jump to navigation

URGENTE: Las rentas de la Corona 13 abril, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
trackback

RentasCorona

Si una institución ha representado tradicionalmente el espíritu rentista, ésa es la monarquía. Durante varios miles de años ha sido suficiente con ser el primogénito del rey para, llegado el momento, ocupar el trono legítimamente. Pocas veces fue necesario alegar otro mérito que ése. Aunque casos hay en la historia, como el de la monarquía visigótica, y las propias de los pueblos germanos en general, en que una tupida red de vasallaje y de acuerdos con la nobleza completaba necesariamente el currículum de cualquier aspirante sólido a la sucesión. De cualquier modo, “la cuna” fue siempre el factor clave.

Sin embargo, Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias lo tuvo algo más complicado desde su designación como sucesor de Franco en julio de 1969. Su padre, Juan de Borbón y Battenberg, era el legítimo heredero de la corona española, derecho al que no renunciaría hasta mayo de 1977, año y medio después de la proclamación de su hijo como Rey de España. El tirano desconfiaba profundamente de las convicciones parlamentaristas de Don Juan, por lo que su elección para una futura jefatura del estado no garantizaba la continuidad del régimen nacional-catolicista. Así que la ruptura de la línea sucesoria impuesta por el general supuso igualmente una quiebra familiar de ocho largos años para los borbones, que no terminaría hasta que Juan de Borbón y Battenberg se cuadró ante su hijo.

Ese acto de reconciliación, que significó la legitimación de Juan Carlos ante su propia familia y el resto de la realeza europea, se produjo además en un contexto muy especial. Seis meses antes se había aprobado la Ley para la Reforma Política, que implicaba el final regulado del régimen franquista, y año y medio después se promulgaría la Constitución, que suponía el nacimiento de una monarquía parlamentaria. La traición a los Principios Fundamentales del Movimiento (una nueva ruptura), a los que Juan Carlos había jurado fidelidad en 1969, le proporcionó así una doble legitimidad: ante su padre, y ante el pueblo español.

A esto se añadiría su juventud y su “carácter campechano”, muy explotado por la Casa Real, que le llevaba a romper unas veces el protocolo y otras las medidas de seguridad para acercarse a la gente, fraguándose una imagen de monarca muy próximo a los ciudadanos. Pero su ceremonia de confirmación en la fe constitucional se desarrolló el 23 de febrero de 1981, cuando un nuevo pronunciamiento militar (cuya trama civil sigue oculta hoy en día) amenazó con hacer retroceder el país medio siglo. La versión oficial de lo sucedido esa jornada exalta el papel de Juan Carlos en el fracaso de la intentona. Y, aunque no dejó de mostrar su simpatía por los golpistas (como informó a su gobierno Lothar Lahn, el embajador alemán en España en aquellos días), su imagen en la televisión ordenando a los militares la vuelta a los cuarteles quedó grabada en la memoria de millones de españoles.

Sobre estos sólidos pilares cimentó la nueva monarquía su prestigio social, consiguiendo la adhesión al régimen de la mayoría del pueblo. Así, la Corona se ha encontrado permanentemente entre las instituciones mejor valoradas por los ciudadanos en las últimas tres décadas. Pero su suerte parece haber cambiado drásticamente desde 2011, cuando los españoles la suspendieron por primera vez en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas del mes de octubre. Desde entonces no ha vuelto a aparecer en esos sondeos.

Ni ha dejado de caer en picado. Tras esa calificación negativa vendría la imputación del yerno del monarca en el caso Nóos a finales de 2011. Después, en abril de 2012, se produciría el accidente de su nieto Froilán, que supuso una multa para el padre, Jaime de Marichalar. Pocos días después se conoció su propio accidente mientras cazaba en Botsuana, que destapó sus relaciones con la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, y que dio lugar a las primeras “disculpas reales” de la historia. Más adelante ha visto aflorar públicamente las dudas sobre el origen de su fortuna personal y la escasa transparencia de las cuentas de la Casa Real. Y, finalmente, ha sufrido la imputación de su propia hija, la Infanta Cristina, por su participación en el caso Nóos.

Algunos análisis sobre el desplome de la imagen de la Corona entre los españoles, que arrastra asimismo la del sucesor, Felipe de Borbón y Grecia, recalcan que la desafección se está gestando especialmente entre los más jóvenes. Y casi como un reproche, añaden que el fenómeno obedece a su desconocimiento de la historia más reciente de España, en concreto el papel del Rey en la Transición y en el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Según esto, todos los que nacieron después de esa fecha ignorarían las rentas que acumula la Corona.

Desde luego ese argumento es cierto, al menos parcialmente. Y pocos pueden acreditarlo como los docentes que enseñamos historia en secundaria y bachillerato, al margen de nuestra indudable responsabilidad en ello. Pero ése no es el problema, sino la pregunta cuya respuesta conocen absolutamente todos los españoles, desde los más jóvenes hasta los más viejos: ¿Dónde se encontraba el Rey mientras millones de españoles estaban siendo devorados por el desempleo y centenares de miles de familias perdían sus hogares, con toda la incertidumbre y el sufrimiento que esas desgracias provocan? Cazando elefantes en Botsuana.

Por su parte, Felipe de Borbón y Grecia ni tan siquiera ha empezado con el buen pie que lo hizo su padre, quién fue capaz de consolidar su trono en plena crisis económica. Para acumular su propia renta social, el Príncipe debería haber realizado un gesto de una magnitud equivalente a la ruptura con los Principios Fundamentales del Movimiento que hizo Juan Carlos, con el supuesto fin de recoger el clamor popular por un régimen democrático.

En la actual coyuntura, una transgresión de los compromisos del pasado hacía inevitable dejarse ver (al menos) en la Puerta del Sol apoyando a los Indignados, cuyas reivindicaciones respalda una mayoría aplastante de españoles, más allá de su clase social y de sus simpatías políticas. Pero Felipe no lo ha hecho, y justo en el peor momento, cuando su padre ha dilapidado la mayor parte de la legitimidad que había atesorado y que, por tanto, él no podrá heredar.

Anuncios

Comentarios»

No comments yet — be the first.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: