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URGENTE: El Sahara otra vez 21 abril, 2013

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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A mediados de los pasados años 70, el gobierno de los Estados Unidos decidió respaldar las aspiraciones territoriales de Hassan II sobre la todavía colonia española del Sahara Occidental. Primero lo haría diplomáticamente, “presionando” a la agonizante dictadura franquista. Y después económicamente, financiando los medios militares que Marruecos necesitó para contener al valeroso Ejército Popular de Liberación del Sahara.

El Tío Sam tenía varios motivos para ello, aunque dos fueron los decisivos. Por un lado, la invasión marroquí del territorio saharaui le iba a proporcionar el control (en el peor de los casos, diferido) de sus importantes yacimientos de fosfatos. Éstos eran y son fundamentales para la fabricación de productos de limpieza y de bebidas refrescantes, y ante todo para el desarrollo de la estrategia del hambre.

Por otro lado, en aquella coyuntura histórica un Sahara independiente, árabe y musulmán, moderado y democrático, suponía para los Estados Unidos un caso muy significativo de “amenaza del buen ejemplo”. Con su lucha, los saharauis tuvieron la mala fortuna de situarse en el cruce de dos grandes conflictos que, paradójicamente, se encontraban en su recta final: el proceso de descolonización y la Guerra Fría.

En cuanto al primero, la independencia del Sahara no debía ser conflictiva porque la mayoría del continente africano ya la había conseguido, entre otras cosas, gracias a la activa política de descolonización de la propia ONU. En el peor de los casos podía constituir un buen ejemplo para un pequeño archipiélago adyacente, el canario, con el que mantenía algunos lazos históricos (la gran mayoría de la población foránea residente en el Sahara procedía de allí) y en el que también se había generado un movimiento de autodeterminación relativamente importante. Lo suficiente para vencer en las elecciones municipales de 1979 en la ciudad más poblada de las Islas, y para que un año antes los gobiernos español y alemán planificaran y ejecutaran (sin éxito) el asesinato de uno de los dirigentes independentistas.

Y es que, en segundo lugar, ese archipiélago jugaba un papel destacado en la Guerra Fría. Su posición geográfica permitía (y obviamente lo sigue haciendo) proyectarse sobre la mitad septentrional del continente africano, controlar varias de las grandes rutas marítimas intercontinentales, y dominar el acceso al Mediterráneo occidental. No en balde, los Estados Unidos habían instalado en esas islas una estación de escucha naval y otra de seguimiento de satélites.

El riesgo de que el Sahara y Canarias, ya independientes, cayeran bajo la órbita soviética se hizo evidente: el principal mentor del Frente Polisario y del MPAIAC era Argelia. Pero la pieza clave de la estrategia norteamericana en la región era Marruecos, que en aquel entonces sufría una grave contestación interior: el último intento de asesinato de Hassan II se había producido en 1972. La Marcha Verde y la ocupación del Sahara habían servido al monarca alauita de “catalizador de la voluntad nacional” en su huída hacia delante para mantenerse en el poder. Una derrota marroquí en el Sahara habría significado su fin, y la administración estadounidense no estaba dispuesta a permitirlo. Por su parte los gobiernos francés y español, antiguas potencias coloniales del área, actuarían siempre de comparsas de la Casa Blanca.

Todos los motivos que tuvo hace casi cuarenta años el gobierno americano para dar la espalda a los saharauis mantienen plena vigencia: la Guerra Fría ha finalizado, pero ha sido sustituida por la guerra contra los pueblos de la periferia. Por eso el problema sigue sin resolverse. Aunque quizás eche de menos un estado moderado y modernizador, como es la RASD, que frene de verdad el ascenso del islamismo en la región: Marruecos, con su injusticia social, produce al año muchos más yihadistas de los que consigue detener.

Quizás por todo ello, la actual administración demócrata de la Casa Blanca pudiera sentir alguna clase de remordimientos, a los que no han debido ser ajenos la actividad incesante de Aminatou Haidar ni los sucesos acaecidos en torno al campamento saharaui de Agdaym Izik a finales de 2010 y comienzos de 2011. Por eso, la embajadora norteamericana ante la ONU ha presentado una propuesta de resolución para que la MINURSO amplíe su mandato a la vigilancia de los Derechos Humanos en el territorio.

Frente a la larga y sacrificada lucha por la independencia, la propuesta estadounidense es casi una burla para las aspiraciones saharauis, aunque supone un paso hacia delante que ha enojado muy especialmente a Rabat. En cualquier caso supone todo un hito: es la primera vez que el Tío Sam da un paso contra los intereses internacionales de la monarquía alauita. Pero asimismo es un hito por otra razón menos gratificante: también es la primera vez que España y Francia se oponen a una iniciativa norteamericana en este conflicto.

No hay “oscuras razones” para explicar esta conducta, distintas de la conocidas. Pero no deja de ser paradójico que dos estados y dos gobiernos tan diferentes (salvo porque precisamente son democráticos y han suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos) asuman una posición común tan lesiva contra los saharauis, que ni siquiera cuestiona el dominio marroquí sobre el territorio. En el caso de España, la dimensión de su actitud se ve magnificada por un hecho que muchos olvidan reiteradamente: sigue siendo la potencia administradora del territorio, con todas las responsabilidades y compromisos internacionales que ello supone.

Sin embargo, la mejor denominación para la respuesta hispano-francesa a la iniciativa de las autoridades estadounidenses no es “lesiva”, sino “profundamente mezquina”. Sin duda, se trata de una de las mayores exhibiciones internacionales de ignominia que podían realizar dos estados miembros de la Unión Europea, aunque últimamente su respeto por los derechos de sus propios ciudadanos preocupa a las organizaciones internacionales especializadas.

No obstante, su bajeza es mucho más rancia, hunde sus raíces en el pasado colonial de ambas potencias. La mezquindad que presidió el reparto de África a finales del siglo XIX, y la explotación y el exterminio de sus pueblos hasta bien entrado el siglo XX, es la única razón capaz de explicar que los derechos humanos de los saharauis no tengan valor alguno para esos dos gobiernos. Tampoco cabe esperar mucho más de los mismos que hace poco más de treinta años detenían, torturaban, asesinaban, desaparecían, o achicharraban con napalm a los civiles y combatientes saharauis que luchaban por su dignidad y por su independencia. Las mismas que España y Francia ya no tienen.

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