de casi un año sin Ejecutivo! Y tampoco está claro que los populares hayan tocado fondo. Sus 123 escaños del 20 de diciembre (63 menos que en 2011) prueban que puede seguir perdiendo respaldo social.

Pero la abstención traumática del PSOE y el Gobierno en minoría de un PP profundamente lastrado por la corrupción no sólo reflejan la decadencia del sistema. Además, profundizan en ella alimentando las razones de los Indignados (y ahora de las plataformas ciudadanas y de Unidos Podemos) para finiquitar este régimen: si algo ha quedado definitivamente claro es que el Estado español no es una democracia, sino una partitocracia.

Un periodista tan reconocido, lúcido y mesurado como Iñaki Gabilondo hace muy pocos días ha manifestado públicamente su estupor ante el hecho de que Mariano Rajoy haya vuelto a presentarse a unas elecciones y, por añadidura, haya sido nuevamente investido como presidente del Gobierno. Y es que ningún partido democrático europeo habría mantenido a su cúpula dirigente tras una avalancha de corrupción como la que está devastando las filas del PP, y por la cual la propia organización ha sido imputada. No existe un sólo antecedente, ni siquiera en España.

Cabe suponer que muchos militantes populares se hallan igualmente escandalizados por todo ello. Pero lo cierto es que, a efectos prácticos, ni se les ve ni se les oye: es como si no existiesen. Y eso sólo es posible en un contexto de férrea disciplina y de adhesión inquebrantable a sus dirigentes, muy propio de los partidos fascistas y totalitarios pero del todo antagónico a la esencia y funcionamiento de los democráticos.

Por su parte, la abstención, forzada o no, de los diputados del PSOE para favorecer la investidura de un candidato a todas luces impresentable en cualquier democracia europea, por sí misma ya constituye una quiebra ética de los socialistas. Pero que el Comité Federal los haya obligado a hacerlo, contra la palabra dada a sus electores, contra la opinión de la militancia y contra su propia conciencia es, sin duda, un claro ejemplo de ejercicio burocrático y partitocrático del poder: ¿a quiénes representan esos diputados?

Sin quererlo, y ante la urgencia de salvar el sistema, ambas fuerzas políticas han dado un nuevo impulso a uno de los lemas preferidos de los Indignados: no nos representan. Y por ello mismo han ampliado las bases sociales de la auténtica Oposición, a la que el PSOE renunció al desventrarse tan inútilmente como lo ha hecho.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: El electorado del PP y la anomalía española 14 julio, 2016

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Suele decirse que el avance de la globalización neoliberal está despertando dos tipos diferentes de respuestas populares en Europa. De un lado el “modelo oriental”, que también se ha extendido a varios países nórdicos y al propio Reino Unido. Se caracteriza por el ultraconservadurismo (cuando no el fascismo más descarnado), la xenofobia y la desconfianza en las instituciones comunitarias. De otro lado el “modelo meridional”, representado por Grecia, Portugal, quizás Italia, y España (si bien con una llamativa singularidad). Supone el ascenso de una izquierda opuesta frontalmente a las políticas de austeridad y a la élite europea que las está “patrocinando”, y demanda una nueva Europa de los pueblos.

Por su parte, los dirigentes comunitarios responsables de entregar el continente al neoliberalismo, acosados por ambos frentes, han descalificado las dos clases de respuesta social con el apelativo de “populistas”. Pero, sea o no cierto, con ello no han conseguido frenar su expansión: el brexit es una prueba contundente de su impericia.

En ese contexto España constituye un caso anómalo, al menos en parte, pese a la irrupción de Podemos y su meteórico crecimiento electoral. Y lo es por dos razones, desiguales por su importancia. En primer lugar, porque el avance de la izquierda no ha sido suficiente para formar Gobierno, aún incluyendo al PSOE en esa categoría política. Sin embargo, la izquierda gobierna en Grecia y Portugal, aunque haya debido plegarse a muchas de las exigencias austericidas de Bruselas.

No obstante y en segundo lugar, gran parte de la anomalía española obedece al PP y sobre todo a su electorado. En una reciente entrevista televisiva, subrayando de antemano su respeto por todos los votantes, Julio Anguita reclamó el derecho de la ciudadanía a criticar la elección política de sus iguales, debido precisamente a la responsabilidad implícita en el acto de votar. Algunos analistas dan la impresión de creer que todos los ciudadanos maduran su voto desde los mismos criterios y parámetros y con igual rigor: para eso es la “jornada de reflexión”. Pero los expertos en comportamiento electoral saben que en esa decisión interviene una multitud de factores. Y esa complejidad hace muy difícil determinar los motivos de cada elector en el momento de escoger una papeleta u otra: si los sondeos yerran bastante en su aproximación a la intención de voto, lo harían mucho más con los intereses y valores que orientan esa elección.

