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URGENTE: El electorado del PP y la anomalía española 14 julio, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Suele decirse que el avance de la globalización neoliberal está despertando dos tipos diferentes de respuestas populares en Europa. De un lado el “modelo oriental”, que también se ha extendido a varios países nórdicos y al propio Reino Unido. Se caracteriza por el ultraconservadurismo (cuando no el fascismo más descarnado), la xenofobia y la desconfianza en las instituciones comunitarias. De otro lado el “modelo meridional”, representado por Grecia, Portugal, quizás Italia, y España (si bien con una llamativa singularidad). Supone el ascenso de una izquierda opuesta frontalmente a las políticas de austeridad y a la élite europea que las está “patrocinando”, y demanda una nueva Europa de los pueblos.

Por su parte, los dirigentes comunitarios responsables de entregar el continente al neoliberalismo, acosados por ambos frentes, han descalificado las dos clases de respuesta social con el apelativo de “populistas”. Pero, sea o no cierto, con ello no han conseguido frenar su expansión: el brexit es una prueba contundente de su impericia.

En ese contexto España constituye un caso anómalo, al menos en parte, pese a la irrupción de Podemos y su meteórico crecimiento electoral. Y lo es por dos razones, desiguales por su importancia. En primer lugar, porque el avance de la izquierda no ha sido suficiente para formar Gobierno, aún incluyendo al PSOE en esa categoría política. Sin embargo, la izquierda gobierna en Grecia y Portugal, aunque haya debido plegarse a muchas de las exigencias austericidas de Bruselas.

No obstante y en segundo lugar, gran parte de la anomalía española obedece al PP y sobre todo a su electorado. En una reciente entrevista televisiva, subrayando de antemano su respeto por todos los votantes, Julio Anguita reclamó el derecho de la ciudadanía a criticar la elección política de sus iguales, debido precisamente a la responsabilidad implícita en el acto de votar. Algunos analistas dan la impresión de creer que todos los ciudadanos maduran su voto desde los mismos criterios y parámetros y con igual rigor: para eso es la “jornada de reflexión”. Pero los expertos en comportamiento electoral saben que en esa decisión interviene una multitud de factores. Y esa complejidad hace muy difícil determinar los motivos de cada elector en el momento de escoger una papeleta u otra: si los sondeos yerran bastante en su aproximación a la intención de voto, lo harían mucho más con los intereses y valores que orientan esa elección.

Se ha insistido que el miedo (a “los rojos” o a la crisis), el deseo de mantener la unidad de España, o los beneficios personales reportados por las políticas de Rajoy han sido las principales palancas que han movilizado a los electores del PP el pasado 26 de junio. Y seguramente sea así, aunque nunca pasará de ser una simple conjetura: por el momento no hay forma de saberlo con solidez científica y con las necesarias garantías de veracidad.

Pero sí que es posible delimitar qué cosas no han sido concluyentes para los votantes del PP. No lo ha sido el criminal aumento de la pobreza y la desigualdad durante la legislatura de Rajoy, que ha situado a España a la cabeza de Europa por su injusticia social. Tampoco lo ha sido el alarmante retroceso de los derechos y libertades, que igualmente ha hecho de España uno de los Estados europeos menos democráticos. Y, por último, no les ha importado lo suficiente el inmenso océano de corrupción en el que (pese a su contrastada flotabilidad) el PP se está hundiendo lentamente: los 137 diputados conseguidos el 26-J no pueden ocultar que ha perdido más de tres millones de votos y casi 50 escaños desde noviembre de 2011, y con ellos la mayoría absoluta.

El aval implícito otorgado a finales de junio por casi ocho millones de personas (uno de cada tres votantes) al despreciable fenómeno de la corrupción del PP es, desde luego, la primera y principal anomalía. Lo es que Mariano Rajoy no haya dimitido hace ya años: en Alemania algún ministro se ha ido por haber plagiado algunos fragmentos de trabajos ajenos en su tesis doctoral. Pero lo que resulta completamente inédito en Europa (salvo quizás por la Italia de Berlusconi) es que el PP siga siendo el partido más votado, hasta conseguir una representación suficiente en el Congreso (absoluta en el Senado) para impedir cuantitativamente una mayoría de izquierdas: no ha sucedido en Grecia ni en Portugal.

En cuanto a la tolerancia con el retroceso de los derechos y libertades, el electorado del PP se desmarca de sus vecinos europeos votantes de los partidos conservadores tradicionales, para integrarse de lleno entre los seguidores de la ultraderecha polaca o húngara. En esos países los gobiernos de extrema derecha se han propuesto como primera tarea desmantelar varios derechos y libertades, individuales y colectivas.

Por último, la tibieza manifiesta de los votantes de Rajoy frente al sufrimiento propio de la pobreza (que ya machaca literalmente a uno de cada tres españoles) nuevamente los convierte en un caso extraordinario, como sucede con la corrupción. Uno de las razones del auge de la extrema derecha (y del declive de los liberales y conservadores) en Polonia y en otros socios europeos ha sido precisamente el aumento de la pobreza. Pero también lo está siendo del avance de la izquierda en no menos Estados, España incluida.

No hace muchos días un comentarista sugirió que la extrema derecha no estaba teniendo éxito en Portugal, Grecia o España porque esas sociedades mantienen muy vivo el recuerdo de las dictaduras militares (y pseudofascistas) que las asolaron hasta los años 70. Es posible que tenga algo de razón. Pero también hay suficiente acuerdo en que, en España, el Partido Popular representa esos valores y, por tanto, cuenta con el apoyo de ese electorado. Y esto también constituye una anomalía en Europa, esta vez no sólo de sus votantes, sino también del PP.

El perfil político así definido de esos casi ocho millones de personas no deja de resultar inquietante desde una perspectiva política: no castigan la corrupción, ni la involución democrática, ni la pauperización masiva de millones de conciudadanos. Sin duda es un factor de fortaleza de los populares, aunque puede que sea un lastre a largo plazo: uno de los rasgos sociológicos de muchos de sus votantes, personas de más de sesenta años, parece corroborarlo. Y podría ser capitalizado por Ciudadanos en su condición de nueva fuerza conservadora. Pero Rivera y los suyos ya han hecho gala de haber heredado del PP su respeto por el franquismo (que no terminan de deslegitimar definitivamente) por su indiferencia ante la memoria histórica de sus víctimas. La anomalía persiste.

Pero la crisis también lo hace. Queda por ver cómo se resuelve esta irregularidad hispana, si con el reforzamiento de las tesis más conservadoras, o con la llegada al poder de la izquierda. En estos días, una parte sustancial de la respuesta la tiene el PSOE, que se debate entre sumar sus votos a una nueva legislatura de Rajoy (aunque sólo sea con su abstención) o forzar unas terceras elecciones consecutivas. En el primer caso, es muy probable que signifique su práctica desaparición: el acuerdo entre los analistas es casi unánime al respecto. No disociarse claramente del neoliberalismo le costó los peores resultados de su historia reciente el 20 de diciembre de 2015. Y el pacto con Ciudadanos para el 26 de junio sólo empeoró más su situación. En el segundo caso, sólo tiene una opción para sobrevivir: presentarse asociado a Unidos Podemos y romper su compromiso con el capitalismo globalizado.

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