jump to navigation

URGENTE: El efecto Nóos 22 febrero, 2014

Posted by Domingo in España, Soberanía.
trackback
Fuente: El País. Imagen de nube de palabras conseguida analizando el texto íntegro de la declaración de la Infanta. Las palabras más repetidas son las que aparecen en mayor tamaño (http://politica.elpais.com/politica/2014/02/20/actualidad/1392895964_190131.html)

Fuente: El País. Imagen de nube de palabras conseguida analizando el texto íntegro de la declaración de la Infanta. Las palabras más repetidas son las que aparecen en mayor tamaño (http://politica.elpais.com/politica/2014/02/20/actualidad/1392895964_190131.html)

La historia está trufada de casos en que los esfuerzos por apuntalar un régimen político que se desmorona terminan contribuyendo a su hundimiento definitivo. Pero también abundan las experiencias exitosas, como la Marcha Verde sobre el Sahara Occidental (noviembre de 1975), que permitió a Hassan II mantenerse en el trono hasta el final (natural) de sus días.

Esto pone el acento en los factores que, en cada ocasión, inclinan el resultado hacia un lado u otro. En cuanto a Hassan II, el contexto internacional terció decididamente a su favor, aunque tampoco fueron desdeñables su populismo de base religiosa y la represión sin escrúpulos con que acalló cualquier oposición social, étnica o institucional. Y asimismo evidencia la extrema dificultad de aventurar un resultado cuando se trata de un proceso abierto, como el del actual régimen español.

Menos éxito que el monarca alauita tuvo Luís XVI en 1789 cuando una revolución, para él del todo inesperada, le costó el trono y la cabeza. La causas de esa revolución son muy conocidas y están consensuadas entre la comunidad historiográfica. Como también existe un acuerdo generalizado en que las monarquías absolutas europeas de finales del XVIII, y muy especialmente la francesa, habían colapsado financieramente víctimas de sus propias contradicciones.

El sostenimiento de una sociedad estamental mediante un poder político absoluto resultaba cada vez más costoso. Pero el sistema de privilegios, la esencia misma de ese modelo social, constituía la principal restricción para costear los gastos del estado, ya que la nobleza y el alto clero no pagaban impuestos. La situación llegó a ser lo suficientemente desesperada para forzar a Luís XVI a una convocatoria de los Estados Generales con el objeto de aumentar sus fuentes de ingresos, pese a que no se reunían desde hacía casi dos siglos, en 1614. La de 1789 sería la última, porque de ella nació la Asamblea Nacional, el primer paso de la revolución: el propio monarca encendió la mecha del proceso que pulverizó su régimen para siempre.

Otro ejemplo, bastante más reciente, fue el de la Guerra de la Malvinas en 1982. La Junta Militar argentina y la oligarquía que la apoyaba habían conducido al país a la ruina económica y social. Argentina había entrado en la década alimentando una situación social y política explosiva. En una huída hacia delante, los militares quisieron salvar su dictadura agitando el sentimiento nacional. Y hallaron su leitmotiv en el litigio con el Reino Unido por la soberanía de las Malvinas y un par de archipiélagos atlánticos más.

Como han demostrado sistemáticamente a lo largo de la historia, los militares únicamente fueron capaces de recurrir a una solución armada: la invasión de esos archipiélagos a comienzos de abril. A mediados de junio, tras la derrota de las tropas argentinas, ya se había declarado el cese de las hostilidades. Y, como consecuencia del desastre militar, tan solo un año después la República Argentina había dejado de ser una dictadura: el régimen había caído por su propia mano.

El presente más inmediato de España no es menos crítico que lo fue el de la Francia de Luís XVI o de la Argentina de 1982. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria (alentada durante una década por una mafia constructora-financiero-política) ha dejado sin hogar a centenares de miles de familias, ha arrojado al paro a millones de personas, y ha enviado al exilio económico a decenas de miles de jóvenes. Y las buenas perspectivas que el gobierno de Rajoy quiere ver para este año provocan cuando menos hilaridad, y sobre todo consternación, entre la mayoría de los especialistas no afines al partido del gobierno, a sus socios políticos más o menos encubiertos, y a los intereses que todos ellos representan.

Bajo los últimos seis años de reinado de Juan Carlos I, los especuladores financieros internacionales y locales, con la estrecha colaboración de las principales fuerzas políticas, han ejecutado una agresión contra el pueblo español sin precedentes en la historia. La desigualdad ha aumentado de forma galopante, sumergiendo en la pobreza a segmentos sociales gradualmente más amplios y aupando a una selecta minoría en una cada vez más obscena riqueza.

