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URGENTE: La derecha y el Estado: ¿reducción o apropiación? 7 abril, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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DereEsta

Siempre hemos leído y escuchado que la izquierda es partidaria de agrandar el Estado y de hacerlo intervenir en todas las esferas de la vida pública y hasta privada. Ese fenómeno de la generalización de la acción estatal a muchos ámbitos de lo cotidiano se conoce como estatismo, y seguramente ha sido una de las principales acusaciones históricas de la derecha a la izquierda. No les falta cierta razón a los liberales cuando advierten que, llevado hasta el último extremo, conduce al totalitarismo. Y de eso sabe mucho la derecha española, cuyo pasado inmediato es totalitario, aunque los sabios de la Real Academia de la Historia se empeñen en negarlo.

Por su parte, la derecha ha hecho siempre bandera de la necesidad de empequeñecer el Estado. Se trata de permitir que la iniciativa privada lo sustituya, proveyendo a los ciudadanos de los bienes y servicios que el Estado les ofrecía. Ese proceso de suplantación de lo público por lo privado ha hecho correr ríos de tinta, y lo sigue haciendo. Y, como no podía ser de otro modo, es una de las diatribas fundamentales que la izquierda ha lanzado contra la derecha durante la no muy dilatada historia de las democracias occidentales. Sin duda, la percepción de algunos servicios públicos destinados a cubrir derechos fundamentales, recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, no puede depender de la desigual capacidad de los individuos para afrontar sus costes.

En efecto, la visión (y la misión, como suele decirse ahora) del Estado en el desarrollo social es una de las notas distintivas más notorias entre la derecha y la izquierda. Hasta tal punto es así, que es suficiente por sí misma para situar un partido a un lado u otro del espectro político. Sin embargo, la mentalidad occidental, y muy particularmente la española, suele prestar mucha más atención a los fines que a los medios, a los resultados que a los procesos. Y la forma en que el Partido Popular está llevando a cabo su “adelgazamiento” del estado deja en evidencia que la traducción española del discurso liberal conduce a la arbitrariedad y el caos.

Así, al mismo tiempo que ha desencadenado una feroz campaña de desprestigio de lo público, el PP está practicando el nepotismo sin recato alguno. Se cuentan por centenares los familiares y amigos de cargos políticos electos que ostentan alguna responsabilidad al frente de instituciones o empresas públicas, sin otro mérito que sus vínculos personales con un gobernante. Tan solo los casos conocidos entre los miembros del Ejecutivo exceden la decena.

Además, mientras ensalza las virtudes y valores de lo privado y de la libre concurrencia, la derecha española en el poder instrumentaliza el aparato del Estado en beneficio de empresarios amigos, acreedores, o deudores. La trama Gürtel y otras muchas corruptelas, entre las que destaca el caso Bárcenas, ha revelado que los favores empresariales a dirigentes o a partidos, a cambio de una parte de los presupuestos públicos, es una práctica demasiado extendida. Puede que no sea la más común, pero se produce en la cúpula del sistema y no en sus márgenes.

Esos mismos casos de corrupción evidencian que demasiados dirigentes políticos, aunque constituyan una minoría, se están enriqueciendo a costa de las arcas públicas, o aprovechando su posición en el aparato del Estado. Muchos políticos de distinta categoría de la derecha española (que ha querido monopolizar la “seriedad” como su principal rasgo distintivo y que manifiesta públicamente su catolicismo) no han dudado en poner la mano para llenar sus bolsillos, unas veces de forma ilícita, y todas con una infame deshonestidad.

Así que la derecha española ha decidido adelgazar el Estado simplemente apropiándose de él y de sus símbolos. Un ejemplo paradigmático fue la “boda real” de la hija de Aznar, celebrada en septiembre de 2002 nada menos que en El Escorial, Patrimonio del Estado y emblema del enorme poder que tuvo la realeza hispana. Pero también lo es porque unas cuantas de sus figuras invitadas más importantes se hallan actualmente envueltas en casos flagrantes de corrupción o, al menos, todos sabemos que son unos sinvergüenzas.

Pero esta apropiación del Estado (ante los jueces muchas veces “indebida”), como rasgo específico de la derecha española, no es producto de su inmoralidad. Si acaso ésta es una consecuencia más. Es un resultado lógico de su mentalidad. El franquismo y, antes, la Restauración Borbónica se encargaron de perpetuar durante un siglo (hasta 1975 cuando menos) los intereses de la clase dominante del Antiguo Régimen. Y con ellos ha pervivido también su concepción patrimonialista del Estado.

Queda finalmente por dilucidar qué papel juega el PSOE en todo esto. Lo cierto es que se ve igualmente retratado (aunque quizá no con la misma luminosidad) en ese proceso de apropiación, que lo define como un partido de derechas. Algunos dirán que lo es desde los años ochenta, cuando quiso ser una opción de “centro-izquierda”. Y otros, que desde los setenta, cuando abrazó la socialdemocracia.

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