Se ha insistido que el miedo (a “los rojos” o a la crisis), el deseo de mantener la unidad de España, o los beneficios personales reportados por las políticas de Rajoy han sido las principales palancas que han movilizado a los electores del PP el pasado 26 de junio. Y seguramente sea así, aunque nunca pasará de ser una simple conjetura: por el momento no hay forma de saberlo con solidez científica y con las necesarias garantías de veracidad.

Pero sí que es posible delimitar qué cosas no han sido concluyentes para los votantes del PP. No lo ha sido el criminal aumento de la pobreza y la desigualdad durante la legislatura de Rajoy, que ha situado a España a la cabeza de Europa por su injusticia social. Tampoco lo ha sido el alarmante retroceso de los derechos y libertades, que igualmente ha hecho de España uno de los Estados europeos menos democráticos. Y, por último, no les ha importado lo suficiente el inmenso océano de corrupción en el que (pese a su contrastada flotabilidad) el PP se está hundiendo lentamente: los 137 diputados conseguidos el 26-J no pueden ocultar que ha perdido más de tres millones de votos y casi 50 escaños desde noviembre de 2011, y con ellos la mayoría absoluta.

El aval implícito otorgado a finales de junio por casi ocho millones de personas (uno de cada tres votantes) al despreciable fenómeno de la corrupción del PP es, desde luego, la primera y principal anomalía. Lo es que Mariano Rajoy no haya dimitido hace ya años: en Alemania algún ministro se ha ido por haber plagiado algunos fragmentos de trabajos ajenos en su tesis doctoral. Pero lo que resulta completamente inédito en Europa (salvo quizás por la Italia de Berlusconi) es que el PP siga siendo el partido más votado, hasta conseguir una representación suficiente en el Congreso (absoluta en el Senado) para impedir cuantitativamente una mayoría de izquierdas: no ha sucedido en Grecia ni en Portugal.

En cuanto a la tolerancia con el retroceso de los derechos y libertades, el electorado del PP se desmarca de sus vecinos europeos votantes de los partidos conservadores tradicionales, para integrarse de lleno entre los seguidores de la ultraderecha polaca o húngara. En esos países los gobiernos de extrema derecha se han propuesto como primera tarea desmantelar varios derechos y libertades, individuales y colectivas.

Por último, la tibieza manifiesta de los votantes de Rajoy frente al sufrimiento propio de la pobreza (que ya machaca literalmente a uno de cada tres españoles) nuevamente los convierte en un caso extraordinario, como sucede con la corrupción. Uno de las razones del auge de la extrema derecha (y del declive de los liberales y conservadores) en Polonia y en otros socios europeos ha sido precisamente el aumento de la pobreza. Pero también lo está siendo del avance de la izquierda en no menos Estados, España incluida.

No hace muchos días un comentarista sugirió que la extrema derecha no estaba teniendo éxito en Portugal, Grecia o España porque esas sociedades mantienen muy vivo el recuerdo de las dictaduras militares (y pseudofascistas) que las asolaron hasta los años 70. Es posible que tenga algo de razón. Pero también hay suficiente acuerdo en que, en España, el Partido Popular representa esos valores y, por tanto, cuenta con el apoyo de ese electorado. Y esto también constituye una anomalía en Europa, esta vez no sólo de sus votantes, sino también del PP.

El perfil político así definido de esos casi ocho millones de personas no deja de resultar inquietante desde una perspectiva política: no castigan la corrupción, ni la involución democrática, ni la pauperización masiva de millones de conciudadanos. Sin duda es un factor de fortaleza de los populares, aunque puede que sea un lastre a largo plazo: uno de los rasgos sociológicos de muchos de sus votantes, personas de más de sesenta años, parece corroborarlo. Y podría ser capitalizado por Ciudadanos en su condición de nueva fuerza conservadora. Pero Rivera y los suyos ya han hecho gala de haber heredado del PP su respeto por el franquismo (que no terminan de deslegitimar definitivamente) por su indiferencia ante la memoria histórica de sus víctimas. La anomalía persiste.

Pero la crisis también lo hace. Queda por ver cómo se resuelve esta irregularidad hispana, si con el reforzamiento de las tesis más conservadoras, o con la llegada al poder de la izquierda. En estos días, una parte sustancial de la respuesta la tiene el PSOE, que se debate entre sumar sus votos a una nueva legislatura de Rajoy (aunque sólo sea con su abstención) o forzar unas terceras elecciones consecutivas. En el primer caso, es muy probable que signifique su práctica desaparición: el acuerdo entre los analistas es casi unánime al respecto. No disociarse claramente del neoliberalismo le costó los peores resultados de su historia reciente el 20 de diciembre de 2015. Y el pacto con Ciudadanos para el 26 de junio sólo empeoró más su situación. En el segundo caso, sólo tiene una opción para sobrevivir: presentarse asociado a Unidos Podemos y romper su compromiso con el capitalismo globalizado.