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URGENTE: ¿Lucha de clases, guerra, dictadura, o revolución? 20 enero, 2013

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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19Julio

El proceso histórico iniciado en España desde 2008, acelerado desde mayo de 2011 (gracias al nacimiento del 15-M), y visiblemente encarnizado desde noviembre (con el ascenso del PP al gobierno) está siendo nombrado y, por tanto, conceptualizado de diferentes formas en muchos ámbitos. Esto incluye unos cuantos textos de este Blog y, especialmente, los dos artículos consecutivos que he escrito para el Olho da História sobre la situación de España tras el rescate financiero.

En ocasiones se ha definido como un fenómeno de lucha de clases, desatada esta vez por la oligarquía financiera internacional y local con la complicidad de las autoridades políticas locales y europeas. En otras, ha sido descrito como una guerra contra el pueblo y hasta contra España en su conjunto. Y, finalmente, la respuesta popular emprendida el 15 de mayo de 2011 se ha interpretado como una revolución: sus mismos protagonistas la calificaron inmediatamente como “Spanish Revolution”.

Además, los primeros análisis se refirieron a la presión de los mercados y su coacción sistemática sobre las decisiones del gobierno como un golpe de estado. Después muchos no han dudado en denunciar la paulatina imposición al pueblo español de una dictadura, de un régimen plutocrático, como antes se le hizo al griego o al portugués. Y, por añadidura, también ha sido posible leer declaraciones de diversas personalidades que han denominado lo que está sucediendo como una “guerra de clases”.

Ante esta diversidad de interpretaciones, cualquiera diría que la falta de rigor y la confusión están presidiendo los análisis y las reflexiones de los críticos con el fenómeno histórico que estamos viviendo. Y puede que algo de eso esté pasando. Igualmente es probable que, tratándose de un proceso todavía abierto y con un final lógicamente desconocido, oponga serias dificultades para su correcta definición: los árboles estarían impidiéndonos ver el bosque.

Pero también es cierto que muchos de esos conceptos no son opuestos, y que pueden organizarse en una explicación racionalmente plausible sobre lo que está sucediendo. Y asimismo es muy posible que algunos de los hechos que intentan iluminar revistan una cierta complejidad y, sobre todo, algunos elementos novedosos o, al menos, muy particulares.

Es el caso de la lucha de clases, un concepto que algunos quisieron enterrar tras la caída del Muro de Berlín junto al materialismo histórico, aunque su origen es muy anterior. Su aplicación a este caso resulta cuando menos discutible por dos motivos. En primer lugar, los especuladores financieros ya no son exclusivamente “nacionales”, sino globales, lo que constituye una novedad en la historia de la lucha de clases. Y en segundo lugar, no se ha producido la nítida decantación que sugiere: la burguesía, propietaria de los medios de producción, se enfrenta al proletariado. La feroz agresión de la oligarquía financiera mundial está siendo dirigida contra los asalariados, pero también contra los pequeños y medianos empresarios, muchos de los cuales están sufriendo un proceso de proletarización. Ésa es la razón del lema “somos el 99%”.

Sin embargo, este doble desbordamiento (de las fronteras nacionales y de los límites de clase) es coherente con el proceso de acumulación a escala mundial que constituye la esencia del capitalismo, nacido no en balde con la expansión transoceánica europea de la edad moderna que interconectó por primera vez todas las regiones del planeta. El proceso de globalización de ese mismo capitalismo, sin antagonista internacional alguno desde el desmoronamiento del bloque soviético a comienzos de los años 90, está borrando los límites territoriales de los estados y ha supuesto el nacimiento de una superclase mundial de especuladores financieros, convertida en el núcleo principal de la minoría dominante. Su territorio de depredación es ya el mundo entero, y su proletariado toda la humanidad: según Intermón Oxfan, los ingresos obtenidos por los 100 sujetos más ricos del mundo solamente en el año 2012 podrían erradicar cuatro veces la pobreza extrema en la Tierra. Ellos, sin embargo, no parecen interesados en hacerlo ni una sola vez.

Por eso este fenómeno de lucha de clases resulta algo extraordinario. En su formulación original es el resultado de la confrontación de los intereses contrapuestos de ambas clases. Esto no supone que esté regulada por algún “automatismo”. Pero también significa que no es un fenómeno necesariamente premeditado, aunque algunos o muchos de sus episodios pudieran serlo. Sin embargo, la actual ofensiva contra los españoles está calculada hasta la última centésima de la prima de riesgo de la deuda soberana y hasta el último euro de los recortes presupuestarios ejecutados por el gobierno. Así que, desde esta óptica, se parece más a una guerra (un acto hostil premeditado y planificado) que a cualquier otra cosa.

