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Breve ensayo de una historia de Canarias menos sumida en el misterio

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La historia de Canarias continúa siendo para muchos isleños un misterio, envuelta siempre en una bruma como la de Anaga, Osorio, o el Garajonay. Es el discurso más común de los medios de comunicación cuando nos presentan el asunto. Y se presta también a toda clase de ensoñaciones muy románticas e igualmente mixtificantes, incluso entre quienes desean que nuestra historia sea otra.

Este desconocimiento es reproducido socialmente por un sistema educativo que no termina de integrar los contenidos canarios. Son sólo un pesado añadido a la ya abultada retahíla prescrita por el Ministerio de Educación. Y en un contexto didáctico también muy misterioso: sin fundamento científico alguno en el conjunto de las fuentes del currículo, y ni tan siquiera legal, la enseñanza de la historia –y la poca que se hace de nuestras Islas- es todavía mayoritariamente memorística, y socialmente deshistorizante.

Pero esta ignorancia es responsabilidad de una parte significativa de la historiografía oficial. Efectivamente, ésta debería dar cuenta de varios misterios. Uno, referido al pasado, es por qué sigue calificando como prehistóricas a las sociedades isleñas sometidas por los europeos a lo largo del siglo XV. Otro, de nuestra actualidad, es por qué, cómo, y cuándo Canarias dejó de ser la sociedad subdesarrollada, dependiente y periférica de los años 60 del siglo XX, para convertirse en la central y avanzada de inicios del XXI. En ambos casos, la mayoría de los datos conocidos apunta hacia una realidad muy distinta.

Lo que vamos sabiendo por el momento y las interpretaciones más rigurosas son elementos suficientes para dibujar una historia de Canarias menos misteriosa y romántica, aunque no exenta de zonas borrosas y vacíos. Sin embargo, la subordinación quizás sea uno de sus rasgos más nítidos y menos discutibles, al menos en dos de los tres grandes períodos que permiten comprender mejor nuestros 2.500 años de historia.

Un milenio de inserción subordinada y periférica en la dinámica mediterránea

El poblamiento inicial de las Islas, allá por el siglo V AC, y posteriores aportes reconocidos cuando menos en varias de ellas (como el que se produjo alrededor del cambio de Era), estuvieron motivados fundamentalmente por los procesos de construcción y expansión de la unidad mediterránea. Al margen de la cada vez menos citada crisis climática del norte de África, las gentes que llegaron a las Islas en esas ocasiones lo hicieron por varias causas, ninguna excluyente de las demás, pero todas marcadamente políticas o económicas.

Algunos pudieron arribar huyendo de la expansión fenopúnica primero, y romana después. Asimismo otros pudieron llegar desterrados. Y, finalmente, pudieron hacerlo como colonos, formando parte de esa misma expansión. Ésta es sin duda la hipótesis más plausible.

Tal colonización fue el proceso de poblamiento más importante y creador de las sociedades insulares, y de sus propias identidades. El nombre mazigio que llevaría desde entonces la mayoría de las Islas, o sus habitantes, pone de manifiesto un reparto intertribal previamente organizado de los nuevos territorios. En este caso la hipótesis de la causalidad es bastante más sólida que su alternativa, la casualidad.

Pero esto, en cierto modo, es secundario. Lo esencial es que ni las razones, ni el contexto geohistórico, ni la colonización, ni las gentes que la llevaron a cabo fueron prehistóricas. Tampoco lo fue el modelo de relación que sostuvieron con el centro, cambiante, del mundo mediterráneo, basado en la producción e intercambio de bienes de consumo. Ni las sociedades que se fueron constituyendo, productoras de excedentes (pese a las limitaciones ambientales y tecnológicas), estamentales y políticamente organizadas.

No hubo, pues, prehistoria. Ni tampoco hubo, en consecuencia, buen salvaje. Los antiguos isleños fueron suficientemente civilizados para vivir en la desigualdad social y reducir a algunos grupos a una condición semiservil. También para sostener feroces guerras internas por el control de los recursos. O para aplicar la pena de muerte como castigo político a un delito previamente consignado como tal en un código socialmente reconocido y tras un juicio público.

