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URGENTE: Mi patria es mi bolsillo 23 noviembre, 2013

Posted by Domingo in España.
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Cuando el 18 de julio de 1936 un grupo de generales llevó a cabo su “alzamiento nacional”, que terminó siendo una guerra civil en los frentes y de exterminio sistemático del otro en la retaguardia, lo hizo enarbolando la bandera de su patriotismo, el único capaz de “salvar España”. Su entrega a la patria no fue igual que la de otros militares golpistas del siglo XIX, como Rafael del Riego o Baldomero Espartero, de estirpe liberal y al uso de los movimientos políticos que se desarrollaban por toda Europa en aquellas décadas. Pero también fue análoga a la corriente general que aplastaba medio continente bajo las botas del fascismo desde mediados de los años 20.

Ese mismo fascismo, al igual que hizo en España tres años antes, desencadenó una nueva guerra mundial en la que fue finalmente derrotado. Sin embargo, el régimen franquista salvó el pellejo por varios motivos, aunque el primero en el tiempo fue su relativa inhibición en el conflicto, con su inicial no beligerancia y posterior neutralidad. El mismo régimen vendió este hecho como una muestra más del patriotismo de aquellos generales, que volvieron a salvar a España. Y la entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler, del 23 de octubre de 1940, encarnó ese espíritu patriótico: el generalísimo había resistido valerosamente las enormes presiones del führer para involucrar a España en la guerra. Sin embargo, desde hace ya unos cuantos años se sabe que esa historia es sólo un cuento, como explicaba en 2010 el profesor Ludger Mees: Hitler no tenía interés alguno en la intervención española.

Pero lo que se conoce desde finales de mayo es bastante revelador de dónde residía exactamente el fervor patriótico de aquellos “heroicos militares”, y también de los auténticos motivos que alimentaron la negativa franquista a participar en el gran conflicto iniciado el 1 de septiembre de 1939. La desclasificación de varios centenares de documentos pertenecientes al MI6 (los servicios secretos ingleses) por los Archivos Nacionales Británicos ha destapado los multimillonarios sobornos que recibió un grupo de generales muy próximos a Franco en junio de 1940, varios meses antes del encuentro de Hendaya, para evitar que España entrara en la Segunda Guerra Mundial: el patriotismo de esos hombres le costó al gobierno británico el equivalente a 170 millones de los actuales euros.

El “bombazo histórico” que esta noticia supone (un torpedo dirigido contra la línea de flotación del discurso patriotero) pasó sin embargo desapercibido para la mayoría de los españoles. Por un lado, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), sólo el 29% de la población se informa a diario por medio de la prensa, impresa o digital. Y, por otro, la mayoría de los medios (prensa, radio y TV) es netamente conservadora. Fue una revelación extraordinaria, pero nació muerta.

Seguramente lo mismo sucedió con otra información del pasado mes de septiembre. Hace referencia a un hecho del presente inmediato: la Unión Europea ha abierto un expediente sancionador a España por obstaculizar el logro de los objetivos de la Unión para el desarrollo de las energías renovables. Pese a sus evidentes disparidades con la otra noticia, comparte con ella dos elementos sustanciales que las asemejan de alguna manera. En primer lugar, también se está desarrollando en un contexto histórico particularmente crítico desde el punto de vista internacional y nacional (la crisis global de España y de todo el planeta), que a juicio de Josep Fontana está transformando el mundo, como hicieron la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. En segundo lugar, sus protagonistas (el gobierno del PP) son los herederos políticos de aquellos generales. Y, aunque llegaron al poder tras un proceso electoral, han desencadenado una auténtica guerra económica contra el pueblo. Pero, sobre todo, ganaron las elecciones de 2011 haciendo una nueva apelación -definitoria de su discurso- a la salvación de la patria, “haciendo lo que se debe hacer”.

La trascendencia de esa sanción podría relativizarse bastante: al fin y al cabo la UE ha abierto expedientes similares a otros diecisiete estados. Pero varios hechos incontestables ponen de manifiesto que el frenazo del ministro Soria a las energías renovables (y su correlativa apuesta por los combustibles fósiles) constituye una estrategia suicida para España, una estrategia particularmente antipatriótica.

Primero, porque España es el país europeo con más posibilidades para el avance de las energías limpias: frenar su explotación equivale a cercenar gravemente el desarrollo del país. Frente a ello, sigue siendo uno de los últimos del continente en el cumplimiento de los objetivos del Protocolo de Kioto. Y no debería ser necesario insistir en el dramatismo que acompaña al Cambio Climático: el futuro de la humanidad entera está en serio peligro.

Segundo, porque el petróleo y las demás fuentes de energía fósiles no son renovables, sus reservas naturales disminuyen al mismo tiempo que aumenta exponencialmente su consumo, y el volumen almacenado en los nuevos yacimientos no da para cubrir la creciente demanda. Los enemigos de las energías renovables suelen esgrimir contra ellas su elevado coste de producción, aunque luego  no agregan el valor de los efectos ambientales del petróleo al total que pagamos todos por su utilización. Pero tampoco parecen tener en cuenta que el precio del petróleo no ha cesado de aumentar desde 1999, alcanzando en los últimos años sus máximos históricos. El petróleo simplemente se agota, y además lo hace como un animal rabioso: generando conflictos armados, miles de muertes, por el control de sus fuentes.

Una deslealtad como ésta, a los intereses de España y a los de la propia UE, solo puede tener una explicación similar a la resistencia franquista a entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Por lo pronto, la cara visible de la destrucción de las renovables en España, el ministro Soria, ya ha apuntado maneras.

Antes de su ascenso a la cartera de industria y mientras ya era uno de los principales responsables políticos del Archipiélago, se vio envuelto en varios casos de corrupción, como el “Salmón” o el “Eólico”. Y aunque salió relativamente airoso de esos casos, no pudo evitar una condena por perseguir judicialmente a unos periodistas. A Soria no le gustó que airearan cómo había vivido de gorra durante diecinueve meses en el chalé de un empresario cuando ya presidía el Cabildo de Gran Canaria. Con un poco de suerte no habrá que aguardar tanto para saber de la auténtica catadura de su patriotismo como hubo que esperar para conocer la de aquellos “gloriosos generales”.

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