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URGENTE: ¿A quiénes han dicho los griegos NO? 7 julio, 2015

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El gobierno de Tsipras ha tenido como interlocutor permanente en el proceso de negociación sobre la situación financiera griega a un ente denominado “Troika” por los medios de comunicación, y por las propias instituciones europeas y sus representantes. Se trata de un trío constituido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE), y la Comisión Europea (CE). Su presencia en las discusiones está más que justificada, por extraño que pudiera parecer a algunas personas que un estado miembro de la Unión Europea (UE) se vea discutiendo con un trío de instituciones para resolver sus problemas: ¿por qué no hacerlo en el seno de los órganos de la Unión? No obstante, la misma identidad de esas instituciones explica su protagonismo en esta historia.

El FMI, fundado a finales de la Segunda Guerra Mundial, aparece en los grandes medios, y a los ojos de muchos ciudadanos, como un organismo internacional ocupado en la resolución de los problemas económicos del mundo y en la promoción del desarrollo de los pueblos. Para ese propósito, los principales instrumentos con que cuenta serían los estudios y recomendaciones de sus técnicos y la concesión de créditos por medio del Banco Mundial (BM), de él dependiente.

Sin embargo, el FMI es un negociete de un grupo de “amigos de toda la vida”. En la práctica es una sociedad por acciones encubierta, en la que no todos los países miembros (188 en julio de 2015) tienen la misma voz ni el mismo voto, en suma el mismo poder, que depende del volumen dinerario aportado a su “capital social”. En 2015 los diez primeros socios detentan el 52% de ese capital y una proporción muy similar de votos. Entre ellos destacan los Estados Unidos de Norteamérica (con casi un 17% del total), Japón (con un 6,23%) y Alemania (un 5,61%). Y entre los siete siguientes sólo se hallan dos países no occidentales: China (4,29%) y Arabia Saudí (2,8%).

CuotasFMI

Detrás se sitúa otra decena de estados, cuyas aportaciones individuales superan el 1%, como España (1,63%). En él figuran cinco naciones de la periferia del sistema capitalista: India, Brasil, México, Corea del Sur y Venezuela. Las cuotas de los 168 miembros restantes (casi el 90% de los socios) tan sólo representan el 31,67%. Así pues, el FMI está gobernado y dirigido por las grandes potencias capitalistas, sin distinción alguna entre los vencedores y los vencidos en la última conflagración mundial.

Por ello, aunque su fin declarado sea favorecer el libre comercio internacional a través de la cooperación monetaria, históricamente ha sido un eficaz instrumento de explotación y extorsión de las naciones de la periferia capitalista, empleando muchas veces la palanca de la deuda externa, igualmente conocida como “deuda odiosa”. Por supuesto, tampoco deben obviarse sus informes y “recomendaciones”, con sus planes de ajuste, de cuyas consecuencias sabe muy bien la gran mayoría de los pueblos africanos y latinoamericanos: desprotección, desempleo, pobreza, hambre…

Su historia está trufada hasta la saciedad de enormes pifias, realmente crímenes contra los pueblos. Es un hecho incontestable con una rotunda (y hasta cierto punto cómica) expresión en la propia Internet. Así, el buscador Google devuelve 6 resultados para el término “éxitos del FMI” y 4 para “aciertos del FMI”, mientras que cuenta hasta 8.680 resultados sobre “fracasos del FMI” y 13.600 para “errores del FMI”. Sin duda, se trata de un currículum extraordinario.

Sería una ingenuidad atribuir esa pésima trayectoria a la incompetencia de sus técnicos. Resulta mucho más plausible intercambiar los significados de “acierto” y “error”, y admitir que sus políticas casi nunca persiguen los objetivos manifiestos, sino los resultados finalmente obtenidos. Su contribución al desarrollo de la desigualdad mundial y al sometimiento de los pueblos es totalmente coherente con su papel de herramienta del capitalismo global. Y hace más comprensible que desde el año 2000 sus sucesivos directores se hayan visto envueltos en escándalos de diversa naturaleza, y que los tres últimos hayan sido directamente imputados por las autoridades judiciales de los Estados Unidos, Francia y España: es la mejor guinda que podría coronar ese pastel. Para alcanzar la cima del FMI hay que alzarse sobre una montaña de basura.

Por su parte, el Banco Central Europeo, fundado en 1998 en el contexto de la Unión Monetaria, es jurídicamente una sociedad por acciones. Su accionariado principal está formado por los bancos centrales alemán (18%), francés (14%), británico (13,6%), italiano (12,3%) y español (9%). Su estructura parece garantizar su independencia del resto de instituciones de la UE. Pero la composición de sus órganos de gobierno y los mecanismos de designación de sus miembros aseguran su fidelidad a los intereses hegemónicos de los países miembros. Además, cabe suponer que las presiones sobre las decisiones del BCE de sus accionistas más importantes posean más fuerza que las del resto.

En cualquier caso, lo esencial es precisamente su afamada independencia (se le considera el banco central más independiente del mundo), impuesta en su momento por Alemania. Se trata de dirigir la actividad del BCE desde criterios estrictamente financieros y monetaristas, alejándolo de “veleidades intervencionistas” de carácter social, como el rescate de los pueblos. Sin embargo, su papel ha sido crucial en la conversión de la deuda privada en deuda pública durante los últimos años en toda Europa, en el rescate de la banca. Había que salvar las cuentas del Deutsche Bank, una de las mayores entidades inversoras del mundo, comprometida hasta el tuétano en la burbuja inmobiliaria española y principal acreedora de la banca griega.

Finalmente, la Comisión Europea es el principal órgano ejecutivo de la UE, su “gobierno”. Su estructura y el procedimiento de elección de sus miembros la convierte en un fiel reflejo de las tendencias políticas dominantes en la Unión, que en la actualidad siguen siendo manifiestamente conservadoras. Su actual presidente, Jean-Claude Juncker, procede del Partido Popular Europeo, que lo designó candidato a ese cargo en marzo de 2014.

Pero Juncker no está siendo precisamente el protagonista del tira y afloja entre Tsipras y la Troika, sino la canciller alemana Angela Merkel. No forma parte de la Comisión ni de la Troika, pero está acaparando la representación europea real en el proceso de negociación, y su receta de estricta austeridad se ha impuesto en Grecia, Irlanda, Portugal y España, con los efectos devastadores que ha provocado. La hegemonía alemana en Europa ya es un hecho indiscutible, y la de su banca privada también: no piensa renunciar al cobro de sus créditos.

La Troika es un nuevo Cerbero que las actuales autoridades helenas continúan enfrentando a brazo partido porque, al contrario que el original, se ha propuesto enterrar en el inframundo a la mayoría del pueblo griego. Ese monstruoso perro de tres cabezas no guarda otra cosa que los intereses del capital especulativo financiero mundial. El resultado del referéndum del pasado domingo ha convertido a los millones de ciudadanos y ciudadanas que rechazaron las propuestas de la Troika en una inmensa falange hoplítica. La guerra contra la barbarie continúa. ¡Eleleu!

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