Sin embargo, es asimismo medular que fue una historia subordinada en todo momento. Los procesos, las transformaciones (desde el mismo poblamiento inicial) estuvieron provocadas por factores exógenos, que se convirtieron así en el principal motor de la historia de Canarias en este largo período de mil años, nuestra Antigüedad. Una subordinación muy bien representada por la larga espera de las naves del este que algún día volverían, presente en el mito fundacional de la mayoría de nuestras primeras sociedades insulares.

Diez siglos de “Edad Media”, aislamiento externo y fraccionamiento interno

Pero esa espera se hizo eterna. La ruptura de la unidad mediterránea, con el lento retroceso y liquidación final del Imperio Romano de Occidente, produjo en Canarias unos efectos muy similares -si no más acentuados- que en Europa, aunque el desarrollo de los hechos concretos no fue el mismo. Lo cierto es que las Islas sufrieron en adelante un aparente ciclo de aislamiento externo, que llegaría hasta comienzos del siglo XV, y también un supuesto fraccionamiento político interno, igualmente perceptible para los europeos a comienzos de su Edad Moderna.

El final del período suele conocerse comúnmente como el del redescubrimiento de Canarias, lo que subraya la desconexión vivida por el Archipiélago durante esta etapa de más de 1.000 años. Pero, al igual que el indiscutible aislamiento de la Europa feudal conoció algunas fisuras de comunicación de personas, bienes e ideas, el de Canarias también fue relativo.

Por una parte, se registraron nuevos aportes poblacionales, al menos en La Palma y Gran Canaria durante el siglo X. Por otra, fueron posibles ciertos contactos con el continente, de lo que hay algunas referencias. Además de la penetración del Islam en el norte de África en el siglo VIII, entre el VII y el XIV se desarrollaron varios imperios en las regiones más cercanas a las Islas. Por su proximidad inmediata destacan el almorávide y el almohade, aunque los de Ghana y Malí también alcanzaron una importante dimensión territorial. Muy probablemente la expansión de alguno de estos reinos fue la razón de la llegada de nuevos colonos o refugiados a Gran Canaria y La Palma.

El mito fundacional de la mayoría de las Islas suele recordar un rey -o señor- primigenio que gobernó sobre la totalidad del territorio insular. Después, la unidad política se rompió por diversas circunstancias. Parece plausible que, con independencia del mecanismo concreto, la desintegración del Mediterráneo y de Europa Occidental provocada por el hundimiento de Roma también alcanzase a Canarias. Incluso se reprodujo en Fuerteventura, donde las condiciones ambientales no favorecían aparentemente la masa crítica poblacional necesaria para ello.

La combinación del aislamiento y la multifragmentación política puede conducirnos a una idea errónea: la involución de las sociedades insulares hacia formas neolíticas durante este período. Pero la historia de la humanidad no conoce ese tipo de revoluciones hacia atrás. Tampoco sucedió en Europa, donde se fueron configurando sociedades señoriales. Y, aunque el feudalismo supuso un franco retroceso en muchos aspectos de la vida cotidiana para cientos de miles europeos, no significó su reentrada en la prehistoria.

De base señorial y estructura estamental eran también las formaciones sociales insulares cuando los europeos comenzaron a retomar la comunicación con Canarias a finales del siglo XIV y comienzos del XV. Por esas décadas en Europa las monarquías feudales vivían procesos de concentración política que darían lugar a los primeros estados modernos. Y las Islas mayores y más pobladas también. Gran Canaria bajo el dominio casi total de los Guanartemes de Gáldar, como Tenesor Semidan; y Tenerife ante la creciente hegemonía del Mencey de Taoro, como Bencomo, Quebehi para los demás menceyes.

Además de su tamaño territorial y demográfico, la concentración del poder político en estas dos islas fue un factor de su prolongada resistencia al reino de Castilla, aunque no impidiese su definitiva sumisión. En el caso de Tenerife, paradójicamente, también favoreció su conquista, restando apoyos a Bencomo y agregándolos a Fernández de Lugo.

