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Nuevo texto sobre la Trama 14 mayo, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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La iniciativa de Podemos de sacar a las calles el Tramabús y la casi inmediata ejecución de la Operación Lezo han constituido una de esas tan raras como ilustrativas coincidencias que merecen ser analizadas. Así pues, he escrito un nuevo texto sobre el asunto, integrado en la sección de España.

URGENTE: La ruta del plagio… y la ciénaga de la indecencia 12 enero, 2017

Posted by Domingo in España.
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rutaplagio

 

El fenómeno del plagio se gesta en las escuelas e institutos, donde la reproducción literal de conocimientos ajenos, y no la elaboración de un saber propio, sigue siendo decisiva para el éxito académico aún en la mayoría de las ocasiones. En ese contexto la autoría de esos conocimientos, habitualmente regurgitados en un examen, es del todo insignificante, y más todavía lo es su reconocimiento, incluso cuando textos ajenos enteros se copian y pegan en un supuesto “trabajo personal” acerca de tal o cual asunto. Como muchos docentes denuncian, Internet ha favorecido exponencialmente estas prácticas. Pero la “red de redes” no es responsable de nada, sino un modelo de enseñanza incapaz de “sentar” a los niños y jóvenes a construir su propio conocimiento.

Hasta este punto es más un problema educativo que ético, pero ése es el bagaje con que llegan muchos de los estudiantes más exitosos del sistema a las puertas de sus estudios superiores. En los ciclos formativos de grado superior o en los centros universitarios y asimilados deben hacer proyectos y trabajos de investigación, tarea para la que apenas poseen formación y experiencia, por lo que la rutina de copiar y pegar se perpetúa. Y asimismo deben afrontar exámenes, generalmente más importantes para promocionar, cuya preparación se centra, una vez más, en memorizar decenas de páginas de apuntes.

Concretamente en la Universidad, no faltan estudiantes de los últimos cursos y de tercer ciclo que, a toro pasado, constatan con perplejidad cómo han hecho de “negros”, realizando el trabajo de base para una publicación de algún profesor. Ciertamente ese libro, o serie de artículos, ha sido redactado por el docente, sin cuyo concurso no se habría materializado. Pero tampoco habría sido posible sin el esfuerzo de aquellos estudiantes (en ocasiones decenas) que las más de las veces no merecen siquiera un reconocimiento genérico en las dedicatorias previas al índice, o en alguna nota a pie de página o final. Ésta ya es una primera fisura ética, un primer test de tolerancia ante la usurpación y expolio del trabajo ajeno.

Los supuestamente más cualificados entre ellos inician su vida profesional como docentes universitarios. Emprenden entonces una extenuante competición de publicaciones, imprescindible para consolidar su puesto de trabajo, y más aún para ascender en el jerarquizado escalafón que estratifica al profesorado de los centros superiores españoles. Una lógica exigencia, fundada en la obligación de dar cuenta regularmente del desarrollo de sus investigaciones, termina convirtiéndose en algunos casos en una puerta abierta a la apropiación del esfuerzo de otras personas, mediante la explotación del alumnado o, directamente, el plagio. Hábito, falta de tiempo, temor a perder competitividad, incompetencia, deshonestidad: los condicionantes del plagio pueden ser muy diversos y algunos de ellos son compartidos por la mayoría de los profesores universitarios del mundo, aunque muy pocos llegan a cometerlo.

Todo ello permite cuestionar el sistema de acreditación de méritos vigente en la universidad española. Yendo más lejos, arroja dudas razonables sobre el modelo de acceso a la docencia en la enseñanza superior. Y, finalmente, legitima una severa crítica del paradigma de enseñanza y aprendizaje dominante en todas las etapas del sistema educativo. Pero lo que resulta completamente inédito, y al tiempo inaceptable, es que Fernando Suárez, el rector multiplagiario de la Universidad Rey Juan Carlos, no haya dimitido, ni lo piense hacer. Igualmente lo es el silencio cómplice (cuando no el apoyo abierto) de importantes sectores de su propia institución y de otras universidades. Y lo es también la inacción de las autoridades competentes. Eso sí que no sucede en la mayor parte del mundo, y menos en Europa.

