jump to navigation

URGENTE: La ruleta rusa o los riesgos del capitalismo emergente 4 marzo, 2014

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
Tags: ,
trackback

El conflicto desatado entre Rusia y Ucrania es mucho más peligroso de lo que parece, aunque no necesariamente deba finalizar en un baño de sangre. Ni tampoco comenzó hace poco más de una semana, cuando las movilizaciones callejeras (que ya duraban tres meses) acabaron con el gobierno de Víktor Yanukóvich, títere ucranio de Moscú. La injerencia rusa en los asuntos domésticos de su vecino suroccidental es un hecho evidente desde hace al menos una década, cuando el presidente Víktor Yúshchenko fue envenenado con dioxina por elementos rusófilos de sus propios servicios secretos. Con ello pagó su pretensión de situar Ucrania en la órbita de Occidente, liquidando la tutela rusa sobre su país.

Sin embargo, pese a las apariencias, no es la soberanía ucrania la causa fundamental de este conflicto, aun considerando su posición estratégica en el bajo vientre europeo del mayor estado del planeta. Lo que lo hace particularmente inquietante es que en el fondo obedece a la emergencia del sistema capitalista en Rusia tras el desplome de la URSS. Un fenómeno trascendental que no debe confundirse con otro igualmente decisivo pero bastante menos perturbador, originado casi al mismo tiempo: el de los “países emergentes”.

Bajo esa etiqueta los especialistas han situado una serie de estados con un espectacular crecimiento industrial y económico que los ha convertido en grandes potencias regionales de sus respectivos continentes: México, Brasil, Suráfrica, India, China, Indonesia… Por tanto son ya actores muy destacados (aunque todavía no sean los protagonistas) en el escenario de las relaciones internacionales.

Esos países poseen además otros rasgos comunes. Por un lado, su dimensión territorial y su volumen de población, que les permiten contar con importantes cantidades de recursos naturales y con unos mercados internos muy amplios (de trabajo y de consumo), ya articulados o en proceso de construcción. Por otro lado, todos ellos, y especialmente lo más destacados, formaron parte del mundo sometido y colonizado de la expansión transoceánica de la Edad Moderna, o de la posterior etapa imperialista de la Edad Contemporánea. Y su alumbramiento como estados independientes a comienzos del XIX (en el caso a los americanos) o durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial no supuso, como se sabe, su emancipación real. Nacieron dependientes y su actual “emergencia” es inducida, producto de esa misma posición subordinada en las relaciones económicas internacionales: forman parte del capitalismo periférico, aunque ya no sean “Tercer Mundo”.

La única excepción es China y tan sólo parcialmente. Su derrota en las dos guerras del opio, de los años 40 y 60 del siglo XIX, significó el sometimiento del orgulloso gigante asiático a los intereses comerciales británicos, además de la pérdida de varios territorios. Y el aplastamiento de la rebelión antioccidental de los bóxers por un ejército multinacional al empezar el siglo XX supuso su total postración ante las potencias imperiales del momento, incluyendo Rusia y Japón. Desde ahí hasta el término de la Segunda Guerra Mundial, China fue víctima del pillaje más despiadado, como el resto de los actuales países emergentes. Pero, a diferencia de ellos, China no continuó desarrollando su capitalismo periférico. En 1949 el Ejército Popular de Liberación del Partido Comunista Chino obtuvo la victoria definitiva en una larga guerra civil: había nacido la República Popular China, un nuevo estado comunista.

Sin embargo, treinta años después, el mismo partido decidió implantar en China una economía de mercado, para alentar el crecimiento y el desarrollo económicos. Fue la liquidación del modelo socialista y el viraje de la economía y la sociedad hacia el capitalismo. Pero, al igual que en un conocido juego de mesa, lo hizo “volviendo a la casilla de salida”, a la situación anterior a 1949, formando parte del grupo de países dependientes y periféricos. La conversión de China en el gigante industrial que es actualmente no hubiese sido posible sin la serie de medidas que han ido adoptando sus gobiernos desde 1978 en adelante. Pero tampoco se habría producido sin el ingente volumen de inversión extranjera que ha recibido desde entonces: hace más de una década que es el primer receptor de inversión extranjera directa (IED) entre los “países en desarrollo” y el segundo del mundo, tras los Estados Unidos de Norteamérica.

