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URGENTE: El poder de la banca o las pesadillas de Nabucodonosor 28 agosto, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Bankia

El origen histórico del actual poder de la banca es bastante conocido. El desarrollo de la Segunda Revolución Industrial a lo largo del siglo XIX y la primera crisis del capitalismo (a finales de los años 70 de ese siglo) abrieron definitivamente las puertas de la actividad económica a los banqueros. El volumen de inversión necesario para poner en marcha una nueva industria hizo imprescindible acudir a la financiación bancaria. Pero la creación de las sociedades por acciones permitió a los banqueros llegar más lejos del simple crédito a los industriales, convirtiéndose en sus socios mediante la adquisición de una parte de los títulos de las empresas. Había nacido el capitalismo financiero. Desde entonces hasta hoy los banqueros se sientan regularmente en los consejos de administración de las grandes corporaciones, especialmente las industriales.

Anteriormente, durante la Edad Moderna, la extraordinaria expansión colonial y comercial de algunas potencias europeas había permitido una gigantesca acumulación de riqueza en manos de comerciantes y prestamistas. Y también durante esos siglos se produjo un paralelo florecimiento de los medios de cambio y crédito, imprescindibles para la fluidez del intercambio de especias, esclavos, o productos manufacturados en Europa. De modo que el gran comercio transoceánico no sólo fue la necesaria antesala de la Revolución Industrial, sino también del nacimiento del poder financiero. Conocidos desde la Antigüedad, los bancos y sus actividades experimentaron una auténtica eclosión en esa época.

Su historia, obviamente, es indisociable de la evolución del capitalismo. Desde finales del siglo XIX hasta después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló una etapa de competencia y confrontación entre las grandes potencias industriales, que tendría dramáticas consecuencias: Reino Unido, Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón pugnaron por el dominio del mundo. Y también lo hicieron sus banqueros, que comenzaron un lento proceso de internacionalización, financiando y participando directamente en cada vez más empresas más allá de sus fronteras estatales.

Además, con la expansión económica y la instauración del Estado del Bienestar a partir de los pasados años 60 en Occidente, la banca empezó a penetrar en la “pequeña economía”, captando el ahorro y prestando servicios financieros a las familias de una pujante clase media, y también de una parte de la clase trabajadora. Cuando a finales de los años 80 el capitalismo se proclamó victorioso en la Guerra Fría, los banqueros no sólo controlaban la actividad de muchas grandes empresas, sino también de millones de familias.

Con ese poder omnímodo se lanzaron a una actividad muy conocida por sus efectos catastróficos: la misma economía especulativa que condujo al gran crack de 1929. Pero ahora lo han hecho en un mercado ya global, apartándose de las actividades productivas para especular directamente con el valor del dinero y con el de sus productos financieros. Y los resultados han sido nuevamente desastrosos.

En 1916 Lenin ya había estudiado el papel hegemónico de la banca en el surgimiento del capitalismo “monopolista e imperialista” (como suele denominarse historiográficamente), subrayando las nefastas consecuencias del poder de la oligarquía financiera. Y un siglo antes (en 1802) el presidente norteamericano Thomas Jefferson ya había advertido que “las entidades bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que todos los ejércitos listos para el combate”. A comienzos del siglo XXI los peores augurios de estos dos sujetos históricos tan distintos y tan distantes se han hecho realidad. Para salvar a la banca de las consecuencias de su avaricia sin fin, el PSOE primero y el PP después (y con más ahínco) han arruinado a los españoles, empujándolos por millones a la pobreza.

Al día de hoy la banca es un gigante con un poder inmenso. Resulta imprescindible para las empresas, que dependen de su financiación para llevar a cabo sus actividades. De hecho, el infame proceso de transformación de la deuda de los bancos en deuda pública, mediante la inyección de decenas de miles de millones de euros de todos los españoles en el sistema financiero, se acometió con la excusa de reactivar el crédito para las empresas. Pero también se ha hecho necesaria para la gran mayoría de los ciudadanos. Por medio de ella perciben su salario, pagan sus facturas, hacen sus compras (ordinarias y extraordinarias), y hasta practican cierta clase de solidaridad colaborando económicamente con alguna ONG.

Sin embargo, este titán es como el de las pesadillas de Nabucodonosor: tiene los pies de barro. Ha perdido todo su prestigio, y se encuentra entre las instituciones peor valoradas por los españoles (junto a los políticos, el gobierno y los obispos), mereciendo un estrepitoso suspenso. De modo que su poder reside exclusivamente en el dinero. Pero la mayor parte del que gestiona no le pertenece. Según el Banco de España el 88% del activo de las entidades financieras españolas a finales de 2012 pertenecía a sus clientes, el 77% a impositores residentes en el país. Y los fondos propios de los dos principales bancos no representaban más del 7% de sus activos totales.

La ecuación es tan simple como cierta. Estrangular su poder depende de la multiplicación de un simple gesto de los ciudadanos, cancelar las cuentas y depósitos que mantienen en esa banca impúdica: hasta la Unión Europea ha afeado a la banca española, reprobando la legislación sobre desahucios (hecha a su medida) y distinguiendo a Ada Colau. ¿Qué porcentaje de esos activos es necesario extraer para llevarlos a la quiebra, o a que se plieguen a las exigencias de una sociedad organizada? ¿Cuántas semanas de largas colas formadas por impositores dispuestos a cancelar sus cuentas soportarían frente a las puertas de sus oficinas antes de cerrarlas definitivamente?

Y poco más que esas horas de espera sería todo el menoscabo social y económico que sufriría el país, porque existen alternativas. La deriva abiertamente impúdica de la banca internacional durante las últimas décadas fue propiciando el nacimiento de distintas experiencias desde los años 80, agrupadas de forma paulatina bajo el sello de “Banca Ética”. Se trata de respuestas sociales muy diversas en su estructura y funcionamiento, maduradas sobre todo en Europa. Pero poseen unas características comunes que las distinguen radicalmente de la banca tradicional, y que se pueden sintetizar en un estricto compromiso con la transparencia y con la economía social, productiva y sostenible.

Durante los últimos años la banca tradicional ha luchado (y lo sigue haciendo) por mantener los depósitos de sus clientes y captar otros nuevos. Y lo ha hecho como únicamente sabe hacerlo: el timo de las preferentes es la mejor muestra. Sin embargo ese esfuerzo no ha impedido una lenta caída: en junio de 2013 el volumen de depósitos era inferior al de 2011. Sin embargo, la Banca Ética no ha cesado de crecer y multiplicar sus recursos en el mismo período, y especialmente el año pasado.

Eso significa que, en realidad, el proceso de erosión del poder financiero ya se ha iniciado, propiciando una expansión y diversificación de la banca alternativa: España es el país europeo donde más creció en 2012. No obstante, apenas si se ha dado el primer paso. Los excelentes resultados de la Banca Ética no deben ocultar que su cuota de mercado (de depósitos y créditos) es todavía insignificante. Una vez más, casi todo está en manos de los ciudadanos, del ejercicio de su soberanía financiera, del poder de su dinero.

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