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2012 o la gran batalla por la historia

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El final de una de las cuentas del muy complejo calendario maya a finales de diciembre de 2012 ha desatado una nueva “fiebre del fin del mundo”, un nuevo temor al final de la historia. Quizás no haya alcanzado por el momento la intensidad del gran miedo del año 1000, que al parecer tampoco dio para tanto. Pero ya es un fabuloso negocio y posee la suficiente magnitud para que los medios “serios” se ocupen de él, aunque sólo sea con la intención de desmentirlo.

Y, sin embargo, existen suficientes motivos para sentir miedo, o al menos una honda preocupación. El año 2012 se puede convertir en el fin del mundo para muchos más millones de personas de los que ya lo experimentan con horror cada año, como lo vienen haciendo los somalíes.

Por un lado, la crisis ambiental mundial ya es un hecho, y es uno de los factores de la actual tragedia que sufre Somalia. El calentamiento global no es el único problema ecológico que está provocando la actividad humana, pero desde luego es el más grave por sus múltiples implicaciones. Pese a ello y a las recomendaciones del Protocolo de Kioto, el año 2010 batió el registro histórico de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Y no sería extraño que 2011 también lo haga.

Así pues, el objetivo –vital para la humanidad- de contener el aumento de las temperaturas por debajo de los 2 grados se esfuma a la misma velocidad que se acercan las dramáticas consecuencias de un calentamiento incontrolado. Y las perspectivas para el próximo año no son halagüeñas: la Cumbre de Durban sobre el clima ha sido un nuevo fracaso.

Por otro lado, si una catástrofe ambiental generalizada no acaba con media humanidad, lo puede hacer una confrontación nuclear en Oriente Medio. Es cierto que solamente es una posibilidad, pero el fanatismo y el creciente aislamiento interior y exterior de los principales dirigentes de Israel y de Irán la pueden convertir en un drama real. Y eso, si la central nuclear de Fukushima, cuyos problemas están aún lejos de considerarse definitivamente resueltos, no consigue los mismos resultados, aunque con bastante menos estridencia.

Frente a esta visión ultracatastrofista de 2012 se alza otra interpretación menos oscura del final del calendario maya, según la cual se producirá un cambio de ciclo en la historia de la humanidad: asistiremos al nacimiento de una historia diferente. El problema es qué clase de nueva historia será: no necesariamente debe ser mejor que la actual. Y también hay motivos para temerlo.

Ya son muchas las voces que nos han advertido contra la dictadura financiera mundial que se está desarrollando. Está siendo un fenómeno claramente perceptible en los medios de comunicación. Pero no sería un hecho meramente casual, un regalo inesperado con que la crisis habría obsequiado a los grandes capitalistas. Se trataría de un proceso premeditado, cuyos protagonistas, sus perpetradores, empiezan a ser reconocidos. El mundo que Orwell situó en 1984 terminaría así de materializarse a finales de 2012.

En cualquier caso, todo lo anterior es más o menos especulativo y contingente. Pero sí que hay algo cierto sobre 2012: el próximo año será sin lugar a dudas un fenomenal campo de batalla entre dos concepciones de la historia tan antiguas como opuestas. Y hay sobrados motivos para estar completamente seguros de ello.

La primera de esas visiones es una historia mecanicista y determinada, completamente dirigida por fuerzas sobrehumanas que apenas dejan espacio en ella para la voluntad del hombre. Está muy bien representada por el calendario maya, cuyos hitos fundamentales (incluido el próximo final de una de sus cuentas) obedecen a designios cósmicos. Pero igualmente lo está por “la economía” y “los mercados”, que aparecen frecuentemente revestidos con los mismos atributos de las fuerzas del Universo cuando la clase política y los grandes medios de comunicación nos hablan de ellos. Sucede también con la energía nuclear, cuyos defensores suelen presentarla, una y otra vez, como la única alternativa posible para resolver el problema de la producción y el consumo de energía en el mundo: es nuestro “destino atómico”. Y asimismo lo están haciendo con la futurible agresión militar contra Irán para frenar el desarrollo de su programa nuclear civil. Pese al fracaso de Irak y la derrota de Afganistán, volverán a presentarnos la guerra como “la solución inevitable” del problema.

