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URGENTE: ¿Una nueva oportunidad perdida? A propósito de la enseñanza de la historia y el nuevo curso escolar 25 septiembre, 2012

Posted by Domingo in España, Soberanía, Teoría y metodología.
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Ha comenzado un nuevo curso escolar y, con él, alrededor de dos millones y medio de jóvenes de Educación Secundaria y Bachillerato empezarán a recibir sus clases de historia. No parece que un hecho tan rutinario deba merecer mucha atención. Pero la historia enseñada ejerce una poderosa influencia en las percepciones, el pensamiento y las actitudes personales y sociales ante la realidad colectiva y el papel que cada individuo juega en ella: arma (o desarma) a las personas y las sociedades ante la historia misma.

Y todo el bagaje histórico con que se desenvolverán en la vida los españoles será el que desarrollaron durante su paso por el instituto. En el caso de los muy pocos que finalmente estudian la carrera de historia, su experiencia académica preuniversitaria y universitaria es aún más importante, porque ellos serán los responsables de enseñarla, en un plazo no muy lejano, ya sea en los institutos como en las facultades, cerrando así el ciclo.

Decía Yves Lacoste a mediados de los años 70, en su archiconocido libro La geografía: un arma para la guerra, que la “geografía de los profesores” es una cortina de humo. Su función es ocultar a la población el auténtico saber geográfico, en manos sobre todo de las potencias militares, los gobiernos, y los consejos de administración de las grandes corporaciones transnacionales. Hoy los principales instrumentos de registro y comunicación de información geográfica (decenas de satélites que observan nuestro planeta ininterrumpidamente) están controlados por esos mismos núcleos de poder político y económico.

De la historia que se está enseñando actualmente en España de forma mayoritaria podría decirse exactamente lo mismo: su función es hacer ininteligible el conocimiento histórico y alejar –enajenar- a las personas de la parte que más les puede interesar: su presente. Esto no sucede porque los currículos oficiales ignoren la actualidad. Algunos objetivos y criterios de evaluación indican que los jóvenes deben comprender el presente como lo que es: un producto abierto e inacabado de los procesos de evolución histórica. Y no faltan epígrafes de contenidos que abordan el mundo y la España del presente.

Aunque una parte de los historiadores aún sostiene que lo actual (pese a ser historia pura) no es historiable, otros sí lo creen. Y seguramente gran parte del profesorado de Secundaria piensa de buena fe que su trabajo debe favorecer la comprensión del presente y el deseo de participar en su construcción crítica y activamente. Al menos eso también señalan los currículos. Pero sus logros de final de curso no son precisamente ésos en la mayoría de la ocasiones. Su paradigma de la historia y de su enseñanza, de neta raigambre positivista, se lo impide.

La organización cronológica y compartimentada de los contenidos, plasmada en los –para ellos- insustituibles libros de texto, que recorre la historia desde el pasado en adelante, siempre les impide llegar a los últimos temas, justamente los dedicados al mundo actual: “el temario es muy abultado”. Sin embargo, no es el simple paso del tiempo el que dota de sentido a la evolución de las sociedades humanas, sino que, al contrario, es esa evolución (con sus aceleraciones y desaceleraciones, con sus cambios y pervivencias) la que construye y modula el tiempo histórico, la que permite comprenderlo. Conocer la actual desigualdad mundial exige el estudio de varios procesos históricos de distinta duración e íntimamente vinculados entre ellos, desde la expansión transoceánica europea de la Edad Moderna, pasando por la Revolución Industrial, el imperialismo de los siglos XIX y XX, los procesos de descolonización… Y todos ellos se enseñan en nuestras aulas, pero sin mostrar sus relaciones históricas ni su principal consecuencia: el profundamente desigual mundo que sufrimos.

Pero los factores que terminan por destruir cualquier posibilidad de desarrollar el pensamiento histórico de nuestros jóvenes son la metodología de enseñanza, expositiva y reproductiva, y su correlato en la evaluación, el examen. La memoria mecánica y reiterativa es el medio más extendido entre los estudiantes para superarlo: un conocimiento histórico (y una historia) sin significado alguno. Y el olvido más absoluto, cuando no el disparate (sobre el que siguen circulando “antologías”), es el final más o menos inmediato de esos conocimientos supuestamente adquiridos.

Así que al terminar sus estudios en los institutos la mayor parte de nuestros jóvenes desconoce lo esencial de su pasado y de su presente, y los mecanismos por los que el primero ha parido al segundo. Pero, antes que nada, la historia les será del todo ajena. Éste es el efecto más devastador de la “historia de los profesores”, probablemente muy a pesar de las intenciones de gran parte de ellos.

Y es una pena, porque la historia jamás había sido tan problemática, ni había atravesado una crisis global (y no sólo la financiera) de la magnitud que ésta posee, porque es planetaria y porque afecta a todas las esferas de la actividad humana, incluyendo la historiográfica: desde la crisis ambiental, pasando por los enormes problemas generados por la desigual distribución de la riqueza, o por el actual declive de los sistemas políticos (los autoritarios y los liberales), hasta la crisis de paradigmas que sufren todas las ciencias, las experimentales y las humanas. Nunca la historia había sido tan apremiante (entra por las ventanas), ni tan excitante, ni tampoco tan comprometida: nos va la vida en ella, especialmente a quiénes más futuro tienen, nuestros jóvenes.

Pero, por ello mismo, estos tiempos constituyen la mejor oportunidad para hacer una pequeña revolución en las clases de historia, preguntándonos con nuestros alumnos por las razones de todos esos problemas, e indagando sus raíces y su desarrollo en el pasado y en el presente: ¿dónde acaba uno y empieza el otro? Así, la historia y su enseñanza no sólo dejarán de ser ajenas para muchos jóvenes, sino que aparecerán como lo que realmente son: realidades abiertas, inacabadas, y socialmente (democráticamente) construibles. Justo todo lo contrario de lo que muchos dirigentes políticos, sus amos oligarcas, sus “expertos” y sus periodistas quieren hacernos creer: que esta historia ya está escrita.

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