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Un par de omisiones acerca de las causas de la crisis económica

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Muchos economistas y otros expertos están de acuerdo en que la crisis económica mundial desatada en 2008 es una de las más graves de la historia del capitalismo, peor al menos que la de 1973. Sin embargo su gravedad difiere del contexto en que se ha producido: cuando la generación de riqueza en Occidente -y en España en particular- había alcanzado cotas desconocidas hasta ahora, y cuando hacía veinte años que el capitalismo campaba a sus anchas por el mundo tras su victoria en la Guerra Fría contra el socialismo en 1989.

¿Por qué estalló entonces esta recesión cuando el negocio marchaba sobre ruedas? Las respuestas que han dado los economistas capitalistas, más o menos afortunadas, tienen un objetivo común: presentarla como un accidente, como una anomalía fruto de algún mal funcionamiento del sistema. Y muchos los han creído, incluso entre quiénes han adoptado actitudes muy críticas con el origen de la crisis y con las respuestas gubernamentales.

Sin embargo, han omitido dos tipos de respuesta reveladoras de hasta qué punto esta debacle, como todas las sufridas por el capitalismo, no es en absoluto una anomalía, sino el resultado y la condición de su propio desarrollo. Es el síntoma y, a la vez, el medio de su buena salud.

La primera respuesta se sitúa en la larga duración histórica. El sistema económico capitalista es el único conocido cuyas crisis son consustanciales a su misma naturaleza y funcionamiento. De hecho, existe una nutrida historiografía económica dedicada a estudiar los ciclos y ondas de expansión y contracción de la actividad capitalista. Por eso mismo todas sus recesiones importantes se produjeron tras períodos de intensa creación de riqueza.

La actual, además, reúne todas las anteriores. En 1873 se desató la Gran Depresión, causada por la sobreproducción de bienes agrarios e industriales. En 2008 lo fue de productos inmobiliarios y financieros. El Crack de 1929 estuvo provocado por la sobreespeculación con los valores bursátiles de las grandes empresas. Ahora se había especulado más allá de lo razonable con el valor de aquellos mismos bienes inmobiliarios y financieros. La crisis de 1973 se debió a una espectacular subida de los precios del petróleo. En julio de 2008 éstos habían alcanzado su máximo histórico.

Así pues, nadie puede decir que éste ha sido un crack desconocido, ni tampoco inesperado. No en balde, diversas voces pudieron anticiparlo con varios años de antelación: ¿o hemos olvidado lo mucho que se habló en España de la “burbuja inmobiliaria” antes de que se desinflara estrepitosamente? Sin duda alguna los economistas capitalistas pudieron oír estas voces, pero su trabajo más importante consiste en velar lo sustancial de todas las crisis: contribuyen directamente al desarrollo de la acumulación a escala global, que es otra denominación de la avaricia extrema. La historia de los últimos tres años lo confirma plenamente. Ahora los ricos son más ricos y fuertes, y los pobres más pobres y desprotegidos. Los mismos que provocaron la crisis y se han lucrado con ella están dictando sus soluciones a los gobiernos y a las ciudadanías del mundo.

En segundo lugar, en el corto plazo histórico esta recesión tampoco ha sido precisamente desconocida e inesperada para los chamanes del capitalismo. Al contrario, sabían muy bien de ella porque apenas veinte años atrás se había desatado una exactamente igual en Japón, de la que, por cierto, aún no se había recuperado en 2008. El caso es que el nombre con que allí se la conoce y las causas que la provocaron aconsejan registrarla en la “Caja B” del análisis económico: la “crisis yakuza”. Por eso apenas nadie la ha recordado en los últimos tres años.

No obstante, ya en 2005 François Gayraud, comisario de policía francés, señalaba que la penetración de la mafia japonesa en la economía legal, particularmente en el mercado de productos hipotecarios, había provocado el hundimiento de su sistema financiero. Y advertía que la familia Gambino, de la mafia neoyorquina, estaba desarrollando la misma estrategia con la financiera Merril Lynch. Suele mencionarse mucho la bancarrota de Lehman Brothers en septiembre de 2008 como el hito representativo del comienzo de esta recesión, seguramente por las dimensiones de esa entidad. Pero en el mismo mes el Banco de América inyectó 44.000 millones de dólares en Merril Lynch para evitar su hundimiento a causa de las hipotecas subprime. Y sus dimensiones no son precisamente despreciables: opera en más de cuarenta países. Pero los vínculos con la mafia hicieron que su historia pasara bastante más inadvertida: muy al gusto de las organizaciones criminales transnacionales.

Esta recesión no es una crisis del sistema. Por el contrario, es una vuelca de tuerca más en su desarrollo. Ni tan siquiera la implicación de las mafias debe entenderse como un suceso extraordinario: el crimen, los peores crímenes jamás cometidos, han acompañado siempre al capitalismo desde su mismo nacimiento hasta hoy. Los capitalistas han sido, sin duda alguna, los peores genocidas de la historia. Así que las consecuencias sociales de una crisis son del todo insignificantes para ellos. Eso explica decisiones como la que adoptaron los directivos de Movistar, aprovechando el más que saludable estado de las cuentas empresariales: asignarse unos jugosos bonus y despedir a varios miles de trabajadores.