Por su parte, Rusia estrenó el siglo XX como un estado absolutista que había iniciado su proceso industrializador y de formación capitalista. No obstante, aunque poseía un inmenso imperio asiático, su debilidad era patente. En 1905 un Japón recién industrializado y occidentalizado “desde arriba” la derrotó  en una guerra por el control de Manchuria y Corea. El capitalismo había entrado en su fase imperialista varias décadas atrás y los enfrentamientos entre las potencias industriales por el dominio de nuevos territorios (de materias primas y de mercados) se multiplicaban en todos los escenarios.

Un fruto muy amargo y a la vez paradigmático de esas tensiones fue precisamente la Gran Guerra (1914-1918) en la que Rusia intervino contra los imperios centrales (Alemania. Austria-Hungría y Turquía). Pero su participación en el conflicto y su desarrollo capitalista se vieron súbitamente truncados en 1917 por la revolución bolchevique.

Durante los siguientes setenta años Rusia y su imperio, transformados en un férreo estado comunista (la URSS), prosiguieron su expansión industrial y económica. En ese trascurso las potencias capitalistas occidentales provocaron otra gran conflagración mundial. En ella se dirimió qué capitalismo sería hegemónico en Europa y en la región del Pacífico y el sureste asiático. Cuando acabó el conflicto en 1945 sólo quedaban en pie dos grandes superpotencias: Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética, que se repartirían Europa y el mundo por zonas de influencia.

Al desplomarse el sistema soviético comenzando los pasados años 90, la Federación de Rusia se encontró en posesión de grandes cantidades de recursos naturales (especialmente energéticos) y una estructura industrial plenamente desarrollada, con algunos sectores obsoletos y otros, como el aeroespacial, en posición de liderazgo mundial. Y ante todo se vio dueña de una extraordinaria fuerza militar. Pero tuvo que empezar de cero en la articulación del capitalismo, un proceso que todavía no ha concluido.

El problema reside en que la violencia forma parte intrínseca del capitalismo desde sus orígenes en la Edad Moderna. Su impulso se realizó sobre el genocidio de decenas de millones de amerindios y la trata y esclavitud de otras decenas de millones de africanos. En su favor se perpetraron en África crímenes imperdonables como el del Congo Belga, a caballo de los siglos XIX y XX. Y su expansión convirtió el siglo XX en el más sangriento de la historia.

La refundación del capitalismo en Rusia no ha estado exenta de esa brutalidad desde los primeros años. La historia de “los oligarcas”, la primera generación de empresarios capitalistas (que se hizo a sí misma rapiñando las compañías públicas) está atestada de crímenes y violencia. La toma de posiciones en el nuevo contexto socioeconómico se basó en la fuerza. Por ello, quiénes ya ocupaban puestos vinculados al poder también resultaron particularmente favorecidos.

No es extraño pues que Vladimir Putin, el hombre fuerte de Rusia desde el año 2000 (unas veces como presidente de la república y otras como primer ministro), cimentara su carrera política en las cloacas del estado, en su experiencia dirigiendo el KGB y después el organismo sucesor: el Servicio Federal de Seguridad. Pero lo que hizo de él “un líder muy popular” fue la segunda guerra chechena, que desencadenó poco tiempo después de ocupar la presidencia. Una serie de atentados terroristas, cuya autoría atribuyen algunos a elementos del KGB, fue la excusa de Putin para ejecutar un ataque demoledor contra Chechenia.

Ni tampoco es raro en Rusia algo que resultaría del todo inusual en las democracias occidentales: entre los opositores políticos más destacados de Putin sobresale una extensa relación de importantes empresarios. Ello pone de relieve hasta qué punto el capitalismo ruso no ha terminado de estructurarse “hacia adentro”. Pero tampoco “hacia  afuera”. La progresiva incorporación a la órbita occidental de la mayoría de Europa del este, mediante su integración en la UE, ha ido restando espacio al capitalismo ruso para su necesaria expansión. Y Ucrania es una casilla clave para las relaciones económicas internacionales rusas. El discurso y la política ultranacionalista de Putin pueden hacer el resto.

Anuncios

Comentarios»

No comments yet — be the first.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: