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Masacre de Madrid

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El mejor consuelo para el inimaginable dolor que ha provocado la masacre de Madrid ha sido, quizás, la reacción de los madrileños y españoles ese día y las jornadas posteriores. En Canarias también se sintió, pese a que, hasta ahora, el terrorismo nos ha parecido algo materialmente remoto.

No obstante, seguro que todavía muchos isleños recuerdan las acciones contra pescadores canarios en aguas del Sahara (atribuidas unas al gobierno marroquí y otras al POLISARIO), o la propaganda armada del MPAIAC. Todo ello sucedió durante la segunda mitad de los 70 y la primera de los 80.

Claro que la España de ese período -la Transición- y el mundo de aquellos años (el comienzo de la caída del Muro) estaban plagados de grupos terroristas. El Exercito Gerrilleiro do Pobo Galego Ceibe, Terra Lliure, los GRAPO, ETA… son los nombres más conocidos de aquel fenómeno terrorista, y sus significados ayudan de algún modo a señalar el problema de esos días. En cualquier caso, la existencia del terrorismo español (más seco o más húmedo) ha sido, supongo, suficientemente explicada por la abundante literatura historiográfica y politológica sobre la Transición y el tardofranquismo.

Como también lo han sido muchos de los otros terrorismos de aquellos tiempos. En síntesis, y salvo manifestaciones muy locales (quizás el caso español sea uno), la mayoría se inscribió en la dinámica de enfrentamiento global entre el bloque soviético –ya en proceso de descomposición- y Occidente. En ocasiones los servicios secretos, en otras abiertamente los gobiernos de las grandes potencias y de sus estados vasallos promovieron, instrumentalizaron, apoyaron o crearon grupos terroristas. Éstos actuaron en todos los continentes y asesinaron a millares de personas, inocentes o culpables según en qué lado de la contienda se diese la noticia.

Con el fin de la Guerra Fría, la victoria del bloque capitalista, y el comienzo de la constitución del Imperio muchos grupos desaparecieron porque también lo hizo el contexto en que se desarrollaron. Unos por defender los intereses del bando perdedor, otros por haber conseguido sus objetivos contribuyendo a la victoria de Occidente. Pero en los últimos 15 años otros se han transformado o, simplemente, han nacido.

Sabemos que Al Qaeda y Osama bin Laden se fraguaron en las montañas afganas, financiados y armados por los Estados Unidos. Cuando acabó el problema de Afganistán con la salida rusa (aunque realmente comenzó para sus habitantes, que hubieron de sufrir una guerra civil y el régimen talibán), los afganos –como han sido conocidos- vivieron una especie de diáspora. Empezaron a hostigar a otros estados del mundo musulmán aún desafectos a Occidente, como Argelia. Sobre asesinatos de policías y militares argelinos versaba bastante material incautado por la policía española a los militantes de Al Qaeda identificados, localizados y detenidos, si no recuerdo mal, menos de 24 horas después de los atentados del 11 de Septiembre de 2001.

Acerca de lo sucedido ese día hay aún bastantes sombras, y de diversa naturaleza. Las suficientes para que el Congreso de los Estados Unidos se haya visto obligado a investigar las posibles responsabilidades de la Administración. Pero sí sabemos que el terrorismo, antes y después del 11 de Septiembre, está sirviendo al Imperio como pretexto para reforzar su poder y su capacidad de control global. En el centro del sistema, recortando derechos y libertades individuales y colectivas, y reforzando su dominio de la información. En la periferia, estigmatizando, controlando, sancionando, hostigando, o simplemente invadiendo estados relevantes por razones geoeconómicas o geopolíticas, como Afganistán e Irak, en ocasiones aliados y en otras enemigos.

El mundo árabe y musulmán es un bloque muy significativo de la desarticulada periferia del Sistema, como el Latinoamericano. Lo es demográficamente, geoeconómica y geopolíticamente, y culturalmente también. Por ello, está siendo objeto de una feroz actividad destructiva y de rapiña, suficiente para nutrir con miles de voluntarios las filas de cualquier grupo terrorista. Y no precisamente de personas con trastornos de personalidad, sino de sujetos cuerdos y lúcidos, como nos recuerdan los expertos.

Tan intensa y feroz es esta rapiña que el marco jurídico internacional vigente, el de la Guerra Fría, es ya insuficiente para el Imperio. Su último gran zarpazo necesitó escenificar algo parecido a la constitución de una compañía corsaria. En Azores, quebrando el derecho, la verdad, y la voluntad de la mayoría de los pueblos, se decidió atacar e invadir Irak. Allí estuvieron representados los Estados Unidos de Norteamérica, el Reino Unido de la Gran Bretaña, y el Reino de España.

Por ello, y no por otra razón, el pasado 11 de Marzo fueron asesinadas tantas personas en Madrid. Y fue el propio Gobierno el primero en reconocerlo. Espoleado por la inmediatez de una Elecciones Generales, desvió la atención pública e internacional sobre la autoría de los atentados, para atenuar así su responsabilidad política en los mismos. Y tan profunda es esa responsabilidad, que no le importó irritar a la ONU y a todos sus socios europeos. Tras haber irritado antes a los árabes y a sus propios ciudadanos, claro.

La retirada de las tropas españolas de Irak no devolverá vidas, ni curará heridas, ni atenuará el sufrimiento de tantas personas. Tampoco significaría ceder al chantaje terrorista, como han manifestado varios representantes del gobierno estadounidense, empleando una dialéctica de patio de colegio. Pero supondría dar un paso atrás en el alineamiento español con la cara más cruel del Imperio que se está construyendo.

Aunque, en realidad, lo más relevante es el contenido material que se atribuya al concepto de lucha contra el terrorismo. Y eso está relacionado directamente con la esencia –y el discurso- del mismo Imperio. Si es lo que se ha venido haciendo hasta ahora, habrá otros Irak, otras guerras injustas; y también más onces de cualquier mes. Si se devuelve algo de justicia al mundo, habrá más esperanza y menos asesinos.

Las Palmas de Gran Canaria, abril de 2003

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