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URGENTE: Adolfo Suárez 16 abril, 2014

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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A la vista de lo sucedido con la democracia española en los últimos veinte años (el estallido del caso Roldán a finales de 1993 podría considerarse un buen punto de inflexión) es muy tentador pensar que, con el fallecimiento de Adolfo Suárez, se ha ido un gran timador. Al fin y al cabo el sector más duro del régimen franquista así lo consideró, cuando no un traidor a secas.

Desde finales de los años 50 había hecho su carrera política en el “Movimiento Nacional”, el partido único de la dictadura, y fue nombrado “Ministro Secretario General del Movimiento” el 11 de diciembre de 1975, en el primer gobierno de Franco sin Franco. Y, a las órdenes de Juan Carlos I, fue el responsable de desmantelar la “democracia orgánica” del tirano y de sentar las bases del nuevo Estado Social Democrático de Derecho, con la constitución de 1978, bajo cuya presidencia se redactó, aprobó y entró en vigor.

Su trayectoria personal de compromiso con el franquismo no le impidió embaucar al PSOE, al PCE, y a otras fuerzas políticas más a la izquierda en el proceso de construcción del nuevo estado, cuya jefatura había sido una elección personal del dictador. Y, sin duda alguna, supo convencer a la gran mayoría de los españoles. Salvo algunas fuerzas políticas marginales o locales y con la excepción de Euskadi, la ciudadanía en general aceptó vivir al abrigo de la nueva constitución con verdadero entusiasmo.

Había conseguido mutar una dictadura militar ultracatólica en un estado liberal, sin tocar un ápice de los intereses socioeconómicos que habían dirigido la vida del país durante casi cuatro décadas consecutivas. Pero en 1977 hizo frente a los efectos de la crisis del petróleo mediante los Pactos de la Moncloa, un gran acuerdo económico y social que consiguió el respaldo de la mayoría de las fuerzas políticas, organizaciones empresariales y sindicatos. Demostró ser un mago de la política y en cierto modo así lo reconoció la comunidad internacional, incluyendo en ella a los especialistas en la materia. Pero una tarea así era imposible sin la propia convicción: Adolfo Suárez se embaucó a sí mismo.

Después vendrían los años del desencanto, seguramente también para Suárez. Hostigado por el PSOE (que le hizo una moción de censura en mayo de 1980), por la derecha de su propia coalición (la UCD), por el sector más franquista del ejército y, cuando menos, sin el respaldo del propio monarca, presentó una doble dimisión a finales de enero de 1981: como jefe del gobierno y como presidente de la UCD. Pese a todo, fue de los muy poquitos que hizo frente con dignidad y gallardía a los guardias civiles de Tejero cuando asaltaron el Congreso el 23 de febrero de 1981.

Enseguida fundó el Centro Democrático y Social (CDS), con el que ganó un escaño en el Congreso en las legislaturas de 1982, 1986 y 1989. Sin embargo, su nueva formación política nunca logró fracturar el bipartidismo propiciado por la legislación electoral que tanto le había favorecido durante su etapa en la UCD: tras el PCE, el CDS sería su segunda víctima. Así que en 1991 volvió a conjugar el verbo dimitir, para abandonar la actividad política definitivamente.

Pero también supo renunciar a los “beneficios póstumos” de las responsabilidades que asumió, al contrario de lo que han hecho todos sus sucesores en la presidencia del ejecutivo. No pasó a formar parte del consejo de administración de ninguna gran empresa, ni ingresó en un lobby empresarial. Y asimismo declinó percibir la pensión que le correspondía. Sencillamente desapareció de la vida pública.

En su fallecimiento, el legado de Adolfo Suárez no ha merecido una valoración unánime, incluso en el momento de subscribir la declaración institucional del Congreso de los Diputados. Desde la izquierda republicana parlamentaria y extraparlamentaria se ha recordado su papel de mullidor de un cambio que, desde el principio y a la postre, no cambió nada de lo realmente importante. Pero lo más curioso es que quiénes más se han deshecho en elogios (el PP y el PSOE) son, sin duda alguna, sus peores herederos.

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