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URGENTE: ¿Regeneración? Una historia de restauraciones 24 febrero, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Mani23F

Tras escuchar a Esperanza Aguirre proponiendo una regeneración democrática resulta casi imposible rememorar el movimiento regeneracionista que se desarrolló en España durante la segunda mitad del régimen de la Restauración borbónica, entre 1902 y 1931. Y al mismo tiempo es igualmente inevitable la tentación de comparar esa restauración monárquica con el desarrollo de la actual monarquía parlamentaria, cuyo nacimiento se produjo justo un siglo después.

Este tipo de ejercicio historiográfico, que persigue encontrar en el pasado lecciones para el presente, es muy del gusto de cierta clase de historiadores y también goza de algún éxito entre el público. Aunque si algo demuestra la historia es que nadie parece aprender de ella ni una sola línea, poniendo de relieve que la razón y la ética no son precisamente sus “motores”. En este caso pesa mucho más el hecho de haber terminado de estudiar este tema con mis alumnos de segundo de bachiller hace un par de semanas (lo que incluyó un debate sobre el fracaso de la Restauración), que cualquier afán ejemplificador. Más interesante es constatar qué ha cambiado y qué no lo ha hecho en los últimos cien años de la historia española.

Obviamente no todo son similitudes. Existen algunas diferencias notables entre la Restauración borbónica del XIX y la del XX. Mientras que la primera se produjo tras un período muy convulso (el sexenio democrático), que incluyó la brevísima Primera República, la segunda se llevó a cabo tras una larga dictadura con tintes de monarquía absoluta: Franco fue caudillo de España por la gracia de dios, y por su cruzada fue paseado bajo palio por los obispos en más de una ocasión. Y, si la primera se desarrolló en un contexto de construcción del estado liberal en muchos países de Europa, la segunda se está desenvolviendo finalmente en un entorno de destrucción de la democracia.

No obstante, la dirección de ambos procesos (el de construcción y el de destrucción) correspondió y está correspondiendo al gran capitalismo, lo que comienza a ser una coincidencia. Pero no es la única, porque las dos restauraciones borbónicas presentan unos cuantos “parecidos razonables”, y no precisamente secundarios. Comparten algunas características definitorias y además varias de las razones de su fracaso.

En cuanto a los rasgos comunes, en primer lugar muestran un simple pero evidente paralelismo cronológico, en lo relativo al año de entronización de Alfonso XII (1875) y de su bisnieto, Juan Carlos I (1975). Aunque este hecho trasciende lo meramente temporal porque ambas coronaciones se hicieron de espaldas a la mayor parte de la sociedad española y prescindiendo de las fuerzas políticas que de una forma u otra la representaban: el cometido de ambas restauraciones fue mantener el statu quo social y político, “cambiándolo todo para que nada cambiara”.

En segundo lugar, las dos monarquías comparten la fórmula del bipartidismo como estrategia “estabilizadora” del sistema. La Restauración del XIX se cimentó sobre un método de falseamiento del voto que permitía decidir (antes de celebrarse las elecciones) quiénes ocuparían cada escaño y quiénes gobernarían. Se forzaba así la alternancia en el poder de los dos partidos “dinásticos” (el Liberal y el Conservador) y la exclusión en la práctica de los demás, mediante una combinación de coacción social y de pucherazo sistemáticos. Aunque toda esa actividad fraudulenta no habría sido necesaria si Cánovas del Castillo hubiese conocido antes el sistema de D’Hondt, ideado en 1878, dos años después de promulgarse la carta magna de la Restauración. La actual monarquía ha conseguido casi el mismo efecto empleando este método y algunos instrumentos más. En las últimas elecciones generales el sistema de D’Hondt otorgó al PP la mayoría absoluta, que no le correspondía por el número de votos, y le sustrajo catorce escaños a IU, que finalmente se quedó sólo con once. La práctica de listas cerradas y la escasa democracia interna de los partidos en la actual monarquía parlamentaria terminan de contribuir a una evidente adulteración de la voluntad soberana, que ha merecido las críticas de organismo internacionales.

En tercer lugar, ambas restauraciones han debido enfrentar el problema nacionalista, especialmente el vasco y el catalán. Las respuestas fueron diferentes, desde la represión y la exclusión de los movimientos nacionalistas de la primera restauración, al “Estado de las Autonomías” de la segunda, aunque no debe olvidarse las décadas de terrorismo etarra y de persecución policial, donde se vulneraron indiscriminadamente los Derechos Humanos. De cualquier modo, ninguna de esas respuestas consiguió frenar el avance del nacionalismo y del independentismo en ambas regiones (con el nacimiento de un nacionalismo de izquierdas), que continuó su desarrollo durante las primeras décadas del siglo XX, y lo sigue haciendo en las primeras del XXI.

En cuarto lugar, el cuestionamiento del statu quo representado por las dos monarquías finalmente se produjo, aunque las causas inmediatas hayan sido muy diferentes. En el primer caso, la Semana Trágica de Barcelona de 1909 representó el inicio de una escalada de contestación social al régimen y al sistema que sostenía, que continuó hasta la proclamación de la Segunda República y durante ésta. Y, aunque no haya una coincidencia cronológica exacta, la actual restauración ha comenzado abiertamente su crisis histórica en mayo de 2011, por motivos muy distintos pero igualmente dolorosos.

Finalmente, aunque algunos historiadores sustraen la dictadura de Primo de Rivera del período de la Restauración borbónica, Alfonso XIII mantuvo su trono hasta 1931 gracias, precisamente, al golpe de estado militar de 1923, que se ejecutó con su aval. Ignoramos qué hará el actual rey, pero sí sabemos que su monarquía parlamentaria se ha convertido en una plutocracia. ¿Hasta cuándo se perpetuará?

