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URGENTE: El espía parlante o el pequeño error de Sun Tzu 10 julio, 2013

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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spyLa peripecia vital de Edward Snowden (analista de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, pero también de la CIA y de empresas privadas del mismo sector), está ocupando un espacio destacado en los medios de comunicación de todo el mundo, como sucede asimismo con Bradley Manning. Pero, más allá de los detalles concretos que la prensa está ventilando, la situación creada por su filtración a The Guardian y The Washington Post está resultando muy reveladora de los mecanismos que dirigen realmente las relaciones internacionales. Y, de paso, ha puesto al descubierto dos errores: uno insignificante de Sun Tzu, y otro estratégico del sistema que domina el mundo.

Sun Tzu fue un brillante general chino que vivió durante el siglo V a. C., autor de un tratado sobre la guerra que sigue siendo lectura obligatoria en las más reputadas academias militares, y que las grandes corporaciones utilizan profusamente para la dirección de su estrategia y la formación de sus ejecutivos. El último capítulo de El Arte de la Guerra se ocupa exclusivamente del espionaje, que consideraba imprescindible para el éxito de las operaciones militares y para el logro de la victoria final.

Por eso, en buena lógica, la conclusión de la Guerra Fría hace un cuarto de siglo debía haber supuesto una reducción del tamaño y de la actividad de los servicios de información. Sin embargo ha sucedido justo lo contrario. Suele atribuirse el aumento del gasto y la proliferación de agencias de espionaje públicas y privadas de los Estados Unidos a la “lucha contra el terrorismo”, la nueva guerra declarada por sus autoridades tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Pero tampoco es cierto. La red ECHELON, que existe al menos desde los años 70, ha continuado operando sin interrupción y crecientemente hasta la actualidad, extendiendo sus actividades durante las dos últimas décadas al espionaje industrial en favor de empresas norteamericanas y a la vigilancia de las comunicaciones privadas en Internet. De hecho, el programa PRISM, destapado por Edward Snowden, forma parte de esa red.

A finales de los 90 Michael Hardt y Toni Negri supieron entrever el Imperio global de nuevo cuño que el gran capitalismo estaba erigiendo, y que necesita de la inestabilidad y la guerra para justificar su existencia y extender sus tentáculos por el mundo, sustituyendo la acción concertada de los organismos internacionales. Ése es el motivo subyacente de la “guerra contra el terrorismo”, cuyo objetivo es imponer la hegemonía de los grandes grupos capitalistas, especialmente de los Estados Unidos y del mundo anglosajón. Y por eso el gobierno norteamericano ha estado espiando tan estrechamente a sus socios y aliados de la Unión Europea.

Así que las revelaciones de Snowden han evidenciado hasta qué punto el capitalismo porta en su ADN la desconfianza y la traición, la confrontación y la violencia: forman parte de su ser y constituyen el vehículo de su desarrollo. Y jamás se lo perdonarán. Como a Manning, que mostró al mundo los crímenes de guerra y, al mismo tiempo, el desprecio por sus aliados del gobierno estadounidense, mediante la filtración a WikiLeaks de miles de documentos secretos de los conflictos de Irak y Afganistán y de miles de cables diplomáticos que exhiben el vasallaje indisimulado dominante en las relaciones internacionales.

Aunque para esto último no es necesario recurrir a la filtración de documentos secretos: basta con conocer lo elemental de la estructura y funcionamiento de la ONU. Las relaciones internacionales (bilaterales o multilaterales) jamás han sido igualitarias, sino que están presididas por la subordinación y la obediencia. Las mismas de las que están haciendo gala las autoridades europeas a propósito de Snowden, aunque Europa ha sido uno de los objetivos primordiales de PRISM. Y al embajador español en Austria le tocó en suerte escenificar con total sumisión el sometimiento que España debe a los Estados Unidos y el que presumiblemente Bolivia debe a España.

Sin embargo, contra las previsiones de los poderosos, el escalón más bajo de la pirámide vasallática, el presidente boliviano Evo Morales, actuó con una dignidad que los representantes del imperio no esperaban. Rechazó taxativamente cualquier intento de registro de su avión por parte del embajador español: García Margallo ya ha pedido disculpas públicamente al presidente boliviano por el “error”.

También se equivocó Sun Tzu al establecer cinco categorías de espías: nativo, interno, doble, liquidable y flotante. Olvidó añadir el espía parlante, aquél que desvela las maniobras más sucias y los peores crímenes de “sus generales” espoleado por su conciencia, convirtiendo en público “lo secreto”, como hicieron Manning y Snowden.

Un error prácticamente insignificante comparado con el que están cometiendo los muñidores del Imperio. No han sabido ver que su esfuerzo por dominar el mundo, “espiando todo y a todos”, también está sujeto a la ley de rendimientos decrecientes, una figura clásica de la economía capitalista, que es el alma misma del Imperio. El sobredimensionamiento de los servicios de información supone un aumento exponencial del volumen de información secreta y del número de personas que la manejan. Y esto ha hecho más vulnerable el sistema, porque se multiplican los riesgos de filtraciones, como así está sucediendo. Pero, sobre todo, está produciendo un efecto contrario al deseado, alentando la insubordinación entre los propios espías con algo de conciencia y entre los “estados vasallos” (según la terminología de los think tanks estadounidenses), como Bolivia o Ecuador.

La saña, la persistencia y la arrogancia con que las autoridades norteamericanas y sus súbditos europeos han perseguido y persiguen a sujetos como Manning, Assange, o Snowden no obedecen a los secretos que han desvelado. Ni la desinformación sistemática que practican los medios de comunicación occidentales con muchos procesos políticos latinoamericanos (y sus dirigentes) es una consecuencia de la libertad de información. Es que unos y otros prueban y simbolizan la creciente debilidad del sistema justo cuando parecía dominarlo todo. Y por añadidura lo han conseguido con unas armas muy propias de Sun Tzu: la consciencia y la dignidad.

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