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URGENTE: El Imperio contraataca. De la simpleza a la ignominia. 16 enero, 2016

Posted by Domingo in España, Relaciones Internacionales.
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Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Tropas de la Legión Española sosteniendo cabezas de rifeños degollados. Fuente: Wikipedia: Guerra del Rif (https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_del_Rif)

Durante los últimos tres años, las pantallas de televisión (y en menor medida, las cinematográficas) han visto discurrir una retahíla de productos de temática o ambientación histórica que ensalzan por activa o por pasiva los tiempos imperiales de España. Este fenómeno no es ajeno a los durísimos efectos de la crisis, a la lucha ideológica entre la derecha en el poder y la nueva izquierda social representada por los Indignados, y también al desarrollo del proceso soberanista en Cataluña.

Con la proximidad de las elecciones del pasado 20 de diciembre y con el enconamiento del pulso independentista catalán, esa relación se ha manifestado de una forma bastante menos sutil, y más directa y tosca. Algunos políticos de derechas (de segundo o tercer orden) y algunos ciudadanos de a pie han protagonizado intervenciones públicas, especialmente en las redes sociales, enalteciendo el imperio que España tuvo en el pasado.

Nadie discute la poderosa influencia cultural de la televisión. Y más cuando constituye el principal (si no único) medio de entretenimiento de numerosos segmentos de una población que, además, ostenta uno de los niveles culturales más bajos de Europa. La añoranza imperial parece haber vuelto a las mentes de unos cuantos españoles, como un Guadiana que había desaparecido de la escena social y cultural con el final de la dictadura franquista, muy dada a rememorar las gestas imperiales del pasado. Y esto sucede en una monarquía parlamentaria muy peculiar, porque es el único régimen democrático europeo que, oficial e institucionalmente, aún sonríe con complacencia a la dictadura de corte fascista que le precedió rigiendo los destinos de España.

Todo empezó con la serie de Televisión Española (TVE) Isabel, emitida entre septiembre de 2012 y diciembre de 2014. Sobre Isabel la Católica y su esposo Fernando siguen recayendo dos tópicos, uno falso y otro cierto. Una parte de la clase política y la historiografía menos rigurosa continúan atribuyéndoles la fundación de España. Pero su matrimonio supuso exclusivamente la unión de las dos dinastías que representaban, y no de sus dos reinos. Isabel seguiría siendo Reina de Castilla, y sólo de Castilla, hasta su fallecimiento en 1504. Y Fernando, por su parte, continuó siendo Rey de Aragón, y únicamente de Aragón, incluso después de perder a su esposa.

Por otro lado, es muy justo otorgarles el papel de iniciadores del gran imperio ultramarino que Castilla (mucho más que Aragón, hasta comienzos del siglo XVIII) llegó a poseer durante la Edad Moderna, fundamentalmente en tierras americanas. Un imperio que Carlos I, su nieto y sucesor, se encargó de extender. De su figura se ocupa la segunda serie imperial de TVE, cuyo estreno se produjo en septiembre de 2015: Carlos, rey emperador.

Sobre su imagen pesan asimismo dos viejos clichés, como en el caso de sus abuelos. El primero, la expansión de los dominios coloniales de Castilla en América, es cierto. El falso es que bajo su reinado “España” tuviera un imperio en Europa. Carlos, como otros monarcas absolutos de la Edad Moderna, heredó las coronas de distintos reinos europeos, sin que eso significara la supeditación de ninguno de ellos a Castilla. Otra cosa es que fijara en ella su residencia por ser su reino más importante, y que dilapidase cuantiosos recursos económicos de la corona castellana para mantener el control sobre algunos de sus otros territorios europeos.

Pero la tarea de recuperación de la memoria imperial de España no ha sido exclusiva de la televisión pública. Entre octubre de 2013 y enero de 2014 la cadena Antena 3 emitió la serie El tiempo entre costuras, basada en una novela homónima publicada en 2009. Su protagonista es una modesta costurera, y no una cabeza coronada. Así pues, la vinculación del acontecer histórico con su peripecia vital no es la misma que en los casos anteriores. No obstante, una parte sustancial del relato transcurre en el Marruecos colonial español de la segunda mitad de los años 30, convertido en su escenario principal.

Finalmente, y mientras se despedía el año 2015, en los cines españoles se ha estrenado el largometraje Palmeras en la nieve, que lleva a la gran pantalla una novela publicada en 2012 con el mismo título. Como su autora ha declarado, uno de los propósitos de su trabajo es recuperar una parte de la historia de España que permanecía prácticamente olvidada: la presencia colonial en Guinea. Así, aunque las vivencias de sus personajes constituyen el centro del relato al igual que en el caso anterior, los acontecimientos históricos parecen encontrarse más implicados en la trama, cobrando un mayor protagonismo. De cualquier modo, ambas producciones están tan edulcoradas sentimentalmente como descafeinadas históricamente.

