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URGENTE: El fracaso de las investiduras. ¡Sálvese quién pueda! 8 septiembre, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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La mayoría de los análisis que se vienen haciendo desde hace algunos años sobre la dinámica política española se caracteriza por una excesiva inmediatez. Parece (y es) algo necesario, porque al fin y al cabo se trata de explicar “lo que está sucediendo”. Pero también supone una limitación, porque la actualidad termina siendo descontextualizada, impidiendo su aprehensión como parte de un proceso más dilatado en el tiempo. Y eso en realidad equivale a su desconocimiento, de la misma manera que “los árboles impiden ver el bosque”.

Intencionado o no, este problema se está manifestando muy particularmente en las interpretaciones de los acontecimientos electorales y postelectorales vividos desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el presente más inmediato, comienzos de septiembre de 2016. Muchos comentarios están resaltando la incapacidad de los cuatro partidos más importantes para acordar la formación de un Gobierno medianamente estable. Según el color del medio, o del “analista”, la responsabilidad recae alternativamente en distintos sujetos políticos: el PP, el PSOE, Unidos Podemos, o Ciudadanos. Aunque muchos señalaron a Podemos entre enero y junio, y después al PSOE, como principales artífices de la “situación de desgobierno” que atraviesa España.

Tampoco han faltado los argumentos de índole personal. El radicalismo de unos, la bisoñez de muchos, o la desvergüenza de otros se han presentado igualmente como causantes del problema, además de la “incompatibilidad de caracteres”. Desde el 21 de diciembre, por unos motivos o por otros, o por todos a la vez, los partidos con mayor representación parlamentaria no están logrando un consenso suficiente para que España tenga un Ejecutivo con plenos poderes, y no sólo en funciones.

Pero hay que remontarse al 15 de mayo de 2011 para comprender mejor esta insólita coyuntura en la historia reciente de España. Como consecuencia de la crisis financiera y su gestión por el bipartito (PSOE y PP), a partir de aquel día millones de ciudadanos se movilizaron llevando a cabo protestas masivas y articulando iniciativas sociales, en favor de una enseñanza pública de calidad, de una sanidad universal y gratuita, o contra los desahucios. Fue un suceso (y un proceso) totalmente inesperado dentro y fuera de las fronteras hispanas: había nacido el movimiento de los Indignados. La mayoría de los medios y de la clase política los acusaron de antisistemas. Y no faltaban razones para hacerlo, porque no estaban únicamente en contra del Gobierno y su partido, sino también frente al orden económico y social y el régimen político (para ellos una plutocracia) que le da cobertura. Su respuesta fue igualmente acertada: “el sistema es antinosotros”.

El desarrollo de los movimientos sociales y el aumento de los actos de protesta debió causar cierto estupor entre la clase dirigente, que desató una feroz campaña de represión sobre ellos. Y destacados representantes del sistema, especialmente del PP y del PSOE, lanzaron un envite a los Indignados: si deseaban intervenir en la actividad política debían presentarse a las convocatorias electorales. Fue un reto envenenado, porque sus autores no esperaban que unos “perroflautas” tuvieran capacidad para organizar un partido político y, todavía menos, que pudieran conseguir suficiente respaldo electoral para convertirse en una fuerza significativa.

Pese a todo, los Indignados recogieron el guante. Poco antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 constituyeron un partido con que concurrieron a esa convocatoria. Sus resultados no fueron precisamente espectaculares, en un contexto de fragmentación de las fuerzas de izquierda: sólo consiguieron el 3,58% de los votos. Pero los dos componentes esenciales del bipartito sufrieron un grave revés, sumando apenas el 50% de las papeletas, frente al 82% logrado entre ambos en 2009. Para sus dirigentes esos resultados debieron ser alarmantes.

Y los de las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2015 debieron hacerles arrepentirse del desafío que habían planteado a los Indignados cuatro años atrás. Incluso destacados medios manifiestamente opuestos a Podemos reconocieron que se había producido un vuelco histórico. Podemos y una serie de plataformas ciudadanas igualmente nacidas de los Indignados lograron el gobierno de la Comunidad Valenciana y se convirtieron en piezas clave en otras cinco, de las trece que renovaron sus parlamentos autonómicos. En cuanto a los ayuntamientos, alcaldes “indignados” comenzaron a dirigir decenas de municipios, incluidos los de Cádiz, Valencia, Zaragoza, La Coruña, y nada menos que Madrid y Barcelona, las dos urbes más importantes del país. El bipartidismo ya estaba haciendo aguas, a pesar de la feroz campaña de desinformación y desprestigio propagada contra Podemos por los partidos y medios afines al sistema.