Por haber plagiado trabajos ajenos en sus tesis, o en alguna publicación, durante los últimos años han dimitido de sus cargos una vicepresidenta del Parlamento Europeo (2011), un ministro de Defensa alemán (2011), un presidente húngaro (2012), una ministra de Educación alemana (2013), y un ministro de Defensa taiwanés (2013). La mayoría, además, renunció voluntariamente a su título de doctor o le fue retirado por la universidad correspondiente. Otros plagiarios, como la secretaria de estado francesa Rama Yade en 2011 o el presidente del Gobierno rumano en 2012, sin embargo no dimitieron, alegando que “ese error” no dañaba la validez de su actividad política. Y no les faltó cierta razón. Pero Fernando Suárez, como primera autoridad de su institución académica, es justamente el principal responsable de que “esos errores” no se produzcan.

Su conducta sólo es comprensible desde el fondo de la ciénaga de deshonestidad e indecencia en que se ha venido sumergiendo paulatinamente una parte de la sociedad española, y sobre todo la España oficial, a lo largo de las dos últimas décadas. No es fácil desentrañar el origen de este naufragio ético, pero sí es posible señalar algunos de sus hitos más destacados. Uno de ellos se desarrolló el 10 de septiembre de 1998. Aquel día toda la cúpula del PSOE y varios miles de personas más acompañaron hasta la entrada de la cárcel de Guadalajara a José Barrionuevo y Rafael Vera, condenados por el asunto de los GAL, en el que se malversaron fondos públicos y se conculcaron derechos fundamentales. Otro hito se produjo seis años después, cuando el Gobierno de José María Aznar mintió deliberadamente a los españoles y a la comunidad internacional sobre la autoría de la masacre del 11 de marzo.

No obstante, los casos de corrupción protagonizados por dirigentes y responsables políticos del PSOE y del PP, y la actitud cuando menos tibia (si no cómplice) de ambos partidos con ellos han hundido principios como la sinceridad y la honestidad hasta profundidades desconocidas en la historia reciente española. Y toda esa impudicia ha irradiado con fuerza a personas e instituciones que, como Fernando Suárez, se hallan muy cerca del poder. La mejor representación gráfica de este fenómeno la publicó la revista El Jueves muchísimos años antes de que se desencadenaran todos esos acontecimientos y, por tanto, con otro protagonista. Bajo la tradicional imagen del Tío Sam un breve texto rezaba: “Soy como el rey Midas pero al revés: todo lo que toco lo convierto en mierda”.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: Cuando el tiempo corre contra la dignidad 9 noviembre, 2014

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Ramón Cotarelo termina un reciente artículo suyo acerca de la corrupción del sistema, y especialmente del partido en el gobierno, asegurando que “la única salida digna es dimisión del gobierno, disolución parlamentaria y elecciones anticipadas, antes de que la situación se deteriore más”. Fue un final totalmente inesperado, del todo sorprendente. Pero no lo fue por su autor, o porque falten motivos para proponerlo: hace tiempo que las razones para unas elecciones generales anticipadas se desbordan del tazón de lo aceptable. En Alemania, espejo en que tanto dicen mirarse el gobierno y su partido, los ministros dimiten por copiar dos páginas de una tesis. Resulta prodigioso porque nadie más lo ha exigido, al menos entre las principales fuerzas políticas con representación parlamentaria, incluyendo Podemos.

Puede objetarse que interpelar a este gobierno para que abandone sus poltronas es como pedirle peras a una ameba. Si algo ha demostrado, desde que se hizo más que notorio el incumplimiento de su programa electoral de 2011, es desconocer absolutamente la conjugación del verbo dimitir. Desde entonces, el goteo de casos de corrupción en que se han visto envueltos unos cuantos miembros del propio gobierno y muchos cuadros del PP, se ha transformado en una gigantesca ciénaga que lo ha inundado todo: pero el gobierno continúa felicitándose por lo bien que lo está haciendo. Así que enredarse reclamando su dimisión constituye un ejercicio estéril, un esfuerzo baldío al que no merece la pena dedicar muchas energías. Sobre todo, teniendo en cuenta que 2015 será un año doblemente electoral, y el electorado ya se ocupará (supuestamente) de desalojarlos de muchos resortes del poder, como parecen indicar las encuestas.

Se trata sin duda de un argumento particularmente endeble, frente al valor de lo que se pierde cada día que Rajoy y sus ministros continúan ocupando La Moncloa: dignidad. (¡Vergüenza, vergüenza! Eso vienen gritando últimamente los Indignados). La dignidad, ante sí mismos y ante los demás, de los partidos que no exigen esa dimisión inmediata, y también la dignidad de todos los españoles, se pierde a raudales en aquella ciénaga con el paso de las horas.

