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Nuevo artículo en el número 24 de O Olho da História 17 diciembre, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El número 24 de Olho dá Historia, en  parte dedicado a la crisis global (también a la guerra y revolución en España entre 1936 y 1939), incluye mi último trabajo extenso sobre la coyuntura española desde la segunda mitad de 2015 hasta casi finalizar 2016, titulado “Confrontación social y batalla política en España: un nuevo frente“.

URGENTE: El auge de los populismos antisistema, Globalización y subversión 14 noviembre, 2016

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses está dando paso a una interpretación del ascenso de los populismos en Occidente cuando menos paradójica. Según ese razonamiento el desarrollo de la Globalización combinado con los efectos de la crisis (que está pauperizando las clases medias) explicaría este giro nacionalista, antidemocrático y xenófobo de una parte significativa de las sociedades desarrolladas.

Visto así, Trump, los Le Pen, los promotores del brexit, o los gobiernos húngaro y polaco serían unos antisistema porque pretenden quebrantar las reglas de juego impuestas por las entidades globalizadores (como la UE) y por sus gobiernos nacionales, ya que esas normas e instituciones políticas serían las responsables de la extensión de la crisis. De hecho, todos esos populistas han llevado su ruptura con el sistema a su propio lenguaje, haciendo un uso de él antagónico a lo políticamente correcto.

Esta interpretación posee una cierta pátina de verosimilitud en la caracterización de los sujetos y los procesos, pero es profundamente fraudulenta en sus significados. Como los ilusionistas, sus autores manejan objetos reales, pero lo que hacen con ellos no es lo que parece: están fabricando una cortina de humo.

A estas alturas casi nadie discute que el capitalismo vencedor de la Guerra Fría necesitó romper, para su globalización, el statu quo planetario, quebrando las instituciones (la ONU) y la normativa reguladora de las relaciones internacionales. El capitalismo globalizado necesitó subvertir el orden mundial para extender libremente sus tentáculos por todos los rincones de la Tierra. Yugoslavia, República Democrática del Congo, Afganistán, Irak, Libia, Siria… jalonan esa estrategia subversiva destinada a garantizar el dominio capitalista de territorios y pueblos de alto valor económico y geoestratégico. Había que desestabilizar el mundo para intervenir en él sin ataduras, de espaldas al Derecho Internacional.

Cinco lustros después, el desbarajuste mundial es una realidad. Algunas regiones del planeta permanecen ajenas a él por diversos motivos. Pero los objetivos se han alcanzado: el Imperio ha actuado donde le ha sido necesario y ha subvertido las reglas de juego cuando lo ha deseado. El capitalismo neoliberal globalizado y sus más destacados representantes se han transformado, efectivamente, en unos antisistema.

No es la primera ocasión en la historia que los capitalistas y el capitalismo han revolucionado el orden establecido para continuar su desarrollo. Lo hicieron en el Reino Unido de mediados del siglo XVII, destruyendo la monarquía absoluta en un proceso que, tras la República de Cromwell (1649-1658), alumbraría la primera monarquía parlamentaria. Lo hicieron igualmente en América del Norte en el último cuarto del siglo XVIII, rompiendo sus lazos con el imperio británico y dando lugar al primer estado liberal y democrático del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Lo volvieron a repetir poco después, en la Francia del cambio de siglo, con la revolución burguesa más estudiada y conocida. Y continuaron a lo largo del siglo XIX por toda Europa en diversas oleadas.

La burguesía enriquecida durante la Edad Moderna con el tráfico de esclavos, especias, té, azúcar, o productos manufacturados europeos comprobaba una y otra vez que las rígidas estructuras del Antiguo Régimen constituían un estorbo inaceptable para sus actividades y, sobre todo, para detentar la hegemonía política: ya era la clase dominante económica, social y culturalmente. Así que se hizo revolucionaria.

Hoy, un siglo o dos después de todos aquellos acontecimientos, las estructuras del Estado Democrático y de Derecho occidental y los valores en que se asienta se han vuelto asimismo un obstáculo para la expansión del capitalismo global. El conjunto de garantías y derechos reconocidos por las constituciones a los ciudadanos del mundo desarrollado actúa como un freno para la rueda de la acumulación de riqueza a escala planetaria. Y el papel de estos “nuevos” partidos y personajes neofascistas y racistas es el de agentes acelerantes del proceso de destrucción de las democracias occidentales, tan necesario para la oligarquía mundial. Podrían calificarse de antisistema, sí. Pero, muy al contrario de lo que dicen quiénes así los denominan, no han llegado para oponerse a la Globalización y sacar de la pobreza a las clases populares y medias, sino para todo lo contrario. Como antisistema son un puro camelo.

