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Nuevo texto sobre la Trama 14 mayo, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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La iniciativa de Podemos de sacar a las calles el Tramabús y la casi inmediata ejecución de la Operación Lezo han constituido una de esas tan raras como ilustrativas coincidencias que merecen ser analizadas. Así pues, he escrito un nuevo texto sobre el asunto, integrado en la sección de España.

Nuevo texto sobre la coyuntura política española: tiempo de congresos 14 abril, 2017

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Durante el mes de febrero se desarrollaron los respectivos congresos de tres de las cuatro fuerzas políticas más importantes de España: Ciudadanos, el Partido Popular, y Podemos. Y el del PSOE está programado para el próximo mes de junio. Parecía pues muy adecuado realizar un análisis en cierto modo comparativo de dichos congresos, poniendo el acento en sus implicaciones en el posterior desarrollo de la actual crisis política española. Dadas sus dimensiones se encuentra en la sección de esta sitio dedicada a España.

URGENTE: La ruta del plagio… y la ciénaga de la indecencia 12 enero, 2017

Posted by Domingo in España.
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El fenómeno del plagio se gesta en las escuelas e institutos, donde la reproducción literal de conocimientos ajenos, y no la elaboración de un saber propio, sigue siendo decisiva para el éxito académico aún en la mayoría de las ocasiones. En ese contexto la autoría de esos conocimientos, habitualmente regurgitados en un examen, es del todo insignificante, y más todavía lo es su reconocimiento, incluso cuando textos ajenos enteros se copian y pegan en un supuesto “trabajo personal” acerca de tal o cual asunto. Como muchos docentes denuncian, Internet ha favorecido exponencialmente estas prácticas. Pero la “red de redes” no es responsable de nada, sino un modelo de enseñanza incapaz de “sentar” a los niños y jóvenes a construir su propio conocimiento.

Hasta este punto es más un problema educativo que ético, pero ése es el bagaje con que llegan muchos de los estudiantes más exitosos del sistema a las puertas de sus estudios superiores. En los ciclos formativos de grado superior o en los centros universitarios y asimilados deben hacer proyectos y trabajos de investigación, tarea para la que apenas poseen formación y experiencia, por lo que la rutina de copiar y pegar se perpetúa. Y asimismo deben afrontar exámenes, generalmente más importantes para promocionar, cuya preparación se centra, una vez más, en memorizar decenas de páginas de apuntes.

Concretamente en la Universidad, no faltan estudiantes de los últimos cursos y de tercer ciclo que, a toro pasado, constatan con perplejidad cómo han hecho de “negros”, realizando el trabajo de base para una publicación de algún profesor. Ciertamente ese libro, o serie de artículos, ha sido redactado por el docente, sin cuyo concurso no se habría materializado. Pero tampoco habría sido posible sin el esfuerzo de aquellos estudiantes (en ocasiones decenas) que las más de las veces no merecen siquiera un reconocimiento genérico en las dedicatorias previas al índice, o en alguna nota a pie de página o final. Ésta ya es una primera fisura ética, un primer test de tolerancia ante la usurpación y expolio del trabajo ajeno.

Los supuestamente más cualificados entre ellos inician su vida profesional como docentes universitarios. Emprenden entonces una extenuante competición de publicaciones, imprescindible para consolidar su puesto de trabajo, y más aún para ascender en el jerarquizado escalafón que estratifica al profesorado de los centros superiores españoles. Una lógica exigencia, fundada en la obligación de dar cuenta regularmente del desarrollo de sus investigaciones, termina convirtiéndose en algunos casos en una puerta abierta a la apropiación del esfuerzo de otras personas, mediante la explotación del alumnado o, directamente, el plagio. Hábito, falta de tiempo, temor a perder competitividad, incompetencia, deshonestidad: los condicionantes del plagio pueden ser muy diversos y algunos de ellos son compartidos por la mayoría de los profesores universitarios del mundo, aunque muy pocos llegan a cometerlo.

Todo ello permite cuestionar el sistema de acreditación de méritos vigente en la universidad española. Yendo más lejos, arroja dudas razonables sobre el modelo de acceso a la docencia en la enseñanza superior. Y, finalmente, legitima una severa crítica del paradigma de enseñanza y aprendizaje dominante en todas las etapas del sistema educativo. Pero lo que resulta completamente inédito, y al tiempo inaceptable, es que Fernando Suárez, el rector multiplagiario de la Universidad Rey Juan Carlos, no haya dimitido, ni lo piense hacer. Igualmente lo es el silencio cómplice (cuando no el apoyo abierto) de importantes sectores de su propia institución y de otras universidades. Y lo es también la inacción de las autoridades competentes. Eso sí que no sucede en la mayor parte del mundo, y menos en Europa.

