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Nuevo texto sobre el actual proceso de cambio en España 26 abril, 2018

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Manifestación del 8 de marzo de 2018 en Las Palmas de Gran Canaria

Desde su nacimiento a comienzos de 2011, este blog se ha ocupado muy especialmente de la mayoría de los acontecimientos significativos que se desarrollaban en España. Siempre desde una mirada histórica, ha abordado el auge de la corrupción, los Indignados, los procesos electorales y otros asuntos, pero muchas veces centrándose en el análisis de lo inmediato. En esta ocasión he analizado el actual proceso de cambio español desde un enfoque dinámico, contextualizándolo en un marco histórico mayor, que alcanza al menos hasta el final de la Restauración borbónica del último tercio del siglo XIX.

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URGENTE: Asuntos del pasado 27 febrero, 2018

Posted by Domingo in España.
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La constante apelación a los “hechos del pasado” de Mariano Rajoy, los miembros de su Gobierno y muchos dirigentes de su partido para referirse a los casos de corrupción del PP merece una breve reflexión sobre el tema desde una perspectiva histórica e historiográfica. Es obvio que su pretensión es establecer una frontera, un limite, una línea de falla que les permita distanciarse de esos hechos. Es un recurso estilístico equivalente a la también reiterada expresión “esa persona de la que usted me habla”, tan empleada por M. Rajoy cuando le inquieren sobre alguno de sus corruptos ya convictos. Pero es un recurso tan rudimentario como inútil, que además atenta toscamente contra principios elementales del tiempo histórico, de la estrecha relación entre el pasado, el presente y el futuro.

Pero antes de todo eso, tampoco se trata de unos hechos cualesquiera. La reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, condenando al Estado español por haber torturado en el año 2008 a los responsables del atentado de la T4 del Aeropuerto de Barajas, deja muy claro que algunos hechos del pasado no son aceptables debido a su misma naturaleza delictiva. Son profundamente reprobables y deben ser juzgados (y sus responsables deben dar cuenta de lo que hicieron) con independencia del tiempo transcurrido desde que se produjeron hasta el presente. Y la corrupción generalizada del PP (ya se puede afirmar sin temor a equivocarse) no es menos trascendente desde un punto de vista penal, y lo es mucho más para la historia española.

Sin embargo, este no es el principal problema de esa vulgar intentona de Rajoy y sus socios por huir de sus responsabilidades. Lo más importante es que ningún historiador de las diversas corrientes historiográficas actualmente existentes aceptaría la ruptura de la continuidad entre el pasado y el presente. La continuidad histórica es absolutamente innegociable: nadie discute que el presente es hijo del pasado. Incluso aquello que es nuevo en la actualidad, aquello que la distingue de otros tiempos, tuvo en ellos sus orígenes, fue en (y por) ese pasado cuando se engendró. Precisamente la corrupción política fue uno de los principales detonantes (y uno de los caballos de batalla) del movimiento social de los Indignados, del que sin duda alguna nació Podemos, que ha venido a quebrar el sistema bipartidista y a espolear la crisis del PP (y del PSOE, claro).

Asimismo, el hecho de que el Partido Popular consiguiera gobernar durante varias legislaturas seguidas en las comunidades de Valencia y de Madrid no puede desligarse de la financiación añadida y encubierta que disfrutó en todo ese periodo. El dinero negro procedente de las comisiones de empresarios que pretendían adjudicarse obras o servicios públicos le permitió romper ilegalmente una y otra vez los techos de gasto fijados para cada campaña electoral. Eso (entre otros delitos) es lo que se está juzgando en casos como Gürtel o Púnica, en los que se ha puesto de relieve cómo distintos empresarios pagaron directamente actos propagandísticos del PP. Son hechos muy trascendentes porque las campañas electorales hace mucho tiempo se convirtieron en puras operaciones de marketing. Y ya se sabe: a más publicidad, más votos. Como han repetido varios dirigentes de Podemos, el PP ha llegado completamente dopado a muchas de sus victorias electorales, al menos en Valencia y en Madrid. Y, entre tanto asesor de imagen y entrenador personal, habría que preguntarse si uno de los principales problemas de Pablo Iglesias y sus compañeros es que son de los poquísimos políticos personalmente auténticos, muy distantes de cualquier producto publicitado.

