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Reconquista II

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Cuando en el año 711 Tariq ibn Ziyad (cuyo ejército estaba compuesto mayoritariamente por mazigios islamizados) cruzó el estrecho que desde entonces lleva su nombre no invadió España, una cultura, una nación, un estado que tardaría aún 1.000 años en nacer. Invadió la Hispania visigótica, los restos de lo que había sido la Hispania romana a lo largo de casi cinco siglos.

La invasión y sumisión de lo que hoy son Portugal y España costó tan sólo una batalla (Wadi Lakka, Guadalete) y cinco años de operaciones militares. Esta rapidez se explica por las inacabables disensiones internas de la minoría visigótica que gobernaba Hispania, a tiempo compartido -eso sí- con otros pueblos germanos y con Bizancio. La larga lista de “reyes godos” que la historiografía académica franquista hizo memorizar a generaciones de españoles es tan extensa por la parquedad de sus reinados, y no por la duración de la presencia visigótica, que no excedió las tres centurias. Además, durante el primer siglo, Hispania sólo fue la provincia meridional del reino visigodo de la Galia, con capital en Toulouse.

No en balde Tariq cruzó Gibraltar (“yabal Tariq”, “monte de Tariq”) por invitación expresa y con el apoyo naval de una de las facciones visigodas (los hijos del rey Witiza) que pugnaba por el poder en aquellos años. No era la primera vez que tropas norteafricanas intervenían en litigios intravisigodos. Pero en esa ocasión se quedaron, gracias, entre otras cosas, al apoyo del ejército visigodo de los herederos de Witiza en la batalla de Wadi Lakka.

El hartazgo de gran parte de la población por el permanente estado de guerra civil visigótica, y la mayor tolerancia cultural, religiosa y, sobre todo, fiscal de los nuevos gobernantes musulmanes hicieron el resto. Casi nadie se opuso y, lejos de ello, muchos abrazarían el Islam. Así terminó para siempre la Hispania romano-visigótica y empezó la historia de Al Ándalus, que se desarrollaría durante casi 800 años. España vendría después.

Desde este punto de vista, los musulmanes tendrían que pedir perdón a España por absolutamente nada. Pero este argumento no se ha oído, al menos en los grandes medios, entre quienes han respondido al “reproche histórico” lanzado por Aznar al mundo islámico.

Esto sucede básicamente porque la Transición Democrática todavía no ha llegado a la historia de España enseñada. Recuerdo que en algún momento de los años 80 del siglo pasado la RAH llegó a plantearse la necesidad de reformar varios aspectos esenciales del “programa tradicional de historia de España”. Uno de ellos era el asunto de la “Reconquista”. Entre otros “efectos colaterales”, convierte los 800 años de Al Ándalus en una excepción en la “trayectoria histórica” española.

Pero una cosa así supondría recortar sensiblemente por el pasado esa trayectoria histórica. Sabemos que la duración es, precisamente, uno de los primeros factores de legitimación de los estados: su principal objetivo es perpetuarse.

Sin embargo, el horno político de aquellos años, como el de hoy, no estaba para esos bollos historiográficos. Una reforma así hubiese hecho más comprensibles socialmente los argumentos de los movimientos nacionalistas de España, especialmente el vasco y el catalán. Entretanto hemos perdido la gran oportunidad de educar a un par de generaciones de españoles en una visión de España liberada de los clichés del franquismo, de las hazañas del “Capitán Trueno” y del “Guerrero del Antifaz”.

Sigue llegando así a las aulas y a las conciencias de millones de ciudadanos una historia de España muy paradójica. Empieza por la historia de Atapuerca (hace 800.000 años), pero no considera suya la historia de Al Ándalus (hasta hace poco más de 500 años). Hacer remontar a la prehistoria los orígenes de los estados modernos y contemporáneos europeos es bastante más que un simple error historiográfico. Pero fue una necesidad de las burguesías nacionales del siglo XIX.

No obstante, desde otro punto de vista, es posible aceptar que la historia española comienza en Atapuerca, como la francesa en Lascaux. Es verdad que la España actual (como Francia y toda la Humanidad) es heredera de todas las sociedades y civilizaciones históricas y prehistóricas que se han desarrollado en la parte de la Península Ibérica que ocupa hoy, especialmente en el ámbito cultural, donde los cambios son más lentos.

En ese caso el Islam sí que debe pedir perdón a España por una infinidad de motivos, que se pueden sintetizar en haberla convertido en el principal foco económico y cultural del Occidente europeo durante varios siglos. El Islam debe excusarse ante toda España por el extraordinario desarrollo de la agricultura (regadíos, Tribunal de Aguas de Valencia), del comercio y la artesanía, de las ciencias, la filosofía y las artes que alcanzó Al Ándalus.

El Islam debe disculparse ante España por hacer de Toledo la capital cultural y de la tolerancia y la convivencia interreligiosa de toda Europa. Debe pedir perdón por convertir Córdoba en una bulliciosa urbe de 100.000 habitantes, con aceras, alcantarillado, y 15 kilómetros de alumbrado nocturno, mientras muchas de las grandes ciudades europeas actuales eran simples poblados de chozas. El Islam debe arrepentirse de haber construido la Alambra de Granada, hoy Patrimonio de la Humanidad.

El Islam debería pedir perdón a España, en definitiva, por haberle dado una parte importante de su alma, sobre todo en las regiones donde su influjo fue mayor, como Andalucía, Extremadura, Murcia y Valencia (¿quiénes llevaron la pólvora desde China hasta Europa?). El Islam, por último, debe disculparse ante España por haber fundado y dado nombre a su capital: Madrid.

Desgraciadamente, estos argumentos tampoco se han dejado ver entre las reacciones suscitadas por el reproche del ex-presidente. Tampoco está el horno político para estos otros bollos historiográficos.

¿El Islam civilizado y civilizador? Imposible.

Las Palmas de Gran Canaria, diciembre de 2006.

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