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URGENTE: Desenterrar la memoria prehispánica de Canarias 3 agosto, 2016

Posted by Domingo in Canarias.
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Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Celso Martín de Guzmán solía insistir en que el palacio de los guanartemes se encuentra enterrado bajo la iglesia de Santiago de Gáldar y sus aledaños. Al margen de la veracidad de las fuentes escritas que lo acreditan, parece bastante lógico que así sea. Sobran los ejemplos en la historia en lo que el nuevo poder levanta sus símbolos sobre los de la autoridad derrotada, en un ejercicio muy plástico y contundente de sometimiento y suplantación, a la vez que también de continuidad.

Pero quizá lo más interesante de todo esto desde un punto de vista historiográfico no sea el hecho en sí mismo, sino cómo llegó Martín de Guzmán a esa convicción. Su oficio de arqueólogo e historiador influyó necesariamente en ello. Pero, sin duda alguna, su condición de descendiente de Catalina de Guzmán (la joven Arminda Masequera, entregada finalmente por los canarios a los conquistadores como depositaria de la soberanía isleña) debió jugar un papel decisivo: resulta muy difícil imaginar que la memoria familiar de los Guzmán, el linaje de la princesa Masequera, hubiese olvidado un dato tan relevante como la localización del palacio de los guanartemes. ¿Y cuántas familias galdenses más lo recuerdan?

Contra lo que pudiera parecer, esto no es un alegato en favor de desenterrar ese palacio. Es un intento por iluminar un campo que la historiografía canaria ha transitado insuficientemente para acercarse al pasado prehispánico de las Islas: los estudios antropológicos. El saber popular sobre ese tiempo, “oculto” en el folclore, en las costumbres, o en la tradición oral puede que no haya recibido toda la atención que merece. La memoria familiar y social en el medio rural y en las islas menos pobladas podría ser una fuente primaria muy enriquecedora. Con todas las garantías metodológicas necesarias, hay que “desenterrar” la memoria prehispánica de los isleños.

Los descendientes de Masequera no pueden constituir una excepción, un caso único. ¿Qué hechos, datos, lugares, personas atesoran las memorias de las familias que han conservado hasta el presente más inmediato el juego del palo en sus diversas modalidades y denominaciones? ¿Qué recuerdos conservan las familias de cabreros dedicadas a esa actividad desde tiempo inmemorial en casi todas las islas del Archipiélago? ¿Qué pueden evocar, quizá todavía, algunos miles de canarios sobre un pasado que se remonta no más de quince generaciones atrás?

Tal vez no sea mucho, pero una o dos piezas insignificantes pueden completar un puzzle, haciéndolo definitivamente visible y comprensible para todos. La arqueología ha sido y seguirá siendo la principal herramienta para conocer el pasado prehispánico. Bajo el suelo de las Islas queda mucho por desenterrar, porque casi mil quinientos años de ocupación son más que suficientes para dejar cuantiosos rastros de actividad humana. Y, como ha sucedido hasta ahora, realizará nuevos y decisivos hallazgos.

En esa tarea los arqueólogos también se han apoyado en el saber popular. Pero se trata de llegar más lejos siguiendo los pasos de Juan Bethencourt Alfonso, cuando hace más de un siglo escribió su Historia del Pueblo Guanche, un imponente fruto de su irrefrenable actividad, tan arqueológica como antropológica. Continuará siendo imprescindible desenterrar restos materiales y, por qué no, el palacio de los guanartemes. Pero también es fundamental desenterrar la memoria isleña. Además, es otra manera de hacer a los canarios más dueños de su historia.

Hace una semana falleció Fernando Estévez González, uno de los grandes antropólogos de España y coordinador del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, cuyo trabajo ha sido reconocido internacionalmente, y muy en especial su Indigenismo, raza y evolución. El pensamiento antropológico canario, 1750 y 1900. Escasamente cuatro días antes se había presentado la primera promoción del Grado de Antropología de la Universidad de La Laguna. Ojalá esa muerte y ese nacimiento contribuyan al desarrollo de los estudios sobre la memoria prehispánica de Canarias, por el ejemplo del primero y el impulso de los segundos.

