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Canarias y la OTAN. Una propuesta de clarificación

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La Guerra del Golfo, Bosnia y, ahora, Kosovo ponen reiteradamente sobre la mesa el asunto de la OTAN. Sin que pueda calificarse como una reedición del debate, la actuación española en los Balcanes está provocando, al menos, que se rememore lo sucedido en 1986 y los términos finales de la adhesión. Quizás por razones geográficas, en las Islas esto sucede en menor medida. Pero la historia inmediata seguro que nos dará una ocasión mucho más próxima para discutir y cuestionar el papel de Canarias en la defensa de Occidente.

Lo esencial es que hemos sido sistemáticamente antagónicos al resto del Estado con respecto a la OTAN, en los hechos y en los discursos sobre el problema. Nuestro rechazo de 1986 en las urnas no sólo se opuso al respaldo obtenido por la Alianza en casi toda España, sino también a los demás casos en que venció el no. En Cataluña, Euskadi y Navarra el resultado se debió a un poderoso electorado nacionalista. Sin embargo, en las Islas los votos nacionalistas y antiatlantistas en junio no llegaron al 25% de las papeletas negativas emitidas tres meses antes. ¿Quiénes y por qué rechazaron entonces la adhesión a la Alianza?

Las contradicciones son igualmente apreciables en los discursos. La más explícita se produce en la misma definición del problema. El debate español  se centra en la forma que debe adquirir un coprotagonismo que nadie discute. Pero aquí discrepamos sobre cómo resolver nuestra extrema vulnerabilidad, intentando discernir qué nos será menos peligroso.

Una segunda contradicción se produce en la fundamentación de los discursos. En el resto del Estado los argumentos empleados por unos y otros cuentan con soportes en la realidad. España, como potencia occidental media, no puede ignorar los intereses que comparte con otros y, menos aún, asumir una posición subordinada en su defensa. ¿Y en Canarias? Mucho de lo que suele decirse discurre de espaldas a la realidad. El origen de esta alienación se encuentra en la omisión de un ejercicio previo imprescindible: definir nuestra vulnerabilidad. Ella es la piedra angular del problema que se debate y, al mismo tiempo, lo que nos distingue del resto del Estado. ¿Merecerá alguna reflexión?

El discurso proatlantista: somos vulnerables, luego necesitamos la OTAN

El proatlantismo canario disfraza su discurso de rigor y hasta de gravedad, a tono con la trascendencia del asunto. Pero miente y dos veces. De un lado, cuando señala África como el origen más previsible de agresiones o conflictos. De otro, cuando asegura que no seremos empleados por Occidente como una plataforma de intervención o agresión contra nuestro continente.

La historia, especialmente de nuestros hechos de armas, enseña que la mayoría de los agresores y todos los conflictos internacionales que nos han afectado han sido siempre europeos. Los ataques berberiscos, los únicos africanos, fueron simples respuestas a las cabalgadas señoriales en el interior del Sahara, jamás tuvieron la entidad de los ejecutados por fuerzas europeas y cesaron cuando la corona castellana prohibió taxativamente las razzias a la nobleza canaria.

Alguien podría objetar que todo eso es cosa del pasado, que el presente y el futuro son otros. Sobre presente y futuro tratan los múltiples balances militares publicados cada año. En el actual estado de cosas, con España fuera de la estructura militar de la OTAN, no existe un sólo estado en todo el África Noroccidental que disponga de los recursos necesarios para amenazar seriamente nuestra seguridad. Sólo los miembros del pacto atlántico están en condiciones de hacerlo, como así ha sucedido históricamente.

Y las dos únicas excepciones no favorecen el alegato proatlantista. Por una parte, todos conocemos la política expansionista del Marruecos alauita. ¿Sigue vigente el proyecto del Gran Marruecos y continúa figurando nuestro territorio en su mapa? ¿Quiénes son los aliados y avalistas de un régimen cuyo jefe de estado posee una fortuna personal superior a la deuda externa del país? La amenaza marroquí crece en la misma proporción que su vinculación con Occidente, quien -no lo olvidemos- lo arma. Por otro lado, suele decirse que un estado islámico en el noroeste de África pondría en peligro nuestra estabilidad e incluso nuestra soberanía. Pero no se dice que sólo pasaría en el marco de una confrontación con Occidente, para prevenir operaciones de pinza desde las Islas. Parece que la OTAN terminará siendo un paraguas muy especial: supuestamente nos protegerá de la lluvia, pero atraerá todos los rayos.

