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URGENTE: Sobre los atentados del 17 de agosto. De los sentimientos a los hechos 29 agosto, 2017

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales.
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Me resulta del todo inevitable sentirme muy cerca de las víctimas de los atentados de Cambrils y Barcelona, aunque sólo se deba al motivo más raso y banal: hace un año paseé por Las Ramblas, el Paseo de Gracia, o el Barrio Gótico durante unos días muy gratos. Antes, el 11 de marzo de 2004, tampoco pude escapar del estremecimiento que experimenté tras la masacre de Madrid. Pero, junto a esos sentimientos, menos aún consigo eludir unos cuantos hechos absolutamente trascendentales que, sin embargo, la mayoría de los políticos, casi todos los medios de comunicación y muchos presuntos analistas barren bajo la alfombra cuando informan y vierten opiniones sobre esos crímenes.

El primero (y quizás el más importante) es que casi el 90% de todas las víctimas del terrorismo yihadista entre los años 2000 y 2014 vivía en países netamente musulmanes, y eran tan inocentes y tan humanas como las de París, Londres o Bruselas. Según la Base de Datos del Terrorismo Global de la Universidad de Maryland la gran mayoría de esos brutales ataques se concentró en el mundo islámico, especialmente en Afganistán, Irak y Pakistán. Como nos ha recordado eldiario.es, los atentados fundamentalistas en Europa Occidental supusieron un 0,1% del total mundial, y los fallecidos a causa de ellos un 0,34%. Y no se trata de reducir a números tanta tragedia, sino todo lo contrario: constatar una vez más que la geografía del dolor también es profundamente desigual.

El segundo hecho indiscutible se refiere, si no al nacimiento de la yihad (que se pierde en los tiempos primigenios del Islam), sí a su transformación en un instrumento de desestabilización internacional mediante el ejercicio del terror a conveniencia de los intereses del Occidente capitalista. A ello se suma una campaña de desinformación masiva sobre “lo árabe” en particular y “lo musulmán” en general ejecutada desde Hollywood (reconocida como la principal máquina de propaganda ideológica estadounidense) ya desde los últimos años de la Guerra Fría. Si bien la mixtificación de todas las culturas ajenas a la estadounidense es una constante desde el nacimiento del cine de masas, a partir de los años 80 los árabes y los musulmanes las más de las veces aparecerán etiquetados como terroristas.

Así, pudimos ver a Chuck Norris (Delta Force, 1986) liquidando a mansalva guerrilleros árabes antioccidentales, señalando de paso el camino que éstos no debían transitar para resolver sus problemas. Pero también presenciamos a Sylvester Stallone (Rambo III, 1988) luchando heroicamente, hombro con hombro, junto a los muyahidines para expulsar a los soviéticos de Afganistán. En ambos casos estas historias de ficción tuvieron un sólido fundamento en la realidad, sobre todo la segunda.

El papel del gobierno estadounidense en la organización, financiación y equipamiento de los muyahidines afganos desde 1978 (seis meses antes de la invasión soviética) es ya suficientemente conocido: se denominó Operación Ciclón, una de las intervenciones más caras de la CIA. Y dos décadas después, su principal muñidor, Zbigniew Brzezinski (asesor de seguridad del presidente Carter en aquel entonces) alardeó públicamente de haber creado el terrorismo yihadista y de no arrepentirse de ello. Entre aquellos terroristas se encontraba un joven millonario saudí, Osama bin Laden, quién puede considerarse cuando menos un colaborador de la CIA. En 1988, cuatro años antes de la salida de las tropas soviéticas, ya había creado la organización Al Qaeda en las montañas afganas.

Las macabras correrías de aquellos mercenarios fundamentalistas una vez “terminado” el conflicto afgano en 1992 son igualmente notorias: Argelia, Kosovo, Irak, Libia, Siria… Excepto Kosovo (íntegramente controlado por la mafia albanesa) todos ellos eran Estados árabes laicos, pero transitaban la senda prohibida por Chuck Norris. Y precisamente en Irak se fundaría el Daesh en el año 2006 a partir de una rama local de Al Qaeda, en medio del vacío de poder y el caos generado tras la invasión del país por fuerzas occidentales en 2003. De ella también sabemos con certeza que los motivos alegados por Bush, Blair, Barroso y Aznar eran totalmente falsos.