Tampoco es la primera vez en la historia que los capitalistas recurren a estos grupos nacionalistas, fascistas y racistas. Lo hicieron en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado en unos cuantos países de Europa con el objeto de frenar la expansión del socialismo revolucionario en el continente. Un repaso a las biografías de Adolfo Hitler y Benito Mussolini permite comprobar que ellos también fueron antisistema: ambos dieron con sus huesos en la cárcel debido a sus actividades políticas antes de ocupar el poder.

Sin embargo, en esta ocasión estos populistas no han llegado al poder para defender el capitalismo de un enemigo emergente, como el movimiento obrero internacional. Han hecho su aparición en un contexto de ofensiva general del capitalismo globalizado contra uno de los últimos reductos de resistencia: las democracias occidentales. En este sentido no debe menospreciarse el papel del Partido Popular y de Mariano Rajoy en España. Sus anteriores cuatro años de mandato han transformado el país, haciendo de él uno de los más desiguales, corruptos y autoritarios de Europa.

Por todo esto, si calificar de antisistema a Donald Trump o a los agitadores de la salida británica de la UE ya es un fraude, incluir en la misma categoría a Syriza, Podemos o a Bernie Sanders supone un ejercicio de manipulación tan burdo como cateto. Porque ellos se han convertido en los únicos garantes de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad inspiradores de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es una gran paradoja, teniendo en cuenta que todos ellos son socialistas. Pero también es un síntoma de lo que está en juego realmente en esta coyuntura histórica: la disyuntiva entre la barbarie y la civilización. El avance de la desigualdad y el retroceso de las libertades en todo el mundo durante la última década dan fe de ello.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: El Imperio contraataca. De la simpleza a la ignominia. 16 enero, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales.
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Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Durante los últimos tres años, las pantallas de televisión (y en menor medida, las cinematográficas) han visto discurrir una retahíla de productos de temática o ambientación histórica que ensalzan por activa o por pasiva los tiempos imperiales de España. Este fenómeno no es ajeno a los durísimos efectos de la crisis, a la lucha ideológica entre la derecha en el poder y la nueva izquierda social representada por los Indignados, y también al desarrollo del proceso soberanista en Cataluña.

Con la proximidad de las elecciones del pasado 20 de diciembre y con el enconamiento del pulso independentista catalán, esa relación se ha manifestado de una forma bastante menos sutil, y más directa y tosca. Algunos políticos de derechas (de segundo o tercer orden) y algunos ciudadanos de a pie han protagonizado intervenciones públicas, especialmente en las redes sociales, enalteciendo el imperio que España tuvo en el pasado.

Nadie discute la poderosa influencia cultural de la televisión. Y más cuando constituye el principal (si no único) medio de entretenimiento de numerosos segmentos de una población que, además, ostenta uno de los niveles culturales más bajos de Europa. La añoranza imperial parece haber vuelto a las mentes de unos cuantos españoles, como un Guadiana que había desaparecido de la escena social y cultural con el final de la dictadura franquista, muy dada a rememorar las gestas imperiales del pasado. Y esto sucede en una monarquía parlamentaria muy peculiar, porque es el único régimen democrático europeo que, oficial e institucionalmente, aún sonríe con complacencia a la dictadura de corte fascista que le precedió rigiendo los destinos de España.

Todo empezó con la serie de Televisión Española (TVE) Isabel, emitida entre septiembre de 2012 y diciembre de 2014. Sobre Isabel la Católica y su esposo Fernando siguen recayendo dos tópicos, uno falso y otro cierto. Una parte de la clase política y la historiografía menos rigurosa continúan atribuyéndoles la fundación de España. Pero su matrimonio supuso exclusivamente la unión de las dos dinastías que representaban, y no de sus dos reinos. Isabel seguiría siendo Reina de Castilla, y sólo de Castilla, hasta su fallecimiento en 1504. Y Fernando, por su parte, continuó siendo Rey de Aragón, y únicamente de Aragón, incluso después de perder a su esposa.