En ese sentido, los golpes asestados contra los españoles por los especuladores internacionales no serían posibles sin la colaboración sumisa de las instituciones de gobierno nacionales y europeas, encargadas de sustanciarlos política y jurídicamente. De la misma manera que la constitución del Imperio global está requiriendo el ninguneo de la ONU (pese a no ser una organización democrática) cuando no se ha plegado a sus deseos (como en la guerra de Irak), la agresión contra los españoles está demandando la “des-democratización” de los organismos de poder político y de su dinámica dentro de las fronteras nacionales y fuera, en la UE. Se trata de un asalto a la soberanía popular, un “golpe de estado a cámara lenta”, que conduce a la constitución de una dictadura, de una plutocracia. Y la corrupción juega en ello un papel destacado, comprando voluntades o repartiendo los dividendos de la rapiña.

Pocos dudan que la respuesta de los españoles, desencadenada en mayo de 2011, sea una revolución, aunque para muchos resulte difícil percibirla como tal. La razón de tal dificultad quizás resida en que pudiera ser igualmente una “revolución a cámara lenta”, sin las convulsiones que suelen caracterizar muchos procesos revolucionarios, y que se hicieron visibles en la Primavera Árabe. Tampoco resulta sencillo identificarla porque está siendo un fenómeno interclasista e intergeneracional, inclusivo de muchas ideologías y simpatías políticas. Se trata de un hecho poco común en las revoluciones que ha conocido la historia, incluyendo los precedentes inmediatos del Mundo Árabe y del norte de África.

Pero seguramente ha sido la nítida opción por la no violencia de los Indignados, y de la ciudadanía cada vez más movilizada, el factor que hace más difícilmente reconocible la Spanish Revolution. Algunos han criticado este pacifismo, y lo siguen haciendo, quizás desde los parámetros ideológicos de algunos grupos antisistema de los años 90, que lucharon contra la violencia sistémica capitalista con tácticas de guerrilla urbana. Pero la no violencia y el aumento general de la solidaridad con que se está desarrollando hasta ahora el proceso revolucionario español son, probablemente, sus principales factores de éxito, porque suman voluntades sin cesar. Y, ante todo, restan credibilidad y fuerzas a un sistema que ejerce en exclusiva la violencia, el único lenguaje que ha sido capaz de emplear. ¿Hasta dónde y hasta cuándo podrá seguir haciéndolo?

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Comentarios»

1. Federico J. Silva - 22 enero, 2013

Querido compañero: Celebro en primer lugar tu propuesta de análisis de una realidad viva y por tanto cambiante como la actual. Ciertamente que el rigor de tu artículo exige una lectura más atenta y respetuosa que estas notas a vuela pluma pero acéptame por ahora estas pequeñas consideraciones.
Comparto contigo -parafraseando a Anibal Ponce- algo fundamental: que no nos sorprendan las calmas aparentes. Sin embargo discrepo de esa “Spanish Revolution” porque básicamente no apunta a la toma del poder y al derrocamiento de la clase dominante. Seguramente, esto es así porque ha surgido en una situación en la que en modo alguno puede hablarse de “situación revolucionaria”. Como bien sabes, para ello es necesario que se den al menos tres condiciones: que los de arriba no puedan mantenerse en el poder, que los de abajo no puedan aguantar más y decidan movilizarse, por último, que exista un elemento consciente capaz de dirigir esos movimientos de masas hacia la toma del poder.
Desgraciadamente estamos ante explosiones más o menos espontáneas, no digo que despreciables, pero sí espontáneas y por tanto sin dirección ni objetivo. Además, es obvio que la situación no ha tocado fondo. La clase dominante tiene mucho margen de maniobra (como deshacerse de la monarquía) y los de abajo más capacidad de aguante.
Por último, me parece delicado hablar de “golpe de estado a cámara lenta” porque simplemente estamos ante la cara menos amable de la dictadura democrático-burguesa. Hablar de golpe significa pedir democracia y, como es sabido, ésta no existe en abstracto. Toda democracia tiene carácter de clase y la democracia burguesa es sólo una forma que adapta el poder de la clase dominante.
En fin, que tenenos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. Un abrazo. Federico