Siete meses antes de las siguientes elecciones generales, el temor ante un posible hundimiento del bipartito debió apoderarse definitivamente de los espíritus de sus hacedores, beneficiarios y propagandistas. Al tiempo que arreciaron sus manifestaciones de hostilidad contra Podemos, pusieron sobre el tapete una solución probada ya en otros países europeos: una gran coalición entre el PP, el PSOE y, eventualmente, Ciudadanos. Fuera como fuese había que salvar el sistema dejando en el banquillo del juego político a la tercera fuerza del país. Felipe González, Alfonso Guerra, y unos cuantos exministros del PSOE y del PP, además de la cúpula empresarial, apoyaron activamente la sugerencia. Y también lo hicieron con desigual entusiasmo Albert Rivera y Mariano Rajoy. La situación no podía estar más clara.

La idea de la gran coalición cobró más fuerza tras conocerse los resultados de las elecciones del 20 de diciembre. El bipartito obtuvo el 61% de los escaños con el 50,7% de los votos, perdiendo un 28% de los diputados electos en 2011. Por su parte, Podemos y las plataformas ciudadanas consiguieron sesenta y nueve escaños, más que insuficientes para constituir una alternativa de gobierno, pero bastantes para provocar una desbandada entre las filas del bipartito, impidiendo llegar a una acuerdo entre el PP y el PSOE. Para ambos, salvar el sistema de esa forma equivale a su hundimiento particular.

No cabe la menor duda que, entre los partidos “constitucionalistas”, Ciudadanos ha sido el que más esfuerzos ha hecho por armar la gran coalición, en total coherencia con las razones explícitas de su presentación en la escena estatal. Su propósito es salvar el sistema mediante su regeneración, aunque el transcurso del tiempo y de las convocatorias electorales ha demostrado que lo segundo es del todo prescindible.

Pero su empeño no le ha servido de mucho. El pacto con el PSOE tras el 20-D, dos veces derrotado en sendas sesiones de investidura celebradas en marzo, le supuso la pérdida de ocho escaños el 26-J, el 20% de los que ocupó durante el primer semestre de 2016. Aunque está por ver su suerte en una hipotética tercera convocatoria electoral consecutiva, el nuevo fracaso de su acuerdo con el PP (igualmente rechazado en dos sesiones de investidura a finales de agosto) parece no traer buenos augurios. Su porvenir aparenta estar íntimamente ligado al del sistema, y éste no termina de levantar cabeza.

Es verdad que el pasado 26 de junio los resultados del PP mejoraron ligeramente, agregando catorce diputados a los ciento veintitrés de diciembre. Pero la cifra resultante es todavía inferior a la de 1993 (cuando tuvo que mantenerse en la oposición cuatro años más) y muy por debajo de la de 2011 (año en que consiguió ocupar ciento ochenta y seis escaños), la más alta de su historia. Y lo peor es que algunos expertos creen que los resultados de junio constituyen su techo actual.

Ningún otro partido como el PP se halla tan ligado al régimen plutocrático que hoy es España. Ha sido el principal artífice del proceso de transformación que la ha hecho uno de los países más pobres, desiguales, endeudados, corruptos, y menos democráticos del continente europeo. Y está pagando el precio de ese protagonismo. Quizás sea ésa su principal contradicción: necesita salvar el sistema salvándose a sí mismo, pero al sistema posiblemente ya no hay quién lo salve, por mucho que los dirigentes “populares” cabalguen tenazmente sobre la mentira.

Eso explica al menos tres cosas. En primer lugar permite comprender mejor el feo de Rajoy a la Jefatura del Estado, negándose a presentar su candidatura a la presidencia tras las elecciones del 20 de diciembre. Después del revolcón sufrido en las urnas por su partido, su imagen (y la del sistema) saldría aún peor parada si era rechazado por el Congreso dos veces seguidas, ya que la abstención del PSOE en ese momento parecía más improbable que después del 26 de junio. En segundo lugar, aclara el interés limitado de Rajoy por la gran coalición y sus insistentes llamamientos a la abstención del PSOE en su investidura en agosto. Un mayor compromiso con los socialistas le restaría el apoyo de una buena parte del electorado que todavía conserva y, además, opondría algunos obstáculos a su proyecto neoliberal para España. Y, en tercer lugar, fue la razón fundamental de su rechazo en marzo al acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos: es posible que pudiera salvar el sistema, pero no al PP.