El indiscutible éxito de las tres series televisivas y de este último largometraje (que está compitiendo con Stars Wars en las taquillas hispanas) ha llegado cuando el riesgo de ruptura social y política en España había alcanzado cotas desconocidas en muchas décadas. Desde el final de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo la sociedad española no había vivido un aumento de la desigualdad tan pronunciado y a la vez insultante como el actual. Tampoco el sistema político en su conjunto había experimentado una erosión tan evidente desde cuando menos los últimos años de la dictadura: la corrupción rampante en los grandes partidos, su gestión de la crisis a favor de los más poderosos, y las “andanzas” de una parte de la familia real han generado un creciente desafecto por la monarquía parlamentaria hasta ahora jamás visto. Y nunca desde hacía más de ochenta años la unidad del Estado español había sido tan cuestionada como lo está haciendo el proceso separatista catalán.

Este rescate de la memoria imperial no llena las tripas, pero provoca un efecto analgésico mil veces probado en la historia de la Humanidad, casi siempre con bastante éxito. Es un recurso tan simple como efectivo, destinado a cerrar filas y elevar el “orgullo patrio”, desplazando del primer plano el conflicto social en favor de la “grandeza nacional”. Y a los ojos de muchos, incluyendo aún cierta parte de la historiografía hispana, nada es más grande que la forja de un imperio.

Ni nada es, en realidad, tan infame. Bartolomé de las Casas, un dominico que vivió en primera persona varias décadas de la conquista de América, publicó en 1552 (seis años antes del fallecimiento de Carlos I) su obra más conocida. Y en sus primeros párrafos desveló la esencia de la “gesta” castellana en aquellas tierras: “La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días, e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable cudicia e ambición que han tenido…”

La forja del imperio americano fue ante todo y más que nada un inmenso genocidio. Así lo reconoce la mayor parte de la historiografía de un lado y otro del Atlántico. Por eso la celebración del Quinto Centenario en 1992, auspiciada por España, despertó tanto recelo y generó tanto rechazo en muchos países hispanoamericanos. Y junto a la trata trasatlántica de millones de esclavos africanos durante toda la Edad Moderna constituye, sin duda alguna, la mayor tragedia humana que la historia ha sufrido, empequeñeciendo y relegando a un segundo plano la monstruosidad del Holocausto.

En el Marruecos colonial de las primeras décadas del siglo XX la “grandeza” española volvió a brillar con luz propia, y en varios sentidos. Por una parte, en la incompetente dirección de las operaciones militares contra las tribus rifeñas, que encontró su cénit en el Desastre de Annual de 1921. Allí murieron entre 8.000 y 10.000 soldados españoles, que tenían en común algo más que su uniforme y sus alpargatas: no haber podido pagar las 2.000 pesetas que en la práctica les eximían de ir a la guerra, una cifra totalmente prohibitiva para las clases populares.

Por otra parte, también lo hizo en la posterior campaña de sometimiento de aquellas tribus bereberes. Entre 1921 y 1927 el ejército y la aviación españoles bombardearon aldeas, zocos y ríos con armas químicas (especialmente gas mostaza), causando miles de muertos entre una población civil completamente indefensa. España se convirtió así en una de las primeras potencias en emplear ese tipo de armas contra civiles. Fue todo un “honor” que se ejecutó a pesar de los acuerdos internacionales posteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), donde se utilizaron en abundancia y originaron una profunda consternación. Aún hoy el Rif es la región de Marruecos con mayor incidencia del cáncer, y el Estado español continúa eludiendo su responsabilidad en aquel crimen contra la Humanidad.

No fue la guerra química contra los rifeños la primera operación de represalia hispana en territorio africano. Aunque ostentó su dominio desde el último tercio del siglo XVIII, España no empezó a colonizar efectivamente la isla de Bioko (rebautizada como “Fernando Poo”) hasta el inicio del siglo XX. Como suele suceder, ese proceso despertó entre la población indígena (mayoritariamente de la etnia bubi) una reacción nacionalista que no tardó en provocar los primeros choques armados. Y en 1910 el asesinato de un cabo español y dos policías indígenas terminó con una operación de castigo que segó la vida de 15.000 bubis entre civiles y rebeldes.

Durante la primera mitad del siglo XX la explotación económica de Bioko se centró en el cultivo del cacao. Para ello fue preciso recurrir a miles de braceros de las regiones continentales limítrofes, convertidos en mano de obra casi semiesclava por la legislación colonial: los contratos eran forzados y los salarios ínfimos. Sus agotadoras jornadas de trabajo transcurrían entre misérrimas raciones alimenticias y malos tratos, que incluían latigazos en ocasiones mortales.

Mientras tanto, en la metrópoli el Cola Cao, en venta desde 1946, cantaba una canción muy diferente:

Yo soy aquel negrito
del África tropical,
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao.”

Como la canción del Cola Cao, también muy exitosa, la exaltación del pasado imperial es una burda falacia para ocultar un presente ignominioso. Y los que la están alentando a propósito son más miserables que quienes cometieron todos aquellos crímenes. Porque, como todo el mundo sabe, incluso en Stars Wars el imperio siempre representa al mal.

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