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URGENTE: Crisis económica y recortes educativos 9 septiembre, 2011

Posted by Domingo in España.
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A comienzos del año 2009 terminé de redactar y publiqué en Internet un texto sobre la crisis de la enseñanza en España, que ha tenido y sigue teniendo cierta difusión. Así pues, sus contenidos parecen mantener plena vigencia. En estos dos años y medio el temor que manifesté al final de ese trabajo se ha cumplido: el crack de la economía mundial desatado en 2008 ha ensombrecido del todo el debate sobre la situación de la enseñanza.

Sin embargo, la misma crisis le ha devuelto protagonismo, aunque sea transitoriamente. No sólo porque la mejora de la calidad educativa en España forma parte de las reivindicaciones y propuestas de Democracia Real Ya y del 15-M. Sobre todo, porque “está obligando” a una parte de la clase política a efectuar importantes recortes en la enseñanza pública.

No debería ser necesario recordar la trascendencia de la educación para el desarrollo humano. Pero en España hay que repetirlo y mucho, insistiendo en que su contribución es múltiple e insustituible para el bienestar y el progreso de todos y cada uno de los ciudadanos y del país en su conjunto. Y hay varias razones para repetirlo hasta la saciedad.

Primero, porque España es uno de los países más incultos de Europa. Y esa incultura ha amplificado dramáticamente los efectos económicos y sociales de la actual crisis, como en Portugal o en Grecia. Por no afirmar que también ha sido uno de sus factores, facilitando el auge del endeudamiento irresponsable (por “irreflexivo”) y aumentando el número de “creyentes en la democracia del consumo”.

Una incultura que se hace más visible en todo lo relacionado con la educación y, específicamente, con los pormenores del trabajo docente. Un buen ejemplo: la creencia en que el profesorado solamente trabaja cuando entra en el aula, o que su labor se limita exclusivamente a esa tarea. Puede que la persistencia del modelo tradicional de enseñanza, apegado a un libro de texto y al examen, propicie en parte esa falsa imagen. Pero el resultado es devastador: para muchos españoles los docentes “son unos vagos”.

Sin embargo, esas horas lectivas ya son demasiadas. Se suele citar un informe de la UNESCO (que he intentado localizar infructuosamente) según el cual 1 hora de clase exige tanto esfuerzo y produce tanta fatiga como 3 de muchos otros trabajos. De modo que las 23 horas lectivas semanales de un maestro de primaria son tan agotadoras como 69 de un administrativo, y las 18 de un profesor de secundaria como 54 de un empleado de gasolineras. Añadiendo las demás horas (desempeñadas en el centro y en casa), el esfuerzo y el desgaste de cada uno sería equivalente a 83,5 y 73,5 horas semanales respectivamente. Y debe ser cierto, porque la profesión docente sufre una altísima incidencia de trastornos depresivos y suele contar entre las más estresantes. Así que las 2 horas de más que deberá trabajar el profesorado madrileño, en realidad significan entre 7 y 9 horas: una nueva jornada completa que resulta inaceptable.

Aunque el desconocimiento no es lo peor, sino el puro desinterés. Porque, en segundo lugar, la educación (la de sus propios hijos) no figura entre las principales preocupaciones de los españoles, pese a su enorme trascendencia personal y social, y pese a la profunda crisis que atraviesa nuestro sistema educativo.

Ciertamente las familias y sus organizaciones se están implicando cada vez más en el debate y en la lucha por una enseñanza pública de calidad, como está ocurriendo estos días. Y asimismo es verdad que la crisis económica provocó enseguida un aumento en la tasa de matriculación en el bachillerato y la formación profesional (a pesar del descenso continuado del número de profesores), aunque está por ver si también supondrá una mejora de los resultados académicos.

Pero el desinterés general es un hecho contrastado. Lo confirman reiteradamente los macroestudios, como los barómetros del CIS. Y también lo hace la microexperiencia de centenares de profesores, que comprueban cada año cómo algunas familias (quizás miles en toda España) no saben siquiera en qué curso están matriculados sus hijos e hijas. Y ésos son los casos más extremos, la punta del iceberg de la desidia.

Y, en tercer lugar, si hay una razón para repetir mil veces que la educación es el primer cimiento del desarrollo, ha sido precisamente la desidia de una buena parte de la clase política. El estado, incluyendo en él las comunidades autónomas, ha sido incapaz de frenar siquiera el progresivo deterioro de la enseñanza pública.

Sin embargo, sería una ingenuidad atribuir su papel a una supuesta ineptitud, aunque el contexto general de los gestores educativos se ha caracterizado por la mediocridad (de la que se podría excluir al ministro Gabilondo o al nuevo consejero de gobierno canario, por citar dos casos conocidos). Porque, muy al contrario, ellos han sido los principales responsables y muñidores de ese deterioro. Aunque un aumento de la inversión no garantiza una mayor calidad, hace muchos años que el gasto público en educación se ha estancado en España, y ha descendido en comunidades como Madrid o Canarias.

En las islas, además, los recortes se iniciaron en 1996, con los gobiernos de Coalición Canaria, cuando la inversión educativa comenzó a descender con respecto al PIB regional. El resultado no ha podido ser otro: los alumnos isleños están a la cola de España y de Europa, y el Archipiélago sufre la segunda peor tasa de desempleo, después de Andalucía. Todo “un éxito”, aunque muy predecible.

Por eso, el presidente canario, Paulino Rivero, cree que “el sistema educativo en Canarias está a la altura de los mejores de Europa”. Él, como la mayoría de los políticos, está al servicio de los perpetradores y beneficiaros de esta crisis, cuya duración, por cierto, será mayor de la pronosticada inicialmente por los más “optimistas”. Y todos, los grandes capitalistas y la clase política, saben perfectamente que cada euro recortado en la enseñanza es un euro invertido en esta crisis y en las venideras, donde ellos pescan sin límite: los 41.711 millones defraudados a la hacienda pública por las grandes fortunas y las grandes empresas sólo el año pasado, servirían para evitar 534 veces el recorte de 80 millones que dice querer hacer la comunidad de Madrid.

Pero no quieren evitarlo ni una sola vez, salvo que definitivamente los obliguemos a hacerlo. Por el momento, ya han conseguido un logro para ellos indeseado: indignar a más de 500.000 docentes no universitarios.

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