Ello ha sido posible porque los dos últimos presidentes del gobierno y sus ministros, que tomaron posesión de sus cargos en presencia del monarca, han saqueado el presupuesto público para entregárselo a los mismos especuladores que provocaron la crisis, endeudando hasta las cejas a todos los ciudadanos. Y han acometido un proceso de desmantelamiento de los derechos sociales y económicos igualmente único en la historia de la actual democracia española, que comenzó con la reforma constitucional de septiembre de 2011 y que ha continuado en la justicia, la sanidad, la educación, los salarios, las pensiones…

Pero esta escalada terrorista contra el pueblo español no se ha ejecutado sin su resistencia. A partir de los últimos meses de 2010 fue germinando un movimiento social que eclosionó finalmente el 15 de mayo de 2011, seis meses antes de las elecciones que darían la presidencia del gobierno a Rajoy. La respuesta del aún ejecutivo del PSOE fue la descalificación y la represión de aquella ciudadanía organizada que ejercía sus derechos constitucionales.

Hasta ahora Rajoy y su partido han aumentado exponencialmente esas dos estrategias. Pero ni tan siquiera han podido frenar la indignación y la respuesta popular, que también se han multiplicado por medio de plataformas, movimientos, “mareas” y hasta (últimamente) partidos políticos. Sin embargo, desde que el pasado año el Parlamento Europeo decidió otorgar a Ada Colau (una de las personas más infamadas por el ejecutivo y el PP) el “Premio Ciudadano Europeo”, la única alternativa del gobierno ha sido un drástico recorte de los derechos civiles: más represión.

Juan Calos I, varias veces galardonado internacionalmente por su contribución al desarrollo de las libertades y la convivencia, ha asistido impasible a la laminación de la democracia, perpetrada por Rajoy y sus secuaces. Así que el monarca está debiendo encarar (aunque sólo sea indirectamente) severas críticas de respetables organizaciones supranacionales, gubernamentales y no gubernamentales, por el vergonzoso retroceso de los derechos humanos en su reino. La ONU, la OSCE, el Consejo de Europa o Amnistía Internacional han denunciado esa regresión, que ha convertido a España en uno de los estados menos democráticos y transparentes de Europa.

Todo esto debería ser suficiente para hacer tambalear el régimen. Y, de hecho, así ha sucedido: la abolición de la monarquía parlamentaria forma parte de los objetivos de varios movimientos sociales muy destacados, nacidos en los últimos tres años. Pero ha sido el caso Nóos, protagonizado por el yerno del rey, el que a partir de mediados de 2010 ha hecho caer en picado el crédito social de la corona. Los incidentes en que se vieron envueltos, primero el nieto mayor de Juan Carlos y después el propio monarca, en menos de una semana de abril de 2012 también contribuyeron a la pérdida de confianza en la institución.

No obstante, la auténtica estocada se produjo un año más tarde. La imputación de la Infanta Cristina en el caso Nóos provocó la mayor caída en la valoración social de la corona desde que se pregunta por ella en los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), suspendiendo con 3,68 puntos en el realizado en mayo. Y, aunque la imputación de Cristina fue suspendida por la Audiencia Provincial de Baleares ese mismo mes, los sondeos del CIS ya no han vuelto a incluir la valoración de la monarquía.

A partir de ese momento, los abucheos públicos a todos los miembros de la familia real se han hecho sistemáticos, sin excepción alguna, se encuentren donde se encuentren, y hagan lo que hagan. Quizás por eso el heredero del trono celebró su cumpleaños hace poco más de quince días con los paracaidistas, con los que declaró sentirse “muy bien acompañado”. La desafección social masiva hacia el régimen en su conjunto, y no sólo a la figura del monarca, es ya un hecho indiscutible.

Sin ningún género de dudas la corrupción es el fenómeno más repudiado por los españoles, a pesar de (o precisamente por) su extensión social. Ha sido el caldo en que se ha cocido el ataque frontal contra la ciudadanía. Y es, al mismo tiempo, la evidencia de que el nuevo capitalismo necesita otro marco de relaciones políticas y éticas, fundamentado en el pillaje sin límites, totalitario y antidemocrático.

La nueva imputación en el caso Nóos (esta vez aparentemente más sólida) de la segunda hija de Juan Carlos, el 7 de enero pasado, puede suponer el descrédito definitivo de la institución monárquica española. Y el mutismo de Cristina ante la mayoría de las preguntas del juez Castro no ayuda precisamente a mejorar su imagen, ni la de la institución que ella también representa, por mucho que su padre la haya excluido de la “nómina familiar” y de los actos públicos.

Estos últimos gestos del monarca y todos los anteriores (como el alejamiento de España de su hija y su yerno), así como las presiones sobre el juez Castro a lo largo del proceso de investigación (tan negadas oficialmente, como evidentes públicamente) prueban hasta qué punto la monarquía es consciente de cuánto se juega. Una sentencia condenatoria contra Cristina de Borbón y Grecia supondría la condena definitiva del régimen en su conjunto.

Por eso los ministerios relacionados con el caso (Hacienda, Interior y Justicia), la Fiscalía del Estado (mutada en infatigable defensora particular), y los principales partidos políticos han acudido en socorro de la Infanta. Puede que tengan éxito. Pero si no lo tuvieran, sólo habrían conseguido acelerar el final de la monarquía, desacreditando la totalidad del aparato del Estado y las fuerzas políticas que dan sostén a este moribundo.

Anuncios

Comentarios»

No comments yet — be the first.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: