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URGENTE: Brevísimo alegato contra la izquierda sectaria 1 septiembre, 2013

Posted by Domingo in España.
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Fotograma de "La Vida de Bryan"

Fotograma de “La Vida de Brian”

Hace unas semanas, mientras leía El tiempo de los héroes (Javier Reverte, 2013), una novela biográfica sobre Juan Modesto (el único oficial miliciano del ejército de la IIª República que alcanzó el grado de General), vino a mi memoria otro relato sobre tres héroes anónimos, como lo suele ser la mayoría de ellos, de la misma guerra fratricida que asoló España entre 1936 y 1939. Es un relato muy breve que leí pocos años atrás; apenas unas líneas en el diario personal (sujeto a censura militar) de un oficial del ejército rebelde, natural de Lanzarote.

En pleno año 1938, cuando las propias autoridades de la IIª República apenas si albergaban alguna esperanza en su victoria y el desenlace de la guerra, su derrota, parecía ya un hecho, tres soldados del ejército franquista decidieron desertar para luchar al lado de los leales republicanos. Su intentona les costó la vida: fueron inmediatamente pasados por las armas. Pero su gesto posee una dimensión heroica de tal magnitud que los mejores ejércitos del mundo querrían contar con esos tres hombres entre sus filas. Y hoy, cuando se ha impuesto la moda facilona de apuntarse al carro vencedor (en eso reside una buena parte del éxito social de los grandes equipos de fútbol, y en cierto modo también del bipartidismo), su historia debería abochornar a unos cuantos millones de aficionados al “¡ganemos, ganemos!” y al “¡toooma, toooma!”

Pero no ha sido esa lectura veraniega el único motivo para rememorar el episodio de la historia española que más me conmueve. También lo viene haciendo el acontecer cotidiano, desde que los gobiernos y la oligarquía declararon la guerra a los ciudadanos en 2008 y sobre todo a partir de 2011. Y el ambiente se ha hecho más evocador todavía en las últimas semanas, con el creciente exhibicionismo fascista del PP. El entusiasmo ha hecho menos recatados a algunos de sus militantes y dirigentes. Abundan las noticias sobre “saludos a la romana”, y también las declaraciones anti-históricas, como que “la IIª República causó un millón de muertos”, o que “los fusilados por Franco se lo merecieron”.

Entre esos fusilados se hallan aquellos tres hombres que intentaron pasarse al ejército perdedor. No cabe esperar que el PP se avergüence de eso, aunque haya decidido expulsar a los militantes que hagan alarde de su fascismo públicamente (no así en el caso de su ignorancia). Al fin y al cabo representan a los vencedores de aquella guerra y son sus herederos más directos.

Pero sí debieran hacerlo unos cuantos de los que hoy se sienten sucesores de los vencidos. Las razones de aquella derrota son bien conocidas, aunque pudieran ser objeto de cierta polémica. Pero hay un acuerdo historiográfico unánime en que las disensiones internas de la IIª República, ocasionadas por el sectarismo de muchos de sus supuestos defensores, fue una de esas razones. Acompañó (y malogró) a la República desde el principio al fin de la guerra: es suficiente con recordar los sucesos de mayo de 1937 en Cataluña y las circunstancias de la rendición de Madrid en abril de 1939. Y poseyó manifestaciones extremas, como la actuación del comisario político André Marty, que hizo fusilar a más de 500 personas (combatientes de las Brigadas Internacionales y civiles) por cobardía ante el enemigo. Él, sin embargo, jamás pisó el frente.

Tres cuartos de siglo después ese sectarismo sigue vigente: los comentarios de algunos lectores de los medios digitales progresistas lo destilan en abundancia. Igualmente se ha hecho muy notorio en las opiniones de una parte de la izquierda acerca de los movimientos sociales que han nacido a partir del 15-M. Y no se trata de una percepción personal. A comienzos de agosto, el profesor Vicenç Navarro lanzó una potente carga de profundidad contra el sectarismo de izquierdas, a propósito del tratamiento que algún medio había dado a Teresa Forcades.

La memoria de nuestros tres héroes anónimos y la de todos los caídos por la IIª República merecen otra cosa muy distinta de la mezquindad sectaria. Y el presente inmediato lo exige terminantemente. En primer lugar, porque divide fractariamente a las fuerzas opuestas a la dictadura plutocrática que estamos soportando, y su unidad es imprescindible para albergar alguna esperanza en la victoria. En segundo lugar, porque se adueñó hace ya mucho tiempo de los principales partidos (desde que sólo “ven la paja en el ojo ajeno”) y es una de sus notas distintivas: por definición, sus oponentes no pueden ser igualmente sectarios. Y en tercer lugar, porque la tolerancia, la pluralidad y el diálogo, además de valores emblemáticos, deben ser los principales instrumentos para construir la alternativa a la tiranía de los mercados financieros y de sus lacayos políticos.

¿O piensan proponer “nuestros sectarios” una dictadura del proletariado? Y de ser así, ¿será marxista-leninista, trotskista, maoísta, o estalinista? El problema es que Marx, Engels, Lenin, Trotski, y Mao nacieron y vivieron como burgueses. Stalin tuvo una infancia algo más difícil, pero fue seminarista antes que revolucionario. ¿Rechazarían los sectarios a sus principales referentes históricos?

Reverte concluye su novela, a mi juicio muy sabiamente, dedicando varias páginas al recuerdo de todos sus familiares que, de un modo u otro, vivieron aquellos acontecimientos. Los hubo en los dos bandos, voluntaria e involuntariamente, como seguramente podría contar la mayoría de los españoles de hoy. De la misma manera que entre los descendientes de aquel oficial lanzaroteño (que toda su vida recordaría con pesar a aquellos tres hombres) hoy se encuentran personas sincera y rabiosamente indignadas.

La “carta de pureza de sangre revolucionaria” (y también de ideas), que los sectarios emplean para rechazar a todos los que no la poseen, es muy antigua. Sus antecedentes se remontan al reinado de los Reyes Católicos, cuando empezó a ser obligatorio acreditar que no se tenía antepasados judíos para acceder a instituciones de enseñanza o a puestos en la administración real. Pero ante todo es infinitamente ridícula: Fernando el Católico descendía de judeoconversos por línea materna, y se rodeó de muchos de ellos para gobernar Aragón.

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