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España y Marruecos, Marruecos y España

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Aminatou Haidar, además de poner el conflicto saharaui en las portadas de muchos medios durante más de treinta días seguidos (superando probablemente los últimos veinte años informativos sobre el Sahara Occidental), consiguió abrir en España diversos debates paralelos, públicos y publicados. Uno, en torno a la constitucionalidad de una intervención judicial para romper su huelga de hambre si llegase a peligrar su vida. Otro, ineludible, sobre las relaciones entre Marruecos y España, España y Marruecos.

Casi todos los análisis y opiniones reconocen la complejidad de esos lazos. Y suelen citar tres razones. Primera, la inexorable proximidad y las prolongadas relaciones históricas que ha impuesto. Segunda, los actuales vínculos económicos (las importantes inversiones españolas en el territorio marroquí) y el marco de relaciones políticas en que se desarrollan. Y tercera, el control marroquí de los flujos migratorios irregulares y de los grupos terroristas islamistas.

Puede que existan algunas particularidades menores, o matices, que hagan distintas las relaciones hispano-marroquíes. Pero los factores que supuestamente las hacen tan complejas no son, ni mucho menos, diferentes de los que condicionan las relaciones con Portugal (con el que España comparte una extensísima frontera y una intensa historia), con Francia (el país con el que España ha sostenido probablemente más guerras, y base de operaciones de ETA durante décadas), o Gran Bretaña, con la que España aún mantiene un significativo litigio territorial. Y, en cuanto a las relaciones económicas, el control de las migraciones irregulares, y la lucha contra el terrorismo islamista, no hay duda de la mayor complejidad de los vínculos con esos tres estados, toods miembros de la UE. Entonces, ¿por qué España tiene tantos problemas con Marruecos?

En las calles del país con uno de los niveles culturales más bajos de Europa, que es España, pueden escucharse explicaciones basadas en las diferencias geográficas (“es África”), étnicas (“son moros”), o religiosas (“no son cristianos”). Pero las verdaderas razones de las dificultades más o menos sistemáticas de nuestras relaciones se hallan en lo que las opiniones y análisis más repetidos, y mucho mejor documentados, no han contado o apenas han citado. Una omisión intencionada, si se tiene en cuenta que además esos conflictos se inscriben plenamente en los tres factores que tanto se han reiterado. Y no sólo explican la complejidad de las relaciones hispano-marroquíes, también revelan que en realidad son aún mucho más enrevesadas.

Lo que se ha omitido sobre la geografía y la historia comunes

En cuanto a la cercanía geográfica, desde la Península la mayoría de los españoles suele percibirla casi exclusivamente a través del Estrecho de Gibraltar. Muchos, salvo los militares, olvidan que “es doble”: Canarias también es fronteriza con Marruecos, y esa es la razón por la que aún el Archipiélago no tiene delimitadas sus aguas territoriales. Sigue siendo imposible llegar a un acuerdo con el reino alauita, que utiliza su habitual estrategia dilatoria para impedir la consolidación de la soberanía española sobre sus propias aguas: los brazos de océano que separan las Islas entre sí son “internacionales” y cualquiera puede navegar por ellos, con la carga que desee, y en las condiciones que le venga en gana. Esto es una seria amenaza para la seguridad canaria y, por tanto, española. El reciente hallazgo de un yacimiento petrolífero cerca de la costa oriental de Fuerteventura hará aún más difícil la resolución de este conflicto territorial.

Pero aquí no acaban los problemas. En realidad empiezan. Desde su independencia en 1956, Marruecos ha probado ser el estado más agresivo y militarista del Magreb, sosteniendo conflictos o anexionándose por la fuerza territorios de todos sus vecinos, incluyendo Mauritania, y, por supuesto, el Sahara Occidental. Y es, con diferencia, el país de la región que dedica una mayor proporción de su PIB a gastos militares. Desde Canarias, que en conjunto se sitúa justo en la latitud de la frontera internacional entre Marruecos y el Sahara, siempre se ha vivido con preocupación el expansionismo marroquí.