Quizás sea una tentación caracterizar entonces este milenio como un ciclo de independencia histórica del Archipiélago. Pero asimismo sería un error. Porque ni tan siquiera lo fue para Europa Occidental, que durante toda su Edad Media vivió como un espacio subordinado a los procesos que se desarrollaban en Oriente. De cualquier modo, la naturaleza depredadora y esclavista de la mayoría de las expediciones europeas del final de este período puso de manifiesto muy pronto el papel que tendría el Archipiélago en el nuevo mundo que se estaba pergeñando.

Canarias aparentemente perdió el contacto con África y Europa. Su historia quedó en suspenso, incapaz incluso de superar sus fronteras insulares, más por subordinación histórica que por incapacidad tecnológica, como ha sucedido en realidad hasta finales del siglo XX, cuando comenzó la articulación de un auténtico mercado interior.

Pero también se encuentra en suspenso la historiografía acerca de este período y el anterior. Sigue siendo incapaz de superar el prejuicio ideológico (frente a los hechos historiográficos) de la Prehistoria de Canarias. Se somete así al imperio del discurso arqueológico, capaz de explicar muchas cosas, pero no todas. Y renuncia a otras hipótesis, a otras disciplinas alternativas, otros campos temáticos y otras fuentes de investigación, en cuanto a su naturaleza y localización geográfica. Dos mil años de nuestra historia están literalmente secuestrados por la inmovilidad científica. Aunque los cinco siglos siguientes no han corrido mejor suerte.

Quinientos años de inserción subordinada y periférica en la dinámica atlántica y mundial

Ésta es nuestra historia más próxima y, por tanto, la mejor conocida. Pero, a causa de ello, es la más tergiversada, académica y socialmente. Las interpretaciones sesgadas son tan abundantes que resulta difícil exponerlas en orden.

La primera es creer que la sumisión a la Corona de Castilla supuso un progreso inmediato para las Islas, de tal magnitud que se produjo una ruptura histórica con las sociedades prehispánicas. En primer lugar, porque ya sabemos que no implicó salto alguno de la prehistoria a la historia, sino un nuevo proceso de transformación auspiciado desde el exterior. Esta transformación fue posible, precisamente, porque las diferencias esenciales entre las sociedades prehispánicas y la nueva sociedad no fueron tan pronunciadas.

De hecho, en segundo lugar, no se produjo la desaparición de los antiguos isleños, ni de la totalidad de su mundo. Es cierto que muchos murieron y otros fueron deportados y esclavizados. Pero una parte significativa sobrevivió en las Islas constituyendo el grueso de su población y, como su universo, se transformó, aunque no tanto en un aspecto básico. En realidad se produjo una integración estamental. Quienes ocupaban el escalafón social más bajo continuaron en él. Pero la nobleza aborigen logró mantener un estatus superior. Por eso Don Fernando Guanarteme contaba con un séquito de más de 150 personas en 1491, inquietante para los pocos cristianos que vivían en Gran Canaria. Y por eso también, tres siglos después, Don Cristóbal Bencomo fue arzobispo de la iglesia católica y confesor de Fernando VII.

Ahora sabemos que el conocimiento implícito en las letras de decenas de canciones populares es válido. Algunos estudios genéticos recientes respaldan la memoria popular. Indican sin dudas que la mayoría de los actuales canarios desciende de los antiguos, y que somos distintos del resto de los españoles.

Y es que, en tercer lugar, lejos de generar el progreso que suele atribuírsele, la conquista significó para las Islas un retroceso histórico de más de una centuria. A finales del siglo XV, antes de su incorporación a Castilla, sólo Tenerife y Gran Canaria contaban cada una con unos 30.000 habitantes. Un siglo más tarde, a finales del XVI, la totalidad del Archipiélago no superaba los 35.000. ¿Qué clase de progreso histórico reduce a menos de la mitad la población y mantiene a la mayoría sometida al hambre y a la partida forzosa hacia otras tierras?

El siguiente misterio afecta a la idea misma de incorporación a la Corona de Castilla. Este pretendido eufemismo esconde realmente dos mentiras. Primero porque las Islas jamás formaron parte de Castilla, como un territorio más, sino de su imperio atlántico, del que fueron su primera pieza. Por eso se impuso enseguida un modelo de economía de plantación (con fuerza de trabajo esclava incluida), aunque también muy pronto se reveló su importancia estratégica en las rutas hacia América y Oriente. Y, sobre todo, se implantó una administración colonial, con un virrey al frente, como en Nueva España, por ejemplo. Y así fue hasta bien entrado el siglo XIX.

La segunda interpretación sesgada hace referencia al marco real en que Canarias se integró -a la fuerza- concluyendo el siglo XV. En la práctica no fue Castilla, o sólo lo fue parcialmente. La conquista del Archipiélago en su totalidad fue una aventura multilateral europea, incluida la fase realenga. Ésta exigió el concurso de capitales genoveses, flamencos y de otras latitudes. No es casual que las primeras crónicas de la conquista estén escritas en francés, ni que el dominio definitivo de Canarias supusiese para Castilla un largo litigio con Portugal.

Tampoco es casual que la burguesía comercial canaria fuese extranjera en su práctica totalidad, destacando pronto entre ella la comunidad inglesa. Esta burguesía pugnó por situar las Islas en el vértice europeo del gran comercio atlántico, exportando la producción isleña hacia América desde su privilegiada localización. Pero Castilla lo impidió casi siempre. En ocasiones Canarias fue obligada a ocupar el extremo africano, proporcionando fuerza de trabajo semiservil para la colonización y explotación del Imperio. Y la mayoría de las veces a permanecer en el ángulo de las Indias, con productos de exportación en régimen de monocultivo, no tanto a Castilla, como a otros mercados europeos, como el británico y el holandés. Esta situación también se reprodujo hasta finales del siglo XIX, en que la importancia del emplazamiento de las Islas creció sensiblemente.

En esa coyuntura de redistribución colonial -consecuencia de una nueva fase del capitalismo- que se materializó en el Desastre de 98, el estado aún no había definido claramente nuestra relación jurídica con España: territorio de ultramar o archipiélago adyacente. Pero el resto de las potencias tenía muy clara nuestra condición colonial. En 1898 las Islas no cambiaron de manos, como Cuba o Filipinas, porque ya eran de facto una pieza muy sólida del Imperio británico.

Nuestra historiografía no ha dado la espalda a estos trescientos años. La emigración, la marginalidad social, lo ciclos de monocultivos de exportación, las demandas de librecambismo de la burguesía comercial (para adaptarnos al contexto de nuestra auténtica potencia colonial), los ataques piráticos, y una Ilustración que jamás existió más allá de las puertas de los hogares de tres o cuatro iluminados, son los temas más comunes. Pero ha faltado la claridad necesaria para combinar estos componentes en la coctelera del pensamiento historiográfico y definir esta fase como la del Virreinato de las Canarias. Virtud que sí ha tenido para bautizar las siguientes décadas con el nombre de las Canary Islands.

De ellas suele decirse que constituyeron un momento de cambio histórico para Canarias. Bajo la iniciativa de las empresas extranjeras, se produjo la penetración (tardía ya con respecto a Europa) de las relaciones capitalistas de producción. Pero éstas se desarrollaron básicamente en las dos capitales con puertos de escala internacional, donde comenzó a gestarse el primer proletariado isleño.

Realmente las transformaciones no fueron tantas. La estructura económica no varió sustancialmente, potenciándose el modelo de plantación, con el plátano y el tomate, y la desarticulación económica del Archipiélago. De hecho, las relaciones precapitalistas siguieron vigentes en muchos segmentos de la actividad económica. Y el orden social no se vio alterado un ápice. Menos aún cambió nuestra situación colonial, de inserción dependiente en el sistema de relaciones internacionales, que se consolidó. Y nada nuestra historia, que permaneció subordinada, sujeta a transformaciones de y para otros, hasta las primeras décadas del siglo XX.