Por otro lado, es muy justo otorgarles el papel de iniciadores del gran imperio ultramarino que Castilla (mucho más que Aragón, hasta comienzos del siglo XVIII) llegó a poseer durante la Edad Moderna, fundamentalmente en tierras americanas. Un imperio que Carlos I, su nieto y sucesor, se encargó de extender. De su figura se ocupa la segunda serie imperial de TVE, cuyo estreno se produjo en septiembre de 2015: Carlos, rey emperador.

Sobre su imagen pesan asimismo dos viejos clichés, como en el caso de sus abuelos. El primero, la expansión de los dominios coloniales de Castilla en América, es cierto. El falso es que bajo su reinado “España” tuviera un imperio en Europa. Carlos, como otros monarcas absolutos de la Edad Moderna, heredó las coronas de distintos reinos europeos, sin que eso significara la supeditación de ninguno de ellos a Castilla. Otra cosa es que fijara en ella su residencia por ser su reino más importante, y que dilapidase cuantiosos recursos económicos de la corona castellana para mantener el control sobre algunos de sus otros territorios europeos.

Pero la tarea de recuperación de la memoria imperial de España no ha sido exclusiva de la televisión pública. Entre octubre de 2013 y enero de 2014 la cadena Antena 3 emitió la serie El tiempo entre costuras, basada en una novela homónima publicada en 2009. Su protagonista es una modesta costurera, y no una cabeza coronada. Así pues, la vinculación del acontecer histórico con su peripecia vital no es la misma que en los casos anteriores. No obstante, una parte sustancial del relato transcurre en el Marruecos colonial español de la segunda mitad de los años 30, convertido en su escenario principal.

Finalmente, y mientras se despedía el año 2015, en los cines españoles se ha estrenado el largometraje Palmeras en la nieve, que lleva a la gran pantalla una novela publicada en 2012 con el mismo título. Como su autora ha declarado, uno de los propósitos de su trabajo es recuperar una parte de la historia de España que permanecía prácticamente olvidada: la presencia colonial en Guinea. Así, aunque las vivencias de sus personajes constituyen el centro del relato al igual que en el caso anterior, los acontecimientos históricos parecen encontrarse más implicados en la trama, cobrando un mayor protagonismo. De cualquier modo, ambas producciones están tan edulcoradas sentimentalmente como descafeinadas históricamente.

El indiscutible éxito de las tres series televisivas y de este último largometraje (que está compitiendo con Stars Wars en las taquillas hispanas) ha llegado cuando el riesgo de ruptura social y política en España había alcanzado cotas desconocidas en muchas décadas. Desde el final de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo la sociedad española no había vivido un aumento de la desigualdad tan pronunciado y a la vez insultante como el actual. Tampoco el sistema político en su conjunto había experimentado una erosión tan evidente desde cuando menos los últimos años de la dictadura: la corrupción rampante en los grandes partidos, su gestión de la crisis a favor de los más poderosos, y las “andanzas” de una parte de la familia real han generado un creciente desafecto por la monarquía parlamentaria hasta ahora jamás visto. Y nunca desde hacía más de ochenta años la unidad del Estado español había sido tan cuestionada como lo está haciendo el proceso separatista catalán.

Este rescate de la memoria imperial no llena las tripas, pero provoca un efecto analgésico mil veces probado en la historia de la Humanidad, casi siempre con bastante éxito. Es un recurso tan simple como efectivo, destinado a cerrar filas y elevar el “orgullo patrio”, desplazando del primer plano el conflicto social en favor de la “grandeza nacional”. Y a los ojos de muchos, incluyendo aún cierta parte de la historiografía hispana, nada es más grande que la forja de un imperio.

Ni nada es, en realidad, tan infame. Bartolomé de las Casas, un dominico que vivió en primera persona varias décadas de la conquista de América, publicó en 1552 (seis años antes del fallecimiento de Carlos I) su obra más conocida. Y en sus primeros párrafos desveló la esencia de la “gesta” castellana en aquellas tierras: “La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días, e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable cudicia e ambición que han tenido…”

La forja del imperio americano fue ante todo y más que nada un inmenso genocidio. Así lo reconoce la mayor parte de la historiografía de un lado y otro del Atlántico. Por eso la celebración del Quinto Centenario en 1992, auspiciada por España, despertó tanto recelo y generó tanto rechazo en muchos países hispanoamericanos. Y junto a la trata trasatlántica de millones de esclavos africanos durante toda la Edad Moderna constituye, sin duda alguna, la mayor tragedia humana que la historia ha sufrido, empequeñeciendo y relegando a un segundo plano la monstruosidad del Holocausto.