Sin embargo, frente a ello y pese a ello, la sociedad canaria también ha exhibido en los últimos treinta años una decidida voluntad pacífica en su región geoestratégica, que es el Magreb atlántico y, como nos recuerdan los cayucos, todo el África septentrional atlántica. Su percepción de la seguridad propia está muy vinculada a la creación de un espacio de paz en su región, y en el mundo en general. Los resultados del referéndum de adhesión a la OTAN de 1986 (que fueron abrumadoramente negativos en las islas más próximas al continente), y el rechazo mayoritario y sistemático a la ampliación de las infraestructuras militares, desde El Hierro hasta Lanzarote, muestran claramente el deseo de muchos canarios: el Archipiélago no puede emplearse como una plataforma para agredir África. Con esto nos hemos convertido en un obstáculo, al menos parcialmente, para el desarrollo de la estrategia militar española en el área y también la de sus socios de la OTAN, con una corta pero significativa lista de fracasos del Ministerio de Defensa.

Y el asunto del Sahara Occidental. Para muchos isleños la resolución de este conflicto debe pasar por la indisoluble trilogía formada por la Paz, la Justicia, y el respeto de los Derechos Humanos. El constante apoyo oficial a la causa saharaui de muchísimas instituciones canarias de distinta naturaleza no deja dudas sobre ello. Y no facilita las relaciones entre España y Marruecos, pese a la continuada colaboración española en la ocupación alauita del Sahara.

Seguramente el antimilitarismo isleño y su apoyo indiscutible a la RASD causan también irritación en la corte alauita. Los intereses canarios se oponen frontalmente (en el fondo y en la forma) a su apuesta histórica, el proyecto del “Gran Marruecos”, del que –se dice- nuestro archipiélago forma parte, como el Sahara. Esto puede causar cierto temor entre algunos peninsulares y canarios. Sin duda los peor informados, porque el Estado Mayor marroquí sabe perfectamente que no posee recursos para pensar siquiera en ocupar las Islas: mantener el control sobre el Sahara (con unos 270.000 habitantes) ya le cuesta la mejor mitad de sus fuerzas armadas y una inmensa fortuna. ¿Cuánto le costaría someter el casi 1.000.000 de habitantes de Tenerife, o los casi 900.000 de Gran Canaria? El Archipiélago, por diversos motivos, también es un modesto pero duro escollo en los planes de la monarquía alauita en su accidentada carrera hacia la legitimación histórica.

Así pues la “fachada atlántica” de las relaciones hispano-marroquíes posee una complejidad cuya omisión es muy poco rigurosa y nada deseable, porque tiene características y elementos propios, no siempre compatibles con el “marco general”. Pero el Estrecho de Gibraltar es el contexto más importante de esas relaciones, no sólo por los diversos conflictos que las complican, sino por su profundidad e intensidad históricas. E igualmente es el escenario principal de los “silencios escuchados” durante las semanas pasadas.

Curiosamente, muchos “sesudos analistas” hacen retroceder la historia común a la llegada de Tariq ibn Ziyad a la península Ibérica en el año 711. Obviamente, tanto a un lado del Estrecho como al otro esa historia se revive en el imaginario colectivo como propia de los dos países: unos para sentirse orgullosos y otros para sentirse ofendidos. Incluso un expresidente español, metido a intelectual, reprochó hace unos años al Islam aquella “invasión de España”. E hizo bien reprochándosela al Islam, porque ni Tariq era marroquí, ni Marruecos existía por aquel entonces. Pero tampoco existía España: Tariq desembarcó en la Hispania Visigótica, los restos de lo que fue la Hispania Romana hasta finales del siglo V.

De hecho, ese es el argumento español para negarse a discutir con Marruecos la cesión de Ceuta y Melilla. No son territorios despojados a Marruecos porque no existía estado alguno con ese nombre e identidad cuando los “reinos ibéricos” los ocuparon a lo largo del siglo XV. Y acierta España empleando esa expresión, porque tampoco ella existía en aquel momento, sino Castilla, de la que, en todo caso, puede considerarse heredera. En realidad los estados de España y Marruecos no nacieron como tales hasta el siglo XVIII. Otra cosa es la utilización de la historia para legitimar poderes personales o de algunas minorías, tan antigua como la civilización. Por eso mismo la dinastía alauita se pretende heredera de los almohades (del siglo XII), y el “Gran Marruecos”, la legítima reconstrucción de su imperio.

