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URGENTE: El auge de los populismos antisistema, Globalización y subversión 14 noviembre, 2016

Posted by Domingo in Relaciones Internacionales, Soberanía.
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La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses está dando paso a una interpretación del ascenso de los populismos en Occidente cuando menos paradójica. Según ese razonamiento el desarrollo de la Globalización combinado con los efectos de la crisis (que está pauperizando las clases medias) explicaría este giro nacionalista, antidemocrático y xenófobo de una parte significativa de las sociedades desarrolladas.

Visto así, Trump, los Le Pen, los promotores del brexit, o los gobiernos húngaro y polaco serían unos antisistema porque pretenden quebrantar las reglas de juego impuestas por las entidades globalizadores (como la UE) y por sus gobiernos nacionales, ya que esas normas e instituciones políticas serían las responsables de la extensión de la crisis. De hecho, todos esos populistas han llevado su ruptura con el sistema a su propio lenguaje, haciendo un uso de él antagónico a lo políticamente correcto.

Esta interpretación posee una cierta pátina de verosimilitud en la caracterización de los sujetos y los procesos, pero es profundamente fraudulenta en sus significados. Como los ilusionistas, sus autores manejan objetos reales, pero lo que hacen con ellos no es lo que parece: están fabricando una cortina de humo.

A estas alturas casi nadie discute que el capitalismo vencedor de la Guerra Fría necesitó romper, para su globalización, el statu quo planetario, quebrando las instituciones (la ONU) y la normativa reguladora de las relaciones internacionales. El capitalismo globalizado necesitó subvertir el orden mundial para extender libremente sus tentáculos por todos los rincones de la Tierra. Yugoslavia, República Democrática del Congo, Afganistán, Irak, Libia, Siria… jalonan esa estrategia subversiva destinada a garantizar el dominio capitalista de territorios y pueblos de alto valor económico y geoestratégico. Había que desestabilizar el mundo para intervenir en él sin ataduras, de espaldas al Derecho Internacional.

Cinco lustros después, el desbarajuste mundial es una realidad. Algunas regiones del planeta permanecen ajenas a él por diversos motivos. Pero los objetivos se han alcanzado: el Imperio ha actuado donde le ha sido necesario y ha subvertido las reglas de juego cuando lo ha deseado. El capitalismo neoliberal globalizado y sus más destacados representantes se han transformado, efectivamente, en unos antisistema.

No es la primera ocasión en la historia que los capitalistas y el capitalismo han revolucionado el orden establecido para continuar su desarrollo. Lo hicieron en el Reino Unido de mediados del siglo XVII, destruyendo la monarquía absoluta en un proceso que, tras la República de Cromwell (1649-1658), alumbraría la primera monarquía parlamentaria. Lo hicieron igualmente en América del Norte en el último cuarto del siglo XVIII, rompiendo sus lazos con el imperio británico y dando lugar al primer estado liberal y democrático del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Lo volvieron a repetir poco después, en la Francia del cambio de siglo, con la revolución burguesa más estudiada y conocida. Y continuaron a lo largo del siglo XIX por toda Europa en diversas oleadas.

La burguesía enriquecida durante la Edad Moderna con el tráfico de esclavos, especias, té, azúcar, o productos manufacturados europeos comprobaba una y otra vez que las rígidas estructuras del Antiguo Régimen constituían un estorbo inaceptable para sus actividades y, sobre todo, para detentar la hegemonía política: ya era la clase dominante económica, social y culturalmente. Así que se hizo revolucionaria.

Hoy, un siglo o dos después de todos aquellos acontecimientos, las estructuras del Estado Democrático y de Derecho occidental y los valores en que se asienta se han vuelto asimismo un obstáculo para la expansión del capitalismo global. El conjunto de garantías y derechos reconocidos por las constituciones a los ciudadanos del mundo desarrollado actúa como un freno para la rueda de la acumulación de riqueza a escala planetaria. Y el papel de estos “nuevos” partidos y personajes neofascistas y racistas es el de agentes acelerantes del proceso de destrucción de las democracias occidentales, tan necesario para la oligarquía mundial. Podrían calificarse de antisistema, sí. Pero, muy al contrario de lo que dicen quiénes así los denominan, no han llegado para oponerse a la Globalización y sacar de la pobreza a las clases populares y medias, sino para todo lo contrario. Como antisistema son un puro camelo.

