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Islam, yihad y terrorismo. Algunas reflexiones desde la complejidad histórica

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Las abominables acciones terroristas perpetradas en Francia comenzando este 2015 y las reacciones más inmediatas en Europa (cuyas autoridades se han lanzado a la caza del yihadista) están preocupando de un modo u otro a la mayoría de los europeos, y particularmente a los de confesión islámica. El problema es que pocos asuntos han sido manipulados como éste lo está siendo, en un contexto social dominado por el desconocimiento y los prejuicios. Pero las víctimas de la redacción de Charlie Hebdo y los otros asesinados en esos tres días de horror reclaman algo muy distinto.

Más allá de la premeditación con que se haga, el motivo fundamental de ese falseamiento se halla en cómo los gobiernos, los medios de comunicación y muchos expertos están eludiendo la complejidad del yihadismo y su historia, en especial la más reciente. El terrorismo yihadista y los conceptos comúnmente empleados en su análisis corresponden a dos categorías de “hechos” humanos: los religiosos y los políticos. En la realidad material aparecen en una amalgama más o menos confusa. Pero su examen riguroso exige hacer ese tipo de distinciones. No se trata únicamente de respetar las normas del análisis “científico”. Hacerlo también implica comprender mejor el fenómeno. Y esto, a su vez, posibilita dar respuestas más adecuadas.

Así, en primer lugar, la yihad es un concepto presente en el Corán. Pero lo está de un modo lo suficientemente impreciso, y no necesariamente ligado a la guerra, para que otros escritos islámicos posteriores se hayan visto obligados a concretarlo. Pero ya no forman parte del libro revelado por Dios a Mahoma.

Ciertamente, desde sus orígenes (a caballo de la tercera y la cuarta décadas del siglo VII de la era cristiana) hasta el día de hoy, el concepto y la práctica de la yihad han sido entendidos por la mayoría de los musulmanes como una guerra santa, generalmente defensiva y respetuosa de los no combatientes, en especial de las mujeres y los niños. Pero también es verdad que entre los creyentes no ha existido ni existe un acuerdo absoluto sobre su significado. Para otros muchos supone el esfuerzo y el sacrificio personal por acercarse a Dios. Asimismo se interpreta como la perseverancia en la consecución de una sociedad más justa. Incluso ha llegado a emplearse para designar la lucha de las mujeres por su liberación.

A esta disparidad contribuyó la extraordinaria diversidad geográfica y cultural de las regiones del planeta por las que el islam se extendió desde muy pronto. Como sucedió siglos antes con el cristianismo, su expansión territorial y su desarrollo histórico favorecieron la proliferación de distintas corrientes en su seno. Pero lo más importante es que, ni antes ni ahora, la yihad ha tenido ni tiene relación alguna con el terrorismo de Al Qaeda o del Estado Islámico para la inmensa mayoría de los musulmanes.

Por eso la identificación facilona entre ´”musulmán” y “partidario del terrorismo yihadista” no sólo es radicalmente falsa, sino que causa un profundo dolor entre la comunidad islámica mundial. Un dolor tanto más agudo y justificado cuanto que las principales víctimas de ese terrorismo, y con mucha diferencia, son musulmanes: se cuentan por decenas de miles en Afganistán, Pakistán, Siria, o Irak, donde Al Qaeda asesinó a más de 9.000 personas tan sólo en 2014.

Y es que la memoria islámica guarda el recuerdo de algunas sectas extremadamente rigoristas que en el pasado hicieron del asesinato selectivo de reyes y otros jerarcas (puro terrorismo) la principal estrategia para difundir su fanatismo religioso. Es el caso de los nizaríes, que sembraron el terror, especialmente en Persia, entre los siglos XI y XIII, apenas cuatro siglos después del fallecimiento de Mahoma.