Esta concepción de la historia, que implica asimismo una “forma de hacerla”, tiene sus orígenes en las primeras sociedades estamentales de la Antigüedad. En ellas, las decisiones de los privilegiados debían ser disfrazadas como designios divinos o como el resultado de la intervención del Universo: algo a lo que ningún ser humano podía oponerse. Los emperadores, reyes, reyezuelos y señores consiguieron muy pronto la complicidad de las castas sacerdotales. Éstas conferían a los gobernantes la capacidad (muchas veces exclusiva) de comunicación con las deidades, cuando no les otorgaban directamente una naturaleza divina. Hoy, ese papel lo interpretan con gran virtuosismo los medios de comunicación de masas, cosificando la actividad económica como un supermecanismo todopoderoso e independiente de la voluntad de las élites, y personalizando al máximo la acción de unos dirigentes políticos (nuestros “líderes”) que en las democracias capitalistas ya no tienen poder alguno: cuanto más se ensalza una figura política, menos poder ejerce realmente.

La segunda forma de entender y de hacer la historia nació también durante los primeros pasos de la civilización. Es una historia hecha exclusivamente por la voluntad de los hombres en el ejercicio de su libre albedrío. Es por tanto una historia abierta y del todo impredecible. Es la larga historia de las revoluciones sociales contra la hegemonía totalitaria de los poderosos.

Precisamente desde ese punto de vista, la historia no había conocido un año como 2011, aunque los medios no lo reconozcan, muchos historiadores no “lo registren” (manteniendo un sorprendente mutismo), y la mayoría de nosotros no lo perciba pese a la sobreabundancia de información. El “aumento general de la tiranía” ha provocado una oleada mundial de movimientos y revoluciones populares que sobrepasa con creces lo sucedido en la Europa de 1848 o en el naciente Tercer Mundo de los años 50 y 60 del siglo XX, extendiéndose por los cinco continentes como una mancha de aceite que ya ha obtenido algunos logros destacados.

Y todo anuncia que 2012 será más convulso aún. Por un lado, la indignación continúa globalizándose geopolíticamente, alcanzando nuevas piezas estratégicas: aunque todavía es pronto para conocer su profundidad, ya ha hecho su aparición en Rusia. Por otro, los motivos para indignarse aumentan ininterrumpidamente con la crisis y, antes que nada, con las respuestas antipopulares y antidemocráticas de los dirigentes occidentales. Además, el asesinato de la ONU, perpetrado en marzo de 2003 con el Pacto de las Azores, ha dejado a la humanidad completamente desamparada ante las amenazas que se cernirán sobre ella en 2012. Y la movilización social es ya el único recurso para hacerles frente.

Así, no será fácil impedir una guerra entre Irán e Israel. Pero, si existe alguna posibilidad, se halla en las manos de los ciudadanos iraníes, que en junio de 2009 (y durante los meses posteriores) se echaron a las calles por decenas de miles para protestar contra la reelección de Ahmadineyad. Como también dependerá de los centenares de miles de Indignados israelíes, que protagonizaron el pasado mes de septiembre la mayor movilización social de la historia de ese país.

Menos sencillo parece detener la catástrofe ecológica global. Primero, porque la Cumbre de Durban (y con ella la misma ONU) ha heredado y prorrogado el fracaso de Kioto y todas las conferencias posteriores sobre el clima. Y segundo, porque, más allá de las valerosas y espectaculares acciones de Greenpeace, el movimiento ecologista no termina de “indignarse”, aunque seguramente acumule más razones –y más vitales- que el 15-M cuando nació.

Sin embargo, los Indignados, poseen una contrastada sensibilidad ambiental, porque son conscientes de la enorme trascendencia del problema: es el agujero negro que engullirá todos nuestros futuros. Por ello mismo, 2012 debería ser el año en que las movilizaciones populares a favor de una democracia real coloquen en primerísimo plano la exigencia de una actividad económica mundial sostenible. Sobre todo porque quiénes están convirtiendo nuestro planeta en una pocilga inhabitable (también por medio de su ideología consumista, que es la hegemónica) son los mismos que han vaciado la democracia de contenido, transformándola en una oligarquía totalitaria.

Obviamente, es imposible adivinar cómo terminará esta gran confrontación histórica. Pero sí sabemos que la derrota de la tiranía impuesta por los grandes capitalistas al resto de la humanidad exigirá el compromiso de todos y cada uno de nosotros. De ser así, se produciría un fenómeno extraordinario, que haría de 2012 un año muy especial: una síntesis perfecta entre las dos concepciones de la historia que ya pugnan a lo largo del planeta. Una victoria de la humanidad provocaría un gran cambio de ciclo, el nacimiento de un nuevo tiempo. Habría vencido el libre albedrío de los hombres, y los mayas asimismo habrían tenido razón.

Las Palmas de Gran Canaria, diciembre de 2011.

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