Resulta bastante paradójico que el principal conflicto entre los dos estados tenga sus raíces en un periodo de la historia en que ambos no existían. Junto al auténtico sonsonete de una “larga historia común”, sirve para velar la que sí importa, por su proximidad y por su crudeza, pero que menos interesa recordar a los actuales grupos de poder de ambos países. Por eso tampoco ha sido evocada prácticamente durante la epopeya de Aminatou Haidar, ni por los expertos, ni por los medios, salvo alguna honrosa excepción.

Marruecos tuvo dividido su territorio en dos protectorados, el francés y el español, entre 1912 y 1956. No obstante, la acción imperialista española (y europea) en el territorio comenzó en la segunda mitad del siglo XIX, precisamente con la excusa de defender Ceuta y Melilla, que eran atacadas unas veces por el ejército del sultán, y otras por las tribus rifeñas. Hasta 1860, año en que el  sultán firmó el Tratado de Wad-Ras, por el que se sometió a España en la práctica, dando así su primer paso en la posterior aceptación del protectorado. De hecho, enviaría su propio ejército contra las tribus rifeñas en alguna ocasión durante el mismo siglo XIX.

Sin embargo, desde 1912 hasta 1927 España no pudo establecer una administración colonial en su protectorado porque las kábilas se lo impidieron. La población mazigia del Rif apenas aceptaba el poder político del sultán (aunque sí su autoridad religiosa), así que menos aún el Protectorado. La “Guerra de Marruecos” no terminó hasta 1926, con la rendición de Abd el-Krim, para la que fueron necesarios el desembarco franco-español de Alhucemas (1925), la intervención combinada de 425.000 soldados de las dos potencias coloniales, y el uso de gas mostaza contra los rifeños (pese a que las leyes internacionales ya lo prohibían). En el camino quedaron algunos reveses militares españoles como el del Barranco del Lobo, o el de Annual, que tuvieron importantísimas repercusiones internas.

Pero la rendición de Abd el-Krim supuso mucho más que el fin de la guerra contra España. También significó el final de la República del Rif (1920-1926). Aunque no hay acuerdo historiográfico sobre su trascendencia real, sí lo hay sobre su naturaleza moderna y modernizadora del Islam: Abd el-Krim fue comparado con Atatürk en un mundo árabe-musulmán en plena efervescencia nacionalista. De modo que la acción colonial hispano-francesa en Marruecos benefició en el medio plazo histórico al sultán alauita y su Majzen, una monarquía absolutista. Algún ancianito sobrevive aún en el Rif que recuerda esa historia de su infancia.

Y unos cuantos más que vivieron la siguiente: su participación en la Guerra Civil. Nada hizo la república española de 1931 por el Rif y sus habitantes (pese a sus pacíficas reivindicaciones) que no fuera continuar la explotación de sus minas de hierro de gran calidad. Al comenzar la sublevación militar contra la II República, la pobreza y el hambre les empujaron a enrolarse por miles en el ejército nacionalista. Ciertamente, dejaron un recuerdo muy duro entre muchos republicanos, soldados y civiles. Pero ni la dictadura franquista, ni después la actual monarquía parlamentaria, supieron recordar su condición de “combatientes por España”. Así que los pocos supervivientes de aquella historia común languidecen en la pobreza de su región natal, sin reconocimiento alguno (ni moral, ni material) del país por el que muchos murieron y todos arriesgaron sus vidas.