Tampoco es la primera vez en la historia que los capitalistas recurren a estos grupos nacionalistas, fascistas y racistas. Lo hicieron en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado en unos cuantos países de Europa con el objeto de frenar la expansión del socialismo revolucionario en el continente. Un repaso a las biografías de Adolfo Hitler y Benito Mussolini permite comprobar que ellos también fueron antisistema: ambos dieron con sus huesos en la cárcel debido a sus actividades políticas antes de ocupar el poder.

Sin embargo, en esta ocasión estos populistas no han llegado al poder para defender el capitalismo de un enemigo emergente, como el movimiento obrero internacional. Han hecho su aparición en un contexto de ofensiva general del capitalismo globalizado contra uno de los últimos reductos de resistencia: las democracias occidentales. En este sentido no debe menospreciarse el papel del Partido Popular y de Mariano Rajoy en España. Sus anteriores cuatro años de mandato han transformado el país, haciendo de él uno de los más desiguales, corruptos y autoritarios de Europa.

Por todo esto, si calificar de antisistema a Donald Trump o a los agitadores de la salida británica de la UE ya es un fraude, incluir en la misma categoría a Syriza, Podemos o a Bernie Sanders supone un ejercicio de manipulación tan burdo como cateto. Porque ellos se han convertido en los únicos garantes de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad inspiradores de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es una gran paradoja, teniendo en cuenta que todos ellos son socialistas. Pero también es un síntoma de lo que está en juego realmente en esta coyuntura histórica: la disyuntiva entre la barbarie y la civilización. El avance de la desigualdad y el retroceso de las libertades en todo el mundo durante la última década dan fe de ello.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: La investidura de Rajoy, un harakiri inútil del PSOE 6 noviembre, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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Finalmente ha sido el PSOE el que se ha sacrificado para salvar el “sistema”, como en su momento denominaron los Indignados el vigente régimen plutocrático español. Una parte de sus actuales dirigentes, y de los antiguos también, hizo dimitir a Pedro Sánchez de la Secretaría General durante un largo y bochornoso fin de semana para, inmediatamente, ofrecer a Mariano Rajoy la abstención de los diputados socialistas, allanando el camino de su segunda investidura como presidente del Gobierno. Al final han esgrimido su responsabilidad y su sentido de Estado con el fin de justificar esa decisión, como ya se sabía. Han causado una profunda herida al PSOE para aplazar, más que resolver, la crisis del sistema.

Las acusaciones contra Sánchez (el primer secretario general del PSOE elegido democráticamente en unas primarias) fueron básicamente dos. Por un lado, conseguir los peores resultados electorales de la historia de su partido en dos convocatorias consecutivas: diciembre de 2015 (22,01% de los votos) y junio de 2016 (22,63%). Y es cierto. Pero el gran batacazo se lo dio realmente Alfredo Pérez Rubalcaba en noviembre de 2011, cuando cosechó solamente el 28,7% de las papeletas, un porcentaje 15,17 puntos inferior al logrado por Zapatero tres años antes; y eso no es fácil de olvidar. Por otro, lo responsabilizaron de la situación de bloqueo político del país, debida a su insistente “no a Rajoy”. Sin embargo, los miembros del Comité Federal (y otros antiguos dirigentes) autores de esa recriminación no pueden soslayar que en diciembre de 2015 el aparato del partido bloqueó a Sánchez, prohibiéndole taxativamente cualquier acuerdo con Podemos y también con el PP, aunque la “gran coalición” ya había empezado a ganar adeptos entre sus mismas filas.

Por supuesto, esta tormenta del PSOE también es producto de la lucha interna por el poder. Es inherente a todas las organizaciones humanas y muy especialmente a las políticas; sólo que puede ser más translúcida y limpia, o más opaca y sucia. Pero sus protagonistas representan tendencias, y en ocasiones intereses, diferentes. En este caso el objetivo fundamental se ha logrado: impedir que Unidos Podemos y las plataformas ciudadanas entren en el Gobierno español, al precio de romper el PSOE permitiendo a Rajoy dirigir una nueva legislatura.

El problema es que la crisis del sistema, y en concreto del bipartidismo, no se ha resuelto en absoluto, sino que en todo caso ha proseguido su desarrollo. En primer lugar, porque el conjunto de alianzas sociales y políticas (incluyendo los medios de comunicación) que se disputan la dirección del Estado desde el 15-M se ha manifestado con más claridad que nunca: el conflicto se ha visibilizado mejor. En segundo lugar, porque esta “salida in extremis”, tortuosa y dolorosa, pone de relieve en qué medida el sistema se siente amenazado. Y, en tercer lugar, porque Rajoy comienza su segunda legislatura presidiendo un Ejecutivo con una evidente minoría en el Congreso, y manifestando pocas aptitudes para la negociación y el diálogo, como mostró en su mismo discurso de investidura. Ese estado de debilidad política promete darle más fracasos que éxitos: si cede poco no conseguirá suficientes apoyos parlamentarios, y si cede mucho no logrará desarrollar plenamente sus políticas neoliberales. Tanto el PSOE con su “no a Rajoy”, como Ciudadanos y su “regeneración democrática” ya han cedido bastante y no les ha ido precisamente bien.

Los tres principales partidos garantes del actual statu quo económico, social y político llevan una trayectoria descendente, más o menos veloz, más o menos accidentada. Y eso sin considerar el precio que el PP (y también el PSOE) ha de continuar pagando por la corrupción. Muchos dicen que su impacto negativo en los resultados electorales ya está descontado: ¡por eso gobierna en minoría después de casi un año sin Ejecutivo! Y tampoco está claro que los populares hayan tocado fondo. Sus 123 escaños del 20 de diciembre (63 menos que en 2011) prueban que puede seguir perdiendo respaldo social.

Pero la abstención traumática del PSOE y el Gobierno en minoría de un PP profundamente lastrado por la corrupción no sólo reflejan la decadencia del sistema. Además, profundizan en ella alimentando las razones de los Indignados (y ahora de las plataformas ciudadanas y de Unidos Podemos) para finiquitar este régimen: si algo ha quedado definitivamente claro es que el Estado español no es una democracia, sino una partitocracia.

Un periodista tan reconocido, lúcido y mesurado como Iñaki Gabilondo hace muy pocos días ha manifestado públicamente su estupor ante el hecho de que Mariano Rajoy haya vuelto a presentarse a unas elecciones y, por añadidura, haya sido nuevamente investido como presidente del Gobierno. Y es que ningún partido democrático europeo habría mantenido a su cúpula dirigente tras una avalancha de corrupción como la que está devastando las filas del PP, y por la cual la propia organización ha sido imputada. No existe un sólo antecedente, ni siquiera en España.

Cabe suponer que muchos militantes populares se hallan igualmente escandalizados por todo ello. Pero lo cierto es que, a efectos prácticos, ni se les ve ni se les oye: es como si no existiesen. Y eso sólo es posible en un contexto de férrea disciplina y de adhesión inquebrantable a sus dirigentes, muy propio de los partidos fascistas y totalitarios pero del todo antagónico a la esencia y funcionamiento de los democráticos.

Por su parte, la abstención, forzada o no, de los diputados del PSOE para favorecer la investidura de un candidato a todas luces impresentable en cualquier democracia europea, por sí misma ya constituye una quiebra ética de los socialistas. Pero que el Comité Federal los haya obligado a hacerlo, contra la palabra dada a sus electores, contra la opinión de la militancia y contra su propia conciencia es, sin duda, un claro ejemplo de ejercicio burocrático y partitocrático del poder: ¿a quiénes representan esos diputados?

Sin quererlo, y ante la urgencia de salvar el sistema, ambas fuerzas políticas han dado un nuevo impulso a uno de los lemas preferidos de los Indignados: no nos representan. Y por ello mismo han ampliado las bases sociales de la auténtica Oposición, a la que el PSOE renunció al desventrarse tan inútilmente como lo ha hecho.

Domingo Marrero Urbín

(Colaborador de O Olho da História)

URGENTE: El fracaso de las investiduras. ¡Sálvese quién pueda! 8 septiembre, 2016

Posted by Domingo in España, Soberanía.
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La mayoría de los análisis que se vienen haciendo desde hace algunos años sobre la dinámica política española se caracteriza por una excesiva inmediatez. Parece (y es) algo necesario, porque al fin y al cabo se trata de explicar “lo que está sucediendo”. Pero también supone una limitación, porque la actualidad termina siendo descontextualizada, impidiendo su aprehensión como parte de un proceso más dilatado en el tiempo. Y eso en realidad equivale a su desconocimiento, de la misma manera que “los árboles impiden ver el bosque”.

Intencionado o no, este problema se está manifestando muy particularmente en las interpretaciones de los acontecimientos electorales y postelectorales vividos desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el presente más inmediato, comienzos de septiembre de 2016. Muchos comentarios están resaltando la incapacidad de los cuatro partidos más importantes para acordar la formación de un Gobierno medianamente estable. Según el color del medio, o del “analista”, la responsabilidad recae alternativamente en distintos sujetos políticos: el PP, el PSOE, Unidos Podemos, o Ciudadanos. Aunque muchos señalaron a Podemos entre enero y junio, y después al PSOE, como principales artífices de la “situación de desgobierno” que atraviesa España.

Tampoco han faltado los argumentos de índole personal. El radicalismo de unos, la bisoñez de muchos, o la desvergüenza de otros se han presentado igualmente como causantes del problema, además de la “incompatibilidad de caracteres”. Desde el 21 de diciembre, por unos motivos o por otros, o por todos a la vez, los partidos con mayor representación parlamentaria no están logrando un consenso suficiente para que España tenga un Ejecutivo con plenos poderes, y no sólo en funciones.

Pero hay que remontarse al 15 de mayo de 2011 para comprender mejor esta insólita coyuntura en la historia reciente de España. Como consecuencia de la crisis financiera y su gestión por el bipartito (PSOE y PP), a partir de aquel día millones de ciudadanos se movilizaron llevando a cabo protestas masivas y articulando iniciativas sociales, en favor de una enseñanza pública de calidad, de una sanidad universal y gratuita, o contra los desahucios. Fue un suceso (y un proceso) totalmente inesperado dentro y fuera de las fronteras hispanas: había nacido el movimiento de los Indignados. La mayoría de los medios y de la clase política los acusaron de antisistemas. Y no faltaban razones para hacerlo, porque no estaban únicamente en contra del Gobierno y su partido, sino también frente al orden económico y social y el régimen político (para ellos una plutocracia) que le da cobertura. Su respuesta fue igualmente acertada: “el sistema es antinosotros”.

El desarrollo de los movimientos sociales y el aumento de los actos de protesta debió causar cierto estupor entre la clase dirigente, que desató una feroz campaña de represión sobre ellos. Y destacados representantes del sistema, especialmente del PP y del PSOE, lanzaron un envite a los Indignados: si deseaban intervenir en la actividad política debían presentarse a las convocatorias electorales. Fue un reto envenenado, porque sus autores no esperaban que unos “perroflautas” tuvieran capacidad para organizar un partido político y, todavía menos, que pudieran conseguir suficiente respaldo electoral para convertirse en una fuerza significativa.

Pese a todo, los Indignados recogieron el guante. Poco antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 constituyeron un partido con que concurrieron a esa convocatoria. Sus resultados no fueron precisamente espectaculares, en un contexto de fragmentación de las fuerzas de izquierda: sólo consiguieron el 3,58% de los votos. Pero los dos componentes esenciales del bipartito sufrieron un grave revés, sumando apenas el 50% de las papeletas, frente al 82% logrado entre ambos en 2009. Para sus dirigentes esos resultados debieron ser alarmantes.

