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URGENTE: Las otras lecciones del 20-D 31 enero, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Elecciones20D

Se ha repetido muchas veces que la primera lección de los resultados de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre es la necesidad de diálogo y negociación, de hacer concesiones y flexibilizar exigencias, a que se han visto obligadas las principales fuerzas políticas. Este escenario casi inédito, sólo comparable al de los primeros años de la Transición, ha sido posible gracias al progresivo deterioro del bipartidismo. Fue un fenómeno ya visible en 2014, igualmente reconocido como la segunda conclusión más destacada sobre la voluntad del electorado español expresada aquel día.

Sin embargo, otras lecciones han pasado más inadvertidas. Son desigualmente trascendentes, pero merecedoras de mucha atención. Y, si permanecen más o menos en la sombra, es porque conviene a los intereses de los principales partidos políticos y de los grandes medios de comunicación. Y es que, de un modo u otro, revelan la usurpación de la soberanía nacional que todos ellos han perpetrado.

La primera se refiere a la credibilidad de los sondeos electorales. La mayoría acertó en la victoria del Partido Popular (PP). Pero sus previsiones sobre Ciudadanos y Podemos fallaron claramente. Así que la capacidad predictiva de las encuestas ha quedado en entredicho, no tanto por su propia naturaleza como método sociológico, sino por el posterior tratamiento que reciben: la famosa “cocina”.

Porque esos fogones estadísticos no son neutrales. Albergan un evidente sesgo que pretende favorecer a determinadas opciones políticas, practicando la conocida (ante todo por ellos mismos) estrategia del “caballo ganador”. En ese sentido, no parece que la intensa campaña contra Podemos, desarrollada por gran parte de los medios (y también por el CIS), tuviera mucho éxito. Los numerosos “escaños morados” del Congreso prueban los límites de esa estratagema mediática, revelando su carácter chapucero.

Y asimismo alumbran la siguiente otra lección del 20-D. Los medios de comunicación privados están plenamente legitimados para decantarse por cualquier opción política. Pero hace muchos meses que los grandes diarios impresos y las cadenas de radio y televisión más importantes han atravesado las fronteras de lo lícito para incurrir en la difusión reiterada de falacias en su intención de desprestigiar a Podemos. Y en ocasiones han penetrado en el territorio de lo grotesco, algo que sus mismos periodistas ya reconocen abiertamente: “nos van a dar pero bien.”

Pese a su fracaso preelectoral la batalla mediática contra Podemos continúa, alcanzando tintes de auténtica bufonada. Nunca antes desde el franquismo la prensa había revelado con tanto descaro a qué amo obedece. Y el precio que está pagando por ello es su prestigio. La mayor parte de los grandes medios ha puesto su función informativa a la altura de cotilleo de patio de vecindad y ha situado su papel generador de corrientes de opinión al mismo nivel de cualquier reality show. ¿Qué clase de cultura democrática están difundiendo?

Y sobre esa cultura trata la tercera conclusión omitida del 20-D. Muchos votantes de Ciudadanos, del PSOE y de Podemos se habrán preguntado cómo ha sido posible que el PP ganara nuevamente las elecciones, aunque haya sufrido un desplome de más de sesenta escaños y quedado muy lejos de la holgada mayoría absoluta que disfrutaba desde 2011. No salen las cuentas. Es imposible que los más de siete millones de papeletas favorables al PP provengan exclusivamente de ciudadanos beneficiados por sus políticas de los últimos cuatro años. Muchos de esos votantes se hallan entre sus primeras víctimas. Y a ese reguero de desigualdad, pobreza y desamparo que este gobierno “popular” ha dejado a su paso, hay que añadir el estercolero de corrupción en que se revuelca el PP hace tiempo y cada día más.

No le faltaría razón a quién cuestionase la cultura y la ética democráticas de esos “fieles del PP”, que, sin pretenderlo, han puesto sobre el tapete algunos de los límites de la democracia representativa. Las leyes tan sólo pueden impedir que un político bajo sospecha de corrupción renueve su candidatura en otro proceso electoral, y poco más. Sin embargo, no pueden impedir que una parte de la sociedad abrace nuevamente a quiénes han sido sus verdugos hasta el día anterior, porque una premisa fundamental del sistema democrático es “una persona, un voto”. Cualquier restricción de ese derecho significaría una vuelta atrás, al sufragio censitario propio de los primeros Estados liberales (pero elitistas y nada democráticos) del siglo XIX.

La mejor estrategia para superar esas limitaciones es profundizar en la democracia, abriéndola a la participación directa de la ciudadanía, posibilitando su intervención activa en la totalidad del proceso político. La democracia participativa estuvo en el origen del movimiento de los Indignados, y constituyó un elemento clave de su identidad, en su espíritu y en su letra. Por tanto es una exigencia de una parte significativa de la sociedad, que Podemos asumió ejemplarmente en sus inicios, si bien las críticas internas más sonadas han denunciado su paulatino abandono.

La democracia participativa supone la revocación popular inmediata de cualquier cargo electo que vulnere el compromiso con sus representados, de acuerdo al significado real del término “representante”. Significa que la iniciativa legislativa reside en la nación, desde la elaboración de las normas hasta su sanción final, dando sentido pleno a la soberanía popular. Y sobre todo implica que el debate político sale del encorsetado marco de las cámaras legislativas y de los platós de televisión y radio para desarrollarse en el espacio más genuino, al que le ha sido expropiado: la calle.

El penoso y a la vez indignante espectáculo de un grupo variopinto de exministros (con Felipe González al frente) exigiendo a Pedro Sánchez una gran coalición con el PP, demuestra hasta qué punto los autores de esa expropiación se niegan a devolver la soberanía a su único y legítimo depositario: el pueblo. A la premisa de “una persona, un voto”, es urgente añadir la de “una persona, una voz”.

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