Tampoco puede aislarse de esos casos de corrupción la abultadísima deuda pública que arrastran las comunidades de Valencia y Madrid. En septiembre de 2017, la Comunidad Valenciana acumulaba la segunda mayor deuda pública (después de Cataluña), y la mayor de todas las comunidades autónomas en relación a su PIB. La situación de la comunidad madrileña es más desahogada, pese a encontrarse en cuarto lugar por su endeudamiento total. No obstante, sus compromisos no han parado de aumentar desde 2008, en su volumen total y en comparación con su PIB. Aunque lo más llamativo es el contraste de estos datos con el ejemplar descenso de la deuda del Ayuntamiento de Madrid, especialmente desde que está siendo gobernado por Podemos y el PSOE, que lo han conseguido sin deteriorar los servicios públicos. Y todo ello está condicionando el presente más inmediato y también (cómo no) el futuro de esas dos comunidades, al menos en el corto y medio plazo.

¿Pero cuándo finaliza el pasado y comienza el presente? La respuesta de la historiografía tradicional resultaría totalmente desalentadora para M. Rajoy y los suyos, porque la corrupción de su partido formaría parte de un presente más o menos extenso. Hasta hace unas décadas, y todavía hoy quedan quiénes lo creen, se mantenía el precepto de que los historiadores no debían meter sus narices en acontecimientos próximos al tiempo vivido por ellos mismos, fijando un plazo de no menos de cuarenta o cincuenta años atrás. Las razones esgrimidas para establecer ese límite (la supuesta objetividad del investigador y las restricciones para acceder a documentación oficial) ya se han visto superadas en gran medida. De hecho, desde los años 90 las librerías han empezado a vender libros de historia “del tiempo presente” y “del mundo actual”, que rompen la barrera de los cincuenta años y se adentran en las cuatro o cinco décadas posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Y en algunas comunidades de historiadores, como Historia a Debate, ya se habla de la “historia inmediata”. Estos cambios suponen que, en cierto modo, el ayer se acerca extraordinariamente al hoy. Y eso tampoco conviene a la cúpula del Partido Popular: su propia historia les ha preparado una encerrona.

De modo que el pasado persiste en la actualidad a través de sus consecuencias. Pero, a la vez, los tiempos pretéritos son escritos y reescritos desde los condicionantes y las necesidades de los sucesivos presentes, que necesitan ser igualmente reinterpretados. Eso reconoce la mayoría de los historiadores y no faltan ejemplos sobre ello. Desde el “descubrimiento de América” hasta la Guerra Civil española, pasando por la misma Transición, muchos procesos históricos están siendo revisados a la luz de unos nuevos presentes que demandan su propia justificación. Cuando los dirigentes del PP pretenden hacer de la corrupción un asunto del pasado, no sólo están rompiendo la continuidad histórica (algo del todo imposible), sino que intentan reescribir su propio presente en una burda operación de lavado en dos direcciones. Por un lado, difundiendo públicamente una sarta de mentiras: el asunto de la corrupción fue primero una conspiración contra el PP, después una serie de casos aislados, y ahora un tema del pasado. Por otro, ocultando o destruyendo pruebas físicas como el ordenador de Bárcenas (por lo que el PP se ha convertido en el primer partido político acusado de un delito) y amañando los procesos judiciales mediante el nombramiento de fiscales y jueces afines.

Pero, sin saberlo realmente y en pleno desplome electoral, el PP está contribuyendo a la construcción de un nuevo futuro. Como un agujero negro ha polarizado éticamente el arco parlamentario, atrayendo al PSOE y a Ciudadanos a su órbita suicida: M. Rajoy sigue siendo presidente del Gobierno gracias y sólo gracias al apoyo de Sánchez (con su abstención) y Rivera (con sus votos favorables), y a que ninguno de los dos todavía encuentra suficientes motivos para presentar una moción de censura. Es verdad que Ciudadanos está en ascenso (los procesos electorales de los próximos años lo corroborarán, o no), pero a nadie se le escapa que se ha convertido en el puntal por excelencia de este Gobierno, habiéndose presentado antes como el adalid de la regeneración democrática. Asimismo, el PP está sembrando la desconfianza en instituciones como la fiscalía, la judicatura, y las fuerzas de seguridad entre amplias capas sociales. Y a esa dinámica destructiva de este presente también se ha sumado una Monarquía en sus horas más bajas, no sólo con sus propios casos de corrupción, sino también exhibiendo una indiscutible tibieza frente a la del Partido Popular, que ha contrastado enormemente con el inflexible rigor mostrado frente a los dirigentes soberanistas catalanes.

