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URGENTE: Pipiolos con tarjeta 15 octubre, 2014

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Banlia

Aún recuerdo cuando, a mediados de los años 80, los dirigentes de todos los partidos celebraban la madurez política del pueblo español y la consolidación del sistema democrático, cacareándolo a los cuatro vientos. En aquel entonces, pese a mi juventud y a encontrarme aún muy lejos de terminar la carrera de historia, todo aquello me causaba cierta perplejidad. No me cuadraban las cuentas.

Un dictador es “muy mal padre” por muchos motivos. Y uno de los más sobresalientes es la feroz inmadurez política en la que sume a todos “sus hijos”: es un fenómeno universal. Los españoles habían tenido un padre nefasto durante casi cuarenta años, y la cohorte más veterana nacida bajo un régimen constitucional contaba tan sólo con tres o cuatro añitos.

Por supuesto, una parte de la sociedad española sí poseía en los 80 una madurez política (o al menos una convicción democrática) más que contrastada. Pero jamás tuvo la fuerza suficiente para derrocar al tirano, que de no morirse de viejo, lo habría hecho de aburrimiento. Más bien sucedió lo contrario. El nuevo régimen había sido en cierto modo una de sus últimas disposiciones, y ni uno solo de los responsables del aparato del estado nacional-católico tuvo que dar una explicación ante absolutamente nadie, ni tan siquiera ante la historia: la Transición los había absuelto a todos.

Eso fue posible porque la dictadura, además, “había llovido sobre mojado”. Su dilatada impronta de inmadurez democrática incidió sobre una sociedad que apenas si había protagonizado algún proceso revolucionario y cuya experiencia democrática no sumaba más de doce años en el transcurso de casi dos siglos. El “Sexenio” (1868-1874) constituyó el único período realmente democrático en la historia española de todo el XIX, y fue el resultado de la única revolución digna de ser denominada así: “La Gloriosa”. Y la Segunda República (1931-1936) representó la segunda excepción, tan breve como la primera, en una historia contemporánea de ignorancia, atraso y tiranía más o menos indisimulada. Ambas experiencias finalizaron bajo el yugo de los uniformados y sus armas. Así fue hasta 1978.

Treinta años después, no cabe la menor duda que aquellos dirigentes políticos erraron estrepitosamente, o mintieron descaradamente: la inmadurez democrática de la mayoría de los españoles es un hecho incontestable. Pese a todas las “mareas” (la blanca, la verde, la violeta…), se hace evidente en la insuficiente respuesta social al progresivo recorte de derechos y libertades que venimos sufriendo en los últimos años.

También se manifiesta en la valoración social de lo público, que sólo es posible cuando ese ámbito ha sido ganado y construido por el pueblo, y eso nunca ha sucedido en España. La sociedad española está muy lejos de defender “lo público” al igual que lo hacen otros pueblos europeos, como el francés. Las consecuencias son visibles en todo el espectro, desde el cuidado que reciben las papeleras de los parques y las calles, hasta las instalaciones de colegios y hospitales. Pero también lo manifiesta el prestigio que todavía concede una parte significativa de la sociedad española a la enseñanza y la sanidad privadas, falso e inmerecido a la luz de todos los estudios e informes que una y otra vez indican lo contrario.

Pero lo más revelador es el éxito y la fortaleza de la corrupción, que ha hecho de España uno de los países más turbios de Europa. Los cursos del INEM, los EREs, la trama Gürtel, o las tarjetas opacas de Bankia prueban que una parte muy significativa del conglomerado político y empresarial (empezando por sus cúpulas) considera lo público como su cortijo privado. Todos estos casos han generado una creciente repulsión social que, sin embargo, sigue siendo limitada: muchos de esos “multicorruptos” han revalidado su respaldo social, entre la ciudadanía o entre las asociaciones empresariales.

La supuesta madurez democrática de las élites españolas no es más que un enorme camelo. Y, si alguna vez existió, la fórmula del “y tú más”, que irrumpió con tanto éxito en la confrontación partidaria a comienzos de los 90, acabó con ella. A día de hoy, la vigorosa salud de esa ética heterónoma es el mejor símbolo de la derrota de la madurez, y el mejor instrumento para seguir haciendo una pedagogía de la cretinidad política.

Como en los 80, una parte de la presente sociedad española posee profundas convicciones democráticas y una envidiable madurez política. Y el perfil sociológico de los Indignados y de otros movimientos sociales nacidos desde 2011, aunque muy diverso, apunta sobre todo a las cohortes nacidas y educadas en el actual régimen constitucional. Pero los resultados de las últimas elecciones europeas son elocuentes sobre su carácter aún minoritario: un exiguo 15% del electorado respaldó opciones distintas a las tradicionales, que no forman parte (activa o pasiva) de las élites corruptas. ¿Qué sucederá en 2015?

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