En el Marruecos colonial de las primeras décadas del siglo XX la “grandeza” española volvió a brillar con luz propia, y en varios sentidos. Por una parte, en la incompetente dirección de las operaciones militares contra las tribus rifeñas, que encontró su cénit en el Desastre de Annual de 1921. Allí murieron entre 8.000 y 10.000 soldados españoles, que tenían en común algo más que su uniforme y sus alpargatas: no haber podido pagar las 2.000 pesetas que en la práctica les eximían de ir a la guerra, una cifra totalmente prohibitiva para las clases populares.

Por otra parte, también lo hizo en la posterior campaña de sometimiento de aquellas tribus bereberes. Entre 1921 y 1927 el ejército y la aviación españoles bombardearon aldeas, zocos y ríos con armas químicas (especialmente gas mostaza), causando miles de muertos entre una población civil completamente indefensa. España se convirtió así en una de las primeras potencias en emplear ese tipo de armas contra civiles. Fue todo un “honor” que se ejecutó a pesar de los acuerdos internacionales posteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), donde se utilizaron en abundancia y originaron una profunda consternación. Aún hoy el Rif es la región de Marruecos con mayor incidencia del cáncer, y el Estado español continúa eludiendo su responsabilidad en aquel crimen contra la Humanidad.

No fue la guerra química contra los rifeños la primera operación de represalia hispana en territorio africano. Aunque ostentó su dominio desde el último tercio del siglo XVIII, España no empezó a colonizar efectivamente la isla de Bioko (rebautizada como “Fernando Poo”) hasta el inicio del siglo XX. Como suele suceder, ese proceso despertó entre la población indígena (mayoritariamente de la etnia bubi) una reacción nacionalista que no tardó en provocar los primeros choques armados. Y en 1910 el asesinato de un cabo español y dos policías indígenas terminó con una operación de castigo que segó la vida de 15.000 bubis entre civiles y rebeldes.

Durante la primera mitad del siglo XX la explotación económica de Bioko se centró en el cultivo del cacao. Para ello fue preciso recurrir a miles de braceros de las regiones continentales limítrofes, convertidos en mano de obra casi semiesclava por la legislación colonial: los contratos eran forzados y los salarios ínfimos. Sus agotadoras jornadas de trabajo transcurrían entre misérrimas raciones alimenticias y malos tratos, que incluían latigazos en ocasiones mortales.

Mientras tanto, en la metrópoli el Cola Cao, en venta desde 1946, cantaba una canción muy diferente:

Yo soy aquel negrito
del África tropical,
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao.”

Como la canción del Cola Cao, también muy exitosa, la exaltación del pasado imperial es una burda falacia para ocultar un presente ignominioso. Y los que la están alentando a propósito son más miserables que quienes cometieron todos aquellos crímenes. Porque, como todo el mundo sabe, incluso en Stars Wars el imperio siempre representa al mal.

URGENTE: Cuándo empezó la Tercera Guerra Mundial 25 noviembre, 2015

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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Algunos alumnos ya me lo han preguntado, seguramente porque el interrogante anda rondando por las calles y las mentes de muchos ciudadanos: ¿va a comenzar la Tercera Guerra Mundial? Los últimos atentados yihadistas de Beirut, París, Bamako, Camerún… y la reciente Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el ISIS parecen haber generado la idea de que el Mundo se encuentra ante las puertas de un nuevo conflicto global.

Pero ésa es una pregunta bastante inexacta, provocada por la ignorancia inducida en que los grandes medios de masas mantienen a sectores sociales mayoritarios de muchos países. Y también, por qué no, como resultado de la educación histórica generalmente inútil que ha experimentado una parte importante de la ciudadanía de aquí y de allá. La verdadera cuestión es cuándo comenzó.

La nueva pregunta, pese a su pertinencia, no deja de ser una mera perogrullada, porque la respuesta está grabada a sangre y fuego en los anales de la historia de este siglo: el 11 de septiembre de 2001. Fue entonces cuando el Presidente George W. Bush declaró universalmente la “Guerra contra el Terror”. Ya en aquellos años los especialistas supieron ver en esa declaración el inicio de un conflicto de dimensión planetaria.

Y, antes, otros especialistas previeron el estallido de esta guerra, analizando las consecuencias de la globalización del capitalismo, tras su victoria sobre el bloque soviético a finales de los años 80. Michael Hardt y Toni Negri adelantaron en el año 2000, cuando publicaron su Imperio, que esta entidad planetaria de nuevo cuño necesita desestabilizar países y regiones enteras para justificar su intervención en ellas y, de esa forma, constituirse y consolidarse.

Ese proceso había comenzado antes, pero el 11-S fue la excusa perfecta, el casus belli necesario para formalizar ese intervencionismo. No en balde, todavía pesan algunas sospechas más que razonables sobre la participación de la CIA y el Mosad en la planificación y ejecución de aquellos atentados, aunque personalidades como Francesco Cossiga o Andreas von Bulow no lo dudaron un instante.

Así nació el “Eje del Mal”, y la ya larga lista de conflictos que ha destruido regiones enteras de Oriente Medio (Afganistán, Iraq, Siria…) y de la mitad septentrional de África (Libia, Níger, Mali, Nigeria, República Centroafricana, Somalia…). Casi todas han sido “guerras civiles” en las que Occidente se ha visto “obligado a intervenir”, o que la acción occidental ha terminado generando. Y todos continúan abiertos, sangrando a millones de personas. Pero la posición geoestratégica o determinados recursos naturales (diamantes, oro, coltán y ante todo petróleo) son el verdadero objeto de deseo del Imperio en esas regiones, y al precio que sea.

En lo que siempre ha existido un acuerdo unánime desde que Bush la declaró es que se trata de una guerra diferente. El enemigo no es un Estado concreto (o una coalición) que presente batalla con un ejército más o menos convencional, pese al caso iraquí. Es una red terrorista internacional que puede golpear y golpea en cualquier lugar del mundo, de Francia a Indonesia, desde la República Centroafricana hasta Pakistán, aunque el ISIS y sus socios del Sahel se hallen empeñados en la fundación de sendos califatos.

El problema radica en el origen de ese enemigo atroz. Desde las montañas de Afganistán pasando por el GIA y la Guerra Civil de Argelia (1991-2002) hasta Al Qaeda y el ISIS, el yihadismo internacional ha sido una creación del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica y su CIA, con la colaboración de los países europeos como actores secundarios. Ni tan siquiera en momentos críticos como los de París los grandes medios suelen recordarlo (tan sólo algunos humoristas gráficos se atreven), pero Occidente ha ideado, alentado, instrumentalizado o financiado esos grupos de acuerdo a sus intereses inmediatos. Las evidencias y pruebas son irrefutables y así lo han señalado desde siempre los expertos independientes. Ahora que Hillary Clinton y Tony Blair lo han reconocido de forma explícita (aunque sea parcialmente) por fin ya es oficial.

El papel Occidental y de sus aliados locales en la financiación del ISIS es igualmente conocido (incluso oficialmente en el seno de la UE), y profusamente publicado. En estos momentos ese grupo terrorista cuenta con distintas vías de financiación, como la venta de obras de arte expoliadas, el tráfico de drogas, o los secuestros. Pero las más importantes son dos. Una es el flujo de donaciones procedente de los aliados más sólidos de los Estados Unidos y de Europa en la región del Golfo Pérsico: Arabia Saudí, Qatar o Kuwait. Y la otra es la venta de petróleo procedente de los pozos iraquíes bajo su control, que le reportan no menos de 500 millones de dólares anuales. Sus principales clientes son Turquía y unos cuantos países miembros de la UE, entre los que puede encontrarse España..

De modo que lo realmente distintivo de esta guerra no es la tipología del enemigo, que al fin y al cabo actúa como una “guerrilla global”, sino su propia naturaleza, porque ha sido (y sigue siendo) engendrado y alimentado por los gobiernos occidentales, y especialmente por los Estados Unidos de Norteamérica. Suele ponerse mucho el acento en el fundamentalismo religioso del movimiento yihadista, pero eso no es más que otra semejanza con su Creador. Cualquiera que los haya escuchado recordará que Ronald Reagan y los Bush (padre e hijo) “sentaban a Dios a su izquierda” en todos sus discursos y conferencias de prensa: el dios de los cristianos siempre estuvo con ellos (incluso cuando decidieron invadir Iraq en 2003 escudados en una montaña de mentiras). Y en ocasiones también lo está con Obama.

En ambos casos el discurso religioso sólo es pura retórica, una cortina de humo para ocultar el auténtico propósito de esta Tercera Guerra Mundial. Como también lo son casi todos los análisis que publican los grandes medios. Es el caso de Lluís Bassets, que hace pocos días se preguntaba ¿qué se ha hecho mal en la lucha antiterrorista desde el 11-S?

Se ha hecho todo muy bien. El negocio de las armas va viento en popa. Y además de recortar los derechos y libertades a los ciudadanos de las democracias occidentales, infundiéndoles miedo, el Imperio se ha extendido y consolidado, y sobre todo se ha legitimado: ¿quiénes no están de acuerdo en acabar con el ISIS como sea? Muy pocos. El problema es que derrotar al ISIS implica necesariamente derrotar al Imperio, del que tan sólo es un instrumento. Es la única forma de terminar con esta Tercera Guerra Mundial, que lo es contra la Humanidad entera.

URGENTE: Inmigrantes, refugiados… personas. Y una oportunidad histórica para la “civilización” europea 4 octubre, 2015

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A casi nadie le apetece abandonar el lugar donde es alguien, el espacio físico, social y cultural que reconoce como propio y que le acoge a uno mismo como suyo. No es raro pues que, como sucedió en el Reino Unido hace más de una década, alguien encuentre cerca de su casa un esqueleto de unos cuantos miles de años de antigüedad y resulte pertenecer a un antepasado directo suyo.

Se ha repetido muchas veces que la gran epopeya del Homo Sapiens de extenderse por todo el planeta partiendo de África (al igual que habían hecho algunos otros homínidos anteriores) evidencia el carácter aventurero del espíritu humano. Pero lo cierto es que, en las más de las ocasiones, los grandes desplazamientos de población han obedecido y obedecen a razones materiales: la necesidad de sobrevivir a la enfermedad, al hambre, o a la guerra. La huida es su seña de identidad común, aunque quiénes escapan del hambre y la enfermedad se denominen inmigrantes y los que lo hacen de la guerra se llamen refugiados.

En cuanto a los “aventureros individuales” (pequeños o grandes), la historia y la literatura suelen coincidir en el retrato de la mayoría de ellos. Y la huida continúa siendo su principal rasgo. Los que no intentan eludir el hambre y la pobreza, buscan dejar atrás el pasado, el presente, o el hastío de sí mismos.

Pero si hay algo que la historia demuestra es que esos movimientos masivos de seres humanos son del todo imparables, se desarrollen en un goteo de siglos (como las “invasiones bárbaras” de los últimos tiempos del Imperio Romano de Occidente), o se produzcan en un corto periodo de pocos años, como el que vive Europa actualmente. La mayor parte de África y el Oriente Próximo hacen agua por todos lados y millones de personas sangran de esas regiones a través de sus múltiples heridas.

La responsabilidad de Occidente en los crímenes que afligen a mucho pueblos africanos, asiáticos y americanos está más que documentada en el pasado y en el presente inmediato: las guerras de Iraq y Siria son sólo dos buenos ejemplos. Y los tiempos en que los europeos emigraron por millones a esas mismas tierras para apropiarse de sus riquezas, muchas veces por la fuerza, también lo están. Ningún historiador medianamente serio podría hoy explicar el enriquecimiento occidental de los últimos 500 años sin el empobrecimiento, la explotación y el genocidio de muchos pueblos del mundo.

La acogida de esta oleada de refugiados, la mayor desde la IIª Guerra Mundial, va mucho más allá del humanitarismo, del respeto y el cumplimiento de los Derechos Humanos. No sería más que un primer, pequeño y torpe pero necesario paso para empezar a hacer algo de justicia histórica. Hay quiénes claman por los millones de españoles y europeos que malviven en la pobreza. Aunque probablemente sean los mismos que permanecieron impasibles cuando los gobiernos de Zapatero y Rajoy hicieron recaer todo el peso de la crisis sobre los trabajadores (ocupados o desempleados), las personas dependientes, los enfermos, los inmigrantes…

Pero también hay razones positivas para abrir las puertas de Europa a esos refugiados. Luis de Guindos, responsable de la cartera económica del gobierno de Rajoy, lo ha expuesto claramente, eso sí, desde su miopía ministerial: “la incorporación de una cantidad importante de refugiados es también una oportunidad económica”. Algo que ya pueden acreditar los traficantes de seres humanos que están haciendo su agosto en las fronteras de Hungría, Serbia y, antes, de Turquía. Y no es ése precisamente el mejor trato que Europa podía ofrecerles, porque no son mercancías, sino personas.

