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URGENTE: El auge de los populismos antisistema, Globalización y subversión 14 noviembre, 2016

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses está dando paso a una interpretación del ascenso de los populismos en Occidente cuando menos paradójica. Según ese razonamiento el desarrollo de la Globalización combinado con los efectos de la crisis (que está pauperizando las clases medias) explicaría este giro nacionalista, antidemocrático y xenófobo de una parte significativa de las sociedades desarrolladas.

Visto así, Trump, los Le Pen, los promotores del brexit, o los gobiernos húngaro y polaco serían unos antisistema porque pretenden quebrantar las reglas de juego impuestas por las entidades globalizadores (como la UE) y por sus gobiernos nacionales, ya que esas normas e instituciones políticas serían las responsables de la extensión de la crisis. De hecho, todos esos populistas han llevado su ruptura con el sistema a su propio lenguaje, haciendo un uso de él antagónico a lo políticamente correcto.

Esta interpretación posee una cierta pátina de verosimilitud en la caracterización de los sujetos y los procesos, pero es profundamente fraudulenta en sus significados. Como los ilusionistas, sus autores manejan objetos reales, pero lo que hacen con ellos no es lo que parece: están fabricando una cortina de humo.

A estas alturas casi nadie discute que el capitalismo vencedor de la Guerra Fría necesitó romper, para su globalización, el statu quo planetario, quebrando las instituciones (la ONU) y la normativa reguladora de las relaciones internacionales. El capitalismo globalizado necesitó subvertir el orden mundial para extender libremente sus tentáculos por todos los rincones de la Tierra. Yugoslavia, República Democrática del Congo, Afganistán, Irak, Libia, Siria… jalonan esa estrategia subversiva destinada a garantizar el dominio capitalista de territorios y pueblos de alto valor económico y geoestratégico. Había que desestabilizar el mundo para intervenir en él sin ataduras, de espaldas al Derecho Internacional.

Cinco lustros después, el desbarajuste mundial es una realidad. Algunas regiones del planeta permanecen ajenas a él por diversos motivos. Pero los objetivos se han alcanzado: el Imperio ha actuado donde le ha sido necesario y ha subvertido las reglas de juego cuando lo ha deseado. El capitalismo neoliberal globalizado y sus más destacados representantes se han transformado, efectivamente, en unos antisistema.

No es la primera ocasión en la historia que los capitalistas y el capitalismo han revolucionado el orden establecido para continuar su desarrollo. Lo hicieron en el Reino Unido de mediados del siglo XVII, destruyendo la monarquía absoluta en un proceso que, tras la República de Cromwell (1649-1658), alumbraría la primera monarquía parlamentaria. Lo hicieron igualmente en América del Norte en el último cuarto del siglo XVIII, rompiendo sus lazos con el imperio británico y dando lugar al primer estado liberal y democrático del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Lo volvieron a repetir poco después, en la Francia del cambio de siglo, con la revolución burguesa más estudiada y conocida. Y continuaron a lo largo del siglo XIX por toda Europa en diversas oleadas.

La burguesía enriquecida durante la Edad Moderna con el tráfico de esclavos, especias, té, azúcar, o productos manufacturados europeos comprobaba una y otra vez que las rígidas estructuras del Antiguo Régimen constituían un estorbo inaceptable para sus actividades y, sobre todo, para detentar la hegemonía política: ya era la clase dominante económica, social y culturalmente. Así que se hizo revolucionaria.

Hoy, un siglo o dos después de todos aquellos acontecimientos, las estructuras del Estado Democrático y de Derecho occidental y los valores en que se asienta se han vuelto asimismo un obstáculo para la expansión del capitalismo global. El conjunto de garantías y derechos reconocidos por las constituciones a los ciudadanos del mundo desarrollado actúa como un freno para la rueda de la acumulación de riqueza a escala planetaria. Y el papel de estos “nuevos” partidos y personajes neofascistas y racistas es el de agentes acelerantes del proceso de destrucción de las democracias occidentales, tan necesario para la oligarquía mundial. Podrían calificarse de antisistema, sí. Pero, muy al contrario de lo que dicen quiénes así los denominan, no han llegado para oponerse a la Globalización y sacar de la pobreza a las clases populares y medias, sino para todo lo contrario. Como antisistema son un puro camelo.

Tampoco es la primera vez en la historia que los capitalistas recurren a estos grupos nacionalistas, fascistas y racistas. Lo hicieron en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado en unos cuantos países de Europa con el objeto de frenar la expansión del socialismo revolucionario en el continente. Un repaso a las biografías de Adolfo Hitler y Benito Mussolini permite comprobar que ellos también fueron antisistema: ambos dieron con sus huesos en la cárcel debido a sus actividades políticas antes de ocupar el poder.

Sin embargo, en esta ocasión estos populistas no han llegado al poder para defender el capitalismo de un enemigo emergente, como el movimiento obrero internacional. Han hecho su aparición en un contexto de ofensiva general del capitalismo globalizado contra uno de los últimos reductos de resistencia: las democracias occidentales. En este sentido no debe menospreciarse el papel del Partido Popular y de Mariano Rajoy en España. Sus anteriores cuatro años de mandato han transformado el país, haciendo de él uno de los más desiguales, corruptos y autoritarios de Europa.

Por todo esto, si calificar de antisistema a Donald Trump o a los agitadores de la salida británica de la UE ya es un fraude, incluir en la misma categoría a Syriza, Podemos o a Bernie Sanders supone un ejercicio de manipulación tan burdo como cateto. Porque ellos se han convertido en los únicos garantes de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad inspiradores de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es una gran paradoja, teniendo en cuenta que todos ellos son socialistas. Pero también es un síntoma de lo que está en juego realmente en esta coyuntura histórica: la disyuntiva entre la barbarie y la civilización. El avance de la desigualdad y el retroceso de las libertades en todo el mundo durante la última década dan fe de ello.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

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