Y los de las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2015 debieron hacerles arrepentirse del desafío que habían planteado a los Indignados cuatro años atrás. Incluso destacados medios manifiestamente opuestos a Podemos reconocieron que se había producido un vuelco histórico. Podemos y una serie de plataformas ciudadanas igualmente nacidas de los Indignados lograron el gobierno de la Comunidad Valenciana y se convirtieron en piezas clave en otras cinco, de las trece que renovaron sus parlamentos autonómicos. En cuanto a los ayuntamientos, alcaldes “indignados” comenzaron a dirigir decenas de municipios, incluidos los de Cádiz, Valencia, Zaragoza, La Coruña, y nada menos que Madrid y Barcelona, las dos urbes más importantes del país. El bipartidismo ya estaba haciendo aguas, a pesar de la feroz campaña de desinformación y desprestigio propagada contra Podemos por los partidos y medios afines al sistema.

Siete meses antes de las siguientes elecciones generales, el temor ante un posible hundimiento del bipartito debió apoderarse definitivamente de los espíritus de sus hacedores, beneficiarios y propagandistas. Al tiempo que arreciaron sus manifestaciones de hostilidad contra Podemos, pusieron sobre el tapete una solución probada ya en otros países europeos: una gran coalición entre el PP, el PSOE y, eventualmente, Ciudadanos. Fuera como fuese había que salvar el sistema dejando en el banquillo del juego político a la tercera fuerza del país. Felipe González, Alfonso Guerra, y unos cuantos exministros del PSOE y del PP, además de la cúpula empresarial, apoyaron activamente la sugerencia. Y también lo hicieron con desigual entusiasmo Albert Rivera y Mariano Rajoy. La situación no podía estar más clara.

La idea de la gran coalición cobró más fuerza tras conocerse los resultados de las elecciones del 20 de diciembre. El bipartito obtuvo el 61% de los escaños con el 50,7% de los votos, perdiendo un 28% de los diputados electos en 2011. Por su parte, Podemos y las plataformas ciudadanas consiguieron sesenta y nueve escaños, más que insuficientes para constituir una alternativa de gobierno, pero bastantes para provocar una desbandada entre las filas del bipartito, impidiendo llegar a una acuerdo entre el PP y el PSOE. Para ambos, salvar el sistema de esa forma equivale a su hundimiento particular.

No cabe la menor duda que, entre los partidos “constitucionalistas”, Ciudadanos ha sido el que más esfuerzos ha hecho por armar la gran coalición, en total coherencia con las razones explícitas de su presentación en la escena estatal. Su propósito es salvar el sistema mediante su regeneración, aunque el transcurso del tiempo y de las convocatorias electorales ha demostrado que lo segundo es del todo prescindible.

Pero su empeño no le ha servido de mucho. El pacto con el PSOE tras el 20-D, dos veces derrotado en sendas sesiones de investidura celebradas en marzo, le supuso la pérdida de ocho escaños el 26-J, el 20% de los que ocupó durante el primer semestre de 2016. Aunque está por ver su suerte en una hipotética tercera convocatoria electoral consecutiva, el nuevo fracaso de su acuerdo con el PP (igualmente rechazado en dos sesiones de investidura a finales de agosto) parece no traer buenos augurios. Su porvenir aparenta estar íntimamente ligado al del sistema, y éste no termina de levantar cabeza.

Es verdad que el pasado 26 de junio los resultados del PP mejoraron ligeramente, agregando catorce diputados a los ciento veintitrés de diciembre. Pero la cifra resultante es todavía inferior a la de 1993 (cuando tuvo que mantenerse en la oposición cuatro años más) y muy por debajo de la de 2011 (año en que consiguió ocupar ciento ochenta y seis escaños), la más alta de su historia. Y lo peor es que algunos expertos creen que los resultados de junio constituyen su techo actual.

Ningún otro partido como el PP se halla tan ligado al régimen plutocrático que hoy es España. Ha sido el principal artífice del proceso de transformación que la ha hecho uno de los países más pobres, desiguales, endeudados, corruptos, y menos democráticos del continente europeo. Y está pagando el precio de ese protagonismo. Quizás sea ésa su principal contradicción: necesita salvar el sistema salvándose a sí mismo, pero al sistema posiblemente ya no hay quién lo salve, por mucho que los dirigentes “populares” cabalguen tenazmente sobre la mentira.