Es muy probable que algún día todos ellos despierten en un presente muy distinto al actual, en el que habrán perdido todo su protagonismo. Y es necesario que así suceda. Si no seremos todos los demás los que terminemos despertando en una pesadilla.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: Un nuevo escenario tras el 21-D. 28 diciembre, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Parece que los resultados de las elecciones autonómicas catalanas de hace una semana han supuesto una vuelta a la casilla de salida, a la víspera del 1 de octubre y de todos los acontecimientos posteriores: la imputación y prisión preventiva de unos cuantos dirigentes soberanistas, la salida de otros a Bélgica, y la aplicación del artículo 155 de la Carta Magna. Y así lo han interpretado algunos porque varios hechos se han repetido. Pero eso no significa que también lo deban hacer sus consecuencias.

Como en los anteriores comicios de 2015 (y como en la consulta de octubre) las fuerzas secesionistas han vuelto a ganar, obteniendo otra vez la mayoría absoluta en el Parlamento catalán. Ni la represión policial y judicial, ni el discurso de Felipe VI del día 3 de octubre, ni la suspensión de la Autonomía, ni la fuga de empresas y el descenso del turismo lo han impedido, consiguiendo reunir varias decenas de miles de votos más que en la ocasión anterior. Durante la última década los partidarios de la secesión no han dejado de aumentar en Cataluña, y hasta el momento nada los ha amedrentado. Para algunos analistas el soberanismo ha tocado techo, pero en cualquier caso la respuesta del Estado ya no puede ser la misma: o profundiza en su trayectoria y “pone muertos en las calles”, o retrocede y abre un proceso de diálogo.

Desde Bruselas, desde la cárcel, o desde la calle, los principales diputados independentistas recién elegidos ya han exigido a Rajoy el inicio de las conversaciones. Su mayoría absoluta en las Cortes catalanas los avala. Y su insuficiente mayoría social lo recomienda, ya que sus votantes no alcanzaron el 48% del total, al igual que en 2015. Al menos una parte del soberanismo empieza a admitir que ese porcentaje no basta para una decisión de tanta trascendencia histórica como la Declaración Unilateral de Independencia.

El desplome del PP también demanda el diálogo: ni siquiera sus propios electores están de acuerdo con la respuesta gubernamental al referéndum de octubre. Por eso han votado masivamente a Ciudadanos. Aunque Rivera ha arropado a Rajoy en todo momento, su partido no es el artífice directo de la oleada de represión desatada desde el aparato del Estado. Y ello, al mismo tiempo, puede convertir la victoria de Inés Arrimadas en un suceso meramente coyuntural. Ciudadanos ha sido esta vez un refugio electoral para los votantes conservadores contrarios a la independencia, pero también a la persecución de los independentistas. Y, como todo refugio, es muy probable que sea transitorio.

Ello permite poner en duda, al menos en parte, un fenómeno esgrimido por las fuerzas políticas “unionistas” y muchos medios de comunicación contra el proceso secesionista: la fractura de la sociedad catalana. Es cierto que se ha producido una evidente polarización política y social con consecuencias negativas en muchos aspectos de la vida cotidiana, hasta el punto de transformar unas elecciones autonómicas en un plebiscito. Pero existe un amplio acuerdo social en Cataluña, cuya dimensión varía según los sondeos, acerca de la mejor salida a esta crisis. La gran mayoría de los ciudadanos apuesta por la convocatoria de un referéndum de autodeterminación, cuyas condiciones, garantías y consecuencias sean el resultado de un pacto previo entre las autoridades estatales y las autonómicas. Y también es la opción preferida entre el resto de los españoles. Seguramente por eso los políticos y medios antisoberanistas han agitado tanto el fantasma de la fractura: no está siendo más que una cortina de humo para ocultar el consenso más importante.