Por eso, los grandes temas de la historiografía para este casi siglo de hegemonía británica son prácticamente los mismos que para las centurias precedentes. Con dos excepciones de desigual trascendencia: cesan los ataques piráticos (muchos de ellos británicos), y nace el Pleito Insular como hecho histórico relevante, que ha tenido un doble éxito extraordinario hasta hoy.

Es bien sabido que el Pleito es una cristalización social de la dependencia y desarticulación económica isleña. Su primer éxito fue convertirse en un instrumento de control ideológico y de reforzamiento de la hegemonía burguesa. Ha sido una eficaz cortina de humo para ocultar el auténtico problema: el carácter colonial de la sociedad canaria. Y, junto a la emigración, ha desactivado y reorientado la conflictividad social en momentos de crisis en el centro del sistema o de pérdida de ventaja competitiva frente a otras áreas coloniales.

Lo realmente misterioso es su éxito en el ámbito historiográfico, donde ha jugado prácticamente el mismo papel. Ha ocupado mucho más la atención de los investigadores que su propia causa. Ha ensombrecido la doble dependencia de nuestro Archipiélago como problema de investigación, relegándola a un espacio marginal de la producción historiográfica. Y todo ello, pese a que la condición colonial de la sociedad canaria era un hecho públicamente reconocido en las Islas (Guillermo Ascanio también lo hizo) y fuera de ellas.

La Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial (con el Mando Económico) y la etapa de autarquía franquista impusieron un paréntesis en esta situación, y también en el terreno historiográfico. Se produjo una cierta reconexión de la economía isleña con la peninsular durante algo más de veinte años, siguiendo el conocido modelo de subordinación y dependencia. Pero esta reapropiación española de las Islas sería tan ficticia y transitoria como la misma autarquía.

La apertura de los años 60 y su indisociable boom turístico provocarían profundas y drásticas transformaciones. Y en esta ocasión cabe caracterizarlas como brutales, porque liquidaron la sociedad mayoritariamente precapitalista de los años 50, transfigurándola en la sociedad capitalista de los años 70. En veinte años, la población antes rural pasó a ser predominantemente urbana. Se subvirtió la estructura económica, que dejó de ser fundamentalmente agraria para terciarizarse, sin apenas alterar el sector secundario, salvo en lo relacionado por el turismo. En síntesis, el capitalismo irrumpió realmente en Canarias en los años 60 del siglo XX. No sería hasta entonces cuando nuestro régimen demográfico antiguo se transformó definitivamente en moderno.

Pero estas transformaciones internas fueron inducidas nuevamente desde el exterior y para satisfacer intereses foráneos. El boom turístico supuso la vuelta a la subordinación económica y social compartida, ahora más compartida. A los intereses españoles (mayores que en épocas anteriores) y británicos (que ya no serán hegemónicos), se sumaron las inversiones alemanas, que hasta hoy han desempeñado un papel crucial en el crecimiento económico isleño. No es extraño que el REF, la estrategia librecambista, fuese nuevamente la principal reivindicación, y el mayor logro autonómico, de la burguesía canaria durante el Franquismo.

En ese sentido, tampoco cambió nuestra historia sustancialmente. El Archipiélago fue incorporado al capitalismo periférico postcolonial, profundizando en el régimen de monocultivo (así también ha sido calificado el turismo), que ha ido desplazando los anteriores productos de exportación: el plátano y el tomate. Y también se ha profundizado en la multinacionalización del capital dominante en las Islas, que sigue impidiendo el desarrollo de una burguesía isleña independiente.

El modelo turístico, sin embargo, está arrollando más cosas. Como los monocultivos anteriores (desde la caña) consume y destruye recursos naturales después difícilmente recuperables, especialmente el territorio y el agua. Está generando profundos desequilibrios demográficos, intrainsulares e interinsulares, a los que se han venido a sumar recientemente los provocados por la inmigración legal. Produce desempleo, y mantiene los precios más altos, junto a los salarios más bajos, de España. Desarticula y desestructura nuestra sociedad, condenando uno de cada cinco isleños a la pobreza, y un 15% más al riesgo de pauperización. Finalmente, está arrasando nuestra cultura y valores tradicionales, que no se transforman, sino que se olvidan y desaparecen, cuando no son despreciados activamente, como está sucediendo con elementos esenciales del habla canaria.

La integración española en la UE ha acentuado nuestras condiciones de desarticulación económica y dependencia, subvencionando progresivamente nuestra sociedad y nuestro pensamiento. Sus políticas, incluyendo las medidas de ayuda, están destruyendo lo que restaba de los sectores y actividades no turísticos, en manos sobre todo del capital local. El extraordinario crecimiento económico y el indiscutible aumento del empleo apenas se han redistribuido socialmente, porque están siendo expatriados masivamente por el capital y el trabajo foráneos. ¿Qué significado tiene entonces la RIC? El desarrollo autonómico canario se enfrenta a la integración española en la UE, que ha supuesto también la institucionalización de nuestra dependencia de intereses multinacionales europeos, a los que se han sumado recientemente importantes inversiones estadounidenses.

¿Y dónde está el misterio en todo ello? Estas cuatro décadas vertiginosas, la etapa de transformación más intensa y trascendental de nuestra historia desde la formación de las primeras sociedades insulares, apenas han interesado a la historiografía canaria, salvando contadas excepciones. La mayor y mejor parte de las aproximaciones a nuestra historia reciente ha estado protagonizada por geógrafos, economistas, sociólogos, politólogos y juristas, pero apenas por historiadores.

Este silencio mayoritario sobre nuestro Mundo Actual (como se conoce hace más de una década a los años comprendidos entre 1945 y 1989) es producto del positivismo realmente imperante entre la historiografía. Según esto, hace falta una cierta distancia cronológica entre el historiador y el tema de estudio para favorecer la objetividad de la investigación. Pero hace tiempo que se demostró la falacia, más bien ingenuidad, de este postulado. Y, desde luego, nuestra historia es buena prueba de ello.

El problema es que, sin quererlo, este repliegue historiográfico deja la escritura de nuestra historia reciente y la reinvención de la realidad canaria totalmente en manos de la política, el otro ámbito donde se maneja la materia histórica. Y ya sabemos que muchos políticos son auténticos magos interpretando estadísticas, reflejando un presente que no existe para la mayoría de los isleños e isleñas, y preparando un futuro aún peor para toda Canarias.

Las Palmas de Gran Canaria, febrero de 2005.

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Comentarios»

1. Antonio Castellano - 22 abril, 2011

¿Cómo se podría acceder, de forma sencilla y fiable, al contenido del Pacto o Carta de Calatayud (30 de mayo de 1481)?
¿Dicho Pacto supondría el reconocimiento explícito de una nación canaria en plano de igualdad con los reinos castellano y aragonés?