Todo apunta a que la Administración norteamericana sigue siendo fiel a la “doctrina Brzezinski”. Sus vínculos con el Daesh no se han limitado a la creación de las condiciones favorables para su implantación y expansión territorial, como en Irak. Diversos grupos yihadistas han recibido financiación y equipamiento militar directamente de Estados Unidos y de varios de sus aliados europeos en Libia y en Siria a partir de 2011. Hasta Hillary Clinton lo ha admitido varios años después.

En tercer lugar, tampoco puedo enterrar en el olvido que la desestabilización y aniquilamiento de regímenes árabes y musulmanes poco dóciles con Occidente mediante el terror islamista nunca ha sido un fin en sí mismo, o el objetivo más importante. Basta con superponer el mapa mundial de los principales productores de petróleo al planisferio político para comprender qué cosa puede valer tanto dolor y sacrificio, tanta destrucción y deshumanización.

Casi todas las previsiones sitúan el agotamiento de las reservas mundiales de petróleo como muy tarde a mediados de este siglo. Para las grandes potencias capitalistas es urgente y prioritario someter el mayor número posible de países productores, u otros cuya posición geoestratégica lo pudieran facilitar. El caso de Irak es paradigmático desde el primer momento, y ya nadie discute hoy que su petróleo fue el verdadero motivo de la invasión de 2003.

El cuarto hecho más que probado, y para muchos otros del todo insoslayable, es que el avance del terrorismo yihadista, fundamentalmente en Irak y Siria, no habría sido posible sin el respaldo material y económico de Estados como Arabia Saudí, Qatar y Turquía. El Daesh y el Islam wahabista están siendo impulsados con millones de dólares anuales por las citadas monarquías petroleras del Golfo Pérsico (ambas absolutistas, teocráticas y desconocedoras de la mayoría de los Derechos Humanos), porque el terror también constituye un instrumento en el conflicto entre Arabia Saudí (de mayoría sunní) e Irán (de mayoría chií) por la hegemonía regional. A su vez, Turquía ha armado directamente al Daesh y ha comercializado su petróleo no sólo para frenar el avance iraní en Siria e Irak. Erdogan y sus socios quieren impedir además que los kurdos (una pieza clave en la guerra contra el ISIS) dominen suficiente territorio sobre el que levantar un Estado soberano.

Pero Turquía (integrante de la OTAN desde 1952), Qatar y Arabia Saudí son excelentes socios, aliados y amigos de Occidente: incluso financian la Fundación Clinton. En todos ellos hay bases militares norteamericanas desde hace mucho tiempo. Y los saudíes en particular son unos clientes envidiables de la industria armamentística estadounidense y europea, incluida la española, de la que es su mejor comprador tras los miembros de la Alianza Atlántica.

Y en quinto lugar, me resulta imposible no tener en cuenta el efecto social del terrorismo islamista en las calles de las ciudades europeas, la finalidad de ese 0,1% de ataques asesinos: propagar el miedo. En algunos lugares lo está consiguiendo, aupando a grupos y partidos fascistas y racistas, y alentando ataques islamófobos. Pero en otros sitios, como en Barcelona, los terroristas han provocado el efecto contrario. Ha sido emocionante y esperanzador que el grito espontáneo de los ciudadanos congregados en la Plaza de Cataluña el día después se haya convertido en el lema de muchos barceloneses y catalanes: “No tenemos miedo”.

Sin embargo, con o sin miedo, el terror fundamentalista está siendo utilizado extensamente en Estados Unidos y Europa como la excusa perfecta para recortar libertades y derechos. Desde el 11 de septiembre de 2001 quedó claro para muchos expertos que las primeras víctimas de la “guerra contra el terrorismo” serían unas cuantas garantías de las que gozaban los ciudadanos occidentales, especialmente las relativas a la libertad de expresión y al secreto de las comunicaciones. Y así ha sucedido. Una supuesta seguridad se ha impuesto a la libertad, ante la inacción y el silencio de una buena parte de la sociedad civil y de los medios de comunicación.

Conociendo todos estos hechos resulta cuando menos grotesco escuchar a Mariano Rajoy y a sus acólitos (también de otros partidos) hacer llamamientos a la unidad para derrotar a “quiénes quieren arrebatarnos nuestros valores y nuestro modo de vida”. Y es que en esta ocasión esa frase tan trillada encierra tres mentiras.

