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URGENTE: ¿Una nueva cruzada, o la vieja historia del doctor Frankenstein? 8 septiembre, 2014

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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El llamamiento de los Estados Unidos a sus aliados europeos para asociarse en su lucha contra el yihadismo del nuevo Estado Islámico (EI) creado entre las fronteras de Siria e Irak posee todos los tintes de una nueva cruzada en la segunda década del siglo XXI. No sería la primera de la Edad Contemporánea. El levantamiento sedicioso contra la IIª República del general Franco y sus corruptos colegas en julio de 1936 fue proclamado como tal por los obispos españoles, aunque no por Pío XI. En este caso, la única diferencia apreciable es que la iniciativa estadounidense no cuenta con el beneplácito del Vaticano. No obstante, esta invitación se ha hecho invocando los valores occidentales y cristianos frente a la barbarie que representa ese nuevo califato.

Las cruzadas siempre tuvieron una motivación fundamental no declarada, y muy diferente de la religiosa. Tierra Santa constituía el nudo gordiano de las grandes rutas comerciales que, por tierra o por mar, unían Lejano Oriente con Europa, y su posesión aseguraba el control de esas rutas. En gran medida, el primer viaje de Colón a “las Indias” estuvo motivado por la necesidad de hallar una vía de comunicación alternativa con la región del mundo más desarrollada en aquel entonces, China, porque los otomanos mantenían un férreo control de la región que Occidente denomina “Oriente Próximo”.

Pero el libre comercio de productos de lujo orientales, que hacía deficitaria de oro y plata a Europa, no era un factor suficiente para movilizar las voluntades de las decenas de miles de hombres que, de un lado y otro, dejarían sus vidas en aquellos campos de batalla. Pero la fe sí, consiguiendo enfrentar a creyentes de confesiones hermanas con la complicidad de sus autoridades religiosas. Nunca se repetirá lo suficiente que el Islam es heredero del Cristianismo y que el Corán cuenta básicamente las mismas historias de los mismos personajes que la Biblia hasta el propio Jesucristo, que es el penúltimo profeta de los musulmanes.

Hoy, la última cruzada en favor del imperio de la “civilización” en la primera región del mundo productora de oro negro y en la que se encuentran sus principales reservas no debería embaucar a nadie que no esté comprometido con la rapiña sistemática y suicida que significa el negocio petrolero. Pero lo hará; por ello también es una cruzada.

Sin embargo, hay un elemento esencial que la distingue de las cruzadas del pasado: el origen y la identidad real de este nuevo infiel, los yihadistas. Se trata de una diferencia tan relevante que transforma este asunto casi del todo, hasta convertirlo en la vieja historia del doctor Frankenstein. Pero, al mismo tiempo, permite comprenderlo mucho mejor. Estados Unidos ha de enfrentarse finalmente al monstruo que la CIA creó hace más de un cuarto de siglo en las montañas de Afganistán y que Occidente y sus aliados árabes han alimentado hasta la actualidad de varias formas.

Ni tan siquiera el gobierno de los Estados Unidos puede negar la paternidad del actual movimiento yihadista internacional, que ya se extiende por tres continentes. A finales de los años 80, instrumentalizó a miles de afganos, instruyéndolos y armándolos, para desencadenar una “guerra santa” contra los invasores rusos: ésa fue la cuna de Osama bin Laden. La derrota soviética en la Guerra Fría dejó transitoriamente inactivos a aquellos “guerreros de la libertad”, como los denominaron reiteradamente los mandatarios norteamericanos. Pero Occidente les encontró muy pronto una ocupación, desestabilizando estados del mundo musulmán antiguos aliados del bloque soviético, como la Argelia de los años 90. Y más recientemente, las potencias occidentales han apoyado a la oposición armada en Libia y Siria, pese a la indisimulada presencia yihadista entre sus filas, para acabar con los regímenes de Muamar el Gadafi y Bashar al-Asad, aquellos “monstruosos tiranos”.

Hasta aquí llega la contribución “en positivo” de los Estados Unidos y de Europa al nacimiento y desarrollo del movimiento yihadista, que amenaza, persigue y asesina sobre todo y ante todo al resto de los musulmanes. Pero no menos notable ha sido su contribución “en negativo”, que ha animado a muchos miles de musulmanes a unirse a las filas islamistas violentas, y que ha desalentado al resto quebrando su confianza en Occidente quizás para siempre.

El apoyo sistemático de Estados Unidos y de Occidente al estado de Israel, impidiendo una y otra vez la aprobación de sanciones internacionales por sus crímenes contra el pueblo palestino en el Consejo de Seguridad de la ONU, es ya un factor estructural de anti-occidentalización en el mundo árabe. Las invasiones de Irak de 1990 y de 2003, que han empobrecido, destruido y desestabilizado ese país para muchas décadas, han generado enormes dudas, más que justificadas, sobre las buenas intenciones occidentales para con los iraquíes. La guerra de Afganistán de 2001, que continúa desangrando al país, y en la que la barbarie de las tropas estadounidenses ha traspasado muchos de sus límites y los “efectos colaterales” de sus ataques aéreos han destruido centenares de familias inocentes, ha debido despertar la ira en muchos millones de buenas personas en todo el mundo musulmán. Y absolutamente ninguno de los dirigentes políticos occidentales responsables de este inmenso quebranto a todos los musulmanes del planeta ha sufrido un solo rasguño, ni ha debido sentarse ante un tribunal. Es definitivamente decepcionante.

Como lo será también esta cruzada para quienes esperan una acción fulminante como la de Irak en 2003. Al igual que Víctor Frankenstein, Estados Unidos encara el dilema de acabar con su propia criatura, que tantos triunfos le ha procurado hasta ahora. Además, las principales fuentes de financiación del EI y de sus fuerzas armadas son las autocráticas monarquías petroleras del Golfo, las mejores amigas de Occidente en ese lado del planeta. Así que, en el mejor de los casos, veremos confinar al monstruo en su propio parque temático. Será una fantasía para los amantes de los viajes en el tiempo, a la Edad Media europea en particular. Y una espantosa pesadilla para los iraquíes y los sirios que sufran su sangriento absolutismo.

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