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¿Historia “de verdad”? Esperanza y José María: mentía él, ella mentía

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Durante los últimos años el ex presidente José María Aznar ha mostrado en varias ocasiones su afición por la historia. Esta vez lo ha hecho en Miami, donde, a propósito del conflicto soberanista abierto en Cataluña, ha declarado que “es hora de recordar la historia de verdad”. Muy mal paso para un aficionado, porque casi ningún historiador se atrevería hoy a asegurar que existe una sola historia, una “historia verdadera”. Y los pocos que lo hacen, con su posicionamiento discordante, no consiguen otra cosa que corroborar la diversidad de puntos de vista (escuelas o paradigmas) de la historiografía actual, y de la no tan actual.

Obviamente, “el nacimiento de España”, es un asunto sobre el que los historiadores han mantenido un cierto desacuerdo, si bien no es el que suscita más debate entre ellos desde hace mucho tiempo. Aunque seguramente ha sido el objeto histórico más manoseado e ideologizado en el territorio de la política, al menos durante la dictadura franquista, y hoy por sus herederos. Pero también es una materia relativamente compleja, porque hace referencia a dos conceptos muy diferentes, el “estado” y la “nación”, a los que los legos suelen referirse indistintamente muchas veces.

En cuanto al “estado”, el franquismo grabó a fuego en la cabeza de millones de niños que España había sido fundada por los Reyes Católicos. En el presente, y desde que comenzó la Transición, la mayor parte de la historiografía española insiste en que el matrimonio de Isabel y Fernando en 1469 supuso exclusivamente la unión de dos casas reales, pero no la de sus reinos. Es cierto que ambos intervenían conjuntamente en los asuntos de Castilla y de Aragón. Sin embargo, los dos reinos siguieron siendo distintos e independientes. Por eso, cuando Isabel falleció en 1504, le sucedió su hija en la corona de Castilla, y no Fernando, quién sólo fue rey de Aragón.

Y así continuaría siendo hasta la llegada del siglo XVIII, que trajo de la mano una nueva dinastía reinante, los borbones. Felipe V, fiel a la tradición centralizadora francesa, desmontó la corona de Aragón entre 1707 y 1716 mediante los Decretos de Nueva Planta, asimilando política y administrativamente sus territorios, entre ellos Cataluña, a los de Castilla. Y ni tan siquiera puede decirse que ese hecho es el resultado de un proceso evolutivo iniciado en 1469. Al contrario, es la consecuencia de una discontinuidad histórica, de la ruptura de la línea sucesoria de los habsburgo: así nació “España”.

Una denominación que ya era conocida y usada para referirse a los reinos de la península Ibérica distintos de Portugal. El propio Miguel de Cervantes, iniciando el siglo XVII, ya la empleó en diecisiete ocasiones a lo largo del Quijote. Y una centuria antes, Carlos I fue el primer “rey de España”, porque reunió en su cabeza las coronas de Castilla y de Aragón, pero también las de Nápoles, Sicilia, los Países Bajos… Y es que para comprender políticamente la Edad Moderna europea es necesario saber que casi todos sus territorios y sus habitantes (súbditos) estuvieron repartidos entre unas pocas familias que detentaban el poder real sobre ellos. Así, que Carlos de Gante fuese igualmente “Carlos V de Alemania” nunca significó que esas tierras “pertenecieran a España”: eran de Carlos, como Castilla y Aragón.

Al rebufo de las declaraciones de Aznar, otra ex presidenta, Esperanza Aguirre, también ha reclamado que se enseñe a los niños la historia verdadera, alegando que Cataluña no es Escocia, porque nunca fue un reino independiente. Eso es cierto, pero el Condado de Barcelona formó parte insustituible de la Corona de Aragón desde el siglo XII, a la par que el reino homónimo, de cuya “asociación” (también una unión dinástica) nació la corona aragonesa: los condes de Barcelona fueron igualmente reyes de Aragón. Y, como sucedería en la posterior unión de Isabel y Fernando, ambos territorios conservaron sus propias estructuras de gobierno. El pactismo con la nobleza siempre fue un rasgo propio de los monarcas aragoneses, favoreciendo que cada reino, principado, o condado mantuviera su propio gobierno.