De un lado, no sabemos si efectivamente el yihadismo quiere destruir nuestras sociedades. Pero estamos seguros de que está hiriendo gravemente o arrasando completamente muchos países árabes y musulmanes: Níger, Libia, Somalia, Egipto, Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Indonesia… Está debilitando hasta la extenuación una región entera del mundo (el Islam) para ponerla a los pies de Occidente.

De otro lado, quiénes realmente están destruyendo nuestro modo de vida son los partidos ejecutores de políticas neoliberales. En España el PSOE y sobre todo el PP (con la inestimable ayuda de Ciudadanos) están dinamitando el Estado del Bienestar y los derechos y libertades, haciendo de este país uno de los más desiguales y menos democráticos de Europa, según la UE, la OSCE, la OCDE…

Y el tercer y más perverso embuste es el relativo a la unidad. Con el telón de fondo del proceso soberanista de Cataluña, el gobierno del PP y la prensa afín han instrumentalizado el terrorismo yihadista y los atentados del pasado 17 de agosto con fines partidarios y para desacreditar al gobierno y las instituciones catalanas, empleando para ello el aparato del Estado.

Por una parte, el ministerio del Interior ha impedido que los Mossos accedieran a las bases de datos policiales sobre terrorismo: la Ertzaintza puede hacerlo desde que el PNV votó a favor de los actuales presupuestos del Estado en el Congreso. Y en 2015 funcionarios policiales españoles alertaron a un grupo islamista que se encontraba bajo vigilancia de los Mossos en el marco de la Operación Caronte.

Por otra parte, pocos días después de los atentados de Barcelona y Cambrils se desató una campaña desinformativa tendente a ensuciar la imagen del ayuntamiento de Barcelona y de la Generalidad. El engaño sobre unas declaraciones de Puigdemont asociando los ataques al proceso soberanista, los bolardos, el correo electrónico del policía belga, el supuesto aviso de la CIA, el asunto de los Tedax en el chalet de Alcanar, etc. ocuparon muchas páginas periodísticas y comentarios televisivos y radiofónicos. Cuando finalmente se han desmontado uno a uno, tampoco se ha apreciado mucho interés de sus autores por desmentirlos.

A la vista de todo esto, uno no puede dejar de preguntarse quiénes son realmente nuestros enemigos. Y si el grito de “no tenemos miedo” en la Plaza de Cataluña inquietó más que sosegó (o viceversa) a Mariano Rajoy y a Felipe VI, que con tanto afecto y cordialidad han saludado y tratado siempre a los miembros de la casa real saudí.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

 

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Nuevo artículo en el número 24 de O Olho da História 17 diciembre, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El número 24 de Olho dá Historia, en  parte dedicado a la crisis global (también a la guerra y revolución en España entre 1936 y 1939), incluye mi último trabajo extenso sobre la coyuntura española desde la segunda mitad de 2015 hasta casi finalizar 2016, titulado “Confrontación social y batalla política en España: un nuevo frente“.

URGENTE: El auge de los populismos antisistema, Globalización y subversión 14 noviembre, 2016

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses está dando paso a una interpretación del ascenso de los populismos en Occidente cuando menos paradójica. Según ese razonamiento el desarrollo de la Globalización combinado con los efectos de la crisis (que está pauperizando las clases medias) explicaría este giro nacionalista, antidemocrático y xenófobo de una parte significativa de las sociedades desarrolladas.

Visto así, Trump, los Le Pen, los promotores del brexit, o los gobiernos húngaro y polaco serían unos antisistema porque pretenden quebrantar las reglas de juego impuestas por las entidades globalizadores (como la UE) y por sus gobiernos nacionales, ya que esas normas e instituciones políticas serían las responsables de la extensión de la crisis. De hecho, todos esos populistas han llevado su ruptura con el sistema a su propio lenguaje, haciendo un uso de él antagónico a lo políticamente correcto.

Esta interpretación posee una cierta pátina de verosimilitud en la caracterización de los sujetos y los procesos, pero es profundamente fraudulenta en sus significados. Como los ilusionistas, sus autores manejan objetos reales, pero lo que hacen con ellos no es lo que parece: están fabricando una cortina de humo.

