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Efemérides

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Este año es, definitivamente, un año de efemérides. Algunas, como el doscientos aniversario del 2 de mayo, cuentan con un gran respaldo oficial, aunque para ciertas personas (como don Francisco de Goya, quién murió en su soterrado exilio francés) aquel levantamiento que tan extraordinariamente pintó pudo suponer, al menos parcialmente, el inicio de una guerra “contra la razón”. Otras, como el cuarenta aniversario del mayo del 68, pueden no ser muy gratas aún para muchos, si bien su recuerdo es socialmente inevitable.

Pero la efeméride que hoy les traigo está enterrada en el más absoluto de los olvidos, salvo por muy contadas y muy honrosas excepciones. Este año se cumple el 120 aniversario de la abolición definitiva y real de la esclavitud en España: en 1888 concluyó el período transitorio durante el que un Patronato limitaba la manumisión de los esclavos “liberados” ocho años antes por la ley de Cánovas (de “abolición gradual” de la esclavitud).

Esa mezquindad de Cánovas y su gobierno, que afecta a todo el largo proceso abolicionista en España, sigue vigente entre nuestras autoridades de hoy. El país ha tenido nada menos que dos décadas para recordar que nuestros abuelos y bisabuelos nacieron y vivieron en un estado esclavista. Pero tan sólo lo han hecho unas pocas iniciativas particulares y de escaso (o nulo) alcance social.

Esto contrasta con lo sucedido en Francia, donde el presidente Chirac en 2006 declaró el 10 de mayo como el “Día de la Conmemoración de la Abolición de la esclavitud”. Pero contrasta aún más con las incalculables consecuencias históricas de la trata y la esclavitud africanas.

Si el comercio trasatlántico durante la Edad Moderna fue el factor de la acumulación del capital necesario para el desarrollo de la revolución Industrial, la trata está en el corazón mismo de ese desarrollo, porque, a decir de Doudou Diène, fue el motor de la economía mundial durante el siglo XVIII. Pero también fue el motor de la destrucción de África. La saca de millones de personas diezmó y doblegó al continente, dejándolo de rodillas para ser, inmediatamente después, sometido y explotado por la fuerza hasta límites inhumanos, como en el Congo Belga. Es puro sarcasmo que, al mismo tiempo que los políticos europeos abolían la esclavitud, se repartieran literalmente África, sus ejércitos masacraran a centenares de miles de personas, y sus empresarios se enriquecieran infinitamente a costa de sus recursos y sus seres humanos.

La trata y la esclavitud de decenas de millones de africanos se encuentran en la raíz misma de la actual riqueza de Occidente y de la pobreza de África. Demasiada vileza y amargura humanas para ser recordadas. Incluso en África, donde algunas etnias y estados colaboraron plenamente y se beneficiaron de esa barbarie. Recordar la trata es recordar la naturaleza brutal y criminal de la riqueza de Occidente, y de la pobreza obligada de África.

Por eso casi no aparece en los manuales de historia de ninguna parte. De ahí que la promesa de otorgar a la esclavitud un “tratamiento adecuado en los libros escolares”, hecha también en 2006 por el primer ministro francés Dominique de Villepin, haya sido aparentemente esperanzadora. Pero sólo eso, “aparentemente”. En el fondo resultó de un cinismo inmenso. Porque, simultáneamente, su ministro de exteriores chantajeaba a las autoridades senegalesas con la ayuda europea al desarrollo para que permitiera la compra de la telefónica africana por su homóloga francesa, tal como nos contó en un periódico local canario hace unos meses la señora Yassine Fall, hasta hace poco Consejera Económica del Fondo de las Naciones Unidas para las Mujeres (UNIFEM).

Sin duda, la trata continúa. Si algo se parece hoy a un barco negrero es un cayuco abarrotado de los que llegan casi a diario a las aguas canarias. Y tienen razón nuestros políticos cuando califican como “traficantes de humanos” a quiénes organizan esas travesías desde Senegal. Pero, al hacerlo, vuelven a galopar sobre la infamia como nunca. Para saberlo bastaría con comparar el precio de ese viaje en cayuco con el de un vuelo entre Dakar y Gran Canaria, o el de una plaza en patera desde Marruecos con el de los múltiples ferryes que cruzan diariamente el Estrecho. La prohibición es la estrategia elemental de la nueva trata, porque es el principio que la justifica.

Para muchos africanos, el auténtico Viejo Continente, cuna de nuestra humanidad y de la civilización (hasta ese apelativo le ha robado Europa), es ya un campo de exterminio, dirigido por el G8, las grandes transnacionales y los dirigentes políticos occidentales. Y Europa ha convertido la huída de él en un gran negocio, que concluye -si hay mucha suerte- en una nueva esclavitud en sus campos y ciudades, de la que se benefician y enriquecen muchos “honrados ciudadanos de la república”.

¿Para qué recordar la abolición de algo que no ha dejado de existir? En eso sí que somos honestos. No faltaba más.

Las Palmas de Gran Canaria, mayo de 2008

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