No obstante, esa supuesta atomización del poder político no impidió que Aragón levantara un imperio mediterráneo entre los siglos XIII y XV que Escocia jamás poseyó. En esa expansión territorial, pero sobre todo comercial, los mercaderes catalanes y barceloneses fueron los protagonistas. Por ello, los historiadores se refieren generalmente al imperio “catalano-aragonés”. Así que las diferencias entre Cataluña y Escocia son mayores de lo que Esperanza Aguirre ha querido reconocer, porque no favorecen precisamente su discurso deslegitimador de la soberanía catalana.

Fuente: Javier Abad, Historia de España 2º Bachillerato (https://sites.google.com/site/viajerbagdad/historia2_bachillerato)

Pero no hace falta haber logrado la dudosa hazaña de erigir un gran imperio en el pasado para poder reclamar hoy el libre ejercicio del derecho a la autodeterminación. Al contrario, la gran mayoría de los casi doscientos estados independientes que pueblan hoy el planeta no existía hace setenta años. Cuando unas cuantas potencias europeas ocuparon por la fuerza esas tierras, sometiendo y masacrando a sus gentes (a lo largo de la Edad Moderna y sobre todo desde finales del siglo XIX) fijaron los límites de sus nuevas colonias sin respetar las fronteras originales de esos reinos, otras veces territorios tribales.

Sin embargo, eso no fue un obstáculo para que fueran alcanzando su independencia a lo largo de las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchas veces tras crueles enfrentamientos contra sus potencias coloniales. Y lo hicieron con las nuevas fronteras impuestas por ellas. Eso ha provocado muchos conflictos internaciones y también internos en el Tercer Mundo, especialmente en África. Aunque nunca se ha utilizado para cuestionar su derecho a la libre determinación, recogido explícitamente en la Carta de las Naciones Unidas (1945), que el estado español suscribió hace ya muchos años.

La unanimidad de Aznar y Aguirre, exigiendo la enseñanza de “la historia verdadera”, se hizo añicos, sin embargo, cuando ambos quisieron situar el nacimiento de la “nación española”. La ex presidenta provocó una hilaridad generalizada al despacharse con que “España es una gran nación con 3.000 años de historia”, haciendo patente al mismo tiempo que no comparte con Aznar su afición por el conocimiento del pasado. Quizás por ello, él fue algo más cauto, asegurando que la historia de la nación española “no comenzó ni con la Constitución de 1812, ni menos aún con la de 1978”.

Este desacuerdo pone de relieve la mayor complejidad del concepto de “nación” frente al de “estado”, pero también la dificultad de la construcción histórica de las realidades a las que hacen referencia. Un estado puede “hacerse” en quince años (o en quince días, como Panamá), con tres o cuatro decretos reales, como los que firmó Felipe de Anjou. Pero una “nación” lleva bastante más tiempo, aunque quizás no sea ésa su principal característica, sino precisamente el tiempo en que emergieron las naciones en Europa y los motivos por los que lo hicieron.

Aunque el término “nación” se venía empleando desde la Edad Media, el origen de su actual significado (y de la realidad que designa) hay que situarlo en el proceso de transición de la Edad Moderna a la Contemporánea, entre los siglos XVIII y XIX. Frente a la fidelidad al rey (y a su representante local, el aristócrata), principal vínculo comunitario de las sociedades estamentales dirigidas por monarquías absolutas, la burguesía revolucionaria opuso el concepto de nación, como el de una comunidad humana culturalmente homogénea que ha ocupado históricamente un territorio determinado. Había que romper los lazos ideológicos que ataban a los súbditos con sus monarcas y la nación fue una buena alternativa.

Pero el nacimiento de esas naciones no se produjo exclusivamente por la necesidad histórica de la nueva clase social dominante. También fue posible por el desarrollo tecnológico de las primeras sociedades industriales que la burguesía promovió. Resulta muy difícil imaginar a los millones de campesinos analfabetos que poblaban la Europa moderna (apegados al terruño donde desenvolverían toda su corta vida, y con unos medios de transporte muy lentos y limitados) sintiéndose miembros de una comunidad superior a la de la aldea más próxima o, como mucho, la comarca de la ésta formaba parte. Es prácticamente imposible construir una nación a lomos de una mula. Quizás por eso Miguel de Cervantes (quién no fue precisamente un campesino iletrado y apegado a la tierra) empleó el término “español” tan sólo en dos ocasiones a lo largo de los treinta y cinco capítulos de su Quijote.