Los partidos mejor colocados en los sondeos de intención de voto mantienen ese silencio indigno precisamente por temor a que Rajoy, por una vez, decida disolver las Cortes y convocar elecciones anticipadas: no le interesa ni al PP. El PSOE, aunque aventaja levemente a los “populares”, sigue consiguiendo unos resultados misérrimos y está en proceso de renovación interna. Izquierda Unida también se ha visto salpicada por el caso de las tarjetas B de Bankia, y quizás prefiera dejar pasar unos meses, cuando el tufillo de ese caso sea menos perceptible. Y a Podemos lo cogería con el paso cambiado, cuando está empezando a organizarse para afrontar los retos electorales de 2015.

Cuando la dignidad de todos se intercambia por escaños y cuando la estrategia electoral es más importante que la exigencia de justicia, no queda mucho espacio para la esperanza. La dignidad reclama otra política, otra democracia y, en lo inmediato, demanda unas elecciones anticipadas.

URGENTE: Pipiolos con tarjeta 15 octubre, 2014

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Banlia

Aún recuerdo cuando, a mediados de los años 80, los dirigentes de todos los partidos celebraban la madurez política del pueblo español y la consolidación del sistema democrático, cacareándolo a los cuatro vientos. En aquel entonces, pese a mi juventud y a encontrarme aún muy lejos de terminar la carrera de historia, todo aquello me causaba cierta perplejidad. No me cuadraban las cuentas.

Un dictador es “muy mal padre” por muchos motivos. Y uno de los más sobresalientes es la feroz inmadurez política en la que sume a todos “sus hijos”: es un fenómeno universal. Los españoles habían tenido un padre nefasto durante casi cuarenta años, y la cohorte más veterana nacida bajo un régimen constitucional contaba tan sólo con tres o cuatro añitos.

Por supuesto, una parte de la sociedad española sí poseía en los 80 una madurez política (o al menos una convicción democrática) más que contrastada. Pero jamás tuvo la fuerza suficiente para derrocar al tirano, que de no morirse de viejo, lo habría hecho de aburrimiento. Más bien sucedió lo contrario. El nuevo régimen había sido en cierto modo una de sus últimas disposiciones, y ni uno solo de los responsables del aparato del estado nacional-católico tuvo que dar una explicación ante absolutamente nadie, ni tan siquiera ante la historia: la Transición los había absuelto a todos.

Eso fue posible porque la dictadura, además, “había llovido sobre mojado”. Su dilatada impronta de inmadurez democrática incidió sobre una sociedad que apenas si había protagonizado algún proceso revolucionario y cuya experiencia democrática no sumaba más de doce años en el transcurso de casi dos siglos. El “Sexenio” (1868-1874) constituyó el único período realmente democrático en la historia española de todo el XIX, y fue el resultado de la única revolución digna de ser denominada así: “La Gloriosa”. Y la Segunda República (1931-1936) representó la segunda excepción, tan breve como la primera, en una historia contemporánea de ignorancia, atraso y tiranía más o menos indisimulada. Ambas experiencias finalizaron bajo el yugo de los uniformados y sus armas. Así fue hasta 1978.

Treinta años después, no cabe la menor duda que aquellos dirigentes políticos erraron estrepitosamente, o mintieron descaradamente: la inmadurez democrática de la mayoría de los españoles es un hecho incontestable. Pese a todas las “mareas” (la blanca, la verde, la violeta…), se hace evidente en la insuficiente respuesta social al progresivo recorte de derechos y libertades que venimos sufriendo en los últimos años.

También se manifiesta en la valoración social de lo público, que sólo es posible cuando ese ámbito ha sido ganado y construido por el pueblo, y eso nunca ha sucedido en España. La sociedad española está muy lejos de defender “lo público” al igual que lo hacen otros pueblos europeos, como el francés. Las consecuencias son visibles en todo el espectro, desde el cuidado que reciben las papeleras de los parques y las calles, hasta las instalaciones de colegios y hospitales. Pero también lo manifiesta el prestigio que todavía concede una parte significativa de la sociedad española a la enseñanza y la sanidad privadas, falso e inmerecido a la luz de todos los estudios e informes que una y otra vez indican lo contrario.

Pero lo más revelador es el éxito y la fortaleza de la corrupción, que ha hecho de España uno de los países más turbios de Europa. Los cursos del INEM, los EREs, la trama Gürtel, o las tarjetas opacas de Bankia prueban que una parte muy significativa del conglomerado político y empresarial (empezando por sus cúpulas) considera lo público como su cortijo privado. Todos estos casos han generado una creciente repulsión social que, sin embargo, sigue siendo limitada: muchos de esos “multicorruptos” han revalidado su respaldo social, entre la ciudadanía o entre las asociaciones empresariales.

