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URGENTE: Público y privado. A propósito de los “errores” de las agencias de calificación 2 octubre, 2011

Posted by Domingo in Soberanía.
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Desde 1989 hasta hoy el ataque de los capitalistas contra “lo público” no ha cesado, más bien ha aumentado progresivamente. Y no deja de ser una paradoja, porque fue la burguesía capitalista del siglo XIX la creadora de lo público tal cual lo entendemos hoy.

Es cierto que hace mucho, más de dos milenios, los griegos crearon hermosos espacios colectivos. A continuación, los romanos llegaron algo más lejos con su concepto de “res publica”, para denominar lo que no era propiedad privada. Pero en todos esos casos, como en la totalidad de las sociedades estamentales que perdurarían en Europa hasta el siglo XIX, el estado en su conjunto (al que pertenecía lo público) era en la práctica una propiedad privada del monarca y de su estamento: la nobleza.

La burguesía revolucionaria europea del siglo XIX arrasó el Antiguo Régimen y su concepto patrimonialista del estado. Desde ese momento el estado sería “de todos”, y lo público, por extensión, también. El problema es que ese “todos” resultó ser bastante excluyente, a través del sufragio censitario, por el cual el derecho al voto quedaba restringido a la minoría social de “los contribuyentes”: la burguesía. En ese sentido, el nuevo estado liberal no difería en mucho de la monarquía absoluta: una forma de gobierno a medida de la clase hegemónica. Como siempre, al fin y al cabo.

Las diferencias entre ese primer estado liberal y el estado del bienestar que conocieron los europeos hasta finales de los años 80, con su “extraordinario” desarrollo de los servicios públicos, son atribuibles a factores internos y externos. Por un lado cuentan las luchas del proletariado, de las mujeres, y de las minorías raciales por extender el derecho al sufragio a toda la ciudadanía (hoy queda por resolver el problema de los “metecos”, en el que poco hemos avanzado con respecto a la democracia ateniense). Después vendrían nuevos derechos. Por otro, no debe olvidarse la inexorable competencia de la Guerra Fría contra el bloque comunista, que obligó a la burguesía a establecer un sistema de amortiguación de los siempre duros efectos de la desigualdad social.

Tras su victoria sobre el comunismo los grandes capitalistas se han puesto manos a la obra para recuperar “lo suyo”. Primero, los negocios más rentables en manos del estado: algunos bancos, líneas aéreas, navieras, eléctricas, telefónicas… Y ahora el estado del bienestar mismo: la sanidad y la educación.

Desde 2008 la crisis ha servido como pretexto para acometer este expolio. Pero, desde siempre todo se ha hecho en nombre de una supuesta mayor eficiencia de la empresa privada, que haría una gestión más inteligente de esos recursos. Los grandes capitalistas, sus políticos, y sus periodistas privados llevan veinte años arrojando toneladas de basura sobre los servicios, las empresas, y los trabajadores públicos, hasta convencer de su falacia a millones de personas que jamás podrían acceder a derechos básicos como la salud y la educación sin lo público.

¿Pero qué fue de la mayor eficiencia de la empresa privada en los servicios públicos que se privatizaron a lo largo de los 90? Todos los que vivimos ese proceso hemos comprobado que la privatización se llevó a cabo a costa de los derechos de los usuarios, que han visto caer en picado la calidad de los servicios. Aunque, como es lógico, sus nuevos propietarios han visto aumentar sus beneficios.

¿Y quiénes han sido los responsables de la actual crisis financiera? Aunque en España las cajas de ahorro han jugado un papel destacado, sólo fueron a la zaga de la banca privada, que no dudó en especular con el ladrillo más allá de sus posibilidades, ni tampoco en abrir la mano después para recibir financiación pública casi gratis en una cuantía superior a la que ahora se especula para las cajas. En España y a nivel global los principales perpetradores y beneficiarios de esta crisis han sido las “eficientes” empresas privadas.

Hasta hace pocos días, las empresas privadas cuya pulcra imagen de eficiencia se encontraba por encima de cualquier duda eran las agencias de calificación, hasta el punto que algunas personas han podido creer que eran entidades públicas. Pero las mismas empresas privadas que estrujan despiadadamente naciones enteras especulando con su deuda soberana, ahora resulta que cometen serios errores, particularmente en su metodología de análisis del riesgo.

Hace una década el papel de oráculo de capitalismo que hoy juegan las agencias de calificación recaía en las auditoras, cuyos dictámenes gozaban de un prestigio indiscutible. Y, si una de ellas brillaba con luz propia, ésa era Arthur Andersen. Hasta que se demostró que había hecho la vista gorda con los chanchullos que llevaron a Enron (la séptima compañía de Estados Unidos en 2000) a la quiebra.

La eficacia de la empresa privada es sólo un mito, una gran mentira que los hechos ponen en evidencia una y otra vez. Seguiremos escuchando a multitud de periodistas privados hacer loas sobre ella. Pero es un imposible, porque la eficiencia auténtica exige honestidad, y ésta es incompatible con la esencia de la empresa privada y con los grandes capitalistas.

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