El desarrollo del ferrocarril, capaz de desplazar multitudes a larga distancia y en poco tiempo, hizo tanto por el auge de esas naciones como las diversas oleadas revolucionarias liberales que azotaron Europa durante todo el XIX. Amplió los límites mentales de millones de europeos, que abandonaron las áreas rurales para transformarse en obreros industriales en las grandes ciudades. Allí, sin embargo, se produjo un efecto indeseado por los propietarios de esas industrias, porque sus trabajadores tomaron conciencia de su pertenencia a otra comunidad de nuevo cuño: la “clase”. Pero poco tiempo después, y sobre todo en 1914, la nación volvió a ser un poderoso instrumento al servicio de la burguesía. En su nombre se enfrentaron y masacraron millones de trabajadores europeos en la Gran Guerra, cuya primera víctima mortal fue el internacionalismo proletario: la nación venció a la clase como comunidad principal de pertenencia.

De modo que el segmento temporal (1812-1978) que señala Aznar para asegurar que la nación española se forjó mucho antes, quizás sea el período en que ésta pudo configurarse realmente. Aún en 1812, muchos “españoles” que luchaban contra las tropas napoleónicas no lo hacían por “España” o por la Constitución. Lo hacían por Fernando VII, un monarca decididamente absolutista que reprimió ferozmente el movimiento liberal, y que no dudó en utilizar tropas extranjeras de la Santa Alianza en 1823 (los cien mil hijos de San Luis) para aplastarlo: un gesto muy patriótico.

Y fue la hegemonía del absolutismo y de la aristocracia terrateniente a lo largo del siglo XIX uno de los factores que impidieron el desarrollo en España de las grandes transformaciones que supuso la Revolución Industrial, incluyendo la formación de la “nación española”. Al terminar la centuria España seguía siendo un país eminentemente agrario (y profundamente “atrasado”) salvo por dos excepciones: el País Vasco y Cataluña. Ambas vieron crecer una cierta actividad industrial, generalmente al socaire de estímulos exteriores. En el primer caso la industria siderúrgica fue posible gracias a los intercambios con el Reino Unido. En el segundo, la industria textil encontró sus “mercados naturales” en las colonias caribeñas. Así, cuando al final del siglo España fue expulsada por los Estados Unidos de Cuba y Puerto Rico, los productos textiles catalanes se quedaron sin compradores.

En efecto, al empezar el siglo XX España aún no poseía un “mercado nacional”, como lo denominan los economistas y los historiadores de la economía. Ese “mercado propio”, idealizado por el Romanticismo, fue el auténtico leitmotiv de la construcción de los estados liberales europeos del siglo XIX (y después lo sería de las dos guerras mundiales). Así que lo más probable es que la “nación española”, en el mejor de los casos, naciera al mismo tiempo que la catalana y la vasca. De hecho a finales del XIX ya existían ambos nacionalismos y, en consecuencia, ambas naciones. Al menos eso diría el recientemente fallecido Eric Hobsbawm, para el que las naciones son una creación del nacionalismo.

No obstante, lo más contradictorio y al mismo tiempo sumamente irritante no es la torpeza con que estos dirigentes políticos manejan el conocimiento histórico, sino que ellos y sus colegas (incluyendo los del PSOE) han dinamitado la soberanía popular y la han entregado a intereses espurios, mediante el régimen partitocrático que han instaurado, la corrupción, y su “entusiasmo europeísta”. Hace ya diez años que voces muy autorizadas advirtieron sobre la deriva antidemocrática de la Unión Europea, precisamente a raíz de la Cumbre de Barcelona. Hoy ya no es necesario documentar la tiranía impuesta por los especuladores financieros y la casta dirigente de la UE a sus ciudadanos. Quiénes están manifestando más alergia al soberanismo catalán (y vasco), no dudan en aplaudir cada zarpazo que da la banca internacional a la soberanía del pueblo español por medio de las políticas de la UE: la nación es sólo una excusa para imponer los intereses de la clase hegemónica.

El problema de la propuesta de Artur Mas es su manifiesta vocación europeísta y atlantista. No hace una sola crítica a las organizaciones encargadas por el nuevo imperio de someter a los pueblos de Europa, la una, y de aplastar a los pueblos de la periferia, la otra. Y el problema de su partido es que ha apoyado al gobierno de Rajoy en el atraco que está perpetrando contra el pueblo español. En una nación donde han adquirido un extraordinario desarrollo los movimientos sociales que se vienen enfrentando a la barbarie capitalista durante los últimos veinte años (desde los grupos anti-sistema hasta los Indignados), la iniciativa soberanista de Mas aparenta ser, sobre todo, una nueva derrota de la clase trabajadora.

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