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URGENTE: El fracaso de las investiduras. ¡Sálvese quién pueda! 8 septiembre, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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La mayoría de los análisis que se vienen haciendo desde hace algunos años sobre la dinámica política española se caracteriza por una excesiva inmediatez. Parece (y es) algo necesario, porque al fin y al cabo se trata de explicar “lo que está sucediendo”. Pero también supone una limitación, porque la actualidad termina siendo descontextualizada, impidiendo su aprehensión como parte de un proceso más dilatado en el tiempo. Y eso en realidad equivale a su desconocimiento, de la misma manera que “los árboles impiden ver el bosque”.

Intencionado o no, este problema se está manifestando muy particularmente en las interpretaciones de los acontecimientos electorales y postelectorales vividos desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el presente más inmediato, comienzos de septiembre de 2016. Muchos comentarios están resaltando la incapacidad de los cuatro partidos más importantes para acordar la formación de un Gobierno medianamente estable. Según el color del medio, o del “analista”, la responsabilidad recae alternativamente en distintos sujetos políticos: el PP, el PSOE, Unidos Podemos, o Ciudadanos. Aunque muchos señalaron a Podemos entre enero y junio, y después al PSOE, como principales artífices de la “situación de desgobierno” que atraviesa España.

Tampoco han faltado los argumentos de índole personal. El radicalismo de unos, la bisoñez de muchos, o la desvergüenza de otros se han presentado igualmente como causantes del problema, además de la “incompatibilidad de caracteres”. Desde el 21 de diciembre, por unos motivos o por otros, o por todos a la vez, los partidos con mayor representación parlamentaria no están logrando un consenso suficiente para que España tenga un Ejecutivo con plenos poderes, y no sólo en funciones.

Pero hay que remontarse al 15 de mayo de 2011 para comprender mejor esta insólita coyuntura en la historia reciente de España. Como consecuencia de la crisis financiera y su gestión por el bipartito (PSOE y PP), a partir de aquel día millones de ciudadanos se movilizaron llevando a cabo protestas masivas y articulando iniciativas sociales, en favor de una enseñanza pública de calidad, de una sanidad universal y gratuita, o contra los desahucios. Fue un suceso (y un proceso) totalmente inesperado dentro y fuera de las fronteras hispanas: había nacido el movimiento de los Indignados. La mayoría de los medios y de la clase política los acusaron de antisistemas. Y no faltaban razones para hacerlo, porque no estaban únicamente en contra del Gobierno y su partido, sino también frente al orden económico y social y el régimen político (para ellos una plutocracia) que le da cobertura. Su respuesta fue igualmente acertada: “el sistema es antinosotros”.

El desarrollo de los movimientos sociales y el aumento de los actos de protesta debió causar cierto estupor entre la clase dirigente, que desató una feroz campaña de represión sobre ellos. Y destacados representantes del sistema, especialmente del PP y del PSOE, lanzaron un envite a los Indignados: si deseaban intervenir en la actividad política debían presentarse a las convocatorias electorales. Fue un reto envenenado, porque sus autores no esperaban que unos “perroflautas” tuvieran capacidad para organizar un partido político y, todavía menos, que pudieran conseguir suficiente respaldo electoral para convertirse en una fuerza significativa.

Pese a todo, los Indignados recogieron el guante. Poco antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 constituyeron un partido con que concurrieron a esa convocatoria. Sus resultados no fueron precisamente espectaculares, en un contexto de fragmentación de las fuerzas de izquierda: sólo consiguieron el 3,58% de los votos. Pero los dos componentes esenciales del bipartito sufrieron un grave revés, sumando apenas el 50% de las papeletas, frente al 82% logrado entre ambos en 2009. Para sus dirigentes esos resultados debieron ser alarmantes.

Y los de las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2015 debieron hacerles arrepentirse del desafío que habían planteado a los Indignados cuatro años atrás. Incluso destacados medios manifiestamente opuestos a Podemos reconocieron que se había producido un vuelco histórico. Podemos y una serie de plataformas ciudadanas igualmente nacidas de los Indignados lograron el gobierno de la Comunidad Valenciana y se convirtieron en piezas clave en otras cinco, de las trece que renovaron sus parlamentos autonómicos. En cuanto a los ayuntamientos, alcaldes “indignados” comenzaron a dirigir decenas de municipios, incluidos los de Cádiz, Valencia, Zaragoza, La Coruña, y nada menos que Madrid y Barcelona, las dos urbes más importantes del país. El bipartidismo ya estaba haciendo aguas, a pesar de la feroz campaña de desinformación y desprestigio propagada contra Podemos por los partidos y medios afines al sistema.

Siete meses antes de las siguientes elecciones generales, el temor ante un posible hundimiento del bipartito debió apoderarse definitivamente de los espíritus de sus hacedores, beneficiarios y propagandistas. Al tiempo que arreciaron sus manifestaciones de hostilidad contra Podemos, pusieron sobre el tapete una solución probada ya en otros países europeos: una gran coalición entre el PP, el PSOE y, eventualmente, Ciudadanos. Fuera como fuese había que salvar el sistema dejando en el banquillo del juego político a la tercera fuerza del país. Felipe González, Alfonso Guerra, y unos cuantos exministros del PSOE y del PP, además de la cúpula empresarial, apoyaron activamente la sugerencia. Y también lo hicieron con desigual entusiasmo Albert Rivera y Mariano Rajoy. La situación no podía estar más clara.

La idea de la gran coalición cobró más fuerza tras conocerse los resultados de las elecciones del 20 de diciembre. El bipartito obtuvo el 61% de los escaños con el 50,7% de los votos, perdiendo un 28% de los diputados electos en 2011. Por su parte, Podemos y las plataformas ciudadanas consiguieron sesenta y nueve escaños, más que insuficientes para constituir una alternativa de gobierno, pero bastantes para provocar una desbandada entre las filas del bipartito, impidiendo llegar a una acuerdo entre el PP y el PSOE. Para ambos, salvar el sistema de esa forma equivale a su hundimiento particular.