Esto puede conducir a otra falsa identificación entre el islam y el fanatismo religioso. Quizás sea porque la memoria cristiana es más endeble. Basta con recordar a los dulcinistas (siglos XIII y XIV) o a los taboritas (siglo XV), cuyos atentados contra las autoridades y las propiedades de la iglesia católica les granjearon una feroz persecución del poder político y religioso, que concluyó siempre con el martirio de sus dirigentes y el exterminio de sus seguidores. La misma suerte que corrieron los nizaríes.

Vinculado a esto, también resulta muy fácil identificar el Islam con el enfrentamiento violento de sus distintas corrientes, tal como sucedió en el siglo VIII con la cruenta guerra civil entre suníes y chiíes. Pero las numerosas y feroces guerras de religión que asolaron Europa durante los siglos XVI y XVII, entre las que destaca el conflicto con los hugonotes en Francia (trufado de atrocidades), son más que suficientes para borrar del todo esa imagen del mundo islámico.

Tanto en el seno del cristianismo como en el del islam estas sangrientas luchas intestinas no estuvieron exentas de intereses políticos, aunque los motivos religiosos fueron los realmente preponderantes. Sin embargo, en las cruzadas que tiñeron Tierra Santa de sangre musulmana y cristiana durante los siglos XII y XIII prevalecieron las razones políticas y económicas. De nada sirvió que las huestes de una fe y otra compartieran una tradición común, desde Abraham hasta Jesús, el penúltimo profeta de los musulmanes. Las motivaciones políticas del papado y de unas cuantas cabezas coronadas pesaron mucho más. Como también lo hizo el deseo de dominar la región que abría (y cerraba) las puertas al comercio con el Lejano Oriente para los grandes mercaderes europeos.

Durante la Edad Moderna esa pugna continuó, centrada en el dominio del Mediterráneo. Así, en su extremo oriental el milenario imperio bizantino desaparecía del mapa en 1453 borrado por los turcos otomanos, un imperio en expansión situado ya al frente del orbe islámico. Poco más tarde, en 1492, en el límite occidental del antiguo Mare Nostrum, el último reducto musulmán de la Península Ibérica, el reino nazarí de Granada, era ocupado por las tropas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Y la victoria cristiana en la batalla de Lepanto (1571) supuso el final del expansionismo otomano y, en cierto modo, el principio del declive musulmán, político y quizás cultural.

La batalla de Lepanto según Paolo Veronese Fuente: Wikipedia.

La batalla de Lepanto según Paolo Veronese Fuente: Wikipedia.

Pero no fue hasta la Edad Contemporánea en que ese declive se transformó en subordinación. Primero fue el turno del norte de África (desde Mauritania hasta Egipto) que sería ocupado la mayor parte de las veces a sangre y fuego por las potencias imperialistas europeas. El dominio otomano (más formal que real) del Oriente Próximo hasta 1918 no impidió la paulatina penetración europea en esa región, cuyos gobiernos locales serían sistemáticamente instrumentalizados en favor de los intereses de esas potencias industriales. La derrota el imperio otomano (aliado de Alemania) en la Gran Guerra y el posterior Mandato de la Sociedad de Naciones sobre sus territorios asiáticos significaron la subordinación definitiva del corazón del islam a las apetencias occidentales. Y en aquel momento esas apetencias ya no eran otras que el petróleo, tan abundante en esa región como los granos de arena en sus desiertos.

Si hasta el siglo XV la luz de la civilización (filosofía, literatura, medicina, matemáticas, astronomía…) había brillado indiscutiblemente en el mundo islámico, en los inicios del siglo XX esa luz alumbraba la Europa industrial y cristiana, ante los ojos de millones de musulmanes. Es muy común escuchar, incluso entre muchos creyentes, que los extremistas y una parte de la comunidad islámica pretenden volver a la Edad Media, que se encuentran anclados en ella. El protagonista norteamericano de Samarcanda (Amín Maalouf, 1989), en referencia al Irán de comienzos de la pasada centuria, lo retrata de una forma descarnada: “Si los persas viven en el pasado, es porque el pasado es su patria, porque el presente es para ellos una región extranjera donde nada les pertenece. Todo lo que para nosotros es símbolo de vida moderna, la expansión liberadora del hombre, es para ellos símbolo de dominación extranjera: las carreteras son Rusia; el tren, el telégrafo, la banca, son Inglaterra; correos es Austria-Hungría…”

Desembarco de alhucemas (1925) Fuente: Wikipedia.