A estas alturas casi nadie discute que el capitalismo vencedor de la Guerra Fría necesitó romper, para su globalización, el statu quo planetario, quebrando las instituciones (la ONU) y la normativa reguladora de las relaciones internacionales. El capitalismo globalizado necesitó subvertir el orden mundial para extender libremente sus tentáculos por todos los rincones de la Tierra. Yugoslavia, República Democrática del Congo, Afganistán, Irak, Libia, Siria… jalonan esa estrategia subversiva destinada a garantizar el dominio capitalista de territorios y pueblos de alto valor económico y geoestratégico. Había que desestabilizar el mundo para intervenir en él sin ataduras, de espaldas al Derecho Internacional.

Cinco lustros después, el desbarajuste mundial es una realidad. Algunas regiones del planeta permanecen ajenas a él por diversos motivos. Pero los objetivos se han alcanzado: el Imperio ha actuado donde le ha sido necesario y ha subvertido las reglas de juego cuando lo ha deseado. El capitalismo neoliberal globalizado y sus más destacados representantes se han transformado, efectivamente, en unos antisistema.

No es la primera ocasión en la historia que los capitalistas y el capitalismo han revolucionado el orden establecido para continuar su desarrollo. Lo hicieron en el Reino Unido de mediados del siglo XVII, destruyendo la monarquía absoluta en un proceso que, tras la República de Cromwell (1649-1658), alumbraría la primera monarquía parlamentaria. Lo hicieron igualmente en América del Norte en el último cuarto del siglo XVIII, rompiendo sus lazos con el imperio británico y dando lugar al primer estado liberal y democrático del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Lo volvieron a repetir poco después, en la Francia del cambio de siglo, con la revolución burguesa más estudiada y conocida. Y continuaron a lo largo del siglo XIX por toda Europa en diversas oleadas.

La burguesía enriquecida durante la Edad Moderna con el tráfico de esclavos, especias, té, azúcar, o productos manufacturados europeos comprobaba una y otra vez que las rígidas estructuras del Antiguo Régimen constituían un estorbo inaceptable para sus actividades y, sobre todo, para detentar la hegemonía política: ya era la clase dominante económica, social y culturalmente. Así que se hizo revolucionaria.

Hoy, un siglo o dos después de todos aquellos acontecimientos, las estructuras del Estado Democrático y de Derecho occidental y los valores en que se asienta se han vuelto asimismo un obstáculo para la expansión del capitalismo global. El conjunto de garantías y derechos reconocidos por las constituciones a los ciudadanos del mundo desarrollado actúa como un freno para la rueda de la acumulación de riqueza a escala planetaria. Y el papel de estos “nuevos” partidos y personajes neofascistas y racistas es el de agentes acelerantes del proceso de destrucción de las democracias occidentales, tan necesario para la oligarquía mundial. Podrían calificarse de antisistema, sí. Pero, muy al contrario de lo que dicen quiénes así los denominan, no han llegado para oponerse a la Globalización y sacar de la pobreza a las clases populares y medias, sino para todo lo contrario. Como antisistema son un puro camelo.

Tampoco es la primera vez en la historia que los capitalistas recurren a estos grupos nacionalistas, fascistas y racistas. Lo hicieron en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado en unos cuantos países de Europa con el objeto de frenar la expansión del socialismo revolucionario en el continente. Un repaso a las biografías de Adolfo Hitler y Benito Mussolini permite comprobar que ellos también fueron antisistema: ambos dieron con sus huesos en la cárcel debido a sus actividades políticas antes de ocupar el poder.

Sin embargo, en esta ocasión estos populistas no han llegado al poder para defender el capitalismo de un enemigo emergente, como el movimiento obrero internacional. Han hecho su aparición en un contexto de ofensiva general del capitalismo globalizado contra uno de los últimos reductos de resistencia: las democracias occidentales. En este sentido no debe menospreciarse el papel del Partido Popular y de Mariano Rajoy en España. Sus anteriores cuatro años de mandato han transformado el país, haciendo de él uno de los más desiguales, corruptos y autoritarios de Europa.