Los proatlantistas canarios, además de nuestra historia y los balances militares, tampoco leen la prensa y los documentos de la Alianza, ni escuchan a sus portavoces y a los expertos en asuntos estratégicos. Sólo así podría explicarse que nieguen el interés de la OTAN por espacios geográficos alejados de sus escenarios tradicionales y que duden de sus intenciones intervencionistas desde las Islas. Primero, porque el pacto atlántico manifestó un interés muy alto por lo que denominó amenazas fuera de área desde su misma fundación. Segundo, porque, desaparecido el bloque soviético, la Alianza puede concentrarse ahora en dos de sus tres objetivos originales: asegurar la adhesión de sus estados miembros y controlar la periferia del sistema capitalista. Y tercero, porque todos los expertos insisten en el decisivo papel del Archipiélago en la estrategia intervencionista occidental en África, del que las maniobras CRISEX´96 (Lanzarote, diciembre) son una buena muestra.

El discurso antiatlantistas: somos vulnerables, luego seamos neutrales

La mayoría del antiatlantismo ha elaborado un discurso ajeno a la realidad y contradictorio consigo mismo, cuando propone una Canarias neutral, ¿de hecho? o de derecho. Por un lado, esa opción depende de España, porque no somos un estado soberano. Pero el pueblo español ya manifestó su voluntad no neutralista en marzo de 1986. ¿Convencerá el antiatlantismo canario a la sociedad española para lo contrario? ¿O está dispuesto entonces a vincular su reclamación de neutralidad a la de nuestra autodeterminación? La respuesta mayoritaria es: no podemos porque somos vulnerables.

Además, sería imprescindible un amplio acuerdo internacional. ¿Creen los detractores de la OTAN que las potencias más interesadas en utilizarnos van admitir nuestra neutralidad? Ya se han manifestado por boca de Manuel Hermoso: si recibimos financiación europea para nuestras necesidades, debemos contribuir a su defensa. ¿O han olvidado nuestra situación subordinada en las relaciones internacionales? En definitiva, ¿acaso piensan que su oposición a la Alianza es realmente una expresión de neutralidad en un mundo cada vez más bipolarizado?

A pesar de estos obstáculos, una fracción significativa del antiatlantismo ha creado una versión interior de esa neutralidad imposible. Según esto, el rechazo canario de 1986 a la integración en la OTAN fue interclasista. De ese modo, nunca sería objeto -o reflejo- de conflictos internos, de clase 1. Pero esto no es cierto. Al menos en la provincia de Las Palmas, los votos negativos fueron sustancialmente populares, frente a la abstención -activa y pasiva- y los sufragios afirmativos de los sectores más acomodados. Pero lo más relevante es el indiscutible carácter dependiente de nuestra sociedad. Los peninsulares y los europeos en general son los grupos más representativos de nuestra burguesía y de ciertas clases medias. Al contrario que en los países aliados y que en Cataluña, Euskadi y Navarra las clases populares aparecen constituidas casi exclusivamente por isleños, rasgo aún más acentuado entre los amplios sectores marginales 2. En síntesis, fueron las víctimas de nuestra situación periférica quienes se opusieron a la integración en la organización defensiva de los intereses del centro. ¿Qué clase de neutralidad es ésa?

¿Vulnerabilidad, inseguridad, dependencia?

El pueblo canario ha comprobado históricamente su vulnerabilidad frente al exterior. Ésta se remonta al mismo proceso de poblamiento inicial de las Islas, provocado muy probablemente por coyunturas de crisis política en el noroeste de África y en el Mediterráneo Occidental. Pero solemos interpretar la vulnerabilidad como incapacidad para defendernos y, más lejos, como inseguridad. Con ello confundimos los factores externos e internos de la seguridad, atribuyendo al todo lo que sólo corresponde a una parte.