Desembarco de Alhucemas (1925) Fuente: Wikipedia.

Como consecuencia, durante los años 20 del pasado siglo nacieron los primeros movimientos políticos islamistas, como una respuesta propia a la hegemonía occidental, que buscaba distanciarse tanto del modelo liberal europeo y norteamericano como del sistema comunista de la Unión Soviética. Y, aunque se dividieron en distintas tendencias, más moderadas o más extremistas (que en ocasiones llegaron a enfrentarse), su principal objetivo nunca fue atacar a Occidente (si no era para expulsarlo de sus países), sino construir un estado acorde con los principios del islam, que implicaba entre otras cosas una mayor justicia social.

Sin duda en la actualidad la mayoría de los musulmanes no alberga ese sentimiento de rechazo a “lo occidental”, ni milita en las filas islamistas. Una prueba de ello es la Primavera Árabe. Sin embargo, las razones para su persistencia, lejos de haberse difuminado, han aumentado a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.

Las independencias nacionales de los actuales países islámicos, muchas de ellas logradas durante los pasados años 50, no significaron sin embargo una verdadera autodeterminación. La explotación de sus recursos naturales (en especial el petróleo) continúa en manos occidentales, así como la mayor parte de los beneficios de esa actividad inmensamente lucrativa. Y cuando alguno de esos jóvenes estados ha decidido romper esa relación de subordinación, generalmente desde procesos democratizadores, la injerencia occidental ha truncado de inmediato la intentona. La historia de Irak, un país independiente desde 1932, es paradigmática en ese sentido y aún hoy sigue siendo un magnífico y negro ejemplo.

Y todo ello explica, de paso, la extraordinaria estabilidad política de las monarquías absolutas del Golfo Pérsico. Son regímenes autocráticos, cuyos súbditos sí que viven en la Edad Media, reducidos a un modelo de relaciones sociales y políticas propias del Antiguo Régimen. Muchos de ellos disfrutan las comodidades tecnológicas del siglo XXI. Sin embargo soportan el yugo de un orden genuinamente feudal. ¿Pero a quién le interesa en Occidente? Lo único importante es que los hidrocarburos sigan manando en abundancia y a buen precio.

La fundación del estado de Israel en Palestina tras la Segunda Guerra Mundial, llevada a cabo con el apoyo o la inhibición de las todavía potencias coloniales, y sobre todo las consecuencias para el pueblo palestino hasta el presente, constituyen sin duda otra fuente con que alimentar un posible sentimiento antioccidental en la comunidad islámica y particularmente la árabe. El invariable incumplimiento de las resoluciones de la ONU por Israel y las reiteradas acciones genocidas de su gobierno y sus fuerzas armadas contra los palestinos aparentemente conmueven muy poco a las autoridades del Occidente cristiano, que no rompen sus relaciones con Israel, no promueven sanciones económicas, no prohíben el comercio de armas… La impunidad de Israel no parece importarles demasiado (porque son sus mullidores), pero exaspera profundamente a muchos musulmanes. Pese a todo, su indignación no ha sido razón suficiente para que decidan engrosar las filas de Al Qaeda de una forma significativa.

El drama palestino también duele a los que debieron emigrar a sus antiguas metrópolis coloniales a partir de los años 60, cuando la reconstrucción de Europa tras la postguerra había concluido y disfrutaba de un extraordinario crecimiento económico. La acción británica, francesa o española en sus colonias musulmanas (y en las demás) estuvo muy lejos de procurar su desarrollo social y económico. A su marcha, los europeos apenas si dejaron atrás escuelas, hospitales o infraestructuras, salvo las destinadas a la explotación de sus recursos naturales. Y el modelo neocolonial de relaciones que implantaron tras las independencias (esta vez junto a los Estados Unidos) tampoco lo ha hecho.