Sobre Historias del Presente. Historia para todos 14 julio, 2016

Posted by Domingo in Sobre el Blog.
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El largo silencio de cuatro meses de este blog no ha estado motivado por mi desidia. Muy al contrario, he pasado todo ese tiempo redactando un trabajo para O Olho da História, que será publicado próximamente. Una vez superado ese esfuerzo y el final del curso escolar, he vuelto a escribir. El siguiente texto es el primer resultado.

URGENTE: El electorado del PP y la anomalía española 14 julio, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Suele decirse que el avance de la globalización neoliberal está despertando dos tipos diferentes de respuestas populares en Europa. De un lado el “modelo oriental”, que también se ha extendido a varios países nórdicos y al propio Reino Unido. Se caracteriza por el ultraconservadurismo (cuando no el fascismo más descarnado), la xenofobia y la desconfianza en las instituciones comunitarias. De otro lado el “modelo meridional”, representado por Grecia, Portugal, quizás Italia, y España (si bien con una llamativa singularidad). Supone el ascenso de una izquierda opuesta frontalmente a las políticas de austeridad y a la élite europea que las está “patrocinando”, y demanda una nueva Europa de los pueblos.

Por su parte, los dirigentes comunitarios responsables de entregar el continente al neoliberalismo, acosados por ambos frentes, han descalificado las dos clases de respuesta social con el apelativo de “populistas”. Pero, sea o no cierto, con ello no han conseguido frenar su expansión: el brexit es una prueba contundente de su impericia.

En ese contexto España constituye un caso anómalo, al menos en parte, pese a la irrupción de Podemos y su meteórico crecimiento electoral. Y lo es por dos razones, desiguales por su importancia. En primer lugar, porque el avance de la izquierda no ha sido suficiente para formar Gobierno, aún incluyendo al PSOE en esa categoría política. Sin embargo, la izquierda gobierna en Grecia y Portugal, aunque haya debido plegarse a muchas de las exigencias austericidas de Bruselas.

No obstante y en segundo lugar, gran parte de la anomalía española obedece al PP y sobre todo a su electorado. En una reciente entrevista televisiva, subrayando de antemano su respeto por todos los votantes, Julio Anguita reclamó el derecho de la ciudadanía a criticar la elección política de sus iguales, debido precisamente a la responsabilidad implícita en el acto de votar. Algunos analistas dan la impresión de creer que todos los ciudadanos maduran su voto desde los mismos criterios y parámetros y con igual rigor: para eso es la “jornada de reflexión”. Pero los expertos en comportamiento electoral saben que en esa decisión interviene una multitud de factores. Y esa complejidad hace muy difícil determinar los motivos de cada elector en el momento de escoger una papeleta u otra: si los sondeos yerran bastante en su aproximación a la intención de voto, lo harían mucho más con los intereses y valores que orientan esa elección.

Se ha insistido que el miedo (a “los rojos” o a la crisis), el deseo de mantener la unidad de España, o los beneficios personales reportados por las políticas de Rajoy han sido las principales palancas que han movilizado a los electores del PP el pasado 26 de junio. Y seguramente sea así, aunque nunca pasará de ser una simple conjetura: por el momento no hay forma de saberlo con solidez científica y con las necesarias garantías de veracidad.

Pero sí que es posible delimitar qué cosas no han sido concluyentes para los votantes del PP. No lo ha sido el criminal aumento de la pobreza y la desigualdad durante la legislatura de Rajoy, que ha situado a España a la cabeza de Europa por su injusticia social. Tampoco lo ha sido el alarmante retroceso de los derechos y libertades, que igualmente ha hecho de España uno de los Estados europeos menos democráticos. Y, por último, no les ha importado lo suficiente el inmenso océano de corrupción en el que (pese a su contrastada flotabilidad) el PP se está hundiendo lentamente: los 137 diputados conseguidos el 26-J no pueden ocultar que ha perdido más de tres millones de votos y casi 50 escaños desde noviembre de 2011, y con ellos la mayoría absoluta.

