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URGENTE: Sobre el lastre educativo de España 14 diciembre, 2012

Posted by Domingo in España.
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La Educación sigue siendo el principal problema estructural que la sociedad española no ha sabido (o no ha podido) resolver desde que a lo largo del siglo XIX en muchos lugares de Europa las burguesías triunfantes (frente al absolutismo) fueron implantando la enseñanza elemental pública y gratuita. Seguían así los preceptos de la Ilustración, pero también hacían frente a las necesidades de una nueva economía, basada en la producción industrial, que exigía un cierto grado de alfabetización de los trabajadores.

Ha llovido mucho desde entonces, al menos siglo y medio, y la sociedad española sigue siendo en conjunto una de las más incultas de toda Europa, con unas tasas de abandono escolar que también se encuentran entre las más elevadas, y con la mayor proporción de “ninis” al oeste de los Urales: la ignorancia se proyecta con firmeza en el futuro. ¿Qué ha pasado y qué no ha pasado en España durante todo ese tiempo para ofrecer un paisaje tan desolador?

Al menos hasta los años setenta del siglo pasado, fue una aspiración de muchos hijos de las clases más humildes (obreros y campesinos) estudiar una carrera universitaria, porque sus padres ni habían pisado la escuela. La mayor parte del boom universitario español de esa década obedece a que las políticas educativas del tardofranquismo y de la transición (intensa inversión en nuevas infraestructuras y en formación de nuevo profesorado, además de los cambios curriculares) encontraron una respuesta en las expectativas de formación de aquellos jóvenes. Pero hoy muchos no quieren siquiera obtener el Graduado en Educación Secundaria, un 26% en 2011, aunque la crisis ha hecho descender esa cifra desde el 31% de 2009.

Frente a este problema, el gobierno extremeño ha implantado un programa que premiará con 1.000 euros a los jóvenes de entre 18 y 25 años que concluyan la ESO. Es una medida muy discutible, y no faltan argumentos favorables y contrarios. Pero, como suele suceder en España, le da la espalda a las razones del problema, elude la importancia del contexto social y familiar en la configuración de las expectativas de estos jóvenes. Para Juan Manuel Moreno, las clases populares “no tienen interiorizada la motivación intrínseca del estudio como un beneficio en sí mismo”. Y Fernando González añade “que las clases desfavorecidas tienden a pensar solo a corto plazo”. ¿Pero desde cuándo los nietos dejaron de pensar como sus abuelos?

Desde que, a mediados de los años 80, el crecimiento económico español y las políticas de cohesión de la entonces Comunidad Económica Europea inundaron de dinero el país. La renta nacional disponible per cápita, que no llegaba al equivalente de los 4.000 euros en 1985, ya era de 9.800 euros en 1995, y casi el doble en 2009, multiplicándose prácticamente por cinco en los últimos treinta años. Aunque las medidas de tendencia central ocultan las desigualdades, no cabe la menor duda que los españoles son ahora mucho más ricos, a lo que la burbuja inmobiliaria contribuyó especialmente, pero casi tan ignorantes como hace tres décadas.

Esto explica el desplazamiento de los valores tradicionales (incluyendo la importancia intrínseca de los estudios y la proyección de la propia vida a largo plazo) hacia la cultura hedonista del consumismo. Ésta busca la satisfacción inmediata de los deseos a través de la adquisición de bienes innecesarios, los fetiches, pero que proporcionan el estatus y la normalización que antes conferían los estudios. El estímulo del trabajo descualificado y del dinero fácil que supone el modelo económico turístico y de ladrillo, predominante en la actividad económica española de los últimos veinte años, ha vaciado las aulas de los centros de secundaria y ahora colmata las colas ante las oficinas de empleo. La prueba es que las comunidades donde este modelo no ha crecido tanto presentan las mejores tasas de titulación y de niveles de estudio de la población, y las menores de desempleo. Ésta es la frontera que los “expertos” no quieren atravesar para hacer frente a la desidia y el abandono escolar: la crítica del modelo económico y social y de los valores que conlleva. Pero es una tarea imprescindible, porque lo exigen la entidad del problema y sus repercusiones en el futuro de todos, aunque también sea políticamente muy comprometida.

Con todo, lo sucedido en los últimos treinta años (incluyendo la incapacidad política para resolver el problema) no es suficiente para explicar su continuidad hasta hoy. La exposición de las razones puede resultar bastante extensa, pero no es difícil sintetizarla. La debilidad del desarrollo capitalista español desde los mismos inicios del proceso industrializador es la principal razón de su actual desastre educativo. Expuesto desde la óptica política, en los últimos dos siglos España sólo ha gozado de un régimen realmente liberal (en el siglo XIX) o democrático (en el XX) durante cuarenta y seis años, y el más extenso ha sido el último, desde 1978 hasta 2012.

Y, entre la economía y la política, se hallan las clases y grupos sociales dominantes, cuyos intereses frenaron al mismo tiempo el desarrollo del capitalismo industrial y del estado liberal y la democracia en España. De entre ellos, uno ha mantenido en las dos últimas centurias una influencia privilegiada, muchas veces exclusiva, sobre la enseñanza: la iglesia católica. Y no sólo lo ha hecho mediante el ejercicio directo de la educación reglada en sus numerosos centros (que hoy siguen siendo la mayoría de los colegios privados y concertados), sino también a través de su dominio ideológico, como sucedió hasta 1978.

Casi ningún historiador discute que esa secular hegemonía ideológica de la iglesia en España es la principal responsable de su atraso científico, que hoy lastra su capacidad de innovación. Ese atraso se ha manifestado en la mediocridad de los contenidos “científicos” que se enseñaban y aún se enseñan. Pero también lo ha hecho y lo sigue haciendo a través de las metodologías, cuyo desarrollo depende de una serie de disciplinas (como la sociología, la pedagogía, la psicología, o las didácticas) que en España han sido un auténtico erial hasta hace bien poco. Los efectos de la persecución, la prisión, el asesinato y el exilio de miles de maestros y profesores que el franquismo perpetró, durante y después de su “cruzada” (oficialmente declarada por el Vaticano) sigue pasando factura en la actualidad.

Pese a su enorme responsabilidad histórica en la escasa calidad educativa española, la iglesia católica no se resiste a continuar ejerciendo su vulgar influencia dentro de las aulas, de todas las aulas de España. Será porque hace décadas que sus templos no dejan de vaciarse, por mucho que pueda celebrar un ligerísimo aumento del número de asistentes a sus misas en el último año. Lo que resulta incomprensible es que, pese a todo ese espacio sobrante, Rouco Varela ordenara la expulsión de un grupo de desahuciados de la catedral de la Almudena. Debe ser que ya no se enseñan las Bienaventuranzas.

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