Pero sus esperanzas de una vida mejor en Europa se han visto constantemente frustradas, salvo para una minoría. Ni ellos, ni sus hijos, ni sus nietos han conseguido salir de los suburbios de las grandes ciudades europeas, ni de la pobreza que les hizo abandonar su tierra natal. Y tampoco les ha conducido a justificar el terrorismo yihadista, como han manifestado en varias ocasiones en sus comunicados oficiales. Pero los problemas de integración social que sufren cotidianamente sí han provocado violencia social, como los disturbios que hace diez años asolaron unas cuantas ciudades francesas, provocados por una actuación policial en la que fallecieron dos jóvenes de ascendencia magrebí. Fue un serio aviso que las autoridades galas parecieron finalmente olvidar.

Aunque no son las únicas aquejadas de amnesia. Es bastante paradójico que Barak Obama haya dado un tirón de orejas a los gobiernos europeos a causa de esas dificultades de integración. Ni el color de su piel ni la responsabilidad que detenta le ayudaron a recordar lo más evidente. La minoría mayoritaria de los Estados Unidos, descendiente de la más inhumana inmigración forzada, el espanto de la trata esclavista, sigue sufriendo graves problemas de integración. Las cifras y las caras de la desigualdad social y la pobreza, las de la población reclusa, y los disturbios que conmocionaron varias ciudades en los últimos meses de 2014 (provocados nuevamente por varias actuaciones policiales) se desvanecieron de sus recuerdos cuando decidió afear a David Cameron hace pocos días.

Aunque los efectos más llamativos y trascendentales de la amnesia sobre Obama y sus aliados europeos no terminan ahí. Ni ellos ni los medios de comunicación han querido recordar un solo instante de estas semanas cuál es el origen de Al Qaeda y de su macabro éxito.

Los muyahidines afganos que combatieron la invasión soviética de su país a partir de 1979 (en plena Guerra Fría) contaron desde el principio con el respaldo occidental y en especial de los Estados Unidos por medio de la CIA, que dirigía en aquel entonces Bush padre. Aquellos “luchadores de la libertad”, a decir del presidente Reagan y su administración, pudieron hacer frente al Ejército Rojo gracias a la financiación y las armas que Occidente les hacía llegar de forma masiva a través de Pakistán. En medio de esa confrontación nació Al Qaeda, dirigida por Osama bin Laden, un millonario saudí con cuya familia los Bush mantenían estrechas relaciones empresariales.

La derrota soviética y la salida de sus tropas de Afganistán en 1989 no hubiese sido posible sin el auxilio occidental a Al Qaeda. Los muyahidines habían vencido, pero su victoria los dejó completamente desocupados. Aunque muy pronto los acontecimientos en Argelia los devolverían a la actividad.

Durante la Guerra Fría, Argelia había permanecido bajo la tutela soviética. Pero, con la desaparición de la URSS, empezaron las presiones occidentales sobre el régimen argelino exigiendo su democratización, en un contexto de crisis económica y de auge del islamismo. Las elecciones generales celebradas finalizando 1991 dieron la victoria a un movimiento islamista moderado, el Frente Islámico de Salvación (FIS). Las nuevas presiones occidentales (que tampoco deseaban un estado islamista en el bajo vientre de Europa) y la naturaleza ideológica del aparato del estado hicieron el resto: el ejército ejecutó un golpe de estado en 1992, que fue seguido por la ilegalización del FIS. Fue una auténtica encerrona.

Empezó así una larga guerra civil, que se prolongó durante toda la década y que les procuró un nuevo quehacer a “los afganos”, como fueron denominados los guerrilleros del Grupo Islámico Armado (GIA) por los mismos argelinos. El GIA terminó alzándose como el movimiento antigubernamental más destacado, tras enfrentarse también al brazo armado del FIS, debido a su carácter moderado. Y poco después cambió su nombre para denominarse “Al Qaeda del Magreb Islámico”.