Por todo esto, si calificar de antisistema a Donald Trump o a los agitadores de la salida británica de la UE ya es un fraude, incluir en la misma categoría a Syriza, Podemos o a Bernie Sanders supone un ejercicio de manipulación tan burdo como cateto. Porque ellos se han convertido en los únicos garantes de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad inspiradores de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es una gran paradoja, teniendo en cuenta que todos ellos son socialistas. Pero también es un síntoma de lo que está en juego realmente en esta coyuntura histórica: la disyuntiva entre la barbarie y la civilización. El avance de la desigualdad y el retroceso de las libertades en todo el mundo durante la última década dan fe de ello.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: El Imperio contraataca. De la simpleza a la ignominia. 16 enero, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales.
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Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Durante los últimos tres años, las pantallas de televisión (y en menor medida, las cinematográficas) han visto discurrir una retahíla de productos de temática o ambientación histórica que ensalzan por activa o por pasiva los tiempos imperiales de España. Este fenómeno no es ajeno a los durísimos efectos de la crisis, a la lucha ideológica entre la derecha en el poder y la nueva izquierda social representada por los Indignados, y también al desarrollo del proceso soberanista en Cataluña.

Con la proximidad de las elecciones del pasado 20 de diciembre y con el enconamiento del pulso independentista catalán, esa relación se ha manifestado de una forma bastante menos sutil, y más directa y tosca. Algunos políticos de derechas (de segundo o tercer orden) y algunos ciudadanos de a pie han protagonizado intervenciones públicas, especialmente en las redes sociales, enalteciendo el imperio que España tuvo en el pasado.

Nadie discute la poderosa influencia cultural de la televisión. Y más cuando constituye el principal (si no único) medio de entretenimiento de numerosos segmentos de una población que, además, ostenta uno de los niveles culturales más bajos de Europa. La añoranza imperial parece haber vuelto a las mentes de unos cuantos españoles, como un Guadiana que había desaparecido de la escena social y cultural con el final de la dictadura franquista, muy dada a rememorar las gestas imperiales del pasado. Y esto sucede en una monarquía parlamentaria muy peculiar, porque es el único régimen democrático europeo que, oficial e institucionalmente, aún sonríe con complacencia a la dictadura de corte fascista que le precedió rigiendo los destinos de España.

Todo empezó con la serie de Televisión Española (TVE) Isabel, emitida entre septiembre de 2012 y diciembre de 2014. Sobre Isabel la Católica y su esposo Fernando siguen recayendo dos tópicos, uno falso y otro cierto. Una parte de la clase política y la historiografía menos rigurosa continúan atribuyéndoles la fundación de España. Pero su matrimonio supuso exclusivamente la unión de las dos dinastías que representaban, y no de sus dos reinos. Isabel seguiría siendo Reina de Castilla, y sólo de Castilla, hasta su fallecimiento en 1504. Y Fernando, por su parte, continuó siendo Rey de Aragón, y únicamente de Aragón, incluso después de perder a su esposa.

Por otro lado, es muy justo otorgarles el papel de iniciadores del gran imperio ultramarino que Castilla (mucho más que Aragón, hasta comienzos del siglo XVIII) llegó a poseer durante la Edad Moderna, fundamentalmente en tierras americanas. Un imperio que Carlos I, su nieto y sucesor, se encargó de extender. De su figura se ocupa la segunda serie imperial de TVE, cuyo estreno se produjo en septiembre de 2015: Carlos, rey emperador.

Sobre su imagen pesan asimismo dos viejos clichés, como en el caso de sus abuelos. El primero, la expansión de los dominios coloniales de Castilla en América, es cierto. El falso es que bajo su reinado “España” tuviera un imperio en Europa. Carlos, como otros monarcas absolutos de la Edad Moderna, heredó las coronas de distintos reinos europeos, sin que eso significara la supeditación de ninguno de ellos a Castilla. Otra cosa es que fijara en ella su residencia por ser su reino más importante, y que dilapidase cuantiosos recursos económicos de la corona castellana para mantener el control sobre algunos de sus otros territorios europeos.