Lo que ya parece totalmente sobrepasado por la historia es que el Estatuto denunciado por el PP ante el Tribunal Constitucional en 2006, o la simple reforma del modelo de financiación autonómica, puedan erigirse en soluciones al problema. Posiblemente también ya esté caduca la propuesta federalista del PSOE, aunque pudiera ser una salida satisfactoria para unos cuantos actores. Quizás por eso el PSC obtuvo un diputado más que en la convocatoria de 2015. Aunque es muy probable que en sus resultados (17 escaños) haya pesado más (y negativamente) el respaldo del PSOE a la suspensión de la Autonomía catalana.

No obstante, lo más paradójico de los resultados del 21-D ha sido el retroceso de la única fuerza política cuya propuesta coincide plenamente con la opinión mayoritaria de los catalanes y de los españoles: Catalunya En Comú Podem. Seguramente sus disensiones internas previas a las elecciones le hayan pasado factura, perdiendo tres escaños con respecto a 2015. Y, sin duda alguna, también lo ha hecho el intenso clima de polarización en torno a la independencia.

Pero será el único partido de todo el arco parlamentario catalán que no deberá cambiar de parecer cuando llegue el momento de la negociación política. Ése es el valor de sus ocho diputados, servir de débil muro de contención a la barbarie implícita en cualquier escenario alternativo al diálogo.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

Nuevo texto sobre el encarcelamiento de los dirigentes soberanistas catalanes 25 noviembre, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Una de las consecuencias del referéndum del 1 de octubre en Cataluña ha sido el encarcelamiento preventivo de un grupo de dirigentes separatistas, cuya condición de presos políticos ha sido discutida. En la sección de España he incluido un nuevo texto sobre el asunto.

URGENTE: Sobre los atentados del 17 de agosto. De los sentimientos a los hechos 29 agosto, 2017

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales.
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Me resulta del todo inevitable sentirme muy cerca de las víctimas de los atentados de Cambrils y Barcelona, aunque sólo se deba al motivo más raso y banal: hace un año paseé por Las Ramblas, el Paseo de Gracia, o el Barrio Gótico durante unos días muy gratos. Antes, el 11 de marzo de 2004, tampoco pude escapar del estremecimiento que experimenté tras la masacre de Madrid. Pero, junto a esos sentimientos, menos aún consigo eludir unos cuantos hechos absolutamente trascendentales que, sin embargo, la mayoría de los políticos, casi todos los medios de comunicación y muchos presuntos analistas barren bajo la alfombra cuando informan y vierten opiniones sobre esos crímenes.

El primero (y quizás el más importante) es que casi el 90% de todas las víctimas del terrorismo yihadista entre los años 2000 y 2014 vivía en países netamente musulmanes, y eran tan inocentes y tan humanas como las de París, Londres o Bruselas. Según la Base de Datos del Terrorismo Global de la Universidad de Maryland la gran mayoría de esos brutales ataques se concentró en el mundo islámico, especialmente en Afganistán, Irak y Pakistán. Como nos ha recordado eldiario.es, los atentados fundamentalistas en Europa Occidental supusieron un 0,1% del total mundial, y los fallecidos a causa de ellos un 0,34%. Y no se trata de reducir a números tanta tragedia, sino todo lo contrario: constatar una vez más que la geografía del dolor también es profundamente desigual.

El segundo hecho indiscutible se refiere, si no al nacimiento de la yihad (que se pierde en los tiempos primigenios del Islam), sí a su transformación en un instrumento de desestabilización internacional mediante el ejercicio del terror a conveniencia de los intereses del Occidente capitalista. A ello se suma una campaña de desinformación masiva sobre “lo árabe” en particular y “lo musulmán” en general ejecutada desde Hollywood (reconocida como la principal máquina de propaganda ideológica estadounidense) ya desde los últimos años de la Guerra Fría. Si bien la mixtificación de todas las culturas ajenas a la estadounidense es una constante desde el nacimiento del cine de masas, a partir de los años 80 los árabes y los musulmanes las más de las veces aparecerán etiquetados como terroristas.

Así, pudimos ver a Chuck Norris (Delta Force, 1986) liquidando a mansalva guerrilleros árabes antioccidentales, señalando de paso el camino que éstos no debían transitar para resolver sus problemas. Pero también presenciamos a Sylvester Stallone (Rambo III, 1988) luchando heroicamente, hombro con hombro, junto a los muyahidines para expulsar a los soviéticos de Afganistán. En ambos casos estas historias de ficción tuvieron un sólido fundamento en la realidad, sobre todo la segunda.

