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URGENTE: Explosión social y fetichismo en Inglaterra 15 agosto, 2011

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales.
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A decir de John Carlin, escritor y periodista hispanobritánico, la sociedad española es más sana que la inglesa. Aunque él mismo subraya que lo piensa hace tiempo, los motines desatados el primer fin de semana de agosto en Inglaterra supusieron para Carlin una confirmación plena.

Ya es posible leer decenas de análisis sobre la explosión social que ha sacudido Londres y otras ciudades durante varias jornadas. Abundan las hipótesis explicativas sobre el papel de las redes sociales, la intervención de las bandas de delincuentes juveniles, el impacto de los recortes sociales, o la influencia de las masas en el comportamiento de los individuos: entre los saqueadores hubo bailarinas, enfermeras, o recién graduadas en la universidad. Pero hay un acuerdo unánime en el fondo social de los disturbios: desempleo, pobreza, exclusión, desestructuración familiar, frustración, incultura, ausencia de expectativas vitales… de la mayoría de los participantes. Sin conciencia política, apostilla Carlin, en contraste con los Indignados, a los que él prefiere por su manera de afrontar el mismo problema.

Lo cierto es que pudo haber gente con más lucidez política en los primeros momentos de las protestas. Pero si la hubo, no quiso, o no supo, o no pudo detener los incendios y los saqueos; ni tan siquiera desmarcarse de ellos (que se sepa). ¿Por qué entonces respuestas tan dispares al avance del capitalismo global? Los jóvenes británicos protagonistas de las revueltas urbanas no sólo son víctimas materiales (como los Indignados) sino también ideológicas: han asumido hasta el tuétano la ideología de los grandes capitalistas (o la que éstos han producido para ellos) y como tales se han comportado.

La violencia, el saqueo y el pillaje a gran escala son consustanciales al desarrollo del capitalismo, desde sus mismos orígenes hasta el día de hoy: ¿qué está sucediendo con la deuda soberana de determinados estados europeos, sino que está siendo objeto del más descarado pillaje? Y ese es el guión que tan extraordinariamente han ejecutado esos jóvenes. Todos ellos, los especuladores financieros y los vándalos, se mueven por un mismo impulso: el fetichismo del dinero y de los objetos que lo representan. Unos amasando más y más millones (muchos más de los que podrían gastar en mil vidas), y otros apropiándose por la fuerza de ropa de marca, o de productos electrónicos o informáticos. Por eso también hay gente acomodada entre los saqueadores.

El mismo fetichismo presente en los consejos de administración de las grandes multinacionales, cuando deciden financiar guerrillas, asesinatos o secuestros aquí y allá para saquear diamantes, petróleo o coltán, provocando la muerte de miles de personas, se encarnó en las calles de Londres. El pillaje por encima de todo: de la vida de un joven que protegía un humilde negocio familiar, o de un anciano que sólo pretendía apagar un contenedor en llamas.

Alguien fue muy explícito en una entrevista televisiva callejera: “constantemente nos restriegan por la cara que debemos vestir ropa de marca, conducir vehículos de lujo, y vivir en casas elegantes, pero el gobierno no nos da los medios para conseguir todo eso”. El fetichismo se ha apoderado del pensamiento de centenares de millones de personas en el mundo occidental. Fue la última victoria del capitalismo sobre el socialismo, la de las ideas. Pero el capital jamás cumplirá su promesa utópica de “riqueza para todos”, porque su propia naturaleza va en el sentido opuesto y porque es completamente insostenible. Sin embargo, una obviedad así no pasa por la cabeza de todos esos millones de personas (no sólo jóvenes) porque también son víctimas de las deseducación, tal como la define Noam Chomsky: el cercenamiento del pensamiento crítico e independiente.

Los motines y los  saqueos (incluyendo la violencia extrema contra las personas) y sus perpetradores son hijos indeseados pero necesarios del buen funcionamiento del sistema. Por fortuna para los poderosos, todos esos actos encierran en sí mismos la solución al problema de imagen que suponen para las sociedades “avanzadas”, porque son conductas criminalizadas y, por tanto, reprimibles con la cárcel o con la pérdida de prestaciones sociales.

Sólo podemos esperar que quiénes vayan a la cárcel por saquear una tienda de deportes y llevarse dos pares de zapatillas se pregunten algún día por qué esos objetos fueron más importantes que su libertad y su dignidad, y por qué no pasa lo mismo con los que han saqueado “la caja” de decenas de bancos y encima se han premiado por ello con jugosos bonus. Los Indignados ya lo hicieron; ésa es la diferencia.

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