Pero la tarea de recuperación de la memoria imperial de España no ha sido exclusiva de la televisión pública. Entre octubre de 2013 y enero de 2014 la cadena Antena 3 emitió la serie El tiempo entre costuras, basada en una novela homónima publicada en 2009. Su protagonista es una modesta costurera, y no una cabeza coronada. Así pues, la vinculación del acontecer histórico con su peripecia vital no es la misma que en los casos anteriores. No obstante, una parte sustancial del relato transcurre en el Marruecos colonial español de la segunda mitad de los años 30, convertido en su escenario principal.

Finalmente, y mientras se despedía el año 2015, en los cines españoles se ha estrenado el largometraje Palmeras en la nieve, que lleva a la gran pantalla una novela publicada en 2012 con el mismo título. Como su autora ha declarado, uno de los propósitos de su trabajo es recuperar una parte de la historia de España que permanecía prácticamente olvidada: la presencia colonial en Guinea. Así, aunque las vivencias de sus personajes constituyen el centro del relato al igual que en el caso anterior, los acontecimientos históricos parecen encontrarse más implicados en la trama, cobrando un mayor protagonismo. De cualquier modo, ambas producciones están tan edulcoradas sentimentalmente como descafeinadas históricamente.

El indiscutible éxito de las tres series televisivas y de este último largometraje (que está compitiendo con Stars Wars en las taquillas hispanas) ha llegado cuando el riesgo de ruptura social y política en España había alcanzado cotas desconocidas en muchas décadas. Desde el final de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo la sociedad española no había vivido un aumento de la desigualdad tan pronunciado y a la vez insultante como el actual. Tampoco el sistema político en su conjunto había experimentado una erosión tan evidente desde cuando menos los últimos años de la dictadura: la corrupción rampante en los grandes partidos, su gestión de la crisis a favor de los más poderosos, y las “andanzas” de una parte de la familia real han generado un creciente desafecto por la monarquía parlamentaria hasta ahora jamás visto. Y nunca desde hacía más de ochenta años la unidad del Estado español había sido tan cuestionada como lo está haciendo el proceso separatista catalán.

Este rescate de la memoria imperial no llena las tripas, pero provoca un efecto analgésico mil veces probado en la historia de la Humanidad, casi siempre con bastante éxito. Es un recurso tan simple como efectivo, destinado a cerrar filas y elevar el “orgullo patrio”, desplazando del primer plano el conflicto social en favor de la “grandeza nacional”. Y a los ojos de muchos, incluyendo aún cierta parte de la historiografía hispana, nada es más grande que la forja de un imperio.

Ni nada es, en realidad, tan infame. Bartolomé de las Casas, un dominico que vivió en primera persona varias décadas de la conquista de América, publicó en 1552 (seis años antes del fallecimiento de Carlos I) su obra más conocida. Y en sus primeros párrafos desveló la esencia de la “gesta” castellana en aquellas tierras: “La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días, e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable cudicia e ambición que han tenido…”

La forja del imperio americano fue ante todo y más que nada un inmenso genocidio. Así lo reconoce la mayor parte de la historiografía de un lado y otro del Atlántico. Por eso la celebración del Quinto Centenario en 1992, auspiciada por España, despertó tanto recelo y generó tanto rechazo en muchos países hispanoamericanos. Y junto a la trata trasatlántica de millones de esclavos africanos durante toda la Edad Moderna constituye, sin duda alguna, la mayor tragedia humana que la historia ha sufrido, empequeñeciendo y relegando a un segundo plano la monstruosidad del Holocausto.

En el Marruecos colonial de las primeras décadas del siglo XX la “grandeza” española volvió a brillar con luz propia, y en varios sentidos. Por una parte, en la incompetente dirección de las operaciones militares contra las tribus rifeñas, que encontró su cénit en el Desastre de Annual de 1921. Allí murieron entre 8.000 y 10.000 soldados españoles, que tenían en común algo más que su uniforme y sus alpargatas: no haber podido pagar las 2.000 pesetas que en la práctica les eximían de ir a la guerra, una cifra totalmente prohibitiva para las clases populares.

Por otra parte, también lo hizo en la posterior campaña de sometimiento de aquellas tribus bereberes. Entre 1921 y 1927 el ejército y la aviación españoles bombardearon aldeas, zocos y ríos con armas químicas (especialmente gas mostaza), causando miles de muertos entre una población civil completamente indefensa. España se convirtió así en una de las primeras potencias en emplear ese tipo de armas contra civiles. Fue todo un “honor” que se ejecutó a pesar de los acuerdos internacionales posteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), donde se utilizaron en abundancia y originaron una profunda consternación. Aún hoy el Rif es la región de Marruecos con mayor incidencia del cáncer, y el Estado español continúa eludiendo su responsabilidad en aquel crimen contra la Humanidad.

