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URGENTE: El falso dilema entre monarquía y república 26 junio, 2014

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Desde hace unos años se ha ido abriendo paso un cierto debate sobre la necesidad de finiquitar la actual monarquía e instaurar una república en España. Los motivos son muchos y de desigual naturaleza. Y no conviene ignorarlos en su compleja diversidad sin correr el riesgo de descentrar o desvirtuar la discusión.

El conflicto sobre la memoria histórica y las víctimas del franquismo (que ya dura más de una década) quizás haya sido el primero en el tiempo, al evocar la IIª República que la guerra civil y el franquismo truncaron trágicamente. Pero también porque el régimen actual es heredero directo de la dictadura, y se empeña en serle fiel negándose a reconocer los derechos de sus víctimas pese a todas las recomendaciones y requerimientos internacionales.

Otro motivo, más reciente y de mayor peso, ha sido el descarado compromiso del Estado con el gran capital y contra la ciudadanía, cristalizado en la reforma constitucional del verano de 2011, un acuerdo para limitar constitucionalmente el déficit público. Y ese compromiso ha continuado irónicamente con el saqueo del presupuesto estatal para inyectar a fondo perdido decenas de miles de millones de euros en el sistema financiero, disparando el endeudamiento de todos los españoles hasta cifras astronómicas y sumiendo en la pobreza a varios millones de ellos. La inevitable movilización popular que ha venido haciendo frente a esas políticas, especialmente a partir del 15 de mayo de 2011, ha supuesto un igualmente ineludible rechazo del sistema, incluida la monarquía.

También lo han provocado los escandalosos casos de corrupción de los principales partidos políticos (justamente los “monárquicos”) y la respuesta no menos vergonzante y sectaria que generalmente han dado al problema. Uno de esos casos, abierto contra Iñaki Urdangarin y su esposa la Infanta Cristina, ha generado un descrédito hasta ahora desconocido de la monarquía, al que han contribuido varios incidentes protagonizados por distintos miembros de la familia real, incluido el propio rey.

Todos estos hechos, y hasta los resultados de las últimas elecciones europeas, justifican sobradamente el debate, y un sondeo efectuado tras la abdicación de Juan Carlos lo corrobora. Aunque no constituye una mayoría abrumadora, el 62% de los encuestados se mostró favorable a la celebración de un referéndum para decidir si España debe seguir siendo una monarquía.

Sin embargo, la controversia entre monarquía y república es un falso dilema, como lo son también algunos de los discursos favorables al régimen actual que se han ido delineando. Pero su naturaleza falaz no proviene de sus supuestas inexactitudes (que también, en algún caso) sino de su naturaleza netamente ideológica. Se han producido dando la espalda a la realidad, a la montaña de razones sobre la que cada vez más españoles están poniendo una bandera tricolor.

Así, se ha repetido que un estado republicano no tiene que ser necesariamente más democrático que uno monárquico. Esto es radicalmente incierto. Dejando a un lado el origen histórico generalmente revolucionario de la república, la monarquía supone una clara restricción de la soberanía popular. Y no es una limitación cualquiera, porque se impide a la ciudadanía la libre elección de la cúspide del poder político, que en este caso ejerce la jefatura de las fuerzas armadas (como en muchas repúblicas), nada menos que “los puños” de la nación.

En realidad, como lo han venido advirtiendo muchas voces y recientemente Pablo Iglesias en una conferencia, la auténtica disyuntiva a la que se enfrenta la sociedad española es entre dictadura y democracia. Porque el conglomerado de motivos que está haciendo reclamar una república a muchos españoles con creciente insistencia constituye, o manifiesta, el proceso de conversión de la monarquía parlamentaria en un régimen plutocrático. En 2012 la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) ya inscribió a España en su “lista negra“, debido al franco retroceso de las libertades que estamos sufriendo y a las dificultades que opone el gobierno a las tareas de inspección de sus observadores. Y a comienzos de este año Intermón Oxfam denunciaba que España se había convertido en el segundo país más desigual de Europa, donde se gobierna para los más ricos. Sin embargo, este debate es igualmente un falso dilema por razones obvias: sólo una minoría insignificante estaría a favor de un régimen autoritario (un elevadísimo porcentaje de españoles comparte los principios de Democracia Real Ya), y aunque fuese una mayoría sería éticamente inaceptable.

Por tanto, si acaso hay una discusión pertinente sería cómo llegar a la república. Y los hechos constatados apuntan algunos hitos de un posible recorrido que, en cualquier caso, ya empezó.

El primer paso, el descrédito de la monarquía (y no sólo de Juan Carlos I) ya está dado. Durante estos días la propaganda de los medios afines al sistema (casi todos) ha presentado la figura de Felipe VI inspirando confianza a la gran mayoría de los españoles. Pero ese 62% de encuestados favorables a una consulta sobre la continuidad de este régimen, y los millones de españoles conscientes de su transformación en una plutocracia no cambiarán tan fácilmente de opinión. Habrá que esperar a los barómetros del CIS, si volvieran a incluir la valoración de la corona, claro está. Pero la violencia policial contra los integrantes de la marcha republicana celebrada en Madrid el día de la coronación no parece un buen augurio, para Felipe VI lógicamente.

El siguiente paso, la quiebra del sistema de partidos que da cobertura a la monarquía y que ha ejecutado el brutal ataque contra la ciudadanía, ya ha comenzado. Es una de las conclusiones de los resultados de las pasadas elecciones europeas en España, aunque deberá confirmarse (o no) en las próximas locales y generales. Pero es un proceso que, de cualquier modo, no es solo de naturaleza electoral, sino también política. La presente crisis interna del PSOE y el prurito republicano de una parte de sus diputados y dirigentes le dan más calado a la fractura del bipartidismo (criticado por la OSCE), sostén de este régimen. Y una hipotética alianza de gobierno entre el PP y el PSOE a la salida de las generales de 2015 para salvar el modelo partitocrático, seguramente conseguiría el efecto contrario: es más que probable que significase una ruptura definitiva del PSOE, que se desinflaría política y electoralmente.

El fin de ese modelo y el ascenso de las fuerzas republicanas (y no únicamente de izquierdas) en las Cortes haría más viable la reforma constitucional necesaria para celebrar un referéndum sobre la continuidad de la monarquía. Así que las convocatorias electorales de 2015 jugarán un singular y estratégico papel en el avance de la república en España.

Pero si hay algo que corrobora la entidad real de ese avance es precisamente el miedo de los poderosos que describe Carlos Elordi. El recrudecimiento de la represión policial y legal de las protestas populares, que también le ha valido al estado español varios tirones de oreja de Amnistía Internacional y de Human Rights Watch, es un síntoma indiscutible de ese temor. Y la celeridad con que el aparato estatal ha tramitado la abdicación de Juan Carlos y la coronación de Felipe, además de las prisas en conseguir el aforamiento del primero, lo han hecho definitivamente manifiesto. Aunque no lo parezca, casi todo sigue estando en manos de los españoles.

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