Pese a lo que creemos, contamos con suficientes factores internos de seguridad. El primero, nuestra vocación defensiva. Desde las artes marciales hasta Clausewitz se insiste en que todo agresor debe realizar un esfuerzo superior al agredido, lo que le hace más susceptible de ser derrotado finalmente. En segundo lugar, ¿qué obstáculos podemos oponer a cualquier intento de agresión? Los mismos que hemos opuesto históricamente con bastante éxito: las características del territorio (que ofrece obstáculos diversos, climáticos, orográficos, en todos los casos), la población (por su volumen, edad, cualificación), el desarrollo de las estructuras productivas y de transportes y comunicaciones, el grado de cohesión social y de articulación de las estructuras políticas, y la consciencia de identidad. Juntos determinan la fortaleza defensiva propia de cualquier formación social. El autodesconocimiento nos impide reconocerlos, pero no a los estados mayores occidentales. ¿O alguien cree que tienen preferencia por bases inseguras para sus operaciones?

Por ello, los canarios hemos podido repeler todas las incursiones europeas (como las de Van der Doez, Drake o Nelson), a pesar de nuestra manifiesta inferioridad en medios materiales y recursos humanos. En 1941, el Gobierno alemán consideraba más que insuficientes las medidas defensivas del ejército franquista en las Islas. No obstante, los británicos calcularon necesitar 20.000 hombres, uno o dos cruceros, un portaaviones y varios buques de apoyo y escolta para ocupar solamente Gran Canaria, y contando con el apoyo de una nutrida disidencia que haría tareas de información y sabotaje. ¿Qué recursos serían necesarios hoy para alcanzar el mismo objetivo?

En consecuencia, la mayor parte de nuestra vulnerabilidad reside en factores externos, en nuestro modelo subordinado de relaciones internacio­nales. A él debemos que nuestra tan anhelada como alienante europeidad jurídica no haya impedido la agudización de la desigualdad social en la última década. A medida que estrechamos nuestros lazos institucionales y económicos con Europa, nuestra sociedad se parece más a las de Latinoamérica. ¿Una nueva particularidad en nuestra historia?

La dependencia, al tiempo que nos hace vulnerables 3, nos impide ser neutrales, nos convierte en parte del conflicto internacional más importante por ventilar próximamente. El rechazo a la OTAN es un paso en la lucha contra nuestra subordinación, porque somos un pueblo explotado por Occidente. Y esa es la razón histórica que debe movilizar (y probablemente movilizó en 1986 4) a nuestro pueblo. Pero, mientras el antiatlantismo organizado no aborde esta reflexión, seguirá ofreciendo modelos fragmentarios y sin interés para las mayorías. ¿Quién es hoy insumiso, antimilitarista, pacifista, comunista o independentista en las Islas? ¿No hay razones mayoritarias para oponerse? En cualquier caso, no es muy arriesgado aventurar que la Alianza Atlántica seguirá siendo un problema para Canarias y viceversa. A pesar, eso sí, de sus partidarios y de sus detractores.

Las Palmas de Gran Canaria, primavera de 1999.

Notas:

[1]. ¿Con qué fundamentos se ha podido afirmar tal cosa? ¿Con los mismos que han permitido atribuir al electorado de la capital provincial la responsabilidad de aquel rechazo masivo? En Las Palmas de Gran Canaria el no superó al en 10.526 papeletas. Con un censo electoral casi idéntico, en los demás municipios de la provincia la misma diferencia ascendió a 37.416 votos.

[2].  Sobre este asunto trató nuestra memoria de licenciatura, leída en febrero de 1993 en la ULPGC, y publicada bajo el título Desigualdad social y rechazo a la OTAN, Servicio de Publicaciones de la ULPGC, Las Palmas de Gran Canaria, 1996. Hemos tenido la ocasión de precisar mejor los rasgos de la segregación social del espacio en “El Padrón Municipal de Habitantes como fuente para el estudio de la desigualdad social: Las Palmas de Gran Canaria en la década de los ochenta”, en  I Jornadas de Historia Local Canaria, Boletín Millares Carló, nº 15, 1996, Centro Asociado de la UNED de Las Palmas de Gran Canaria, Madrid, 1980.

[3]. Sobre esto sería de mucho interés leer a PRIIS, Alberto: “El nuevo  papel geoestratégico de Canarias” en DisensoRevista Canaria de Análisis y Opinión, nº1, 1992, Sociedad de Estudios Canarias Crítica, Tenerife, 1992.

[4]. Una interpretación tan extendida como poco verificada es el tradicional pacifismo del pueblo canario. ¿Estarían de acuerdo Van der Doez, Sir Francis Drake, Lord Nelson o los corsarios ingleses que dejaron su vida en Tamasite?

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