El aval implícito otorgado a finales de junio por casi ocho millones de personas (uno de cada tres votantes) al despreciable fenómeno de la corrupción del PP es, desde luego, la primera y principal anomalía. Lo es que Mariano Rajoy no haya dimitido hace ya años: en Alemania algún ministro se ha ido por haber plagiado algunos fragmentos de trabajos ajenos en su tesis doctoral. Pero lo que resulta completamente inédito en Europa (salvo quizás por la Italia de Berlusconi) es que el PP siga siendo el partido más votado, hasta conseguir una representación suficiente en el Congreso (absoluta en el Senado) para impedir cuantitativamente una mayoría de izquierdas: no ha sucedido en Grecia ni en Portugal.

En cuanto a la tolerancia con el retroceso de los derechos y libertades, el electorado del PP se desmarca de sus vecinos europeos votantes de los partidos conservadores tradicionales, para integrarse de lleno entre los seguidores de la ultraderecha polaca o húngara. En esos países los gobiernos de extrema derecha se han propuesto como primera tarea desmantelar varios derechos y libertades, individuales y colectivas.

Por último, la tibieza manifiesta de los votantes de Rajoy frente al sufrimiento propio de la pobreza (que ya machaca literalmente a uno de cada tres españoles) nuevamente los convierte en un caso extraordinario, como sucede con la corrupción. Uno de las razones del auge de la extrema derecha (y del declive de los liberales y conservadores) en Polonia y en otros socios europeos ha sido precisamente el aumento de la pobreza. Pero también lo está siendo del avance de la izquierda en no menos Estados, España incluida.

No hace muchos días un comentarista sugirió que la extrema derecha no estaba teniendo éxito en Portugal, Grecia o España porque esas sociedades mantienen muy vivo el recuerdo de las dictaduras militares (y pseudofascistas) que las asolaron hasta los años 70. Es posible que tenga algo de razón. Pero también hay suficiente acuerdo en que, en España, el Partido Popular representa esos valores y, por tanto, cuenta con el apoyo de ese electorado. Y esto también constituye una anomalía en Europa, esta vez no sólo de sus votantes, sino también del PP.

El perfil político así definido de esos casi ocho millones de personas no deja de resultar inquietante desde una perspectiva política: no castigan la corrupción, ni la involución democrática, ni la pauperización masiva de millones de conciudadanos. Sin duda es un factor de fortaleza de los populares, aunque puede que sea un lastre a largo plazo: uno de los rasgos sociológicos de muchos de sus votantes, personas de más de sesenta años, parece corroborarlo. Y podría ser capitalizado por Ciudadanos en su condición de nueva fuerza conservadora. Pero Rivera y los suyos ya han hecho gala de haber heredado del PP su respeto por el franquismo (que no terminan de deslegitimar definitivamente) por su indiferencia ante la memoria histórica de sus víctimas. La anomalía persiste.

Pero la crisis también lo hace. Queda por ver cómo se resuelve esta irregularidad hispana, si con el reforzamiento de las tesis más conservadoras, o con la llegada al poder de la izquierda. En estos días, una parte sustancial de la respuesta la tiene el PSOE, que se debate entre sumar sus votos a una nueva legislatura de Rajoy (aunque sólo sea con su abstención) o forzar unas terceras elecciones consecutivas. En el primer caso, es muy probable que signifique su práctica desaparición: el acuerdo entre los analistas es casi unánime al respecto. No disociarse claramente del neoliberalismo le costó los peores resultados de su historia reciente el 20 de diciembre de 2015. Y el pacto con Ciudadanos para el 26 de junio sólo empeoró más su situación. En el segundo caso, sólo tiene una opción para sobrevivir: presentarse asociado a Unidos Podemos y romper su compromiso con el capitalismo globalizado.

URGENTE: Del fracaso del PSOE a la condena de Podemos 6 marzo, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Pedro Sánchez, los demás dirigentes del PSOE (incluidos los zombis), la mayoría de los medios de comunicación, y un buena parte de la troupe de tertulianos y tertulianas ya tienen a quién culpar de que en España no haya un gobierno de “cambio” y “regeneración”. Podemos y sus cabecillas son los primeros responsables de que, dos meses y medio después de una elecciones generales, continúe al frente del país un Ejecutivo en funciones, algo insólito en las casi cuatro décadas con que ya cuenta la actual Monarquía Parlamentaria.