Después, en el año 1956, vendría una independencia relativamente pacífica (al contrario de lo sucedido en la zona francesa del protectorado), salvo por el violento epílogo de Sidi Ifni, entre 1957 y 1958. Una parte del Ejército de Liberación Marroquí que había luchado contra los franceses (la otra parte pasaría a denominarse Fuerzas Armadas Reales) se propuso liberar los territorios del sur del Gran Marruecos soñado por la dinastía alauita: sus ataques se multiplicaron contra Sidi Ifni, el Sahara, e incluso Mauritania, que seguiría siendo una colonia francesa hasta 1960. Pero, cuando Mohamed V estaba expandiendo su imperio por el sur, se produjo a finales de 1958 una nueva revuelta rifeña en el norte, esta vez contra su misma autoridad real.

Esta coyuntura es de extraordinario interés para comprender el papel de árbitro que juega Francia en las relaciones bilaterales hispano-marroquíes, aunque el de “juez supremo” esté reservado indiscutiblemente a los Estados Unidos. Mientras que las tropas francesas basadas en Mauritania colaboraban con las españolas para “barrer” del sur los elementos del Ejército de Liberación Marroquí (Operación Escobillón), simultáneamente oficiales franceses dirigían las unidades de las FAR que combatían contra los guerrilleros rifeños, quiénes a su vez estaban recibiendo armas españolas, según los marroquíes. La revuelta concluyó en febrero de 1959 con un ataque de la aviación alauita contra los guerrilleros beréberes, a base de fósforo y napalm, que costó la vida a más de 8.000 personas. En adelante, y hasta la muerte de Hassan II, vendrían para el Rif los “años de plomo”, y también de miseria, a la que el nuevo sultán lo condenó por su desafección.

Y finalmente, el conflicto de 1975 sobre el Sahara Occidental, que muchos españoles habían olvidado hasta que Aminatou Haidar, tan sólo con su dignidad, lo hizo recordar a todos. Con el beneplácito de los Estados Unidos, y seguramente de Francia, Hassan II y Mauritania se apropiaron por la fuerza de la colonia española, explotando la debilidad de una dictadura en plena decadencia, y cuando España había aceptado las directrices de la ONU para celebrar un referéndum de descolonización. Entre respetar la legalidad internacional, cumpliendo sus compromisos como potencia colonial, y aceptar el chantaje alauita (muy bien apadrinado), la dictadura escogió la segunda opción en los Acuerdos de Madrid del 14 de noviembre 1975. Y lo  que pudo ser un trance puntual, por muy grave que pudiera parecer en aquel entonces, se ha convertido para España en un conflicto permanente con Marruecos y con la comunidad internacional, aunque aparentemente sea de muy baja intensidad: algún ministro de aquel entonces ha reconocido recientemente que ha sido la peor pifia internacional de España.

Sin embargo, pesaron más los intereses de los Estados Unidos: el control de los fosfatos saharauis es fundamental para su producción agrícola e industrial, y para su estrategia internacional del hambre. Y de Francia, que en 1979 bombardeó con la complicidad española, usando también napalm y fósforo, las columnas saharauis que habían atravesado la frontera mauritana.

Las relaciones económicas: entre la migaja española y la subordinación marroquí

Y es que Francia siempre ha cuidado mejor que España de sus colonias y neocolonias, mientras produzcan abultados beneficios para sus grandes empresas. En la época del protectorado, la metrópoli gala permitió la participación de marroquíes en sus negocios en el territorio. Pero España se negó sistemáticamente a que las gentes del Majzen, la oligarquía marroquí, se beneficiaran de la explotación colonial. Eso decantaría desde muy pronto los intereses y las simpatías del grupo de poder alauita, antes y después de la independencia: a nadie se le escapa la clara orientación francófila de Hassan II y de su hijo Mohamed VI.

Para eso Francia ha sido y es la principal potencia colonial y neocolonial del área. Eso explica que siempre le haya interesado, y que le interese actualmente, “un Maruecos fuerte, pero no tanto” (no a costa de Mauritania, de la que también extrae hierro), y sobre todo bajo su órbita.

