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La rocambolesca “eliminación” de Osama bin Laden

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Es asombroso que los grandes medios de comunicación occidentales no se hagan la pregunta más pertinente sobre las circunstancias de la supuesta muerte y “sepultura oceánica” de Osama bin Laden. Pero, en tanto el gobierno de los Estados Unidos no presente una sola prueba (que no lo ha hecho), esta muerte no pasa de ser otro rumor, como los de 2001 o 2007, aunque bastante mejor publicitado. O no tanto, porque la única fotografía de su cadáver difundida hasta el momento resultó ser un fiasco. Y, en cuanto a las muestras de ADN, ya sabemos que afortunadamente no es necesario matar a nadie para obtenerlas. Pese a ello, la inagotable credulidad de esos medios se ha contagiado socialmente como el virus más agresivo.

Claro que son los mismos medios que, generalmente, han exhibido un clamoroso autismo ante las versiones alternativas del 11-S. Y no me refiero solamente a unos cuantos vídeos (descalificados generalmente como “conspiranoicos”) que circulan por Internet cuestionando las causas del desplome de las Torres Gemelas, o que el ataque al Pentágono fuese realizado con un avión de pasajeros. También han ignorado las opiniones de unos cuantos periodistas, de reconocidos arquitectos, o de algún jurista. Ni se han enterado de que un tercio de los ciudadanos norteamericanos, y más aún los familiares de las víctimas, rechaza la versión oficial de lo sucedido aquel espantoso día. Pero sobre todo no han prestado atención a Andreas von Bulow, ministro de defensa y responsable de los servicios secretos alemanes, autor de un libro sobre la CIA y el 11-S. Ni tampoco a Francesco Cossiga, ya fallecido, quién lo fue todo en la política italiana y europea durante varias décadas. Ambos han manifestado repetidamente su total convicción de que el 11-S fue obra de la CIA y el Mossad. Y nadie podría acusarlos de ser unos desinformados, ni menos aún de antiamericanismo.

Resulta muy doloroso aceptar que alguien pueda concebir, planificar y ejecutar una barbaridad como esa. Aunque bastaría recordar a Nerón, quién hizo arder media Roma con unos objetivos muy concretos (si bien los hay que lo exoneran). También es verdad que fue un tirano y que la suya, nunca mejor dicho, es historia antigua. Otra cosa es admitir la idea de un gobierno democrático haciendo algo parecido en “nuestros tiempos modernos”. Y sin embargo el de los Estados Unidos de Norteamérica lo ha hecho; ha conspirado contra su propio pueblo en muchas ocasiones.

Como el 15 de febrero de 1898, cuando el acorazado Maine (atracado desde hacía tres semanas en el puerto de La Habana sin que, por otra parte, hubiera sido invitado) sufrió una brutal explosión que segó las vidas de 254 marineros y de sólo 2 oficiales porque el resto, casualmente, se encontraba en una cena ofrecida por las autoridades españolas. El gobierno estadounidense impidió a los buzos hispanos inspeccionar el casco del buque para comprobar si la explosión había sido interna o externa. Pero no dudó en declarar la guerra a España inmediatamente. Antes de terminar el año la bandera estadounidense ondeaba en Cuba, Puerto Rico, Filipinas, y Guam. El paso del tiempo no ha hecho sino confirmar el autoataque, aunque para los estudiantes norteamericanos la autoría española del hundimiento del Maine sigue siendo un dogma de fe.

El 7 de diciembre de 1941 una impresionante fuerza aeronaval japonesa lanzó un ataque masivo contra Pearl Harbour, en Hawai, donde se hallaba concentrada la flota del Pacífico. El ataque costó la vida a 103 civiles y 3.478 militares estadounidenses, y fue todo un éxito del almirante Yamamoto. Salvo por un motivo: los tres portaviones norteamericanos, el factor de hegemonía en la guerra oceánica, no se encontraban allí, otra vez por pura casualidad. Cada vez hay más evidencias de que el gobierno de los Estados Unidos conoció con antelación los preparativos de esta agresión y que, por tanto, pudo evitar muchas de esas muertes. Pero Japón le estaba ganando la partida imperialista en Asia y el Pacífico, y el pueblo norteamericano era abrumadoramente contrario a la participación de su país en la guerra. Ese mismo día su opinión cambió sustancialmente y Estados Unidos de Norteamérica, por fin, entró en el conflicto que le convertiría en la primera potencia mundial.