No es posible anticipar eso. Pero, si su supervivencia dependiera de sus éxitos históricos, no cabría albergar muchas esperanzas sobre el futuro de la actual monarquía. El balance entre sus objetivos declarados y sus logros no le es muy favorable, como tampoco lo fue para la Restauración del XIX. En este ámbito los cursos de los dos regímenes también parecen discurrir paralelos.

Por un lado, la monarquía de Alfonso XII consiguió su principal objetivo: la estabilidad mediante la alternancia bipartidista en el gobierno y la exclusión del ejército de la vida política. Pero el reinado de su hijo, cuyo ascenso al trono (1902) se produjo casi al mismo tiempo que la desaparición de Cánovas y de Sagasta, estuvo marcado por una creciente zozobra (con múltiples cambios de gobierno y ensayos de gabinetes de concentración), que incluyó un golpe militar.

La monarquía de Juan Carlos I aparenta haber hecho el mismo camino pero al revés. Tuvo que sortear la conflictividad política y la intrusión de los militares al comienzo de su trayectoria, durante la Transición, para consolidarse y estabilizarse progresivamente en los últimos veinte años. Pero los acontecimientos más recientes están acabando con el “remanso de paz” en que se había convertido la vida política española. La mutación de la monarquía en una plutocracia y el tsunami de corrupción política, que está asediando en varios frentes a la familia real, han hecho de España un polvorín a punto de reventar.

Por otro lado, la crisis financiera ha desvelado algunas debilidades fundamentales de España. Ninguna de ellas era desconocida antes de 2008, pero  fueron ensombrecidas y relegadas al olvido por los destellos del desbordante crecimiento económico de las eras de Zapatero y de Aznar, y antes de González. Y todas ellas juntas constituyen un torpedo dirigido contra la línea de flotación de la supuesta modernización de España, un concepto que constituye, junto a la democratización del país, la piedra angular del discurso auto-legitimador de la actual monarquía. Sin embargo, ha resultado ser un mero espejismo.

Quiénes insisten en “lo mucho que ha cambiado España” en los últimos treinta y cinco años no faltan a la verdad. Pero perecen olvidar lo más simple: los países de su entorno también lo han hecho. Y los que ensalzan los registros históricos alcanzados por el PIB español, generalmente superiores al promedio europeo, prefieren ignorar algo que se enseña en el primer curso de Ciencias Económicas: una cosa es el crecimiento y otra muy distinta el desarrollo.

En las últimas décadas la economía española no ha conocido el crecimiento armonioso y equilibrado que implica el desarrollo, sino una expansión desorbitada de determinadas actividades, particularmente la construcción, convertida así en el motor de ese crecimiento. De modo que en determinados años las empresas constructoras levantaron en España la mitad de todas las viviendas construidas en Europa, y también una multitud de infraestructuras culturales, deportivas y de transportes que provocarían la envidia de muchos ciudadanos europeos, si no fuera porque unas cuantas son perfectamente inútiles.

Y todo ello se hizo a un precio enorme. Por un lado, supuso el emponzoñamiento de la vida política mediante la corrupción, y del medioambiente con el agotamiento y la destrucción a gran escala de recursos no renovables. Por otro, desequilibró la estructura económica hasta tal punto que España concentra ahora la mitad de todos los desempleados europeos.

El desarrollo de un país (y su modernización) es del todo imposible sin el desarrollo de sus gentes. A la muerte de Franco, España era uno de los países más incultos de Europa. Hoy continúa a la cola por el nivel de instrucción de su población, y a la cabeza por el abandono escolar temprano, que proyecta hacia el futuro la descualificación y la ignorancia. En ellas hunden sus raíces las altas tasas de desempleo, pero también la parca capacidad innovadora española, no sólo por la escasa cualificación de los trabajadores sino también por la de los empresarios, que apenas si invierten en innovación. La modernización de España que ha propiciado la actual monarquía es como su banda ancha de Internet: una de las más “estrechas” y caras de Europa.

Como lo ha hecho la crisis de 2008, el Desastre del 98 evidenció el mismo “atraso histórico” español, sólo que ciento diez años antes. El cuarto de siglo transcurrido desde la entronización de Alfonso XII no había servido de mucho para quienes deseaban modernizar el país. Nació así el Regeneracionismo. Aunque contaba con antecedentes históricos, es en el tránsito del siglo XIX al XX cuando cobra relevancia, de la mano de hombres como Joaquín Costa. Su lema, Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid, sintetiza muy a las claras el ideario de este “movimiento” al que muchos no dudaron en sumarse, y que también hoy muchos podrían considerar de vivísima actualidad. El propio Alfonso XIII lo haría, y unos cuantos dirigentes políticos de su reinado. Incluso el general Primo de Rivera se presentó como un regeneracionista, y algunos quisieron verlo como tal.

Pero lo cierto es que España seguía siendo un país eminentemente agrario, lastrado por el analfabetismo, y profundamente desigual cuando se proclamó la Segunda República en 1931. La Restauración borbónica y su subproducto regeneracionista habían fracasado, no para sus beneficiarios, pero sí para la mayoría de los españoles. Ochenta años después, puede decirse lo mismo de la actual monarquía y de los llamamientos a la regeneración democrática que se escuchan cada vez con más recurrencia. Constituyen un mero intento de salvar lo insalvable, cuando el sistema de 1978 rezuma ya su propio miasma.

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