Se ha hablado mucho de las inversiones españolas en Marruecos como un obstáculo para adoptar posturas más firmes ante la corona alauita. Es cierto que en la última década ha habido algunos años en que España ha sido el segundo inversor extranjero. Aunque la mayoría de las veces se ha situado por debajo de esa posición, y siempre detrás de Francia, de donde sale más de la mitad del capital foráneo que llega a Marruecos.

Además, salvo algunas operaciones de relativa importancia (las que han convertido ocasionalmente a España en el segundo inversor), Marruecos no es precisamente un destino prioritario para el capital hispano. Es el país más favorecido del Magreb, pero en términos generales nunca ha llegado a reunir el 1% de toda la inversión española en el extranjero; y muchas veces ni la mitad de ese porcentaje. Así que ocupa el puesto 38 en la lista de países receptores de dinero español.

En cualquier caso, las empresas europeas se topan allí con una red de transportes y comunicaciones (incluyendo las telemáticas) aún bastante deficiente y una población trabajadora escasamente cualificada. Pero hallan muchos estímulos, como la proximidad a Europa, el acceso a importantes recursos naturales y agrarios, una semana laboral de 48 horas, unos sueldos muy bajos (el salario mínimo es 4,6 veces inferior al español y casi 10 veces menor que el francés), un abundante desempleo (que garantiza una rebaja real de muchas condiciones laborales), una fiscalidad muy favorable, la libre repatriación de beneficios, y algunas ventajas más.

Además, estas inversiones se hacen en un contexto de “trato preferencial” de la UE al país. Junto al cumplimiento de los acuerdos del GATT, ser “socio preferente” le cuesta a Marruecos abrir ampliamente su mercado a las manufacturas europeas y bajar sus aranceles a los productos agrarios de la UE. Todo para recibir inversión y poder exportar lo que fabrican los mismos europeos en el país (a un coste mucho menor) y una parte de su producción agraria, no obstante sujeta a contingentes.

En consecuencia, pese a ser el mercado más favorecido del Magreb por la inversión exterior española e internacional, y con diferencia, Marruecos es el penúltimo (por delante de Mauritania) en otra lista: la del Desarrollo Humano. Y no sólo eso, sino que durante el reinado de Mohamed VI ha descendido desde el puesto 124 hasta el 130.

Gracias a la recepción de capital foráneo, Marruecos ha sostenido en la última década la segunda tasa de crecimiento económico más elevada del Magreb, después de Túnez. Pero seguramente se cuentan por centenares las publicaciones dedicadas a diferenciar el “crecimiento económico” del “desarrollo”. En los países capitalistas dependientes ese crecimiento se traduce en un aumento de los desequilibrios internos, en una destrucción de los mercados y recursos locales, y en una expatriación de la riqueza: menos desarrollo y más pobreza.

Aunque siempre hay una minoría que se beneficia del empobrecimiento de su gente. En este caso, es el primer conglomerado empresarial local, la Omnium Nord Africain (ONA), presente en casi todas las actividades y, casualmente, propiedad del rey y su familia, como la mayor parte del país. Hassan II fue uno de los hombres más ricos del mundo y, por supuesto, el más acaudalado de Marruecos gracias al holding forjado durante su reinado. Ahora pertenece a Mohamed VI.

Entretanto, el pueblo marroquí sigue condenado a la pobreza, especialmente la región del Rif, el antiguo protectorado español. Allí concentra todas sus acciones la cooperación oficial española. Miles de rifeños ven cada día que diversas infraestructuras de transporte y saneamiento, muchas escuelas y ambulatorios, y obras necesarias para el desarrollo agrario se construyen o rehabilitan con dinero del estado español, y no del sultán: en ellas hay una placa con los colores de la bandera española. ¿Solidaridad o interés?

¿Control de las migraciones y del islamismo violento?

Es también paradójico que el estado más pobre del Magreb, a excepción de Mauritania (que ya vive la expansión del islamismo violento como desgraciadamente sabemos por el reciente secuestro de varios cooperantes españoles), amenace más o menos veladamente al gobierno español con el fantasma de las migraciones o del yihadismo. Y es que Marruecos es el principal productor de ambos fenómenos en la región.

