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URGENTE: El PP, un partido de alta fidelidad 15 mayo, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Hace unos días intervine en una de las discusiones de Historia a Debate sobre la Guerra Civil, el franquismo, y la Memoria colectiva de todos esos acontecimientos. Probablemente es una de las controversias más antiguas de esa red de historiadores, y se reaviva casi cada año desde 1999, unas veces con mayor dinamismo que otras. Sin embargo, esa recurrencia contrasta bastante con que seguramente es el tema más estudiado y conocido de la historia española.

Por tanto, como expuse en ese foro, el trasfondo del problema no es historiográfico, sino ético y político: la perseverancia de algunos ciudadanos e historiadores que aún defienden el franquismo perpetúa ese debate, pero ante todo debilita la actual democracia. No parece sencillo profundizar en un régimen de derechos y libertades cuando una parte de la ciudadanía, de los medios de comunicación, y de “la intelectualidad” no está dispuesta a condenar rotunda y definitivamente la dictadura. Y la debilidad del Estado Social y Democrático de Derecho, que debería ser España, es todavía mayor si el principal partido conservador del país, ahora gobernante, tampoco lo hace.

Ya he abordado el problema de las fidelidades del PP en otras ocasiones, unas veces directamente, y otras de un modo tangencial. Posiblemente algunos vean exagerado o demagógico sostener que “los populares” guardan muy celosamente su herencia franquista. Pero sus dirigentes no dejan de confirmarlo, incluso con obstinación. La pasada semana la prensa recogió tres hechos, de desigual naturaleza y trascendencia, que evidencian como pocos esa obstinación, la inquebrantable fidelidad del PP al generalísimo, a su cruzada, y a su régimen.

Por un lado, el actual responsable de Defensa se niega a desclasificar miles de documentos sobre la Guerra Civil y la primera parte del franquismo. Sus contenidos ya no suponen amenaza alguna para la actual seguridad del país, pero sí poseen un indudable interés historiográfico. Ciertamente el último gobierno del PSOE tampoco estuvo muy ágil para llevar a cabo esa desclasificación, aunque al parecer había avanzado bastante en el proceso. Pero la negativa del actual gobierno, frente al enconado litigio protagonizado por un grupo de historiadores (respaldados por lo más granado de la historiografía contemporánea hispana), es muy llamativa, sobre todo en comparación con la política de potencias como el Reino Unido o los Estados Unidos de Norteamérica sobre estos asuntos. La conclusión es tan inevitable como poco discutible: el gobierno realmente está protegiendo el pasado del ejército franquista y sus actividades, lo está ocultando al escrutinio de los historiadores.

Teniendo en cuenta el escaso interés social que despierta la historia (especialmente cuando no se limita a un simple anecdotario) ese “cerrojazo documental” sería insignificante, salvo para los investigadores que lo están sufriendo y unos pocos historiadores más. Pero su dimensión se amplifica, cobra más sentido y coherencia, en compañía del segundo acontecimiento. La semana pasada el gobierno impidió que varios ciudadanos españoles declarasen ante una jueza argentina en la causa que allí se sigue contra los crímenes del franquismo. Se debe recordar siempre que esos crímenes lo son contra la humanidad, los peores que se pueden cometer, y por ello no han prescrito ni prescribirán jamás.

Tan sólo por eso, y porque el estado español ha suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos, deberían ser las propias autoridades de esta España “democrática” las primeras interesadas, y las primeras en intervenir, en el enjuiciamiento de esos crímenes incalificables. Pero, encima, son más de 140.000 las personas desaparecidas y enterradas en fosas comunes, un horror solamente superado en este mundo por la Camboya de los jemeres rojos. La persecución de los jueces que, como Garzón, se han atrevido a meter la nariz en ese inmenso estercolero histórico del franquismo, y la obstrucción sistemática al proceso abierto en Argentina han sentado a los dirigentes del PP junto a Pol Pot en la “foto de la historia”. Su lealtad al tirano y a su régimen no conoce límites.

Pero la fidelidad del PP al franquismo va más allá de la ocultación de sus crímenes, también comparte sus valores, entre ellos la visión monocroma y excluyente de España. La dictadura no se contentó con hacer desaparecer a más de 140.000 españoles, sino que ejecutó “legalmente” a otros 200.000, encarceló por motivos políticos a 1 millón a lo largo de sus casi cuarenta años de negra existencia, y condenó a un largo exilio a más de 200.000: había que eliminar la discrepancia. Por eso, Esperanza Aguirre “recomendó” marcharse a Cuba a un grupo de jóvenes que la increpaba. En su España no tienen cabida los discordantes.

Y no sé si exiliarse en Cuba sería muy mala idea. Sin duda se trata de una dictadura que cercena muchas libertades individuales y colectivas. Pero al menos ha merecido la felicitación de la FAO en particular, y de la ONU en general, por sus destacados avances en el logro de los Objetivos del Milenio. Sin embargo, el retroceso de los derechos sociales y de las libertades en la España de Aguirre y de su partido, es motivo de preocupación fuera y dentro del país. Lo es para el Consejo Económico y Social de la Naciones Unidas, y para Amnistía Internacional. Pero también para el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (formado por decenas de organizaciones) y para Cáritas y la Fundación Foessa, quienes aseguran que 2012 “…ofrece muchas sombras desde la perspectiva de los derechos sociales, del bienestar social y, en definitiva, de los valores con que se sostiene nuestro modelo social.”

Mientras tanto miles de jóvenes altamente cualificados se están viendo forzados a emigrar a muchos lugares del mundo: constituyen la discrepancia socio-económica y cultural de un país cada vez más cutre. Sin embargo, la extraordinaria fidelidad de los dirigentes del PP al franquismo y su memoria los está dejando sin sitios donde ir. Por eso están conduciendo al país entero a uno de sus pasados más mediocres.

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