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Historia y medio ambiente

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Ojalá pudiéramos atribuir sólo al capitalismo industrial la responsabilidad exclusiva y total de la destrucción que infringimos a Gaya, a la Pachamama. Es cierto que el nacimiento y el desarrollo del capitalismo en Occidente a lo largo del XIX supuso un cambio cualitativo y cuantitativo en ese proceso de destrucción. También lo es que su actual globalización, tras la victoria en la Guerra Fría, no ha hecho más que acrecentar su capacidad destructiva, y no sólo por la vía de la expansión de las actividades industriales, o de los desequilibrios globales que genera su desigual distribución mundial, sino (quizás “sobre todo”) a través de la expansión de la cultura del pillaje y la imprevisión que implica el consumismo. Pero la destrucción de la naturaleza por el ser humano excede en el tiempo y en el espacio al capitalismo y sus culturas.

En realidad ha formado parte del desarrollo de nuestra especie, y cada cambio cualitativo en nuestra historia ha supuesto siempre una vuelta de tuerca en el garrote vil con que sometemos al Planeta. Antes que la Revolución Industrial lo fue la Revolución Neolítica, o la Expansión Atlántica del XVI. La extensión de la actividad turística en mi isla, Gran Canaria, desde los pasados años 60 lleva décadas destruyendo recursos no renovables, como el territorio, y otros estratégicos como el agua. Pero mucho antes, desde finales del XV, la explotación de la caña de azúcar y de otros productos agrarios de exportación, o la construcción de barcos, acabaron con nuestra masa forestal, que casi no existía a finales del XVIII.

La victoria de la Revolución Bolchevique, la constitución de la URSS, y la extensión de los regímenes comunistas por la Europa del Este, o después en Asia, no significó una revolución de las relaciones capitalistas de explotación de Gaya, sino su reproducción cuando no su amplificación. Y algunas de las peores barbaridades cometidas con ella llevan “el sello de la hoz y el martillo”, como la auténtica tragedia del Mar de Aral.

Los mismos Marx y Engels no cuestionaron el concepto burgués de “progreso” y con él se les coló -y a sus seguidores políticos- un modelo destructivo de relaciones con la vida. La competencia desarrollista con el capitalismo, posterior a la Segunda Guerra Mundial, hizo el resto. Y es que “los padres” del materialismo dialéctico compartían con la burguesía capitalista occidental un nicho cultural común: la tradición judeocristiana.

Así pues las victorias capitalista (con sus efectos en el centro y en la periferia) y socialista del siglo XX nos han hecho transitar un camino de muy difícil vuelta atrás. Y también han destruido y están destruyendo otras tradiciones culturales en América, África, Asia y Oceanía que no han desintegrado al ser humano de la Naturaleza y que no han desligado el progreso humano del progreso de la vida en general.

Es el momento de volver la mirada hacia ellas, no para reproducir miméticamente sus modos de vida (“todos a la selva”), sino para encontrar en ellas fundamentos éticos e históricos. Curiosamente, el desarrollo capitalista (con sus contradicciones) ya ha producido y está produciendo la tecnología necesaria para desplegar en el siglo XXI esos fundamentos, por otra parte milenarios, incluso en el ámbito cultural. Hacerlo o no hacerlo es un problema que se reduce a la sola esfera política.

Pero quienes dirigen actualmente las decisiones políticas están muy lejos de pretenderlo. De hecho, están dispuestos a vender la última gota de petróleo al precio más elevado posible y al coste más alto de vidas humanas: iraquíes, palestinas, israelíes, nigerianas, sudanesas…y de sus propias clases populares, que nutren las filas de sus fuerzas armadas. Se han desnaturalizado de tal manera que ni tan siquiera piensan en el futuro de su misma progenie: son la peor clase de predadores.

Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 2007

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