La situación del PSOE es más dramática. En las elecciones de 2011 sufrió una auténtica debacle, cosechando los peores resultados desde que los españoles volvieron a las urnas “democráticas” en 1977: logró ciento diez diputados con el respaldo del 28,76% de los votantes. La actitud del Gobierno de Zapatero, eludiendo los primeros indicios de la crisis financiera y ensalzando la buena salud de la banca española, y su consenso con el PP para reformar la Carta Magna en favor de los intereses del capitalismo financiero internacional (y en contra de los sectores más desprotegidos de la sociedad española) le pasaron factura.

Pero esto sólo fue el comienzo de su singular pesadilla. Su tibieza con el primer Ejecutivo de Rajoy, junto a la irrupción de Podemos en la escena electoral, supuso un nuevo descalabro en diciembre de 2015, perdiendo veinte diputados y un 6,76% de los votos. Y el pasado 26 de junio batió nuevamente sus registros negativos, cediendo cinco escaños más. Sin ninguna duda, su fracasado acuerdo con Ciudadanos del mes de marzo fue la razón. Desde 2011 el PSOE está en caída libre a causa de su trayectoria neoliberal y su electorado no se lo perdona.

Aquel maridaje de Pedro Sánchez con Albert Rivera, marginando la tercera fuerza política del país (a la que posteriormente le serviría un plato neoliberal ya cocinado) puso de relieve una vez más el compromiso del PSOE con el sistema. También le sirvió para responsabilizar a Podemos del “desgobierno” hasta el 26 de junio. Sin embargo, esa maniobra se ha vuelto después contra él: casi todos los medios han presentado el doble “no” de Pedro Sánchez a Rajoy como un gesto de irresponsabilidad política. Aunque, en realidad, es un acto desesperado para salvar su partido.

Más que la propuesta de la gran coalición, la exclusión absoluta de Podemos de todas las negociaciones posteriores al 26-J hasta las fallidas investiduras de Rajoy evidencia muy a las claras la verdadera naturaleza del problema político que atraviesa España. Y también demuestra que Podemos no precisa la mayoría absoluta para desmontar este régimen plutocrático. Le basta con los setenta y un diputados conseguidos en coalición con IU para generar una profunda crisis del sistema, porque sus principales valedores han entrado en pánico: ¡sálvese quién pueda!

Visto así, ir a votar tres veces seguidas no tiene por qué resultar cansino, sino sumamente excitante. Tanto como derribar a martillazos las paredes de un viejo edificio.

URGENTE: Desenterrar la memoria prehispánica de Canarias 3 agosto, 2016

Posted by Domingo in Canarias.
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Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Celso Martín de Guzmán solía insistir en que el palacio de los guanartemes se encuentra enterrado bajo la iglesia de Santiago de Gáldar y sus aledaños. Al margen de la veracidad de las fuentes escritas que lo acreditan, parece bastante lógico que así sea. Sobran los ejemplos en la historia en lo que el nuevo poder levanta sus símbolos sobre los de la autoridad derrotada, en un ejercicio muy plástico y contundente de sometimiento y suplantación, a la vez que también de continuidad.

Pero quizá lo más interesante de todo esto desde un punto de vista historiográfico no sea el hecho en sí mismo, sino cómo llegó Martín de Guzmán a esa convicción. Su oficio de arqueólogo e historiador influyó necesariamente en ello. Pero, sin duda alguna, su condición de descendiente de Catalina de Guzmán (la joven Arminda Masequera, entregada finalmente por los canarios a los conquistadores como depositaria de la soberanía isleña) debió jugar un papel decisivo: resulta muy difícil imaginar que la memoria familiar de los Guzmán, el linaje de la princesa Masequera, hubiese olvidado un dato tan relevante como la localización del palacio de los guanartemes. ¿Y cuántas familias galdenses más lo recuerdan?

Contra lo que pudiera parecer, esto no es un alegato en favor de desenterrar ese palacio. Es un intento por iluminar un campo que la historiografía canaria ha transitado insuficientemente para acercarse al pasado prehispánico de las Islas: los estudios antropológicos. El saber popular sobre ese tiempo, “oculto” en el folclore, en las costumbres, o en la tradición oral puede que no haya recibido toda la atención que merece. La memoria familiar y social en el medio rural y en las islas menos pobladas podría ser una fuente primaria muy enriquecedora. Con todas las garantías metodológicas necesarias, hay que “desenterrar” la memoria prehispánica de los isleños.