Domingo - 23 abril, 2011

Gracias, Antonio, por participar en este sitio.
Sobre tu primera cuestión, no tengo ni la más remota idea de dónde podríamos localizar ese documento. Ni tan siquiera sé si algún historiador lo ha tenido alguna vez entre sus manos; aunque supongo que sí, ya que circula información sobre sus contenidos, incluyendo fragmentos concretos. Así que habría que seguir esas referencias. Cuando, hace unos años, supe de la existencia del Portal de Archivos Españoles (PARES), estuve “tonteando” varias días con el Archivo de la Corona de Aragón, donde me parecía lógico que se encontrase el “Pacto de Calatayud”. Pero no obtuve resultados.
Otra cosa es su trascendencia histórica, que la tiene, ya que es el instrumento que regula los vínculos entre el reino de Canarias y los de Castilla y Aragón, y las (o algunas) obligaciones y derechos de dichos reinos y de sus naturales en todos esos territorios (por eso no parece muy adecuado referirnos a una “nación”, canaria o castellana, ya que este concepto no aparecerá claramente hasta el siglo XIX). Y habría que subrayar que algunos de los términos de ese acuerdo se cumplieron hasta hace poco más de 100 años. Es el caso de la organización de la defensa de Canarias, que (según alguna referencia sobre el Pacto de Calatayud) quedó en manos de los naturales de las Islas, dirigidos en todo caso por oficiales castellanos. Pues bien, hasta la crisis de redistribución colonial de 1898, en que hubo de reforzarse con unidades de la Península, la defensa del Archipiélago recayó en milicianos del país. Ellos fueron quiénes rechazaron a Van der Does, Drake, o Nelson. Y muchas veces lo hicieron siguiendo tácticas propias de los antiguos isleños.
No obstante, su valoración como documento histórico de referencia debería también matizarse, particularmente en lo relativo a la “representatividad” de Tenesor Semidán. Por lo que sabemos hasta ahora, el “reino de Canarias” jamás existió, de modo que Tenesor fue Guanarteme (si es que lo fue) de su isla, la Canaria. Otra cosa es que quisiera arrogarse esa representación (¿por simple interés personal?), y que también le conviniera a los reyes católicos, cuando Castilla aún no había sometido La Palma y Tenerife, donde Bencomo se erigía como una figura de peso político indiscutible. Digamos que fue un pacto “con mucho interés mutuo”, pero poco realista en la fecha en que fue suscrito: todavía ni se había producido la “Matanza de Acentejo”.
Aunque también es verdad que Tenesor, fiel a sus compromisos, hizo todo lo posible por “ganarse la corona del reino de Canarias”. Así, se implicó personalmente (y a muchos de sus guerreros) en la conquista de aquellas dos islas, e incluso en la defensa del propio Alonso Fernández de Lugo, a quién rescató de una muerte casi segura en la batalla de La Laguna.

Antonio Castellano - 23 abril, 2011

Gracias, amigo Domingo, por tu respuesta tan clarificadora.
Con respecto al documento de marras (Carta o Pacto de Calatayud), le decía a Teo que es como los billetes de 500 o Bin Laden: todo el mundo habla de ellos, pero no conozco a nadie que sepa decirme en qué lugar exacto está o exactamente quién lo ha visto, leído y analizado.
Con respecto a su contenido, en efecto, el concepto de nación como tal no surge hasta el XIX. Me refería al reconocimiento de Canarias como entidad política por parte de Fernando de Aragón y, es de suponer, que de su católica esposa.
Claro, la representatividad de Thenesor como supuesto titular del Reino de Canarias cuando, muy probablemente, ni siquiera fue guanarteme de Canaria, pues es muy dudosa. Pero el caso es que, si se confirma el contenido de la Carta de Calatayud, el rey católico lo firma y reconoce el Reino de Canarias con un estatus político y una serie de derechos específicos que convierten a nuestro Archipiélago en una entidad política “prenacional” o “protonacional”, si lo quieres llamar así.
Seguimos con el debate.

Antonio Castellano - 23 abril, 2011

Mandé una consulta al Archivo de la Corona de Aragón. Ya te diré lo que me contesten.
Un abrazo.

2. Domingo - 25 abril, 2011

En mi anterior comentario quise relativizar la validez de la Carta de Calatayud desde el contexto en que se produjo y desde la (supuesta) representatividad de Tenesor, como un acuerdo que convino a las dos partes signatarias pero que no se apoyaba en la realidad del momento: ni tan siquiera la Canaria había sido terminada de someter cuando se firmó. Diría que fue más útil para concluir la conquista del Archipiélago, comprometiendo al (ya) Fernando Guanarteme en la rendición de las gentes de su propia isla y en la conquista -como así fue- de las restantes.
Pero precisamente es su valor como “compromiso” el que le confiere una gran trascendencia histórica. Como tú dices, supone el reconocimiento de una entidad política al Archipiélago en su conjunto, además del establecimiento de “algunas reglas de juego” de las relaciones entre los reinos de Canarias y de Castilla y Aragón, y entre sus naturales.
Y por eso mismo, seguirá perdido por los siglos de los siglos: ¿a quién le interesa conocer sus contenidos? Abre algunas puertas, y pone en evidencia algunas mentiras oficiales. Pero esto lo dejamos para otros comentarios.
Abrazos.


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