La supuesta madurez democrática de las élites españolas no es más que un enorme camelo. Y, si alguna vez existió, la fórmula del “y tú más”, que irrumpió con tanto éxito en la confrontación partidaria a comienzos de los 90, acabó con ella. A día de hoy, la vigorosa salud de esa ética heterónoma es el mejor símbolo de la derrota de la madurez, y el mejor instrumento para seguir haciendo una pedagogía de la cretinidad política.

Como en los 80, una parte de la presente sociedad española posee profundas convicciones democráticas y una envidiable madurez política. Y el perfil sociológico de los Indignados y de otros movimientos sociales nacidos desde 2011, aunque muy diverso, apunta sobre todo a las cohortes nacidas y educadas en el actual régimen constitucional. Pero los resultados de las últimas elecciones europeas son elocuentes sobre su carácter aún minoritario: un exiguo 15% del electorado respaldó opciones distintas a las tradicionales, que no forman parte (activa o pasiva) de las élites corruptas. ¿Qué sucederá en 2015?

URGENTE: Los Pujol o la guinda catalana 4 septiembre, 2014

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Aunque en absoluto he realizado un seguimiento exhaustivo del asunto, el escándalo protagonizado por la familia Pujol, y especialmente por su patriarca el expresidente de la Generalidad, está sirviendo exclusivamente para desacreditar el proceso soberanista catalán. De hecho, se dice que esas actividades ilícitas eran conocidas por toda la cúpula del poder político español desde la época en que gobernaba Felipe González. Así pues todo parece indicar que su reciente publicación por un conocido diario persiguió ese fin: ¿por qué no se destapó antes?

El propio Jordi Pujol contribuyó en buena medida a la actual instrumentalización antisoberanista de sus trapos sucios cuando en su tiempo estableció una relación de identidad absoluta entre él y la comunidad que presidía: atacar a Pujol era atacar Cataluña. Y algo de cierto puede haber en ese descrédito. Cabe preguntarse qué clase de estado independiente se dará Cataluña si una de las figuras más distintivas del catalanismo está pringada hasta las cejas, tras años de evasión de capitales supuestamente procedentes de actividades delictivas o al menos éticamente reprobables. A día de hoy, el título de “honorable” que ostentó durante tanto tiempo no parece otra cosa que un sarcasmo.

Parece, pues, que el escándalo de los Pujol podría socavar el proceso soberanista. Sin embargo, ese proceso tiene otros actores distintos de la burguesía catalana, que esa familia representa perfectamente. También lo protagonizan varias fuerzas republicanas y de izquierdas, e importantes movimientos sociales que, por el momento, mantienen limpias sus manos y sus bolsillos.

Ahora bien, CiU jugó un destacado papel en el desarrollo de la Transición política y en las primeras décadas de gobierno democrático en España. Jordi Pujol solía repetir que la Generalidad también era Estado para justificar las crecientes aspiraciones competenciales de su comunidad autónoma. Además, los representantes de CiU en el Congreso de los Diputados, dirigidos por Miguel Roca, siempre se presentaron como garantes de una acción política responsable y de la estabilidad del estado español. Y eso tampoco deja de ser verdad.

Por eso resulta sorprendente que ninguno de los grandes medios de comunicación haya sido capaz de atar el último cabo. Las consecuencias de este feo asunto no trascenderían las fronteras catalanas, si la corrupción de una parte muy significativa de la clase política fuese un fenómeno exclusivamente catalán. Pero no es precisamente así. En realidad el caso protagonizado por los Pujol viene a completar un cuadro de corrupción que atañe a la totalidad de las fuerzas políticas más comprometidas con la Transición y el gobierno de España desde 1975 hasta la actualidad, con dos excepciones: el PCE (y la actual IU) y el PNV, precisamente las menos afines al sistema de las fuerzas con una representación parlamentaria ya histórica.

Así pues, la divulgación de los manejos de los Pujol podría tener un efecto boomerang sobre el sistema. Puede que dañe parcialmente al soberanismo catalán, pero socava aún más la legitimidad de la actual monarquía parlamentaria, porque sus pilares se han revelado definitivamente viciados. Quienes han conducido a los españoles a “este hoy” han demostrado sobradamente que no merecían hacerlo. Aunque en realidad fue Miguel Roca quién hace ya muchos meses puso la guinda catalana al pastel de la corrupción, asumiendo la dirección de la defensa de la infanta Cristina ante el juez.