Los descendientes de Masequera no pueden constituir una excepción, un caso único. ¿Qué hechos, datos, lugares, personas atesoran las memorias de las familias que han conservado hasta el presente más inmediato el juego del palo en sus diversas modalidades y denominaciones? ¿Qué recuerdos conservan las familias de cabreros dedicadas a esa actividad desde tiempo inmemorial en casi todas las islas del Archipiélago? ¿Qué pueden evocar, quizá todavía, algunos miles de canarios sobre un pasado que se remonta no más de quince generaciones atrás?

Tal vez no sea mucho, pero una o dos piezas insignificantes pueden completar un puzzle, haciéndolo definitivamente visible y comprensible para todos. La arqueología ha sido y seguirá siendo la principal herramienta para conocer el pasado prehispánico. Bajo el suelo de las Islas queda mucho por desenterrar, porque casi mil quinientos años de ocupación son más que suficientes para dejar cuantiosos rastros de actividad humana. Y, como ha sucedido hasta ahora, realizará nuevos y decisivos hallazgos.

En esa tarea los arqueólogos también se han apoyado en el saber popular. Pero se trata de llegar más lejos siguiendo los pasos de Juan Bethencourt Alfonso, cuando hace más de un siglo escribió su Historia del Pueblo Guanche, un imponente fruto de su irrefrenable actividad, tan arqueológica como antropológica. Continuará siendo imprescindible desenterrar restos materiales y, por qué no, el palacio de los guanartemes. Pero también es fundamental desenterrar la memoria isleña. Además, es otra manera de hacer a los canarios más dueños de su historia.

Hace una semana falleció Fernando Estévez González, uno de los grandes antropólogos de España y coordinador del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, cuyo trabajo ha sido reconocido internacionalmente, y muy en especial su Indigenismo, raza y evolución. El pensamiento antropológico canario, 1750 y 1900. Escasamente cuatro días antes se había presentado la primera promoción del Grado de Antropología de la Universidad de La Laguna. Ojalá esa muerte y ese nacimiento contribuyan al desarrollo de los estudios sobre la memoria prehispánica de Canarias, por el ejemplo del primero y el impulso de los segundos.

Sobre Historias del Presente. Historia para todos 14 julio, 2016

Posted by Domingo in Sobre el Blog.
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El largo silencio de cuatro meses de este blog no ha estado motivado por mi desidia. Muy al contrario, he pasado todo ese tiempo redactando un trabajo para O Olho da História, que será publicado próximamente. Una vez superado ese esfuerzo y el final del curso escolar, he vuelto a escribir. El siguiente texto es el primer resultado.

URGENTE: El electorado del PP y la anomalía española 14 julio, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Suele decirse que el avance de la globalización neoliberal está despertando dos tipos diferentes de respuestas populares en Europa. De un lado el “modelo oriental”, que también se ha extendido a varios países nórdicos y al propio Reino Unido. Se caracteriza por el ultraconservadurismo (cuando no el fascismo más descarnado), la xenofobia y la desconfianza en las instituciones comunitarias. De otro lado el “modelo meridional”, representado por Grecia, Portugal, quizás Italia, y España (si bien con una llamativa singularidad). Supone el ascenso de una izquierda opuesta frontalmente a las políticas de austeridad y a la élite europea que las está “patrocinando”, y demanda una nueva Europa de los pueblos.

Por su parte, los dirigentes comunitarios responsables de entregar el continente al neoliberalismo, acosados por ambos frentes, han descalificado las dos clases de respuesta social con el apelativo de “populistas”. Pero, sea o no cierto, con ello no han conseguido frenar su expansión: el brexit es una prueba contundente de su impericia.

En ese contexto España constituye un caso anómalo, al menos en parte, pese a la irrupción de Podemos y su meteórico crecimiento electoral. Y lo es por dos razones, desiguales por su importancia. En primer lugar, porque el avance de la izquierda no ha sido suficiente para formar Gobierno, aún incluyendo al PSOE en esa categoría política. Sin embargo, la izquierda gobierna en Grecia y Portugal, aunque haya debido plegarse a muchas de las exigencias austericidas de Bruselas.

