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URGENTE: Inmigrantes, refugiados… personas. Y una oportunidad histórica para la “civilización” europea 4 octubre, 2015

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales.
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A casi nadie le apetece abandonar el lugar donde es alguien, el espacio físico, social y cultural que reconoce como propio y que le acoge a uno mismo como suyo. No es raro pues que, como sucedió en el Reino Unido hace más de una década, alguien encuentre cerca de su casa un esqueleto de unos cuantos miles de años de antigüedad y resulte pertenecer a un antepasado directo suyo.

Se ha repetido muchas veces que la gran epopeya del Homo Sapiens de extenderse por todo el planeta partiendo de África (al igual que habían hecho algunos otros homínidos anteriores) evidencia el carácter aventurero del espíritu humano. Pero lo cierto es que, en las más de las ocasiones, los grandes desplazamientos de población han obedecido y obedecen a razones materiales: la necesidad de sobrevivir a la enfermedad, al hambre, o a la guerra. La huida es su seña de identidad común, aunque quiénes escapan del hambre y la enfermedad se denominen inmigrantes y los que lo hacen de la guerra se llamen refugiados.

En cuanto a los “aventureros individuales” (pequeños o grandes), la historia y la literatura suelen coincidir en el retrato de la mayoría de ellos. Y la huida continúa siendo su principal rasgo. Los que no intentan eludir el hambre y la pobreza, buscan dejar atrás el pasado, el presente, o el hastío de sí mismos.

Pero si hay algo que la historia demuestra es que esos movimientos masivos de seres humanos son del todo imparables, se desarrollen en un goteo de siglos (como las “invasiones bárbaras” de los últimos tiempos del Imperio Romano de Occidente), o se produzcan en un corto periodo de pocos años, como el que vive Europa actualmente. La mayor parte de África y el Oriente Próximo hacen agua por todos lados y millones de personas sangran de esas regiones a través de sus múltiples heridas.

La responsabilidad de Occidente en los crímenes que afligen a mucho pueblos africanos, asiáticos y americanos está más que documentada en el pasado y en el presente inmediato: las guerras de Iraq y Siria son sólo dos buenos ejemplos. Y los tiempos en que los europeos emigraron por millones a esas mismas tierras para apropiarse de sus riquezas, muchas veces por la fuerza, también lo están. Ningún historiador medianamente serio podría hoy explicar el enriquecimiento occidental de los últimos 500 años sin el empobrecimiento, la explotación y el genocidio de muchos pueblos del mundo.

La acogida de esta oleada de refugiados, la mayor desde la IIª Guerra Mundial, va mucho más allá del humanitarismo, del respeto y el cumplimiento de los Derechos Humanos. No sería más que un primer, pequeño y torpe pero necesario paso para empezar a hacer algo de justicia histórica. Hay quiénes claman por los millones de españoles y europeos que malviven en la pobreza. Aunque probablemente sean los mismos que permanecieron impasibles cuando los gobiernos de Zapatero y Rajoy hicieron recaer todo el peso de la crisis sobre los trabajadores (ocupados o desempleados), las personas dependientes, los enfermos, los inmigrantes…

Pero también hay razones positivas para abrir las puertas de Europa a esos refugiados. Luis de Guindos, responsable de la cartera económica del gobierno de Rajoy, lo ha expuesto claramente, eso sí, desde su miopía ministerial: “la incorporación de una cantidad importante de refugiados es también una oportunidad económica”. Algo que ya pueden acreditar los traficantes de seres humanos que están haciendo su agosto en las fronteras de Hungría, Serbia y, antes, de Turquía. Y no es ése precisamente el mejor trato que Europa podía ofrecerles, porque no son mercancías, sino personas.

Ser tratados como personas es la clave de su integración social, de su inmediata y futura actitud en Europa y frente a los europeos. Las alambradas con concertinas que ha hecho instalar el gobierno húngaro y los traspiés de Petra Laszlo no constituyen el mejor recibimiento, y contrastan con la respuesta más afortunada de las autoridades alemanas y austriacas.

La reportera marrullera ha manifestado públicamente haber sido presa del pánico. Y la derecha europea más recalcitrante quiere ver un peligro para “la civilización europea” en estos refugiados y en los inmigrantes llegados en las últimas décadas: más miedo. Pero estos amigos de la pureza cultural quieren ignorar lo más elemental.

Suele decirse que la cultura europea hunde sus raíces en la civilización griega. Pero aquélla fue una civilización mestiza, el resultado de la fusión de las aportaciones egipcias y fenicias legadas por Creta con la personalidad cultural de los aqueos, un pueblo originario de Asia Central instalado ya en Grecia a comienzos del segundo milenio antes de Cristo. Y de Asia Central también procedieron casi todos los protagonistas de la segunda oleada que dio impronta al alma europea, los pueblos “bárbaros” (extranjeros) llegados entre el siglo III y el VI.

Es muy común atribuir a esos pueblos la responsabilidad del fin del Imperio Romano occidental, de la destrucción de otro de los grandes exponentes de la cultura europea y del comienzo de la “oscura” Edad Media. Pero el germen de la fragmentación política, de la crisis agraria y la paralización del comercio, y del retroceso cultural que sufrió la Europa altomedieval ya se hallaba presente en el propio Imperio: los bárbaros sólo lo aprovecharon. Y la contribución de otros pueblos extranjeros, los norteafricanos y árabes que cruzaron Gibraltar a comienzos del siglo VIII, fue decisiva para convertir la antigua Hispania en una isla de desarrollo económico y cultural en Europa. Y su huella en Portugal y España hoy es indiscutible.

Como también lo es el impacto de la “american way of life”, que ha homogeneizado en muchos aspectos casi todos los rincones de Europa. Sus primeros pasos en el “viejo continente” se produjeron tras la Gran Guerra, pero sería tras la Segunda Guerra Mundial y sobre todo con la recuperación de los años 60 cuando se aceleró el proceso de americanización de la identidad europea.

Todo esto pone en evidencia hasta qué punto las civilizaciones son un producto del mestizaje y en qué medida sus identidades son dinámicas. Aunque también pueden ser, a decir de Amin Maalouf, identidades asesinas, por su carácter excluyente y prepotente. Y ése es el caso de la civilización europea desde finales del siglo XV, cuando se lanzó a conquistar y explotar el mundo en nombre del mercantilismo destruyendo centenares de civilizaciones por todo el orbe.

Y allá donde la población de origen europeo se hizo dominante tras la independencia de sus metrópolis a finales de la Edad Moderna, los nuevos estados continuaron durante el siglo XIX y el XX la labor de destrucción de las pocas culturas indígenas supervivientes. En los Estados Unidos, Argentina, Chile o Brasil se hizo mediante la apropiación por la fuerza de los pocos territorios que aún conservaban esos pueblos y su expulsión a espacios cada vez más marginales. En Sudáfrica se llevó a cabo estableciendo (primero de facto y después legalmente) el sistema del Apartheid. Y en Canadá o Australia la identidad asesina europea se reveló separando a los niños indígenas de sus comunidades y sometiéndolos a un proceso de aculturación e inferiorización forzosa.

Esta nueva oleada constituye una oportunidad histórica para enriquecer la civilización europea, para hacerla menos asesina y más humana. Pero no serán los gobiernos europeos los que lo hagan. Están muy comprometidos en la perpetuación del estatu quo, del orden criminal del mundo que cada año obliga a huir de sus casas a millones de personas con una sola intención: sobrevivir.

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