Domingo - 22 enero, 2013

Muchísimas gracias, Federico, por tu comentario, que es bastante amable con alguien que obviamente se deja llevar por el entusiasmo.
Cuando, en mayo de 2011, leí los primeros carteles con la expresión “Spanish Revolution” eso mismo pensé de sus autores: debían sufrir alguna clase de delirio. También estoy de acuerdo en que, al menos en un principio, asistimos a una serie de explosiones más o menos espontáneas y desarticuladas. Exactamente eso escribí a finales de julio pasado. Y desde luego estamos tratando sobre un proceso abierto y, por tanto, con un desarrollo impredecible: todo puede quedar en agua de borrajas.
Por eso prefiero emplear el concepto de “proceso revolucionario” al de “revolución”. El primero implica distintas fases y una mayor duración, mientras que el segundo parece sugerir más un “acto”. En ese sentido entre el Manifiesto de Democracia Real Ya y el de Rodea el Congreso no sólo ha transcurrido un año y medio (aproximadamente). También se han transformado sustancialmente sus objetivos. Mientras que las propuestas del primero eran perfectamente asumibles por la monarquía parlamentaria, las del segundo pasan por un proceso constituyente para construir un nuevo modelo de estado.
Además, la necesaria articulación de los diversos movimientos se está desarrollando. El primer hito destacado fue la implicación del 15-M en el 25-S. Y ahora estamos asistiendo a la confluencia de las distintas “mareas”, casi todas de trabajadores públicos, que han ido provocando los recortes presupuestarios y la privatización de los servicios públicos básicos. Asimismo ha ido aumentando el apoyo popular a estos movimientos y sus objetivos, en las calles y en los sondeos de opinión. También se ha extendido sociológicamente el descontento: ¡hasta los jueces están cabreados! Y la desobediencia civil ya ha hecho aparición en distintos ámbitos.
Es verdad que aún no parece haber una serie de objetivos “definitivamente comunes” que aglutinen suficiente fuerza social. Pero por el momento todo indica que avanzamos hacia ello. Y ciertamente al sistema le queda aún mucho margen de maniobra, pero lo está perdiendo: el desbordamiento de las cloacas de la corrupción (como lo calificó hace poco una conocida periodista) está haciendo aumentar el rechazo social del sistema. Y todo ello en un contexto de creciente incertidumbre, porque el año 2013 promete ser peor que 2012 y los inmediatamente siguientes tampoco resultan muy halagüeños. Entretanto puede que todos terminemos por tocar fondo.
Pero si hay algo que me resulta esperanzador de lo que estamos viviendo es que por primera vez en la historia de las revoluciones las formas importan tanto como el fondo, los fines no justifican los medios (especialmente en lo tocante a la violencia), la visión transformadora es integral (no sólo de las formas de gobierno o de las relaciones de producción, sino también de las relaciones con Gaia), y todo se está construyendo desde la práctica de una democracia participativa y horizontal. Por eso a los sindicatos de clase tradicionales les está costando “acomodarse” en el proceso, por no citar a los partidos “de izquierdas. Y por eso al principio los desinformadores cotidianos reprochaban al 15-M su “carencia de dirección”.¿Podrán “acomodarse” las clases dominantes? Al menos por definición de esa democracia participativa, no.
Amigo mío, de tener éxito, esta revolución será “doblemente revolucionaria”, porque transformará la realidad y, al mismo tiempo, las revoluciones. Y, aunque me pueda resultar complejo racionalizarlo, intuyo que ése es el camino, como (salvando las siderales distancias) los más destacados astrónomos intuyen la veracidad de la teoría de las cuerdas, aunque no cuenten con evidencia alguna acerca de su verosimilitud.
Abrazos, Domingo.

Federico J. Silva - 23 enero, 2013

Querido Domingo: Soy muy consciente que algunas de las características de los modelos de revolución no son válidas por los siglos de los siglos, amén. Haciendo una burda simplificación puede señalarse que procesos como la revolución de octubre, marcada indudablemente por la crisis política que agudiza la primera guerra mundial, incluso la fallida revolución del Berlín de Liebkneck y Luxemburg, poco tienen que ver con la realidad que vivimos.
Hay una diferencia fundamental: existía una vanguardia política con prestigio social entre el pueblo, su ascendencia era tal que las masas estaban dispuestas a morir por las ideas que su partido representaba.
No obstante, ha ocurrido algo fundamental, independientemente de que para las personas medianamente informadas, la Unión Soviética había dejado de ser un ejemplo de una sociedad mejor, al menos desde los años 30, y en el caso de China desde la mitad de la década de los 70, pues se había restaurado el capitalismo, bajo la forma estatal, es la caída del muro de Berlín y la consiguiente certificación del fracaso del “socialismo real” la puntilla final para muchos de los sueños de transformación social.
En estos momentos la dificultad no sólo consiste en demostrar que la revolución es necesaria sino que es posible porque un día lo fue, pese a su funesto desenlace.

