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URGENTE: El caballo ganador del 20-D, o cómo amañar la carrera electoral 6 diciembre, 2015

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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No existe una teoría general y unificada del comportamiento electoral. La naturaleza del ser humano, objeto de estudio de las Ciencias Sociales, les impide elaborar teorías capaces de explicar y sobre todo predecir unos resultados electorales, tal como hacen las Ciencias Experimentales con los objetos y sistemas del mundo físico. No obstante, sí hay algunas aproximaciones que se proponen a lo sumo interpretar esos resultados desde distintos enfoques (ecológico, psicológico, sociopolítico…), pero siempre “a toro pasado” y de un modo fragmentario.

Así lo hace el efecto de amigos y vecinos, que pone el acento en el impacto del contexto social más inmediato sobre las preferencias de los sujetos a la hora de votar. Igualmente se ha aplicado la teoría de juegos originaria del campo matemático, con la intención de explicar los procesos de toma de decisiones electorales. Y asimismo se ha empleado el modelo racional de coste-beneficio como estrategia de los sujetos para adoptar su voto.

Pero también han aparecido otras teorías “de doble uso”: no sólo permiten comprender el comportamiento electoral, sino también influir decididamente en él. El efecto del caballo ganador (o de arrastre) es una de ellas. Se produce “cuando algunas personas votan por aquellos candidatos o partidos que es probable que resulten ganadores (o que son proclamados como tales por los medios de comunicación)”. En la actualidad, los sondeos preelectorales, y la interpretación y difusión de sus resultados por la prensa, con un llamativo despliegue infográfico, juegan un papel central en el desarrollo de este efecto.

Cuando todavía restaban diecisiete días para la celebración de las elecciones legislativas, el diario El País titulaba “El PP ganará el 20-D pero necesitará pactar para gobernar”. Amparados en la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), los responsables y redactores de ese medio decidieron dar una noticia mucho más apropiada para el día después de la jornada electoral que para dos semanas y media antes. Y lo hicieron saltándose a la torera unas cuantas precauciones acerca de los sondeos, que ellos conocen mejor que nadie.

La primera y más evidente es que se trata de una encuesta. La mayoría de ellas suele aproximarse a la realidad con acierto. Pero otras no lo hacen tanto por distintos motivos, aunque el más importante de todos reside en su propia naturaleza: la enorme distancia entre la Muestra empleada y el Universo que pretende representar. En esta ocasión el CIS entrevistó a 17.452 personas, una cifra bastante holgada para algunos “sesudos analistas”, pero que no llega siquiera al 0,05% del censo electoral. Aquí el azar sigue siendo un factor.

En segundo lugar, el sondeo se llevó a cabo mucho antes de la difusión de sus resultados, entre el 27 octubre y el 16 de noviembre, y a más de treinta y cuatro días de la convocatoria electoral: un periodo de tiempo lo suficientemente extenso para que la parte más volátil de los votantes cambie de opinión varias veces. Y se efectuó dos semanas antes de la celebración del primer debate entre candidatos organizado por ese mismo diario, caracterizado por la clamorosa ausencia de Mariano Rajoy y por el troleo de la esposa de Pedro Sánchez a Íñigo Errejón mientras era entrevistado al final del mismo. ¿Sumarán o restarán papeletas ambos gestos?

En tercer lugar, la tardanza del CIS en publicar los resultados de su encuesta, más de dos semanas, obedece a que no se difunden en bruto, sino que son sometidos previamente a un tratamiento que muchos denominan “cocina”. Ese tratamiento de los datos, sea más o menos afortunado, siempre supone introducir un sesgo, como señala Daniel Gutiérrez. Y en este caso el sesgo favorece al bipartidismo y sobre todo a la derecha.

Y, por último, queda la parte del censo electoral sobre la que el CIS casi nada puede decir. Por un lado, el 30% que normalmente se abstiene en las elecciones generales, cuyo volumen puede aumentar o disminuir según los acontecimientos. Y, por otro, el casi 20% de indecisos, sujetos igualmente a los vaivenes de la cotidianidad. Prácticamente la mitad de la ciudadanía con derecho a sufragio permaneció fuera de las cacerolas del CIS. Pero no debió excluirse del análisis periodístico o, al menos, debió haberle restado contundencia al titular de El País.

A menos que, en realidad, ese titular estuviera dirigido precisamente a ellos, en un claro ejercicio del efecto arrastre. Es lo que mejor explica tanta aparente imprudencia periodística, y también el estilo de otro artículo del mismo diario publicado tres días antes: cualquiera que lo lea creerá estar asistiendo al relato de una carrera de caballos. Al final no está muy claro si las encuestas se acercan a la realidad, o si la realidad termina pareciéndose a ellas.

Aunque, quizás, lo peor de los sondeos preelectorales no reside en el efecto del caballo ganador que pueda provocar su difusión. Lo peor es que suelen alcanzar tal protagonismo en todos los medios que muchas veces terminan desplazando la atención pública de lo realmente importante. Lo que se dirimirá en esta convocatoria electoral es tanto y tan decisivo históricamente que para muchos comentaristas es la más trascendental desde la misma Transición. Y, desde luego, se halla muy lejos de la trivialidad de una simple carrera de caballos.

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