El papel del gobierno estadounidense en la organización, financiación y equipamiento de los muyahidines afganos desde 1978 (seis meses antes de la invasión soviética) es ya suficientemente conocido: se denominó Operación Ciclón, una de las intervenciones más caras de la CIA. Y dos décadas después, su principal muñidor, Zbigniew Brzezinski (asesor de seguridad del presidente Carter en aquel entonces) alardeó públicamente de haber creado el terrorismo yihadista y de no arrepentirse de ello. Entre aquellos terroristas se encontraba un joven millonario saudí, Osama bin Laden, quién puede considerarse cuando menos un colaborador de la CIA. En 1988, cuatro años antes de la salida de las tropas soviéticas, ya había creado la organización Al Qaeda en las montañas afganas.

Las macabras correrías de aquellos mercenarios fundamentalistas una vez “terminado” el conflicto afgano en 1992 son igualmente notorias: Argelia, Kosovo, Irak, Libia, Siria… Excepto Kosovo (íntegramente controlado por la mafia albanesa) todos ellos eran Estados árabes laicos, pero transitaban la senda prohibida por Chuck Norris. Y precisamente en Irak se fundaría el Daesh en el año 2006 a partir de una rama local de Al Qaeda, en medio del vacío de poder y el caos generado tras la invasión del país por fuerzas occidentales en 2003. De ella también sabemos con certeza que los motivos alegados por Bush, Blair, Barroso y Aznar eran totalmente falsos.

Todo apunta a que la Administración norteamericana sigue siendo fiel a la “doctrina Brzezinski”. Sus vínculos con el Daesh no se han limitado a la creación de las condiciones favorables para su implantación y expansión territorial, como en Irak. Diversos grupos yihadistas han recibido financiación y equipamiento militar directamente de Estados Unidos y de varios de sus aliados europeos en Libia y en Siria a partir de 2011. Hasta Hillary Clinton lo ha admitido varios años después.

En tercer lugar, tampoco puedo enterrar en el olvido que la desestabilización y aniquilamiento de regímenes árabes y musulmanes poco dóciles con Occidente mediante el terror islamista nunca ha sido un fin en sí mismo, o el objetivo más importante. Basta con superponer el mapa mundial de los principales productores de petróleo al planisferio político para comprender qué cosa puede valer tanto dolor y sacrificio, tanta destrucción y deshumanización.

Casi todas las previsiones sitúan el agotamiento de las reservas mundiales de petróleo como muy tarde a mediados de este siglo. Para las grandes potencias capitalistas es urgente y prioritario someter el mayor número posible de países productores, u otros cuya posición geoestratégica lo pudieran facilitar. El caso de Irak es paradigmático desde el primer momento, y ya nadie discute hoy que su petróleo fue el verdadero motivo de la invasión de 2003.

El cuarto hecho más que probado, y para muchos otros del todo insoslayable, es que el avance del terrorismo yihadista, fundamentalmente en Irak y Siria, no habría sido posible sin el respaldo material y económico de Estados como Arabia Saudí, Qatar y Turquía. El Daesh y el Islam wahabista están siendo impulsados con millones de dólares anuales por las citadas monarquías petroleras del Golfo Pérsico (ambas absolutistas, teocráticas y desconocedoras de la mayoría de los Derechos Humanos), porque el terror también constituye un instrumento en el conflicto entre Arabia Saudí (de mayoría sunní) e Irán (de mayoría chií) por la hegemonía regional. A su vez, Turquía ha armado directamente al Daesh y ha comercializado su petróleo no sólo para frenar el avance iraní en Siria e Irak. Erdogan y sus socios quieren impedir además que los kurdos (una pieza clave en la guerra contra el ISIS) dominen suficiente territorio sobre el que levantar un Estado soberano.

Pero Turquía (integrante de la OTAN desde 1952), Qatar y Arabia Saudí son excelentes socios, aliados y amigos de Occidente: incluso financian la Fundación Clinton. En todos ellos hay bases militares norteamericanas desde hace mucho tiempo. Y los saudíes en particular son unos clientes envidiables de la industria armamentística estadounidense y europea, incluida la española, de la que es su mejor comprador tras los miembros de la Alianza Atlántica.

