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URGENTE: Sobre la utilidad de la huelga general del 14-N 25 noviembre, 2012

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Manifestante del 14 de noviembre en Las Palmas de Gran Canaria

Tras finalizar la huelga del pasado 14 de noviembre decenas de periodistas y tertulianos gastaron litros de tinta y de saliva durante varios días, intentando clarificar si la convocatoria había servido para algo, teniendo en cuenta –claro está- el seguimiento que finalmente tuvo. Posiblemente sea una pregunta bastante relevante, pero quizás no sea la más pertinente entre las que podían hacerse.

Frente al trabajo previo del gobierno y de los empresarios para deslegitimarla, la cuestión es si estuvo realmente justificada. Y sobre esto no cabe la menor duda: la cantidad y diversidad de organizaciones convocantes, extraordinariamente representadas en la Cumbre Social, el 15-M y el 25-S, permite afirmar sin exageración alguna que “esa huelga la convocamos todos”. Seguramente nunca antes en la historia contemporánea española una protesta había tenido tanto respaldo social y político.

Las razones por las que este apoyo, necesariamente abrumador para cualquier gobernante honesto (antes incluso de celebrarse la huelga), no tuvo un claro correlato en las cifras finales de huelguistas son varias. La convicción de que la huelga “era inútil”, inducida por la propaganda plutocrática, ha sido una de ellas: y ciertamente las huelgas anteriores no han conseguido modificar las decisiones gubernamentales. El miedo a perder el empleo, en un contexto de coacción empresarial y de libre despido, ha sido otra. El individualismo rampante, propio de las sociedades capitalistas, desde luego también ha terciado: quiénes participaron sacrificaron el salario de un día por el bien común. Y, finalmente, asimismo se ha apuntado que la huelga es una forma de lucha en declive, propia de un pasado en extinción, un escenario en que algunos han querido incluir a los propios sindicatos de clase.

Y quizás sea cierto. Los movimientos sociales, que han ocupado desde la Puerta del Sol hasta la plaza de Tahir (ahora mismo nuevamente viva) pasando por Wall Street, han supuesto nuevas formas de comunicación, de organización y de lucha, entre las que la huelga general no ha sido precisamente la más común. Y, al menos en los países occidentales (y especialmente España), los sindicatos tradicionales no cuentan con buena prensa entre los Indignados, quiénes, no obstante, han suscrito sus últimas convocatorias de huelga general.

Todas esas razones pueden ser ciertas, aunque no parece sencillo hacer una aproximación científica al problema: ¿cómo comprobar en qué medida cada una de ellas ha influido en el resultado final de la huelga? Ni falta que hace, porque ése tampoco es el asunto más relevante. La discusión sobre la utilidad de la convocatoria es simplemente una trampa cuando se le atribuye implícitamente unos fines que nunca tuvo. ¿Cuál fue su propósito? ¿Lesionar severamente la actividad económica, como se lamentaban los empresarios? ¿Derribar a un gobierno lacayo de los especuladores financieros? No, una huelga general de veinticuatro no da para tanto. Para una cosa así está la huelga general indefinida, que cada vez reclaman más voces, como Teresa Forcades, que no es precisamente una “perroflauta”.

No hay nada como pedirle peras al olmo para certificar su “fracaso”. Sin embargo, el objetivo de la huelga general del 14 de noviembre pasado fue mostrar el rechazo de la sociedad española a la reforma del mercado laboral, al bloqueo en la negociación de los convenios colectivos, y a las políticas sociales, económicas y fiscales del gobierno. Y ese rechazo fue inmenso, especialmente en las manifestaciones de aquella tarde, que como era previsible volvieron a batir registros de asistencia en diferentes ciudades: en Las Palmas de Gran Canaria se congregaron no menos de 150.000 personas. Fue una extraordinaria demostración de fuerza popular que contagió a todos los presentes.

Y eso es justamente lo que quieren evitar a cualquier precio los responsables de esta guerra contra el pueblo: que sienta y sea consciente de su propia fuerza. La huelga general y las manifestaciones poseían ese objetivo implícito, y lo alcanzaron plenamente. El “atasco” del gobierno en las tres decenas de millar de asistentes a cualquier protesta de ese día (en Madrid 35.000 y en Las Palmas, 30.000), zambulléndose de cabeza en el ridículo más absurdo, lo corrobora totalmente. Pero también evidencia que la honestidad está ausente del ejercicio del poder en España desde hace mucho tiempo: y ello alimenta aún más las razones para la agitación social.

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