No obstante y en segundo lugar, gran parte de la anomalía española obedece al PP y sobre todo a su electorado. En una reciente entrevista televisiva, subrayando de antemano su respeto por todos los votantes, Julio Anguita reclamó el derecho de la ciudadanía a criticar la elección política de sus iguales, debido precisamente a la responsabilidad implícita en el acto de votar. Algunos analistas dan la impresión de creer que todos los ciudadanos maduran su voto desde los mismos criterios y parámetros y con igual rigor: para eso es la “jornada de reflexión”. Pero los expertos en comportamiento electoral saben que en esa decisión interviene una multitud de factores. Y esa complejidad hace muy difícil determinar los motivos de cada elector en el momento de escoger una papeleta u otra: si los sondeos yerran bastante en su aproximación a la intención de voto, lo harían mucho más con los intereses y valores que orientan esa elección.

Se ha insistido que el miedo (a “los rojos” o a la crisis), el deseo de mantener la unidad de España, o los beneficios personales reportados por las políticas de Rajoy han sido las principales palancas que han movilizado a los electores del PP el pasado 26 de junio. Y seguramente sea así, aunque nunca pasará de ser una simple conjetura: por el momento no hay forma de saberlo con solidez científica y con las necesarias garantías de veracidad.

Pero sí que es posible delimitar qué cosas no han sido concluyentes para los votantes del PP. No lo ha sido el criminal aumento de la pobreza y la desigualdad durante la legislatura de Rajoy, que ha situado a España a la cabeza de Europa por su injusticia social. Tampoco lo ha sido el alarmante retroceso de los derechos y libertades, que igualmente ha hecho de España uno de los Estados europeos menos democráticos. Y, por último, no les ha importado lo suficiente el inmenso océano de corrupción en el que (pese a su contrastada flotabilidad) el PP se está hundiendo lentamente: los 137 diputados conseguidos el 26-J no pueden ocultar que ha perdido más de tres millones de votos y casi 50 escaños desde noviembre de 2011, y con ellos la mayoría absoluta.

El aval implícito otorgado a finales de junio por casi ocho millones de personas (uno de cada tres votantes) al despreciable fenómeno de la corrupción del PP es, desde luego, la primera y principal anomalía. Lo es que Mariano Rajoy no haya dimitido hace ya años: en Alemania algún ministro se ha ido por haber plagiado algunos fragmentos de trabajos ajenos en su tesis doctoral. Pero lo que resulta completamente inédito en Europa (salvo quizás por la Italia de Berlusconi) es que el PP siga siendo el partido más votado, hasta conseguir una representación suficiente en el Congreso (absoluta en el Senado) para impedir cuantitativamente una mayoría de izquierdas: no ha sucedido en Grecia ni en Portugal.

En cuanto a la tolerancia con el retroceso de los derechos y libertades, el electorado del PP se desmarca de sus vecinos europeos votantes de los partidos conservadores tradicionales, para integrarse de lleno entre los seguidores de la ultraderecha polaca o húngara. En esos países los gobiernos de extrema derecha se han propuesto como primera tarea desmantelar varios derechos y libertades, individuales y colectivas.

Por último, la tibieza manifiesta de los votantes de Rajoy frente al sufrimiento propio de la pobreza (que ya machaca literalmente a uno de cada tres españoles) nuevamente los convierte en un caso extraordinario, como sucede con la corrupción. Uno de las razones del auge de la extrema derecha (y del declive de los liberales y conservadores) en Polonia y en otros socios europeos ha sido precisamente el aumento de la pobreza. Pero también lo está siendo del avance de la izquierda en no menos Estados, España incluida.

No hace muchos días un comentarista sugirió que la extrema derecha no estaba teniendo éxito en Portugal, Grecia o España porque esas sociedades mantienen muy vivo el recuerdo de las dictaduras militares (y pseudofascistas) que las asolaron hasta los años 70. Es posible que tenga algo de razón. Pero también hay suficiente acuerdo en que, en España, el Partido Popular representa esos valores y, por tanto, cuenta con el apoyo de ese electorado. Y esto también constituye una anomalía en Europa, esta vez no sólo de sus votantes, sino también del PP.

El perfil político así definido de esos casi ocho millones de personas no deja de resultar inquietante desde una perspectiva política: no castigan la corrupción, ni la involución democrática, ni la pauperización masiva de millones de conciudadanos. Sin duda es un factor de fortaleza de los populares, aunque puede que sea un lastre a largo plazo: uno de los rasgos sociológicos de muchos de sus votantes, personas de más de sesenta años, parece corroborarlo. Y podría ser capitalizado por Ciudadanos en su condición de nueva fuerza conservadora. Pero Rivera y los suyos ya han hecho gala de haber heredado del PP su respeto por el franquismo (que no terminan de deslegitimar definitivamente) por su indiferencia ante la memoria histórica de sus víctimas. La anomalía persiste.