Eso explica al menos tres cosas. En primer lugar permite comprender mejor el feo de Rajoy a la Jefatura del Estado, negándose a presentar su candidatura a la presidencia tras las elecciones del 20 de diciembre. Después del revolcón sufrido en las urnas por su partido, su imagen (y la del sistema) saldría aún peor parada si era rechazado por el Congreso dos veces seguidas, ya que la abstención del PSOE en ese momento parecía más improbable que después del 26 de junio. En segundo lugar, aclara el interés limitado de Rajoy por la gran coalición y sus insistentes llamamientos a la abstención del PSOE en su investidura en agosto. Un mayor compromiso con los socialistas le restaría el apoyo de una buena parte del electorado que todavía conserva y, además, opondría algunos obstáculos a su proyecto neoliberal para España. Y, en tercer lugar, fue la razón fundamental de su rechazo en marzo al acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos: es posible que pudiera salvar el sistema, pero no al PP.

La situación del PSOE es más dramática. En las elecciones de 2011 sufrió una auténtica debacle, cosechando los peores resultados desde que los españoles volvieron a las urnas “democráticas” en 1977: logró ciento diez diputados con el respaldo del 28,76% de los votantes. La actitud del Gobierno de Zapatero, eludiendo los primeros indicios de la crisis financiera y ensalzando la buena salud de la banca española, y su consenso con el PP para reformar la Carta Magna en favor de los intereses del capitalismo financiero internacional (y en contra de los sectores más desprotegidos de la sociedad española) le pasaron factura.

Pero esto sólo fue el comienzo de su singular pesadilla. Su tibieza con el primer Ejecutivo de Rajoy, junto a la irrupción de Podemos en la escena electoral, supuso un nuevo descalabro en diciembre de 2015, perdiendo veinte diputados y un 6,76% de los votos. Y el pasado 26 de junio batió nuevamente sus registros negativos, cediendo cinco escaños más. Sin ninguna duda, su fracasado acuerdo con Ciudadanos del mes de marzo fue la razón. Desde 2011 el PSOE está en caída libre a causa de su trayectoria neoliberal y su electorado no se lo perdona.

Aquel maridaje de Pedro Sánchez con Albert Rivera, marginando la tercera fuerza política del país (a la que posteriormente le serviría un plato neoliberal ya cocinado) puso de relieve una vez más el compromiso del PSOE con el sistema. También le sirvió para responsabilizar a Podemos del “desgobierno” hasta el 26 de junio. Sin embargo, esa maniobra se ha vuelto después contra él: casi todos los medios han presentado el doble “no” de Pedro Sánchez a Rajoy como un gesto de irresponsabilidad política. Aunque, en realidad, es un acto desesperado para salvar su partido.

Más que la propuesta de la gran coalición, la exclusión absoluta de Podemos de todas las negociaciones posteriores al 26-J hasta las fallidas investiduras de Rajoy evidencia muy a las claras la verdadera naturaleza del problema político que atraviesa España. Y también demuestra que Podemos no precisa la mayoría absoluta para desmontar este régimen plutocrático. Le basta con los setenta y un diputados conseguidos en coalición con IU para generar una profunda crisis del sistema, porque sus principales valedores han entrado en pánico: ¡sálvese quién pueda!

Visto así, ir a votar tres veces seguidas no tiene por qué resultar cansino, sino sumamente excitante. Tanto como derribar a martillazos las paredes de un viejo edificio.

URGENTE: Desenterrar la memoria prehispánica de Canarias 3 agosto, 2016

Posted by Domingo in Canarias.
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Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Fuente: Centenario del fallecimiento de Juan Bethencourt Alfonso (1913-2013) (http://juanbethencourtalfonso.com/web/su-obra/libros/)

Celso Martín de Guzmán solía insistir en que el palacio de los guanartemes se encuentra enterrado bajo la iglesia de Santiago de Gáldar y sus aledaños. Al margen de la veracidad de las fuentes escritas que lo acreditan, parece bastante lógico que así sea. Sobran los ejemplos en la historia en lo que el nuevo poder levanta sus símbolos sobre los de la autoridad derrotada, en un ejercicio muy plástico y contundente de sometimiento y suplantación, a la vez que también de continuidad.