Nada sabemos de como será el futuro. Uno, que nunca ha sido un marxista dogmático no puede dejar de recordar que fue la experiencia de la comuna de París la que sirvió a Marx y a Lenin para formular su teoría sobre la revolución. Tal vez tendramos que seguir los acontecimientos con suma atención para sacar nuevas conclusiones.Por ejemplo, ¿qué ocurrió realmente durante el derrocamiento de Ceaucescu? ¿Fue un golpe de estado terapéutico o una revolución popular?

Concluyo con unos versos de Benedetti que siempre me han inspirado:
“Algunas claves
del futuro
no están en el presente
ni en el pasado

están
extrañamente
en el futuro”

Un fuerte abrazo, Federico

Domingo - 23 enero, 2013

Muchas gracias otra vez, Federico.
Hace unos meses expuse en un foro de historiadores que el stanilismo había cometido crímenes contra la humanidad, o algo muy parecido. Una persona me contestó de tal manera que tuve dos sensaciones. Una, que de tener la oportunidad, esa persona me habría dado dos tiros. Dos, que estaba leyendo el Pravda de los años 50. Y efectivamente aún hay quiénes creen que China sigue siendo comunista. Mucha gente continúa apegada a las ideas de tal manera que las antepone a la realidad, y hasta a las vidas de otros seres humanos.
Creo sinceramente que ésa es una de las grandes lecciones que deberíamos extraer de la crisis global que vive la humanidad hace ya por lo menos una década, y que, en algunos ámbitos como el historiográfico, comenzó antes. De hecho vivimos también una crisis de paradigmas en todas las ciencias, desde las experimentales a las humanas, aunque cualquiera podría pensar que es un “juego de niños” comparada con la crisis ambiental y humanitaria. Sin embargo, no es un problema tan irrelevante, porque las ciencias deben dar respuestas a todas las demás crisis (ya sé que no son las únicas que deben hacerlo). Y creo que, haciéndolo resolverán las suyas propias.
En el caso de la historia de la emancipación humana, la experiencia del marxismo y de socialismo real puede aún hacer aportaciones “positivas”, pero me temo que el asunto de “las masas” no es uno de ellos, al menos en su sentido más clásico. Pero no me gusta perder el hilo de la realidad y me pregunto si el millón de personas que se manifestó en Madrid el 14 de noviembre pasado, o las 150.000 que lo hicieron en Las Palmas no son “masa suficiente”. Claro que sí: ¿quién habría podido detenerlas de querer tomar algún “Palacio de Invierno”? Pero no lo hicieron. ¿Por qué? No por falta de dirección, ni menos aún del arrojo necesario, sino por su propia consciencia y voluntad.
Por eso, más problemático me parece el asunto de “la dirección” de esas masas. Ya no quedan personajes cono Lenin, Trotsky o Rosa. Tampoco hay grandes partidos “de masas” con capacidad para planificar y dirigir una revolución. Ni falta que hacen. Lo sucedido en Egipto o Túnez, y también en España, pone de manifiesto que las nuevas formas y medios de sociabilidad (¿son “del futuro”?), favorecedoras de una comunicación horizontal, han convertido a muchísimos (o todos) en directores de “todos”. Por eso sigo insistiendo en la democracia participativa y horizontal de los Indignados (también en Tahir) como uno de los elementos más atractivos y sugestivos de estas “revoluciones”.
¿Recuerdas al coronel Perote? ¿Recuerdas unas imágenes de Arturo Pérez Reverte en un interior (creo que la sala donde juzgaron a Ceaucescu, o en el “centro de operaciones de los revolucionarios”? Perote estaba allí (era agente del CSID), antes de hacerse famoso por otros motivos diez años más tarde. Como ya estaba Telefónica y algunas empresas españolas más. A los servicios españoles les tocó organizar aquella pantomima, por su “conocimiento del tereno”. Después, Reverte también se hizo un escritor famoso. Todo hipotéticamente, claro está.


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