Pedro Sánchez se presentó a su intento de investidura amparado en un acuerdo con Ciudadanos, la cuarta fuerza política del Congreso de los Diputados. Los autores de ese documento y los principales actores políticos reconocen explícitamente dos hechos. Por un lado, el acuerdo recoge una parte sustancial del programa electoral de Ciudadanos, cuantificada en un 80% por sus representantes. Por otro, Ciudadanos es un partido de derechas. En síntesis, el candidato del PSOE, un partido supuestamente socialdemócrata, se postuló como presidenciable con un programa de gobierno de derechas.

Y no es, en absoluto, un asunto de simples etiquetas, como algunos están sugiriendo estos días. Es ante todo una cuestión de contenidos. El PSOE acudió a la convocatoria del 20-D prometiendo desmantelar la mayor parte del entramado normativo creado por el PP en beneficio de los privilegiados y para acallar la voces discrepantes en las calles y en las redes sociales. Es la misma legislación que ha hecho de España uno de los países más socialmente desiguales y menos democráticos de Europa.

Pero su acuerdo con Ciudadanos prácticamente ignoró aquellas promesas, especialmente en lo referente a varios hitos muy significativos en el proceso de devastación de España perpetrado por el PP, convertidos asimismo en los principales caballos de batalla de la oposición social durante los últimos cuatro años. Apenas si retoca la reforma laboral y la ley mordaza. Sólo propone la paralización de la LOMCE. Y ni tan siquiera menciona la dación en pago. Ese pacto es tan conservador que, horas antes del debate de investidura, Rivera ya había anunciado su propósito de ofrecerlo al PP si Sánchez fracasaba. Y, sin ningún género de dudas, no constituye un programa de “cambio”.

Ni tampoco lo es de regeneración democrática. No sólo porque es muy poco ambicioso en la lucha contra la corrupción. Ni porque el PSOE también ha protagonizado sonoros casos de corrupción desde la época de Felipe González, que tampoco ha enfrentado con claridad y firmeza (como los recientes de Chaves y Griñán) cuando no ha explicitado su total apoyo a los implicados, como hace trece años con Barrionuevo y Vera a causa de los GAL.

Pero no es un pacto de regeneración sobre todo porque está entretejido con la misma urdimbre que la corrupción: la mentira y la deshonestidad. Y con ellas igualmente se ha expuesto ante la sociedad española y el resto de las fuerzas políticas que la representan en el Congreso, no sólo por su factura sino también por su intención. Porque nunca fue un pacto para formar Gobierno, sino para desacreditar al auténtico adversario político del PSOE: Podemos. Y, de paso, preparar el camino a la “gran coalición”.

URGENTE: Las otras lecciones del 20-D 31 enero, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Elecciones20D

Se ha repetido muchas veces que la primera lección de los resultados de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre es la necesidad de diálogo y negociación, de hacer concesiones y flexibilizar exigencias, a que se han visto obligadas las principales fuerzas políticas. Este escenario casi inédito, sólo comparable al de los primeros años de la Transición, ha sido posible gracias al progresivo deterioro del bipartidismo. Fue un fenómeno ya visible en 2014, igualmente reconocido como la segunda conclusión más destacada sobre la voluntad del electorado español expresada aquel día.

Sin embargo, otras lecciones han pasado más inadvertidas. Son desigualmente trascendentes, pero merecedoras de mucha atención. Y, si permanecen más o menos en la sombra, es porque conviene a los intereses de los principales partidos políticos y de los grandes medios de comunicación. Y es que, de un modo u otro, revelan la usurpación de la soberanía nacional que todos ellos han perpetrado.

La primera se refiere a la credibilidad de los sondeos electorales. La mayoría acertó en la victoria del Partido Popular (PP). Pero sus previsiones sobre Ciudadanos y Podemos fallaron claramente. Así que la capacidad predictiva de las encuestas ha quedado en entredicho, no tanto por su propia naturaleza como método sociológico, sino por el posterior tratamiento que reciben: la famosa “cocina”.

Porque esos fogones estadísticos no son neutrales. Albergan un evidente sesgo que pretende favorecer a determinadas opciones políticas, practicando la conocida (ante todo por ellos mismos) estrategia del “caballo ganador”. En ese sentido, no parece que la intensa campaña contra Podemos, desarrollada por gran parte de los medios (y también por el CIS), tuviera mucho éxito. Los numerosos “escaños morados” del Congreso prueban los límites de esa estratagema mediática, revelando su carácter chapucero.

