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Soberanía popular. El trasfondo de las revelaciones de WikiLeaks

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La soberanía popular es un invento sobre todo de la burguesía europea de finales del siglo XVIII y todo el XIX. Fue un concepto revolucionario destinado a subvertir el orden político del Antiguo Régimen, donde el poder terrenal que ejercían los monarcas absolutistas provenía nada menos que de dios. En España, la delegación del poder divino a un mortal (eso sí, adornado de muy altas virtudes) perduró hasta hace históricamente muy poco: Francisco Franco fue caudillo de todos los españoles durante casi cuarenta años “por la gracia de dios”.

La burguesía europea, enriquecida hasta la saciedad por el comercio colonial a lo largo de toda la Edad Moderna, sin embargo no tuvo poder político alguno durante esos tres siglos. En el mejor de los casos, como en Francia, se vio mezclada con “la chusma” del campesinado y los trabajadores urbanos (artesanos, sirvientes…) en los Estados Generales.

Hasta que, a golpe de revoluciones, se hizo con el poder en el discurrir del siglo XIX, instaurando el estado liberal. En esta nueva forma de gobierno, la soberanía popular, con la que los burgueses habían sumado las clases populares a sus revoluciones, se quedó en “su soberanía”, excluyendo de los procesos electorales al campesinado, al naciente proletariado, y a las mujeres. Sólo las luchas de estos grupos sociales consiguieron, y no hasta mediados del siglo XX, que la soberanía popular lo fuera realmente.

La segunda parte del siglo XX suele retratarse como un período de extensión y consolidación del poder de la ciudadanía en los estados democráticos. Sólo de vez en vez, casi accidentalmente, se conocía algún caso en que la solidez de la soberanía popular era menoscabada por la actuación de algún gobernante, como en el escándalo Watergate. La Guerra Fría, contra el “monstruo totalitario del comunismo”, hacía necesario que la soberanía del pueblo apareciera completamente impoluta a los ojos de la opinión pública.

Pero, como era lógico sospechar, y las filtraciones de WikiLeaks han venido a demostrar, en realidad el poder legítimo no emana del pueblo, sino del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica y de los grandes grupos de poder económico que lo sostienen. Tampoco el pueblo estadounidense es precisamente soberano.

Varios de nuestros gobernantes, unos cuantos ministros y altos funcionarios del estado (jueces y fiscales) no trabajan para el pueblo español, aunque éste les paga sus jugosas nóminas. No, trabajan para potencias extranjeras que les dictan lo que deben hacer, al menos en determinadas ocasiones. En el caso del periodista José Couso, favoreciendo los intereses del ejército de los Estados Unidos, en vez de cumplir y hacer cumplir la constitución española y las leyes internacionales. En el asunto del Sahara Occidental, ignorando la opinión abrumadoramente mayoritaria de la ciudadanía española (favorable a la causa saharaui) y también el derecho internacional, trabajando en la sombra a favor de la totalitaria y corrupta monarquía alauita.

Ojalá todo esto sucediera sólo en España. Sin embargo, ocurre en casi todos los estados liberales. La soberanía popular es un timo en poder de nuestros gobernantes democráticamente electos. Pero es el martillo de Thor en manos de su legítimo propietario cuando éste, definitivamente, decide usarlo. Ejemplos muy recientes no faltan, como el de Bolivia durante casi toda la primera década de este siglo XXI. Allí el pueblo derribó, uno tras otro, varios “gobiernos democráticos”, pero dispuestos a entregar los recursos naturales del país a grandes empresas extranjeras.

La soberanía existe realmente, y pertenece al pueblo porque sólo él tiene la capacidad efectiva de ejercerla, más allá del mercadeo en que se han convertido las urnas. Y, si no, tiempo al tiempo, que de eso trata la Historia.

Las Palmas de Gran Canaria, diciembre de 2010

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