Por haber plagiado trabajos ajenos en sus tesis, o en alguna publicación, durante los últimos años han dimitido de sus cargos una vicepresidenta del Parlamento Europeo (2011), un ministro de Defensa alemán (2011), un presidente húngaro (2012), una ministra de Educación alemana (2013), y un ministro de Defensa taiwanés (2013). La mayoría, además, renunció voluntariamente a su título de doctor o le fue retirado por la universidad correspondiente. Otros plagiarios, como la secretaria de estado francesa Rama Yade en 2011 o el presidente del Gobierno rumano en 2012, sin embargo no dimitieron, alegando que “ese error” no dañaba la validez de su actividad política. Y no les faltó cierta razón. Pero Fernando Suárez, como primera autoridad de su institución académica, es justamente el principal responsable de que “esos errores” no se produzcan.

Su conducta sólo es comprensible desde el fondo de la ciénaga de deshonestidad e indecencia en que se ha venido sumergiendo paulatinamente una parte de la sociedad española, y sobre todo la España oficial, a lo largo de las dos últimas décadas. No es fácil desentrañar el origen de este naufragio ético, pero sí es posible señalar algunos de sus hitos más destacados. Uno de ellos se desarrolló el 10 de septiembre de 1998. Aquel día toda la cúpula del PSOE y varios miles de personas más acompañaron hasta la entrada de la cárcel de Guadalajara a José Barrionuevo y Rafael Vera, condenados por el asunto de los GAL, en el que se malversaron fondos públicos y se conculcaron derechos fundamentales. Otro hito se produjo seis años después, cuando el Gobierno de José María Aznar mintió deliberadamente a los españoles y a la comunidad internacional sobre la autoría de la masacre del 11 de marzo.

No obstante, los casos de corrupción protagonizados por dirigentes y responsables políticos del PSOE y del PP, y la actitud cuando menos tibia (si no cómplice) de ambos partidos con ellos han hundido principios como la sinceridad y la honestidad hasta profundidades desconocidas en la historia reciente española. Y toda esa impudicia ha irradiado con fuerza a personas e instituciones que, como Fernando Suárez, se hallan muy cerca del poder. La mejor representación gráfica de este fenómeno la publicó la revista El Jueves muchísimos años antes de que se desencadenaran todos esos acontecimientos y, por tanto, con otro protagonista. Bajo la tradicional imagen del Tío Sam un breve texto rezaba: “Soy como el rey Midas pero al revés: todo lo que toco lo convierto en mierda”.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

Nuevo artículo en el número 24 de O Olho da História 17 diciembre, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El número 24 de Olho dá Historia, en  parte dedicado a la crisis global (también a la guerra y revolución en España entre 1936 y 1939), incluye mi último trabajo extenso sobre la coyuntura española desde la segunda mitad de 2015 hasta casi finalizar 2016, titulado “Confrontación social y batalla política en España: un nuevo frente“.

URGENTE: La investidura de Rajoy, un harakiri inútil del PSOE 6 noviembre, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Finalmente ha sido el PSOE el que se ha sacrificado para salvar el “sistema”, como en su momento denominaron los Indignados el vigente régimen plutocrático español. Una parte de sus actuales dirigentes, y de los antiguos también, hizo dimitir a Pedro Sánchez de la Secretaría General durante un largo y bochornoso fin de semana para, inmediatamente, ofrecer a Mariano Rajoy la abstención de los diputados socialistas, allanando el camino de su segunda investidura como presidente del Gobierno. Al final han esgrimido su responsabilidad y su sentido de Estado con el fin de justificar esa decisión, como ya se sabía. Han causado una profunda herida al PSOE para aplazar, más que resolver, la crisis del sistema.

Las acusaciones contra Sánchez (el primer secretario general del PSOE elegido democráticamente en unas primarias) fueron básicamente dos. Por un lado, conseguir los peores resultados electorales de la historia de su partido en dos convocatorias consecutivas: diciembre de 2015 (22,01% de los votos) y junio de 2016 (22,63%). Y es cierto. Pero el gran batacazo se lo dio realmente Alfredo Pérez Rubalcaba en noviembre de 2011, cuando cosechó solamente el 28,7% de las papeletas, un porcentaje 15,17 puntos inferior al logrado por Zapatero tres años antes; y eso no es fácil de olvidar. Por otro, lo responsabilizaron de la situación de bloqueo político del país, debida a su insistente “no a Rajoy”. Sin embargo, los miembros del Comité Federal (y otros antiguos dirigentes) autores de esa recriminación no pueden soslayar que en diciembre de 2015 el aparato del partido bloqueó a Sánchez, prohibiéndole taxativamente cualquier acuerdo con Podemos y también con el PP, aunque la “gran coalición” ya había empezado a ganar adeptos entre sus mismas filas.