Hay un acuerdo prácticamente unánime sobre su origen: la pobreza y la desesperanza, no siempre acompañada de la ignorancia, como revelan los extensos currículos académicos de algunos terroristas islamistas y de muchos inmigrantes. Sólo que son dos respuestas muy distintas. Los marroquíes han optado abrumadoramente por la pacífica y productiva, la emigración (regular o irregular).

Es el país del Magreb con más personas residiendo y trabajando en el extranjero, particularmente en Francia, Bélgica, Holanda y España. El valor de sus remesas supera a los ingresos por turismo. Hasta el año 2008 (son los datos más recientes) los marroquíes eran el grupo mayoritario de los inmigrantes regulares en España, más de 700.000, el 16% del total. Y también eran los más numerosos entre los “pasajeros” de las pateras que cruzaban el Estrecho. Trabajan sobre todo en los servicios y la construcción. Por eso se concentran en Madrid y Barcelona, y luego a lo largo de la fachada mediterránea de la Península, las Baleares, y las islas más orientales de las Canarias.

Y presentan una particularidad. Entre los distintos grupos nacionales que componen la inmigración, el marroquí cuenta con el menor porcentaje de mujeres, al contrario que el peruano o el colombiano. Sin embargo, las féminas del país norteafricano encabezan las estadísticas de nacimientos de madre extranjera, junto a las ecuatorianas. Desean que sus hijos sean españoles, lo que puede equivaler a una voluntad de integración definitiva, pese a que sufren unas barreras culturales (idiomáticas, religiosas…) mucho mayores que las inmigrantes latinoamericanas.

En cuanto al yihadismo, hay que agradecer a la corona alauita sus esfuerzos para erradicarlo, porque, efectivamente, es uno de los principales productores de terroristas islámicos de la región. Es cierto que Argelia ha sido el primer país y el más duramente golpeado por el islamismo violento. Pero se trató de un fenómeno especial por dos razones.

En primer lugar, fue un problema local. Consistió en una cruel guerra civil, que no trascendió las fronteras argelinas (salvo durante un corto período de tiempo en Francia), provocada por la anulación de los resultados electorales a comienzos de 1992, claramente favorables al Frente Islámico de Salvación (un movimiento pacífico e integrado electoralmente hasta ese momento), y en un contexto de severa crisis económica y social.

Pero, en segundo lugar, también fue un fenómeno inducido desde el exterior. Al concluir la invasión soviética de Afganistán en 1989 (que tanto contribuyó al derrumbe del bloque soviético) la CIA contaba con un gran “stock de guerrilleros islamistas desocupados”, entre ellos también muchos argelinos. Argelia, un estado socialista que había resistido la onda expansiva de la caída del Muro de Berlín, aunque en plena crisis, parecía un firme candidato para sufrir una campaña de desestabilización. Así que “los afganos”, como se les denominó en el país, ya habían ejecutado un atentado pocas semanas antes de la celebración de las elecciones a finales de diciembre de 1991. Y fueron los primeros en tomar las armas cuando el ejército argelino decidió que el FIS no gobernaría.

A pesar de que ese primer yihadismo sufrió rupturas internas y fue derrotado en la guerra civil, hoy continúa vivo y sigue atentando en Argelia de vez en vez, últimamente bajo la marca “Al Qaeda”. Y con la misma etiqueta nació y está creciendo en Marruecos un nuevo activismo violento, responsable de los atentados de Casablanca de 2003. Aunque, al igual que en los casos del 11-S y del 11-M, hay quiénes recelan de su auténtica autoría, como el marroquí Omar Munir, profesor durante ocho años en la Facultad de Derecho de Casablanca.

Sin embargo, la nacionalidad de los extranjeros condenados por la masacre del 11-M esta fuera de toda duda. Trece de los diecisiete, el 75%, nacieron en Marruecos, casi todos en el Rif, la región más pobre del país. Y cinco de los siete supuestos terroristas que se inmolaron en Leganés el 3 de abril de 2004 tenían la misma procedencia. Antes, entre 2002 y 2003, policías españoles viajaron a Guantánamo en un par de ocasiones para interrogar a una veintena de detenidos allí ilegalmente. También la mayoría era de nacionalidad marroquí, aunque la información que pudieron proporcionar no parece haber contribuido a evitar los atentados de 2004.