No fue la guerra química contra los rifeños la primera operación de represalia hispana en territorio africano. Aunque ostentó su dominio desde el último tercio del siglo XVIII, España no empezó a colonizar efectivamente la isla de Bioko (rebautizada como “Fernando Poo”) hasta el inicio del siglo XX. Como suele suceder, ese proceso despertó entre la población indígena (mayoritariamente de la etnia bubi) una reacción nacionalista que no tardó en provocar los primeros choques armados. Y en 1910 el asesinato de un cabo español y dos policías indígenas terminó con una operación de castigo que segó la vida de 15.000 bubis entre civiles y rebeldes.

Durante la primera mitad del siglo XX la explotación económica de Bioko se centró en el cultivo del cacao. Para ello fue preciso recurrir a miles de braceros de las regiones continentales limítrofes, convertidos en mano de obra casi semiesclava por la legislación colonial: los contratos eran forzados y los salarios ínfimos. Sus agotadoras jornadas de trabajo transcurrían entre misérrimas raciones alimenticias y malos tratos, que incluían latigazos en ocasiones mortales.

Mientras tanto, en la metrópoli el Cola Cao, en venta desde 1946, cantaba una canción muy diferente:

Yo soy aquel negrito
del África tropical,
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao.”

Como la canción del Cola Cao, también muy exitosa, la exaltación del pasado imperial es una burda falacia para ocultar un presente ignominioso. Y los que la están alentando a propósito son más miserables que quienes cometieron todos aquellos crímenes. Porque, como todo el mundo sabe, incluso en Stars Wars el imperio siempre representa al mal.

URGENTE: Cuándo empezó la Tercera Guerra Mundial 25 noviembre, 2015

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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Algunos alumnos ya me lo han preguntado, seguramente porque el interrogante anda rondando por las calles y las mentes de muchos ciudadanos: ¿va a comenzar la Tercera Guerra Mundial? Los últimos atentados yihadistas de Beirut, París, Bamako, Camerún… y la reciente Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el ISIS parecen haber generado la idea de que el Mundo se encuentra ante las puertas de un nuevo conflicto global.

Pero ésa es una pregunta bastante inexacta, provocada por la ignorancia inducida en que los grandes medios de masas mantienen a sectores sociales mayoritarios de muchos países. Y también, por qué no, como resultado de la educación histórica generalmente inútil que ha experimentado una parte importante de la ciudadanía de aquí y de allá. La verdadera cuestión es cuándo comenzó.

La nueva pregunta, pese a su pertinencia, no deja de ser una mera perogrullada, porque la respuesta está grabada a sangre y fuego en los anales de la historia de este siglo: el 11 de septiembre de 2001. Fue entonces cuando el Presidente George W. Bush declaró universalmente la “Guerra contra el Terror”. Ya en aquellos años los especialistas supieron ver en esa declaración el inicio de un conflicto de dimensión planetaria.

Y, antes, otros especialistas previeron el estallido de esta guerra, analizando las consecuencias de la globalización del capitalismo, tras su victoria sobre el bloque soviético a finales de los años 80. Michael Hardt y Toni Negri adelantaron en el año 2000, cuando publicaron su Imperio, que esta entidad planetaria de nuevo cuño necesita desestabilizar países y regiones enteras para justificar su intervención en ellas y, de esa forma, constituirse y consolidarse.

Ese proceso había comenzado antes, pero el 11-S fue la excusa perfecta, el casus belli necesario para formalizar ese intervencionismo. No en balde, todavía pesan algunas sospechas más que razonables sobre la participación de la CIA y el Mosad en la planificación y ejecución de aquellos atentados, aunque personalidades como Francesco Cossiga o Andreas von Bulow no lo dudaron un instante.