Antes de terminar esa guerra (al menos desde 1944) y hasta 1974 el gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo centenares de ensayos nucleares, empleando como cobayas humanos tanto a civiles como a militares. Las víctimas nunca fueron informadas, o lo fueron muy parcialmente, sobre el alcance de las pruebas, cuando no fueron coaccionadas para participar en ellas. En total, se estima que unas 16.000 personas sufrieron estos experimentos, aunque su impacto real es del todo desconocido. La era atómica, que USA inauguró en 1945 lanzando dos artefactos sobre Japón, supuso también una dura competencia con el nuevo enemigo, la URSS. La carrera nuclear y la lucha contra el comunismo lo justificaban todo.

Es en este contexto, la Guerra Fría, donde emerge la figura de Osama bin Laden y la parte mejor conocida de su historia. La invasión soviética de Afganistán en 1979 fue contrarrestada muy pronto por los Estados Unidos, que financió y entrenó a los mujaidines para combatir al Ejército Rojo (aunque hoy se sabe que la actividad americana en el país asiático comenzó antes, provocando en cierto modo la intervención rusa). Osama bin Laden fue uno de los elegidos por la CIA para instruir y organizar a aquellos “luchadores por la libertad”, en un conflicto donde el tráfico de opiáceos (como ahora) jugó un papel crucial.

Sin embargo, también por las mismas fechas, Osama y su familia empezaron a entretejer otro tipo de lazos con los Estados Unidos, particularmente con los Bush, que aún existen. La historia de sus relaciones financieras y empresariales es tanto o más extensa que la de sus actividades terroristas. Lo suficiente para hacer una excepción muy especial en el cierre del espacio aéreo estadounidense decretado durante el 11-S y los días posteriores: la de los yets privados que sacaron del país a varios miembros de la familia bin Laden. Alguno de ellos había sostenido una reunión con el presidente George W. Bush un día antes (el 10 de septiembre) en el hotel Ritz-Carlton de Washington.

Casi todas las fuentes coinciden en que la “ruptura política” entre Osama y los Estados Unidos se produjo supuestamente 10 años antes, a causa de la primera guerra del Golfo contra Saddam Hussein. Pero ¿por qué uno de los brazos ejecutores más importantes de la intervención norteamericana en Afganistán (para muchos, agente de la CIA) tendría que “romper relaciones” con su mentor por frenar la agresión a Kuwait de un régimen tan declaradamente anti-islamista como el iraquí? De hecho, tras la guerra de 2003, se demostró que no existía vínculo alguno entre Hussein y Al Qaeda.

En realidad, es muy posible que Osama bin Laden jamás haya dejado de trabajar para la CIA. Ya en el año 2000 Michael Hardt y Antonio Negri explicaban cómo el imperio de nuevo cuño que empieza a gestarse tras el final de la Guerra Fría (del que Estados Unidos es su elemento privilegiado, aunque no “es” ese imperio) necesita del desorden permanente para construir su soberanía global. Ésa fue la nueva misión asignada a bin Laden y sus hombres desde el comienzo de los años 90 hasta hoy: sembrar el caos por todo el mundo. A decir de Hardt y Negri, ese nuevo imperio sustituye la legalidad internacional por el consenso entre varias potencias y por la legalidad interna de los Estados Unidos, que se convierte así en el sujeto imprescindible para intervenir allá donde “se hace necesario”. El 11-S constituyó un hito en ese proceso. A partir de ahí el gobierno norteamericano ha podido actuar a la vista de todos y con total impunidad (secuestrando, torturando y asesinando) en cualquier lugar del planeta. Es suficiente con repasar la historia de la última década para comprobar el éxito de esta estrategia.

Quizás bin Laden murió en 2001 en las montañas de Tora Bora, o después a causa de una grave enfermedad, aunque es poco probable. Pero, de no ser así, es casi seguro que continúa vivo. En el primer caso, el presidente Obama lo ha utilizado como cuenta la leyenda del Cid Campeador, que muerto y atado a su montura hizo huir al enemigo. En el segundo caso, le habrá concedido una más que merecida jubilación.

Porque, todavía vivo o ya muerto, el pasado 1 de mayo Osama bin Laden ha llevado a cabo su última misión. Los Estados Unidos abandonarán pronto Afganistán, dejando a los talibanes en el gobierno, por las buenas o por las malas. Y, sin su falsa muerte, no habrían alcanzado uno solo de los objetivos declarados para invadir el país. En el camino, y tras 10 años de guerra, han quedado las vidas de casi 1.600 soldados norteamericanos, que los logros ocultos de esta operación (del todo inconfesables, aunque conocidos) jamás podrán compensar.

Las Palmas de Gran Canaria, mayo de 2011.

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