Pero la crisis también lo hace. Queda por ver cómo se resuelve esta irregularidad hispana, si con el reforzamiento de las tesis más conservadoras, o con la llegada al poder de la izquierda. En estos días, una parte sustancial de la respuesta la tiene el PSOE, que se debate entre sumar sus votos a una nueva legislatura de Rajoy (aunque sólo sea con su abstención) o forzar unas terceras elecciones consecutivas. En el primer caso, es muy probable que signifique su práctica desaparición: el acuerdo entre los analistas es casi unánime al respecto. No disociarse claramente del neoliberalismo le costó los peores resultados de su historia reciente el 20 de diciembre de 2015. Y el pacto con Ciudadanos para el 26 de junio sólo empeoró más su situación. En el segundo caso, sólo tiene una opción para sobrevivir: presentarse asociado a Unidos Podemos y romper su compromiso con el capitalismo globalizado.

URGENTE: Del fracaso del PSOE a la condena de Podemos 6 marzo, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Pedro Sánchez, los demás dirigentes del PSOE (incluidos los zombis), la mayoría de los medios de comunicación, y un buena parte de la troupe de tertulianos y tertulianas ya tienen a quién culpar de que en España no haya un gobierno de “cambio” y “regeneración”. Podemos y sus cabecillas son los primeros responsables de que, dos meses y medio después de una elecciones generales, continúe al frente del país un Ejecutivo en funciones, algo insólito en las casi cuatro décadas con que ya cuenta la actual Monarquía Parlamentaria.

Pedro Sánchez se presentó a su intento de investidura amparado en un acuerdo con Ciudadanos, la cuarta fuerza política del Congreso de los Diputados. Los autores de ese documento y los principales actores políticos reconocen explícitamente dos hechos. Por un lado, el acuerdo recoge una parte sustancial del programa electoral de Ciudadanos, cuantificada en un 80% por sus representantes. Por otro, Ciudadanos es un partido de derechas. En síntesis, el candidato del PSOE, un partido supuestamente socialdemócrata, se postuló como presidenciable con un programa de gobierno de derechas.

Y no es, en absoluto, un asunto de simples etiquetas, como algunos están sugiriendo estos días. Es ante todo una cuestión de contenidos. El PSOE acudió a la convocatoria del 20-D prometiendo desmantelar la mayor parte del entramado normativo creado por el PP en beneficio de los privilegiados y para acallar la voces discrepantes en las calles y en las redes sociales. Es la misma legislación que ha hecho de España uno de los países más socialmente desiguales y menos democráticos de Europa.

Pero su acuerdo con Ciudadanos prácticamente ignoró aquellas promesas, especialmente en lo referente a varios hitos muy significativos en el proceso de devastación de España perpetrado por el PP, convertidos asimismo en los principales caballos de batalla de la oposición social durante los últimos cuatro años. Apenas si retoca la reforma laboral y la ley mordaza. Sólo propone la paralización de la LOMCE. Y ni tan siquiera menciona la dación en pago. Ese pacto es tan conservador que, horas antes del debate de investidura, Rivera ya había anunciado su propósito de ofrecerlo al PP si Sánchez fracasaba. Y, sin ningún género de dudas, no constituye un programa de “cambio”.

Ni tampoco lo es de regeneración democrática. No sólo porque es muy poco ambicioso en la lucha contra la corrupción. Ni porque el PSOE también ha protagonizado sonoros casos de corrupción desde la época de Felipe González, que tampoco ha enfrentado con claridad y firmeza (como los recientes de Chaves y Griñán) cuando no ha explicitado su total apoyo a los implicados, como hace trece años con Barrionuevo y Vera a causa de los GAL.

Pero no es un pacto de regeneración sobre todo porque está entretejido con la misma urdimbre que la corrupción: la mentira y la deshonestidad. Y con ellas igualmente se ha expuesto ante la sociedad española y el resto de las fuerzas políticas que la representan en el Congreso, no sólo por su factura sino también por su intención. Porque nunca fue un pacto para formar Gobierno, sino para desacreditar al auténtico adversario político del PSOE: Podemos. Y, de paso, preparar el camino a la “gran coalición”.