Y en quinto lugar, me resulta imposible no tener en cuenta el efecto social del terrorismo islamista en las calles de las ciudades europeas, la finalidad de ese 0,1% de ataques asesinos: propagar el miedo. En algunos lugares lo está consiguiendo, aupando a grupos y partidos fascistas y racistas, y alentando ataques islamófobos. Pero en otros sitios, como en Barcelona, los terroristas han provocado el efecto contrario. Ha sido emocionante y esperanzador que el grito espontáneo de los ciudadanos congregados en la Plaza de Cataluña el día después se haya convertido en el lema de muchos barceloneses y catalanes: “No tenemos miedo”.

Sin embargo, con o sin miedo, el terror fundamentalista está siendo utilizado extensamente en Estados Unidos y Europa como la excusa perfecta para recortar libertades y derechos. Desde el 11 de septiembre de 2001 quedó claro para muchos expertos que las primeras víctimas de la “guerra contra el terrorismo” serían unas cuantas garantías de las que gozaban los ciudadanos occidentales, especialmente las relativas a la libertad de expresión y al secreto de las comunicaciones. Y así ha sucedido. Una supuesta seguridad se ha impuesto a la libertad, ante la inacción y el silencio de una buena parte de la sociedad civil y de los medios de comunicación.

Conociendo todos estos hechos resulta cuando menos grotesco escuchar a Mariano Rajoy y a sus acólitos (también de otros partidos) hacer llamamientos a la unidad para derrotar a “quiénes quieren arrebatarnos nuestros valores y nuestro modo de vida”. Y es que en esta ocasión esa frase tan trillada encierra tres mentiras.

De un lado, no sabemos si efectivamente el yihadismo quiere destruir nuestras sociedades. Pero estamos seguros de que está hiriendo gravemente o arrasando completamente muchos países árabes y musulmanes: Níger, Libia, Somalia, Egipto, Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Indonesia… Está debilitando hasta la extenuación una región entera del mundo (el Islam) para ponerla a los pies de Occidente.

De otro lado, quiénes realmente están destruyendo nuestro modo de vida son los partidos ejecutores de políticas neoliberales. En España el PSOE y sobre todo el PP (con la inestimable ayuda de Ciudadanos) están dinamitando el Estado del Bienestar y los derechos y libertades, haciendo de este país uno de los más desiguales y menos democráticos de Europa, según la UE, la OSCE, la OCDE…

Y el tercer y más perverso embuste es el relativo a la unidad. Con el telón de fondo del proceso soberanista de Cataluña, el gobierno del PP y la prensa afín han instrumentalizado el terrorismo yihadista y los atentados del pasado 17 de agosto con fines partidarios y para desacreditar al gobierno y las instituciones catalanas, empleando para ello el aparato del Estado.

Por una parte, el ministerio del Interior ha impedido que los Mossos accedieran a las bases de datos policiales sobre terrorismo: la Ertzaintza puede hacerlo desde que el PNV votó a favor de los actuales presupuestos del Estado en el Congreso. Y en 2015 funcionarios policiales españoles alertaron a un grupo islamista que se encontraba bajo vigilancia de los Mossos en el marco de la Operación Caronte.

Por otra parte, pocos días después de los atentados de Barcelona y Cambrils se desató una campaña desinformativa tendente a ensuciar la imagen del ayuntamiento de Barcelona y de la Generalidad. El engaño sobre unas declaraciones de Puigdemont asociando los ataques al proceso soberanista, los bolardos, el correo electrónico del policía belga, el supuesto aviso de la CIA, el asunto de los Tedax en el chalet de Alcanar, etc. ocuparon muchas páginas periodísticas y comentarios televisivos y radiofónicos. Cuando finalmente se han desmontado uno a uno, tampoco se ha apreciado mucho interés de sus autores por desmentirlos.

A la vista de todo esto, uno no puede dejar de preguntarse quiénes son realmente nuestros enemigos. Y si el grito de “no tenemos miedo” en la Plaza de Cataluña inquietó más que sosegó (o viceversa) a Mariano Rajoy y a Felipe VI, que con tanto afecto y cordialidad han saludado y tratado siempre a los miembros de la casa real saudí.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)