Pero quizá lo más interesante de todo esto desde un punto de vista historiográfico no sea el hecho en sí mismo, sino cómo llegó Martín de Guzmán a esa convicción. Su oficio de arqueólogo e historiador influyó necesariamente en ello. Pero, sin duda alguna, su condición de descendiente de Catalina de Guzmán (la joven Arminda Masequera, entregada finalmente por los canarios a los conquistadores como depositaria de la soberanía isleña) debió jugar un papel decisivo: resulta muy difícil imaginar que la memoria familiar de los Guzmán, el linaje de la princesa Masequera, hubiese olvidado un dato tan relevante como la localización del palacio de los guanartemes. ¿Y cuántas familias galdenses más lo recuerdan?

Contra lo que pudiera parecer, esto no es un alegato en favor de desenterrar ese palacio. Es un intento por iluminar un campo que la historiografía canaria ha transitado insuficientemente para acercarse al pasado prehispánico de las Islas: los estudios antropológicos. El saber popular sobre ese tiempo, “oculto” en el folclore, en las costumbres, o en la tradición oral puede que no haya recibido toda la atención que merece. La memoria familiar y social en el medio rural y en las islas menos pobladas podría ser una fuente primaria muy enriquecedora. Con todas las garantías metodológicas necesarias, hay que “desenterrar” la memoria prehispánica de los isleños.

Los descendientes de Masequera no pueden constituir una excepción, un caso único. ¿Qué hechos, datos, lugares, personas atesoran las memorias de las familias que han conservado hasta el presente más inmediato el juego del palo en sus diversas modalidades y denominaciones? ¿Qué recuerdos conservan las familias de cabreros dedicadas a esa actividad desde tiempo inmemorial en casi todas las islas del Archipiélago? ¿Qué pueden evocar, quizá todavía, algunos miles de canarios sobre un pasado que se remonta no más de quince generaciones atrás?

Tal vez no sea mucho, pero una o dos piezas insignificantes pueden completar un puzzle, haciéndolo definitivamente visible y comprensible para todos. La arqueología ha sido y seguirá siendo la principal herramienta para conocer el pasado prehispánico. Bajo el suelo de las Islas queda mucho por desenterrar, porque casi mil quinientos años de ocupación son más que suficientes para dejar cuantiosos rastros de actividad humana. Y, como ha sucedido hasta ahora, realizará nuevos y decisivos hallazgos.

En esa tarea los arqueólogos también se han apoyado en el saber popular. Pero se trata de llegar más lejos siguiendo los pasos de Juan Bethencourt Alfonso, cuando hace más de un siglo escribió su Historia del Pueblo Guanche, un imponente fruto de su irrefrenable actividad, tan arqueológica como antropológica. Continuará siendo imprescindible desenterrar restos materiales y, por qué no, el palacio de los guanartemes. Pero también es fundamental desenterrar la memoria isleña. Además, es otra manera de hacer a los canarios más dueños de su historia.

Hace una semana falleció Fernando Estévez González, uno de los grandes antropólogos de España y coordinador del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, cuyo trabajo ha sido reconocido internacionalmente, y muy en especial su Indigenismo, raza y evolución. El pensamiento antropológico canario, 1750 y 1900. Escasamente cuatro días antes se había presentado la primera promoción del Grado de Antropología de la Universidad de La Laguna. Ojalá esa muerte y ese nacimiento contribuyan al desarrollo de los estudios sobre la memoria prehispánica de Canarias, por el ejemplo del primero y el impulso de los segundos.

Sobre Historias del Presente. Historia para todos 14 julio, 2016

Posted by Domingo in Sobre el Blog.
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El largo silencio de cuatro meses de este blog no ha estado motivado por mi desidia. Muy al contrario, he pasado todo ese tiempo redactando un trabajo para O Olho da História, que será publicado próximamente. Una vez superado ese esfuerzo y el final del curso escolar, he vuelto a escribir. El siguiente texto es el primer resultado.