No cabe la menor duda que, entre los partidos “constitucionalistas”, Ciudadanos ha sido el que más esfuerzos ha hecho por armar la gran coalición, en total coherencia con las razones explícitas de su presentación en la escena estatal. Su propósito es salvar el sistema mediante su regeneración, aunque el transcurso del tiempo y de las convocatorias electorales ha demostrado que lo segundo es del todo prescindible.

Pero su empeño no le ha servido de mucho. El pacto con el PSOE tras el 20-D, dos veces derrotado en sendas sesiones de investidura celebradas en marzo, le supuso la pérdida de ocho escaños el 26-J, el 20% de los que ocupó durante el primer semestre de 2016. Aunque está por ver su suerte en una hipotética tercera convocatoria electoral consecutiva, el nuevo fracaso de su acuerdo con el PP (igualmente rechazado en dos sesiones de investidura a finales de agosto) parece no traer buenos augurios. Su porvenir aparenta estar íntimamente ligado al del sistema, y éste no termina de levantar cabeza.

Es verdad que el pasado 26 de junio los resultados del PP mejoraron ligeramente, agregando catorce diputados a los ciento veintitrés de diciembre. Pero la cifra resultante es todavía inferior a la de 1993 (cuando tuvo que mantenerse en la oposición cuatro años más) y muy por debajo de la de 2011 (año en que consiguió ocupar ciento ochenta y seis escaños), la más alta de su historia. Y lo peor es que algunos expertos creen que los resultados de junio constituyen su techo actual.

Ningún otro partido como el PP se halla tan ligado al régimen plutocrático que hoy es España. Ha sido el principal artífice del proceso de transformación que la ha hecho uno de los países más pobres, desiguales, endeudados, corruptos, y menos democráticos del continente europeo. Y está pagando el precio de ese protagonismo. Quizás sea ésa su principal contradicción: necesita salvar el sistema salvándose a sí mismo, pero al sistema posiblemente ya no hay quién lo salve, por mucho que los dirigentes “populares” cabalguen tenazmente sobre la mentira.

Eso explica al menos tres cosas. En primer lugar permite comprender mejor el feo de Rajoy a la Jefatura del Estado, negándose a presentar su candidatura a la presidencia tras las elecciones del 20 de diciembre. Después del revolcón sufrido en las urnas por su partido, su imagen (y la del sistema) saldría aún peor parada si era rechazado por el Congreso dos veces seguidas, ya que la abstención del PSOE en ese momento parecía más improbable que después del 26 de junio. En segundo lugar, aclara el interés limitado de Rajoy por la gran coalición y sus insistentes llamamientos a la abstención del PSOE en su investidura en agosto. Un mayor compromiso con los socialistas le restaría el apoyo de una buena parte del electorado que todavía conserva y, además, opondría algunos obstáculos a su proyecto neoliberal para España. Y, en tercer lugar, fue la razón fundamental de su rechazo en marzo al acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos: es posible que pudiera salvar el sistema, pero no al PP.

La situación del PSOE es más dramática. En las elecciones de 2011 sufrió una auténtica debacle, cosechando los peores resultados desde que los españoles volvieron a las urnas “democráticas” en 1977: logró ciento diez diputados con el respaldo del 28,76% de los votantes. La actitud del Gobierno de Zapatero, eludiendo los primeros indicios de la crisis financiera y ensalzando la buena salud de la banca española, y su consenso con el PP para reformar la Carta Magna en favor de los intereses del capitalismo financiero internacional (y en contra de los sectores más desprotegidos de la sociedad española) le pasaron factura.

Pero esto sólo fue el comienzo de su singular pesadilla. Su tibieza con el primer Ejecutivo de Rajoy, junto a la irrupción de Podemos en la escena electoral, supuso un nuevo descalabro en diciembre de 2015, perdiendo veinte diputados y un 6,76% de los votos. Y el pasado 26 de junio batió nuevamente sus registros negativos, cediendo cinco escaños más. Sin ninguna duda, su fracasado acuerdo con Ciudadanos del mes de marzo fue la razón. Desde 2011 el PSOE está en caída libre a causa de su trayectoria neoliberal y su electorado no se lo perdona.

Aquel maridaje de Pedro Sánchez con Albert Rivera, marginando la tercera fuerza política del país (a la que posteriormente le serviría un plato neoliberal ya cocinado) puso de relieve una vez más el compromiso del PSOE con el sistema. También le sirvió para responsabilizar a Podemos del “desgobierno” hasta el 26 de junio. Sin embargo, esa maniobra se ha vuelto después contra él: casi todos los medios han presentado el doble “no” de Pedro Sánchez a Rajoy como un gesto de irresponsabilidad política. Aunque, en realidad, es un acto desesperado para salvar su partido.

Más que la propuesta de la gran coalición, la exclusión absoluta de Podemos de todas las negociaciones posteriores al 26-J hasta las fallidas investiduras de Rajoy evidencia muy a las claras la verdadera naturaleza del problema político que atraviesa España. Y también demuestra que Podemos no precisa la mayoría absoluta para desmontar este régimen plutocrático. Le basta con los setenta y un diputados conseguidos en coalición con IU para generar una profunda crisis del sistema, porque sus principales valedores han entrado en pánico: ¡sálvese quién pueda!

Visto así, ir a votar tres veces seguidas no tiene por qué resultar cansino, sino sumamente excitante. Tanto como derribar a martillazos las paredes de un viejo edificio.

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