Así nació el “Eje del Mal”, y la ya larga lista de conflictos que ha destruido regiones enteras de Oriente Medio (Afganistán, Iraq, Siria…) y de la mitad septentrional de África (Libia, Níger, Mali, Nigeria, República Centroafricana, Somalia…). Casi todas han sido “guerras civiles” en las que Occidente se ha visto “obligado a intervenir”, o que la acción occidental ha terminado generando. Y todos continúan abiertos, sangrando a millones de personas. Pero la posición geoestratégica o determinados recursos naturales (diamantes, oro, coltán y ante todo petróleo) son el verdadero objeto de deseo del Imperio en esas regiones, y al precio que sea.

En lo que siempre ha existido un acuerdo unánime desde que Bush la declaró es que se trata de una guerra diferente. El enemigo no es un Estado concreto (o una coalición) que presente batalla con un ejército más o menos convencional, pese al caso iraquí. Es una red terrorista internacional que puede golpear y golpea en cualquier lugar del mundo, de Francia a Indonesia, desde la República Centroafricana hasta Pakistán, aunque el ISIS y sus socios del Sahel se hallen empeñados en la fundación de sendos califatos.

El problema radica en el origen de ese enemigo atroz. Desde las montañas de Afganistán pasando por el GIA y la Guerra Civil de Argelia (1991-2002) hasta Al Qaeda y el ISIS, el yihadismo internacional ha sido una creación del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica y su CIA, con la colaboración de los países europeos como actores secundarios. Ni tan siquiera en momentos críticos como los de París los grandes medios suelen recordarlo (tan sólo algunos humoristas gráficos se atreven), pero Occidente ha ideado, alentado, instrumentalizado o financiado esos grupos de acuerdo a sus intereses inmediatos. Las evidencias y pruebas son irrefutables y así lo han señalado desde siempre los expertos independientes. Ahora que Hillary Clinton y Tony Blair lo han reconocido de forma explícita (aunque sea parcialmente) por fin ya es oficial.

El papel Occidental y de sus aliados locales en la financiación del ISIS es igualmente conocido (incluso oficialmente en el seno de la UE), y profusamente publicado. En estos momentos ese grupo terrorista cuenta con distintas vías de financiación, como la venta de obras de arte expoliadas, el tráfico de drogas, o los secuestros. Pero las más importantes son dos. Una es el flujo de donaciones procedente de los aliados más sólidos de los Estados Unidos y de Europa en la región del Golfo Pérsico: Arabia Saudí, Qatar o Kuwait. Y la otra es la venta de petróleo procedente de los pozos iraquíes bajo su control, que le reportan no menos de 500 millones de dólares anuales. Sus principales clientes son Turquía y unos cuantos países miembros de la UE, entre los que puede encontrarse España..

De modo que lo realmente distintivo de esta guerra no es la tipología del enemigo, que al fin y al cabo actúa como una “guerrilla global”, sino su propia naturaleza, porque ha sido (y sigue siendo) engendrado y alimentado por los gobiernos occidentales, y especialmente por los Estados Unidos de Norteamérica. Suele ponerse mucho el acento en el fundamentalismo religioso del movimiento yihadista, pero eso no es más que otra semejanza con su Creador. Cualquiera que los haya escuchado recordará que Ronald Reagan y los Bush (padre e hijo) “sentaban a Dios a su izquierda” en todos sus discursos y conferencias de prensa: el dios de los cristianos siempre estuvo con ellos (incluso cuando decidieron invadir Iraq en 2003 escudados en una montaña de mentiras). Y en ocasiones también lo está con Obama.

En ambos casos el discurso religioso sólo es pura retórica, una cortina de humo para ocultar el auténtico propósito de esta Tercera Guerra Mundial. Como también lo son casi todos los análisis que publican los grandes medios. Es el caso de Lluís Bassets, que hace pocos días se preguntaba ¿qué se ha hecho mal en la lucha antiterrorista desde el 11-S?

Se ha hecho todo muy bien. El negocio de las armas va viento en popa. Y además de recortar los derechos y libertades a los ciudadanos de las democracias occidentales, infundiéndoles miedo, el Imperio se ha extendido y consolidado, y sobre todo se ha legitimado: ¿quiénes no están de acuerdo en acabar con el ISIS como sea? Muy pocos. El problema es que derrotar al ISIS implica necesariamente derrotar al Imperio, del que tan sólo es un instrumento. Es la única forma de terminar con esta Tercera Guerra Mundial, que lo es contra la Humanidad entera.