Pero lo más llamativo de las amenazas alauitas al gobierno español durante la crisis por la expulsión de Aminatou a Lanzarote es precisamente la que no esgrimió. Por mucho que la corona alauita asegure estar reduciendo la superficie dedicada al cultivo de cannabis, Marruecos es el mayor productor mundial de hachis, muy por delante de Afganistán, Pakistán, o el Líbano. En su territorio se procesa la mitad de toda la resina que se elabora en el mundo, el 90% de la que se consume en Europa. Y España es con diferencia su principal mercado y lugar de paso: aquí se incauta la mitad del hachís decomisado en el planeta. Esto revela una cosa: al menos del lado marroquí, la situación ya está completamente “descontrolada”. ¿Por qué?

Es un fabuloso negocio ilícito, si bien sometido igualmente a la ley del intercambio desigual: tan sólo el 10% de la renta que produce se queda en Marruecos. No obstante, esa cantidad es suficiente para representar la principal fuente de divisas del país. Y para no escapar al interés del Majzen. Según el Observatorio Geopolítico de las Drogas el negocio del hachís está en manos de personas muy próximas al sultán.

Y, como está sucediendo en todo el mundo, es un extraordinario negocio negro que parece vincularse con los grandes “negocios blancos”. Ya desde 2007 el Banco de Santander, con el 14,6% de las acciones, figuraba como el principal aliado europeo del Attijariwafa Bank, propiedad (cómo no) de la ONA. Su asociación con el Santander permitió al banco marroquí hacerse con el ahorro de la emigración. El 25 de abril de 2008 una avioneta cargada con 273 kilos de hachís se estrelló cuando se disponía a tomar tierra en la pista de aterrizaje de la finca “El Castaño” (Ciudad Real), propiedad del señor Botín, presidente del Banco de Santander. ¿Hay alguna relación entre los dos hechos? Meses antes y meses después de aquel accidente, las fuerzas de seguridad han detectado, perseguido y detenido otras avionetas, también transportando hachís, a una distancia inferior a los 100 kilómetros de la inmensa finca (11.000 hectáreas) de Emilio Botín. ¿Casualidad?

Simplificando lo complejo: el hilo de Ariadna de esta historia

Obviamente las relaciones hispano-marroquíes son bastante más complejas que lo reiterado por el discurso oficial, incluida la mayoría de los medios de comunicación. En realidad, lo que se ha presentado como “muy complicado”, no ha sido otra cosa que una simplificación con un solo objetivo: preservar los intereses de los grupos hegemónicos (económicos y políticos) de ambos lados de la frontera.

Al fin y al cabo es lo que se ha hecho siempre. Sin embargo, España y Marruecos enfrentan severos problemas para ser “uno”. En el caso español, no sólo desde el punto de vista nacional (Cataluña, Euskadi…) y estatal (Monarquía o República), también en el ámbito de sus intereses estratégicos en el Magreb, que mayoritariamente no se comparten en Canarias. Hace años un prestigioso general español, Alberto Piris, advertía que los canarios pueden cuestionar severamente la soberanía española en las Islas si creen que el estado no está asumiendo sus intereses de seguridad en el área: la desmilitarización y la paz. Y tampoco falta herencia histórica. Uno de los acuerdos del “Pacto de Calatayud”, suscrito por Fernando de Aragón y Fernando Guanarteme (Artemi Semidán) en 1481 y escrupulosamente respetado hasta la crisis de redistribución colonial de 1898, fue que la defensa de las Islas seguiría en manos exclusivamente de sus naturales, aunque dirigidos por oficiales españoles. Pero sólo eso.

Marruecos, por su lado, no sólo afronta el conflicto del Rif (que sigue latente), sino que sufre un grave problema de legitimación de la monarquía alauita: Hassan II ha sido probablemente el jefe de estado que superó con éxito más intentos de magnicidio y golpes palaciegos, siempre llevados a cabo por elementos de sus fuerzas armadas, con tintes republicanos.