Y asimismo alumbran la siguiente otra lección del 20-D. Los medios de comunicación privados están plenamente legitimados para decantarse por cualquier opción política. Pero hace muchos meses que los grandes diarios impresos y las cadenas de radio y televisión más importantes han atravesado las fronteras de lo lícito para incurrir en la difusión reiterada de falacias en su intención de desprestigiar a Podemos. Y en ocasiones han penetrado en el territorio de lo grotesco, algo que sus mismos periodistas ya reconocen abiertamente: “nos van a dar pero bien.”

Pese a su fracaso preelectoral la batalla mediática contra Podemos continúa, alcanzando tintes de auténtica bufonada. Nunca antes desde el franquismo la prensa había revelado con tanto descaro a qué amo obedece. Y el precio que está pagando por ello es su prestigio. La mayor parte de los grandes medios ha puesto su función informativa a la altura de cotilleo de patio de vecindad y ha situado su papel generador de corrientes de opinión al mismo nivel de cualquier reality show. ¿Qué clase de cultura democrática están difundiendo?

Y sobre esa cultura trata la tercera conclusión omitida del 20-D. Muchos votantes de Ciudadanos, del PSOE y de Podemos se habrán preguntado cómo ha sido posible que el PP ganara nuevamente las elecciones, aunque haya sufrido un desplome de más de sesenta escaños y quedado muy lejos de la holgada mayoría absoluta que disfrutaba desde 2011. No salen las cuentas. Es imposible que los más de siete millones de papeletas favorables al PP provengan exclusivamente de ciudadanos beneficiados por sus políticas de los últimos cuatro años. Muchos de esos votantes se hallan entre sus primeras víctimas. Y a ese reguero de desigualdad, pobreza y desamparo que este gobierno “popular” ha dejado a su paso, hay que añadir el estercolero de corrupción en que se revuelca el PP hace tiempo y cada día más.

No le faltaría razón a quién cuestionase la cultura y la ética democráticas de esos “fieles del PP”, que, sin pretenderlo, han puesto sobre el tapete algunos de los límites de la democracia representativa. Las leyes tan sólo pueden impedir que un político bajo sospecha de corrupción renueve su candidatura en otro proceso electoral, y poco más. Sin embargo, no pueden impedir que una parte de la sociedad abrace nuevamente a quiénes han sido sus verdugos hasta el día anterior, porque una premisa fundamental del sistema democrático es “una persona, un voto”. Cualquier restricción de ese derecho significaría una vuelta atrás, al sufragio censitario propio de los primeros Estados liberales (pero elitistas y nada democráticos) del siglo XIX.

La mejor estrategia para superar esas limitaciones es profundizar en la democracia, abriéndola a la participación directa de la ciudadanía, posibilitando su intervención activa en la totalidad del proceso político. La democracia participativa estuvo en el origen del movimiento de los Indignados, y constituyó un elemento clave de su identidad, en su espíritu y en su letra. Por tanto es una exigencia de una parte significativa de la sociedad, que Podemos asumió ejemplarmente en sus inicios, si bien las críticas internas más sonadas han denunciado su paulatino abandono.

La democracia participativa supone la revocación popular inmediata de cualquier cargo electo que vulnere el compromiso con sus representados, de acuerdo al significado real del término “representante”. Significa que la iniciativa legislativa reside en la nación, desde la elaboración de las normas hasta su sanción final, dando sentido pleno a la soberanía popular. Y sobre todo implica que el debate político sale del encorsetado marco de las cámaras legislativas y de los platós de televisión y radio para desarrollarse en el espacio más genuino, al que le ha sido expropiado: la calle.

El penoso y a la vez indignante espectáculo de un grupo variopinto de exministros (con Felipe González al frente) exigiendo a Pedro Sánchez una gran coalición con el PP, demuestra hasta qué punto los autores de esa expropiación se niegan a devolver la soberanía a su único y legítimo depositario: el pueblo. A la premisa de “una persona, un voto”, es urgente añadir la de “una persona, una voz”.