Por supuesto, esta tormenta del PSOE también es producto de la lucha interna por el poder. Es inherente a todas las organizaciones humanas y muy especialmente a las políticas; sólo que puede ser más translúcida y limpia, o más opaca y sucia. Pero sus protagonistas representan tendencias, y en ocasiones intereses, diferentes. En este caso el objetivo fundamental se ha logrado: impedir que Unidos Podemos y las plataformas ciudadanas entren en el Gobierno español, al precio de romper el PSOE permitiendo a Rajoy dirigir una nueva legislatura.

El problema es que la crisis del sistema, y en concreto del bipartidismo, no se ha resuelto en absoluto, sino que en todo caso ha proseguido su desarrollo. En primer lugar, porque el conjunto de alianzas sociales y políticas (incluyendo los medios de comunicación) que se disputan la dirección del Estado desde el 15-M se ha manifestado con más claridad que nunca: el conflicto se ha visibilizado mejor. En segundo lugar, porque esta “salida in extremis”, tortuosa y dolorosa, pone de relieve en qué medida el sistema se siente amenazado. Y, en tercer lugar, porque Rajoy comienza su segunda legislatura presidiendo un Ejecutivo con una evidente minoría en el Congreso, y manifestando pocas aptitudes para la negociación y el diálogo, como mostró en su mismo discurso de investidura. Ese estado de debilidad política promete darle más fracasos que éxitos: si cede poco no conseguirá suficientes apoyos parlamentarios, y si cede mucho no logrará desarrollar plenamente sus políticas neoliberales. Tanto el PSOE con su “no a Rajoy”, como Ciudadanos y su “regeneración democrática” ya han cedido bastante y no les ha ido precisamente bien.

Los tres principales partidos garantes del actual statu quo económico, social y político llevan una trayectoria descendente, más o menos veloz, más o menos accidentada. Y eso sin considerar el precio que el PP (y también el PSOE) ha de continuar pagando por la corrupción. Muchos dicen que su impacto negativo en los resultados electorales ya está descontado: ¡por eso gobierna en minoría después de casi un año sin Ejecutivo! Y tampoco está claro que los populares hayan tocado fondo. Sus 123 escaños del 20 de diciembre (63 menos que en 2011) prueban que puede seguir perdiendo respaldo social.

Pero la abstención traumática del PSOE y el Gobierno en minoría de un PP profundamente lastrado por la corrupción no sólo reflejan la decadencia del sistema. Además, profundizan en ella alimentando las razones de los Indignados (y ahora de las plataformas ciudadanas y de Unidos Podemos) para finiquitar este régimen: si algo ha quedado definitivamente claro es que el Estado español no es una democracia, sino una partitocracia.

Un periodista tan reconocido, lúcido y mesurado como Iñaki Gabilondo hace muy pocos días ha manifestado públicamente su estupor ante el hecho de que Mariano Rajoy haya vuelto a presentarse a unas elecciones y, por añadidura, haya sido nuevamente investido como presidente del Gobierno. Y es que ningún partido democrático europeo habría mantenido a su cúpula dirigente tras una avalancha de corrupción como la que está devastando las filas del PP, y por la cual la propia organización ha sido imputada. No existe un sólo antecedente, ni siquiera en España.

Cabe suponer que muchos militantes populares se hallan igualmente escandalizados por todo ello. Pero lo cierto es que, a efectos prácticos, ni se les ve ni se les oye: es como si no existiesen. Y eso sólo es posible en un contexto de férrea disciplina y de adhesión inquebrantable a sus dirigentes, muy propio de los partidos fascistas y totalitarios pero del todo antagónico a la esencia y funcionamiento de los democráticos.

Por su parte, la abstención, forzada o no, de los diputados del PSOE para favorecer la investidura de un candidato a todas luces impresentable en cualquier democracia europea, por sí misma ya constituye una quiebra ética de los socialistas. Pero que el Comité Federal los haya obligado a hacerlo, contra la palabra dada a sus electores, contra la opinión de la militancia y contra su propia conciencia es, sin duda, un claro ejemplo de ejercicio burocrático y partitocrático del poder: ¿a quiénes representan esos diputados?

Sin quererlo, y ante la urgencia de salvar el sistema, ambas fuerzas políticas han dado un nuevo impulso a uno de los lemas preferidos de los Indignados: no nos representan. Y por ello mismo han ampliado las bases sociales de la auténtica Oposición, a la que el PSOE renunció al desventrarse tan inútilmente como lo ha hecho.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)