Y sobraban razones, que hoy siguen igualmente vigentes. El sultán es doblemente responsable de la pobreza y la subordinación en que malviven los marroquíes, la mayoría de los marroquíes. Lo es como principal empresario del país, mediante la actividad “omnipresente” de la multifacética ONA. Y lo es, obviamente, como director principal de la vida política del país. Nada sucede allí sin su aprobación: a Aminatou le hubiese bastado pedir perdón a Mohamed VI para poder volver libremente a El Aaiún. ¿Acaso no hay leyes que cumplir en Marruecos para esos casos?

El estado jerifiano es una monarquía absoluta disfrazada de democracia. Basta recordar la concepción patrimonialista de la nación (“es del rey”), que es una “Monarquía de Derecho Divino” (por la gracia de dios, y no del pueblo), que su constitución es realmente una “carta otorgada” (propia de los monarcas ilustrados del siglo XVIII europeo), y su escasísimo respeto por los Derechos Humanos. Durante el reinado de Mohamed VI se han dado algunos pasos hacia la democratización de las formas: el sultán ya no elige directamente una parte del parlamento. Pero sigue concentrando importantes poderes ejecutivos (los ministerios “de soberanía”), y todos los informes rigurosos indican que el Majzen, la corte, continúa siendo el núcleo de poder político efectivo del país: se hace lo que allí se decide. Y nada más.

Así que los Estados Unidos de Norteamérica, Francia, y España también son doblemente responsables de la situación de Marruecos, y de los conflictos internacionales que provoca. Son los principales valedores y “modeladores” del régimen alauita. Y también los principales beneficiarios de su subordinación económica, que se acentuará en nombre de la liberalización y el crecimiento.

En ese orden de cosas, la presidencia española de la Unión Europea durante el primer semestre de 2010 supone una grave amenaza para los buenos vecinos marroquíes. Rodríguez Zapatero ha asegurado que Marruecos se convertirá en objetivo número uno de la UE. Que se vayan preparando. Desde que Canarias es oficialmente “Región Objetivo Uno” de la UE (en virtud de su “ultraperificidad”), su estructura económica se ha desequilibrado aún más, destruyendo actividades y recursos locales, haciendo más dependiente nuestra economía, llevando nuestra seguridad alimentaria hasta límites suicidas, convirtiendo nuestra cesta de la compra en la más cara de España, manteniendo los salarios más bajos del país, y también unos elevados niveles de desempleo y pobreza.

Vivimos tiempos de grandes transformaciones, que se van acumulando en el “debe” de los centros de poder mundial. La lucha contra el cambio climático es una de ellas, aunque ya sabemos lo que sucedió en Copenhague. La lucha por la democratización real de todas las sociedades es otra. Y, como se repitió en la capital danesa, hay una exigencia directa a los dirigentes mundiales y estatales para que tomen decisiones valientes. La del presidente Obama, demandando a la banca la devolución del dinero público inyectado en el sistema financiero para evitar su derrumbe total, podría ir en ese camino.

Muchos marroquíes y españoles medianamente instruidos nunca comprenderán por qué, en nombre de los Derechos Humanos, EEUU y la UE presionan constantemente a Cuba (que, por cierto, aventaja en 79 puestos a Marruecos por su IDH) mientras protegen la monarquía alauita. Aunque saben perfectamente por qué sucede: es bastante más dócil que el régimen castrista. Y eso es lo que resulta poco esperanzador. Salvo que alguien se atreva a dar el primer paso. España, la menos comprometida y la que acumula más razones, puede ser el mejor candidato para liderar la exigencia del respeto pleno de los Derechos Humanos a la corona alauita. Y el referéndum del Sahara Occidental podría ser un buen comienzo. Eso sí es convertir a Marruecos en “objetivo número uno de la UE”. ¿Lo veremos? Parece poco probable.

Las Palmas de Gran Canaria, enero de 2010.

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