La historia posterior del terrorismo yihadista está más fresca en la memoria de todos. Dos años después del final de la guerra civil de Argelia (que aún sigue sufriendo la actividad terrorista) vendría el 11 de septiembre de 2001. Su protagonista principal fue Osama bin Laden, aunque siguen pesando muchas dudas razonables sobre la planificación y autoría reales de aquellos atentados. Y supuso la definitiva transnacionalización de su organización, que ya actúa en muchos países musulmanes segando cada año millares de vidas, casi todas de creyentes en su misma fe. Su desarrollo ha llegado al punto de concebir su primera escisión, el Estado Islámico, una organización terrorista más centrada en crear un estado (califato) propio en amplias regiones de Irak y Siria (donde ha impuesto un férreo control basado en la Sharia) que en atacar los intereses occidentales por todo el mundo.

No cabe la menor duda de que los más firmes detractores del terrorismo yihadista no se hallan en los despachos de los gobiernos occidentales. Éstos poseen una descomunal y múltiple responsabilidad en su nacimiento y su presente auge, aplaudiendo y financiando sus actividades cuando les eran propicias, como en Afganistán, Argelia, Libia y ahora Siria. Tampoco se encuentran en las calles de las urbes europeas, por mucho que sus habitantes se vean injusta y gravemente amenazados, hasta ahora sólo de vez en vez.

La inmensa mayoría de los musulmanes de cualquier lugar del mundo sufre como nadie la existencia del terrorismo yihadista, y no sólo por sus víctimas, que en su caso también incluyen a los terroristas abatidos. También sufre por la gigantesca hipocresía de los cristianos gobiernos de Occidente. Por un lado, pretenden olvidar su papel en el desarrollo de organizaciones como Al Qaeda. Por otro, persisten en mantener la subordinación del mundo islámico a sus intereses, sumiendo en la pobreza y la desesperanza a muchos millones de jóvenes, de entre los que sólo algunos pocos, muy pocos, deciden militar en las filas terroristas.

Occidente también sigue anclado, pero en el siglo XIX y en su modelo de relaciones de subordinación de los pueblos musulmanes, que desea perpetuar a toda costa. La cristiandad le debe una incalculable reparación histórica al islam. Sería un gran primer paso en la lucha contra el terrorismo yihadista. Pero “este Occidente” jamás lo hará, porque de un modo u otro lo sigue alimentando. El precio que esta vez ha debido pagar, las vidas insustituibles de los redactores de Charlie Hebdo, de dos policías, y de los cuatro clientes de un supermercado no son más que calderilla en el “debe” de su cuenta de resultados.

Su condena de los atentados es puro paripé. La nuestra no puede ser la misma.

Domingo Marrero Urbín
Las Palmas de Gran Canaria, 20 de enero de 2015.

Comentarios»

1. Pedro Guerra - 21 enero, 2015

Serio, muy serio. Hasta ahora no he visto a nadie que lo explique de forma tan clara y moderada.

Domingo - 21 enero, 2015

¡Gracias, Pedro, por tu amabilidad! Creo que el asunto se lo merece.

2. María Jesús - 22 enero, 2015

Gracias Domingo. Ha sido un texto muy clarificador.

Domingo - 22 enero, 2015

Gracias a ti, María Jesús, eso he intentado.

3. Aarón - 28 enero, 2015

Excelente. Todo el mundo puede opinar PERO a la gente se le olvida que el carácter científico de la historia y que la formación de un historiador es tan académica como la de cualquier científico social. Excelente ejemplo de lo que un historiador hace: un análisis histórico de fenómenos sociales, no una opinión informada de él.

Domingo - 28 enero, 2015

¡Gracias, Aarón! Intento enseñar a mis alumnos a hacer lo mismo, aunque los resultados no sean muchas veces los esperados. Pero no concibo el conocimiento histórico si no está “en movimiento”.


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