Los capitalistas y su despreciable ética perversa son el peor problema de nuestra humanidad. Y las auténticas soluciones de esta crisis no deben provenir del campo de la (supuesta) Ciencia Económica Capitalista, que es sólo una burda cortina de humo, sino de una Ética centrada en el ser humano y la vida, y de una Política realmente democrática. Por eso Democracia Real Ya es una auténtica estaca hincada en el corazón de Nosferatu.

Las Palmas de Gran Canaria, junio de 2011.

Comentarios»

1. Nabil - 10 junio, 2011

Bueno, eso era de esperar, era muy sospechoso que nadie lo viese venir y con el sistema actual de dinero fraccionado (se llamaba así, no?) existe un ciclo y una etapa de ese ciclo es una crisis económica.

Bueno, el debate es el mismo, derrocar al capitalismo pero, ¿para poner qué? es obvio que el socialismo fracasó por el mismo error que el capitalismo (los dirigentes se beneficiaban a costa de los trabajadores) y es un error incorregible, así que hay que idear algo nuevo. Recuerdo un documental donde se planteaba un nuevo sistema pero ese tipo de documentales no tienen mucha difusión. Si lo reencuentro lo posteo. Pero eso, algo nuevo, ¿tienes las bases para un sistema económico que tienda al equilibrio en lugar de un crecimiento exponencial autodestructivo y cuyo ciclo no inclua una recesión económica?

Domingo - 11 junio, 2011

¡Hola Nabil!
Lo que hace ya históricamente inadmisible al capitalismo es su propio corazón, el objetivo que motiva la actividad económica en este sistema: la progresiva acumulación de riqueza por parte de unos pocos, la mera avaricia. Los economistas capitalistas definen la “economía” como la “forma más racional posible de distribuir unos recursos escasos”. A la vista está que esa definición es falsa. Cada día se tiran a la basura toneladas de alimentos frescos, las suficientes para alimentar a todos los seres humanos que sufren malnutrición; pero cada día mueren más de 5.000 niños a causa del hambre. Existen bastantes medicamentos en el mundo para sanar a todos los que padecen enfermedades curables; sin embargo cada día más de 7.000 personas sucumben ante ellas.
Así que esos medicamentos y alimentos no se dirigen allá donde son necesarios (que sería lo racional), sino hacia los mercados donde se les puede extraer más rentabilidad, más beneficios. Los capitalistas convierten en mercancía “todo lo que tocan”, incluyendo los seres humanos, primero bajo la fórmula de la esclavitud (sin la que no existiría el capitalismo), y luego por medio del salario. Al fin y al cabo nuestra condición de mercancías es una de las principales denuncias del movimiento Democracia Real Ya.
La mercantilización de todos los bienes, producidos por los seres humanos o por la madre naturaleza, es también la razón de los demás grandes problemas que sufren la humanidad y la Tierra. Es la causa de la destrucción del medio ambiente, y asimismo de los principales conflictos armados. Es la razón de la creciente desigualdad mundial y de los desequilibrios que ésta genera: grandes movimientos migratorios, enfrentamientos étnicos… Está provocando una uniformización cultural indeseable, a costa de la destrucción de pueblos y culturas enteras, y de valores tradicionales más necesarios que nunca. Si sumamos el coste de todo lo que destruye la actividad capitalista y que sus economistas no incluyen en “sus cuentas”, el saldo es inmensamente ruinoso, simplemente suicida.
El capitalismo hacía aguas por casi todos lados hasta 2008. A salvo de su naufragio general quedaban su poder político y su hegemonía ideológica. Hasta ese año, muchos creyeron poder participar del gran festín de la avaricia. De hecho, ésta es la auténtica novedad de la recesión que estamos sufriendo: la participación de una multitud de pequeños, pero absolutamente necesarios, colaboradores. Sin embargo, la crisis ha quebrado ese dominio ideológico. Y movimientos sociales como Democracia Real Ya han comenzado a minar su poder político.
Pero la realidad es extraordinariamente paradójica. El capitalismo ha desarrollado el conocimiento y la tecnología de tal forma que el mundo puede alimentar dignamente a todos sus habitantes y proveer todas sus necesidades básicas. Ha creado unos medios de comunicación capaces (y sólo capaces hasta el momento) de interconectar a todas las personas del planeta en igualdad de condiciones, permitiéndoles expresarse y recrear su cultura para el resto de la humanidad.
Alguien escribió hace poco que el mundo está pariendo otro nuevo. El “otro mundo posible” está mucho más cerca de lo que creemos. Sólo falta que todo ese despliegue de actividad humana y de recursos tecnológicos se haga en beneficio de todos, y no de una minoría.


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