Ser tratados como personas es la clave de su integración social, de su inmediata y futura actitud en Europa y frente a los europeos. Las alambradas con concertinas que ha hecho instalar el gobierno húngaro y los traspiés de Petra Laszlo no constituyen el mejor recibimiento, y contrastan con la respuesta más afortunada de las autoridades alemanas y austriacas.

La reportera marrullera ha manifestado públicamente haber sido presa del pánico. Y la derecha europea más recalcitrante quiere ver un peligro para “la civilización europea” en estos refugiados y en los inmigrantes llegados en las últimas décadas: más miedo. Pero estos amigos de la pureza cultural quieren ignorar lo más elemental.

Suele decirse que la cultura europea hunde sus raíces en la civilización griega. Pero aquélla fue una civilización mestiza, el resultado de la fusión de las aportaciones egipcias y fenicias legadas por Creta con la personalidad cultural de los aqueos, un pueblo originario de Asia Central instalado ya en Grecia a comienzos del segundo milenio antes de Cristo. Y de Asia Central también procedieron casi todos los protagonistas de la segunda oleada que dio impronta al alma europea, los pueblos “bárbaros” (extranjeros) llegados entre el siglo III y el VI.

Es muy común atribuir a esos pueblos la responsabilidad del fin del Imperio Romano occidental, de la destrucción de otro de los grandes exponentes de la cultura europea y del comienzo de la “oscura” Edad Media. Pero el germen de la fragmentación política, de la crisis agraria y la paralización del comercio, y del retroceso cultural que sufrió la Europa altomedieval ya se hallaba presente en el propio Imperio: los bárbaros sólo lo aprovecharon. Y la contribución de otros pueblos extranjeros, los norteafricanos y árabes que cruzaron Gibraltar a comienzos del siglo VIII, fue decisiva para convertir la antigua Hispania en una isla de desarrollo económico y cultural en Europa. Y su huella en Portugal y España hoy es indiscutible.

Como también lo es el impacto de la “american way of life”, que ha homogeneizado en muchos aspectos casi todos los rincones de Europa. Sus primeros pasos en el “viejo continente” se produjeron tras la Gran Guerra, pero sería tras la Segunda Guerra Mundial y sobre todo con la recuperación de los años 60 cuando se aceleró el proceso de americanización de la identidad europea.

Todo esto pone en evidencia hasta qué punto las civilizaciones son un producto del mestizaje y en qué medida sus identidades son dinámicas. Aunque también pueden ser, a decir de Amin Maalouf, identidades asesinas, por su carácter excluyente y prepotente. Y ése es el caso de la civilización europea desde finales del siglo XV, cuando se lanzó a conquistar y explotar el mundo en nombre del mercantilismo destruyendo centenares de civilizaciones por todo el orbe.

Y allá donde la población de origen europeo se hizo dominante tras la independencia de sus metrópolis a finales de la Edad Moderna, los nuevos estados continuaron durante el siglo XIX y el XX la labor de destrucción de las pocas culturas indígenas supervivientes. En los Estados Unidos, Argentina, Chile o Brasil se hizo mediante la apropiación por la fuerza de los pocos territorios que aún conservaban esos pueblos y su expulsión a espacios cada vez más marginales. En Sudáfrica se llevó a cabo estableciendo (primero de facto y después legalmente) el sistema del Apartheid. Y en Canadá o Australia la identidad asesina europea se reveló separando a los niños indígenas de sus comunidades y sometiéndolos a un proceso de aculturación e inferiorización forzosa.

Esta nueva oleada constituye una oportunidad histórica para enriquecer la civilización europea, para hacerla menos asesina y más humana. Pero no serán los gobiernos europeos los que lo hagan. Están muy comprometidos en la perpetuación del estatu quo, del orden criminal del mundo que cada año obliga a huir de sus casas a millones de personas con una sola intención: sobrevivir.